Verde olivo, verde olvido

Verde olivo, verde olvido

[Laura Hierro Galera]

—Deberías empezar a hacerte a la idea. No va a volver.

Vicente arrastraba uno de los mantos llenito de aceitunas junto a Joaquín, uno de los muchachos nuevos de este año. Llevaban toda la mañana en la varea, y las manos de Vicente empezaban a dolerle casi tanto como la espalda. El trabajo en el campo y los años habían ido curvando sus huesos y ajándole la piel. Amontonaron las últimas aceitunas en la mantilla, que rápidamente fue subida al remolque y echaron a caminar juntos hasta el linde de la finca. A pesar del frío que estaba haciendo ese noviembre, Joaquín se secaba la cara y el cuello, bañado en sudor, con la camiseta interior que se había quitado un par de horas antes. A Vicente le cayó bien el chico desde el principio, se había adaptado rápido a las duras jornadas de trabajo en el campo, no era perezoso a la hora de levantarse, y si había que arrimar el hombro y ayudar a alguna cuadrilla, se prestaba sin pensárselo dos veces.

—¿Por qué dices eso, Vicente? —Joaco, que así lo llamaba el resto de chavales del grupo de trabajo, se llevó la botella de agua a la boca, sediento, parándose en el camino—. Nunca lo creíste capaz, pero Andrés es fuerte —añadió, echando a andar de nuevo.

Andrés, el amigo de Joaquín, andaba siempre con un libro en las manos. Vicente intuyó que se iría en cuanto lo vio, y sabía que no se equivocaba al decirle que no iba a volver. Hacía más de cuatro décadas que trabajaba las vareas, había visto pasar a muchachos más fuertes que él y dejarlo al poco de llegar. Venían buscando dinero, pensaban, fácil, o a pasar el rato, como si aquello fuera un parque de atracciones. Casi todos ellos acababan por irse antes de una semana, y si alguno aguantaba toda la temporada, no repetía al año siguiente. Andrés era de esos, se fue sin importarle dejar atrás a su amigo y olvidando a sus libros con él.

Llegaron al camino principal y subieron a la camioneta, junto a los demás, y la conversación quedó suspendida en medio de las habituales incidencias de la mañana que cada grupo intercambiaba. Vicente miraba al muchacho mientras éste perdía la mirada por los campos de olivos, plantados a tresbolillo, pensando en vete tú a saber qué. Cada año, al llegar los muchachos jóvenes, él se arrimaba a uno y lo hacía su compañero, lo “apadrinaba” por así decirlo. Le explicaba los cómo y cuándo, y los trucos adquiridos por la experiencia para no acabar baldado en dos días.  Alguna vez le salió rana y el muchacho abandonó pronto, pero casi siempre acababan teniendo una bonita relación, casi como de padre e hijo. Alguno de ellos aún le mandaba postales en Navidad. Él había intentado siempre convencerlos que aquella no era la mejor vida para nadie, y menos ahora. Ir de las aceitunas a los espárragos, o irse a las fresas a Huelva y acabar en Francia para la vendimia, no era la manera de labrarse un futuro para la juventud de ahora. Ya no era necesario llevar otro jornal a casa para sacar la familia adelante, como en su época. Mirando a Joaquín, se vio a sí mismo ensimismado con los campos de olivos de Jaén que se veían desde la camioneta, muchos años atrás, apenas cumplidos los 17. Por entonces había muchas mujeres que trabajaban como ellos en las aceitunas. Ahora era distinto, la inmigración proveía a los dueños de las fincas de mano de obra rápida, fuerte y experimentada, ya que la mayoría de ellos venían a juntar dinero para trabajar luego sus propias tierras, en su país de origen. Alguna había, pero no como antes, indispensables en las cuadrillas junto a los hombres. Eran alegres y subían al transporte cantando alguna copla o canción de entonces. Lo llenaban todo de risas y parecía que les acompañara la luz del sol. Él compartía asiento con una de ellas. Catalina se llamaba.

