Inolvidable

Inolvidable

[Mayte Solán Isla]

  1. Úbeda. Jaén. Antonio no contaba más de 15 años cuando le tocó dejar atrás su corta vida para iniciar una nueva lejos, muy lejos, de casa.

En aquellos años, era algo habitual en los pueblos jiennenses ver a los muchachos partir de sus hogares, prácticamente con lo puesto, en busca de un tarugo de pan que llevarse a la boca. No extrañaba, pero, no por eso, dejaba de doler.

Cuando aquella mañana cerró la puerta de la casa familiar, Toñin (así lo llamaban los que lo querían) no alcanzaba a imaginar lo mucho que echaría de menos todo cuanto dejaba atrás.

Su único compañero de aquel viaje sin retorno fue un hoyo de aceite preparado por su abuela con ese cariño que solo ellas saben dar a las cosas. Fue la última vez que Toñin saborearía su tierra o, al menos, eso creyó el jiennense.

Como a tantos otros emigrantes, a Toñin le tocó agachar la cabeza y asentir ante aquellos que, a pesar de todo, le pagaban un jornal. Tuvo que aleccionar a su mente para expresarse en otro idioma (nunca dejó de pensar en español como gesto de rebeldía interno). Tuvo que acostumbrarse a comer distinto e, incluso, a intentar disfrutar con ello. No le quedaba más remedio que aprender a vivir de otra manera.

El ser humano es un animal de costumbres y el tiempo y la distancia son buenos aliados para lograr aparcar el pasado en algún lugar de la mente y asumir el presente como esa verdad absoluta que parece haber estado siempre ahí, inmóvil.

Lo que antes era una vida prestada, lejos de todo, pasó a cobrar sentido cuando Toñin conoció a Bettina. Una alemana, dos cuartas más alta que él, con la que el jiennense aprendió costumbres germanas, conformó una familia, y fue feliz.

El ubetense no dejó, sin embargo, de recordar su tierra. Un empeño del que nunca cejó, como si de ello necesitara para poder respirar.

–¡Ay!, mi Jaén, ¿seguirá en su sitio? –repetía, mientras se le dibujaba una sonrisa de medio lado, a todo el que quisiera escuchar alguna de aquellas supuestas vivencias creadas en su cabeza a base de pequeños recuerdos y grandes dosis de imaginación.

Historias exageradas y llenas de morriña con las que el andaluz mantenía viva esa nostalgia que le hacía sentirse un poco más cerca de aquellos a los que, a duras penas, conseguía seguir poniendo cara.

Anécdotas, como aquella que contaba sobre la abuela Milagros y el día en que ésta, siendo él un crío, preparó una cazuela tan grande, tan grande de andrajos, que comió medio pueblo y hasta sobró para repetir al día siguiente y dar a probar a un mozo de Baeza que había ido a comprar una alfombra de esparto.

O aquella en la que, con detalle, narraba el primer día que su padre lo llevó al campo a recoger aceitunas como un hombre, de sol a sol, y volvió a su casa con unos callos en las manos que, aseguraba, seguía notando los días de más humedad...

Cuando más disfrutaba, sin embargo, era rememorando, como un chiquillo, aquel hoyo de aceite y pan que le acompañó en su viaje sin retorno a su nueva vida:

–Era verde, pero verde, verde. Su sabor era de tal intensidad, que rascaba la garganta... Aquello me salvó de caer enfermo y me quitó el hambre como no me lo ha vuelto a quitar nada en toda mi vida –relataba risueño siempre que tenía ocasión, año tras año, como si aquellas historias formasen parte de su propia esencia.

Injusta como solo puede llegar a ser la vida, ésta decidió arrebatarle a Toñin su pequeño gran tesoro. Poco a poco, sus historias fueron borrándose de su mente y sus recuerdos, esos que le habían acompañado y servido de tabla de salvación en tantas ocasiones, comenzaron a volverse turbios, a mezclarse, confundirse y, finalmente, a perderse.

No fue algo que pasase de repente. Pequeños descuidos sin importancia dieron paso a conversaciones que dejaron de tener sentido y a comportamientos propios de un niño, que robaron toda la autonomía de aquel hombre valiente capaz de recorrer Europa en busca de un porvenir.

Poco a poco, el Alzheimer fue arrebatándole cada trozo de su historia, arrancando, sin piedad, cada página de su libro hasta lograr que, ni siquiera en su mirada, fuese fácil encontrar una pizca de aquella vida pasada.

Toñin cada vez era menos Toñin. Sus ojos andaban perdidos y su memoria trabajaba a pasos agigantados para abandonarlo. A él, que ni miles de kilómetros; ni años de distancia; ni el hambre, ni cualquiera de las muchas penurias que pasó en su vida, habían conseguido robarle la sonrisa, una enfermedad, que más pareciese atacar al alma que al cuerpo, lo había logrado de un plumazo. El tiempo se había parado para Toñin, al menos, aparentemente.

La realidad, sin embargo, latía con fuerza a su alrededor y la rutina terminó apoderándose de la enfermedad. Algo que, a pesar de sonar terrible, no