Febrero 1970

—¡Cata! —gritó Manolita, la más mayor y muy dada a la broma—. ¡Deja de mirar el paisaje, mujer, que tienes a un mozo ahí mismo más interesante que los campos!

Las risas de las demás mujeres inundaron la camioneta. Él se puso colorado y ella se limitó a mirarlo como se mira a cualquier olivo joven, aún sin interés. Catalina había venido ese año con la familia de su tío Antonio, y trabajaba de “cojeora” con la prima Mariquilla, la tía Manolita y la hermana de ésta, Jacinta. Llevaban todas aún la ropa de faena, llenas de tierra las rodillas, y el pañuelo que solían anudar a la cabeza para el frío y el sol, en la falda. “Es muy zangalitrón”, dijo Jacinta refiriéndose a él, y echaron a reír de nuevo. Entonces Catalina lo miró con detenimiento durante medio minuto, dedicándole media sonrisa e, inmediatamente, volvió a perderse en el mar de olivos que los acompañaba hasta el cortijo. Una vez llegaron al portalón del patio de labor, una mezcla de olor a jugo dulce de oliva y alpechín proveniente de la almazara les llenó las fosas nasales. Ella fue de las primeras en bajar de la camioneta, mientras que Manolita y Jacinta se entretuvieron recogiendo las capachas con los restos de la merienda, remolonas, para mirárselo bien. Mariquilla, que debía rondar los quince años, se bajó con él.

—No las hagas caso. Madre es muy alcahueta, pero no lo hace a mala idea. ¿A ti te gusta la Catalina?

A Vicente esa sinceridad tan abierta y explícita de la muchacha lo dejaba siempre desconcertado. Ya habían cruzado alguna que otra frase y la chica era igual de directa hablaran de lo que hablaran. Nunca sabía si ella esperaba que él respondiera de la misma forma, sin tapujos, cuando le hacía una pregunta. Y mucho menos, si quería saber ciertamente si Catalina le gustaba o no. Por suerte para él, la muchacha nunca esperaba demasiado tiempo una respuesta, y se marchaba a conversar con cualquier otro. La verdad era que se había fijado en Catalina en cuanto llegó a la casa a principios de mes. Ella era distinta a las otras. A diferencia de su prima más joven, que echaba las tardes con los otros muchachos ayudando en el crimón a limpiar de hojas las olivas, o enredando con los chiquillos entre las botijuelas llenas de aceite, Catalina entretenía su tiempo con libros en cuanto dejaban listos los aperos para el día siguiente. Pocas veces la había visto sentada junto a los jóvenes, conversando relajada. Ella siempre se buscaba un rincón al lado de un ventanuco y mientras hubiera luz, leía. Luego salía al patio y él la perdía de vista. Ese día, la siguió. Tal vez animado por la conversación anterior de las mujeres.

La encontró sentada en el poyete al lado del pozo, como esperando. Se acercó a ella, envalentonado por la soledad inusual del patio en ese momento.

—Siempre lees —se atrevió a decirle.

Ella lo miró, sin saber si la estaba alabando o le estaba echando en cara que leyera. Permanecieron varios minutos sin mediar palabra, hasta que ella se puso en pie y, con un gesto de su cabeza, lo invitó a acompañarla. Echaron a andar hacia fuera de los muretes del patio, dejando atrás el cortijo y adentrándose en el olivar por una de las calles. Catalina le habló de los libros, de la universidad, de las amistades que dejó allí, y él le habló de su familia, del pueblo de donde venía y la crudeza de la vida en los montes. Pasearon siguiendo las hilas de olivos largo rato, loma arriba, hasta llegar a un bancal de piedra. Allí ella se detuvo y, girando lentamente, recorrió con su mirada los campos llenos de olivos que se extendían a sus pies. Catalina miraba todo como si sus ojos fueran boca y sintieran la sed del desierto en ellos. Ansiaba mirar y mirar y guardar en ellos todo cuanto veían. Ella se giró y le dijo algo, pero él apenas paró atención en sus palabras. Vicente solo tenía ojos para ella que, con la luz dorada del atardecer, parecía un junco en verano. Un soplo de aire gélido vino a devolverlos al invierno; al ponerse el sol, empezó a bajar la temperatura y no llevaban las mantas que vestían en las mañanas para faenar. Sin necesidad de hablar, los dos empezaron a desandar el camino, esta vez más deprisa, y al poco, se sentaban a dar buena cuenta de un plato de sopa caliente en la mesa, junto a los demás.

El día siguiente se levantó frío. Cuando llegaron al tajo, el manijero encendió una lumbre para calentarse en las paradas de descanso. Vicente no pudo apartar los ojos de Catalina en todo el día. Manolita y su hermana hicieron broma de ello durante toda la mañana, pero la muchacha no les prestó oído. Él pasó el día con el estómago del revés, pendiente de los movimientos de ella y sintiendo el frío de sus rodillas en las suyas propias, agachada a los pies del olivo o recogiendo las olivas que se salían del manto, mientras los hombres vareaban. En la hora de la merienda, todos se sentaron en corrillo cerca de la lumbre y él fue a sentarse a su lado. La joven pareció descubrir su presencia en ese momento, como si el resto del día Vicente no hubiera estado trabajando junto a ella. Se puso tiesa y, sin pensarlo demasiado, se levantó de donde estaba para sentarse apartada, dejándolo sin saber qué hacer ni dónde esconderse y sintiendo cómo el calor tomaba su rostro. Manolita miró a su marido airada y luego a Catalina con desprecio. Jacinta y ella cuchichearon en voz baja y después, alzando un poco la voz, dijo:

—No se puede ser tan pretenciosa siendo pobre —e interpelando directamente al tío de la muchacha, continuó—. Ya le dije yo a tu hermana que tanto estudio la echaría a perder.

—Calla, mujer, y deja a la chiquilla en paz —sentenció Antonio.

Después de terminar de merendarse el hornazo, que de lo nervioso que estaba, trabajo le costó tragar el huevo a pesar de echarle sal, Vicente se enfrascó en la tarea de pasar desapercibido el resto de la jornada.

Ya de vuelta en el cortijo, él se fue a la almazara, prefiriendo alejarse de Catalina a pesar de querer justo lo contrario. Pero cuando llegó la hora de asearse y recogerse en la casa, la vio salir apresurada. Sin poder evitarlo, sus pies la siguieron hacia donde ella iba. Atravesó el patio de labor hasta el apeadero, donde la vio apoyada en la pared, casi al final, observando a través del rectángulo de luz cenital, la fuente del patio principal. Envalentonado por la penumbra del pasillo, caminó hacia ella, pero justo cuando estaba a punto de alcanzarla, Catalina echó a andar de nuevo, esta vez, aún más deprisa. Aceleró su paso y logró verla desaparecer por la puerta del señorío, acompañada de un hombre muy bien vestido. Vicente no supo si era miedo o decepción o mal de amor lo que le inundó el pecho, pero ese sentir lo retuvo en el lugar, bloqueado, casi media hora, hasta que la puerta se abrió de nuevo y ella salió, esta vez sola, y volvió a cruzar el patio en diagonal, encaminándose hacia donde él estaba parado. No supo reaccionar a tiempo y Catalina lo sorprendió trabado aún en el sitio.

—¿Qué haces tú aquí? —le dijo la muchacha, seca—. Anda, ven conmigo, aún nos meterás en un lío.

Catalina lo asió del brazo y casi tuvo que arrastrarlo para que Vicente la siguiera. Ya no quedaba nadie trasegando entre la almazara y los almacenes, así que se metieron donde guardaban las camionetas, preparadas con bancos, que los transportaban cada amanecer a los tajos.

—¿Qué has visto? —la joven no se anduvo con rodeos, al igual que su prima—. No es lo que parece, pero vas a tener que guardarme el secreto. Júralo.

—No puedo jurar en vano ni guardar secreto de lo que no sé —contestó él.

La muchacha lo observaba, entre recelosa y sorprendida. Tal vez pensara que el chico asentiría, acobardado por su juventud ante ella, que contaba con tres o cuatro años más que él. Vicente, viéndola dudar, levantó el mentón mirándola a los ojos. Catalina se decidió entonces a contarle algo que él hubiera preferido no saber. Le explicó que hacía más de dos años que mantenía relaciones con un hombre casado, su profesor de historia. Que sus padres la habían enviado con sus tíos para que lo olvidara, pero que eso no podía ser, porque en su vientre llevaba un hijo de él. Que el profesor la había dejado en cuanto ella le dijo lo del niño, pero que había encontrado a alguien bueno que la quería a pesar de todo y se haría cargo de ella y su hijo. Y que esa misma noche, huiría con él.

—¿El dueño? ¡Pero si es un viejo! —la interrumpió, ofuscado, viendo el error que cometía. La había juzgado mal. Era como las otras muchachas jóvenes, volátil e insensata. Sólo que se ocultaba—. Se aprovechará de ti para después abandonarte.

—No sé por qué pensaste eso —Catalina le cogió las manos, mirándolo con dulzura—. Si entré en la casa grande, fue para llamar por teléfono. Intenté razonar con mis padres, inútilmente. El administrador me ha ayudado mucho desde que llegué aquí. Es un buen hombre, no es tan joven como yo, pero es agraciado y me quiere—. El rostro se le suavizó y los ojos se le llenaron de lágrimas—. Tienes que ayudarme. Quiero criar a mi hijo, si no me voy, no me dejarán hacerlo. Me entiendes, ¿verdad?

Entonces no lo entendía. Cómo iba a hacerlo. Él venía de un pueblo pequeño, donde las muchachas no iban a la universidad, sino que trabajaban en el campo o como mucho se iban a la ciudad a servir en casas. No entendía que una mujer pudiera entregarse por amor a un hombre casado, ni que luego se acomodara a otro por conveniencia o a consecuencia de ello. Él sólo adivinaba que ese sentimiento que provoca un primer amor se le había instalado en el pecho. Y desconocía que, con los años, se convertiría en eterno y sería un lastre que le iba a impedir amar de la misma forma a nadie más. Pero ese mismo sentimiento fue el que lo empujó a ayudarla. Vicente se avino a guardarle el secreto, incluso se ofreció a colaborar en la huida esa noche y encubrirla al día siguiente para darle más tiempo. Antes de irse, en el portalón del patio, ella le dijo: “De una manera u otra, te llevaré siempre conmigo”. Y se despidió de él con un beso en la mejilla.

Noviembre 2017

Llegaron al pueblo poco antes de las cuatro de la tarde. Joaco se bajó de la camioneta y fue directo a la casa de Vicente, adelantándose a los demás. Nada más abrir la puerta, la decepción tomó su rostro y hasta su actitud. En el fondo, esperaba encontrar a Andrés allí. Se dejó caer en el viejo sofá de la cocina, jugueteando con un libro abandonado sobre él y observó decaído cómo iban llegando todos.

Vicente había comprado una casa en el pueblo, cuando lo de ir a alojarse al cortijo de la finca dejó de ser costumbre. Durante todos los años que él llevaba trabajando en los campos, había albergado en su casa a temporeros a cambio de compartir gastos y tareas. Nada más. Les ofrecía un poco de hogar, y él se sentía menos solo. Alguno de los muchachos se dieron una ducha para salir un rato al bar, otros se tumbaron en las camas a dormir un poco, y él y Joaquín se quedaron solos en la cocina. Mientras el chico seguía en el sofá, taciturno, él puso una cafetera al fuego, buscó unas galletas en el armario y se sentó en una silla de formica verde oliva, a juego con la mesa, pero desparejada del resto. Alargó el paquete al joven, que ignoró su ofrecimiento, arrancándole un suspiro al viejo.

—¿Sabes por qué no va a volver? —dijo retomando la conversación—. Porque Andrés no es como los demás, no es de la tierra ni del campo, él es de los libros. Y los libros no recogen aceitunas —su retórica tomó un matiz nostálgico—. Nos olvidan, muchacho, así que harás bien de olvidar tú primero, a no ser que quieras andar esperando toda la vida.

Vicente había decidido jubilarse ese año. Sería la última temporada que varearía aceitunas. El último año que esperaría que Catalina volviera, para decirle lo agradecida que estaba, para contarle que todo fue bien. Tantos años esperándola, sin perder la esperanza de que algún día ella apareciera de nuevo, quedándose en su vida de alguna manera, cerca de él. Se hubiera conformado con muy poco. Entendía que ella no pisara el pueblo al principio, que quisiera darle a su hijo una infancia sin estigmas sociales, pero en su corazón anhelaba que, al pasar el tiempo y olvidado ya su paso por allí, ella volviera por lo menos para saber del zagal que la ayudó a escapar de los olivos.

—¿De quién hablas, Vicente? —Joaquín decidió responder, molesto de tanta admonición—. ¿A quién olvidas tú?

—Ya a nadie.

—Es una lástima —siguió el muchacho—. Mi abuela tenía una teoría sobre el olvido. Decía que, cuanto más fuerzas la memoria al olvido, más recuerdas lo que quieres olvidar —y encogiéndose brevemente de hombros, añadió—: Así que, mientras existe, recuerdas. ¿Sabes? —Joaquín continuó hablando, como si lo hiciera sólo para él—. Ella me habló toda la vida de esta tierra. La guardaba con cariño en su memoria, aunque la dejara en su juventud. Desde la capital, siempre añoró su mar de encaje de olivos. Cuando yo era un niño me contaba que, durante muchos años, había huido de su pasado, pero que en su memoria siempre había llevado con ella los olivares en febrero. Hablaba tanto de ellos, que incluso mi padre parecía que los hubiera conocido, y eso que antes de cumplir el año se mudaron a la ciudad. Por eso, cuando le dije que me venía con Andrés, mi padre no puso reparos. Mi madre sí, pero él me animó incluso a que buscara a su tocayo —y poniendo fin a su discurso, dijo—: Y te encontré a ti.

Vicente se revolvió en la silla que, de repente, le resultó incómoda, después de tantos años de sentarse a comer en ella.

—¿Cómo se llama tu padre, muchacho? —preguntó el viejo, y conteniendo la respiración, añadió—: Y tu abuela, ¿cómo se llama?

—Vicente. Mi padre se llama Vicente, igual que tú. Mi abuela le dio ese nombre en recuerdo de alguien a quien conoció en esta tierra. Cuando coincidimos en la contrata pensé que era una señal, que tenía que quedarme aquí, porque mi abuela, a pesar de hablar de los olivares, nunca mencionó el nombre del pueblo —haciendo una pausa, el chico continuó con tristeza—. Mi abuela se llamaba Catalina. Murió el invierno pasado.

Catalina. Al fin había vuelto con él. Vicente descubrió la belleza de esa tierra mucho tiempo atrás, mirando a través de los ojos de ella. Recordó entonces las palabras que ella le dijo aquella tarde en la loma, contemplando los campos:

“Leer me hace libre. Libre de navegar por el único mar que conozco hasta ahora. Un mar de encaje de olivos”.

Y entendió por qué la había estado esperando todos esos años, sin sucumbir al olvido.

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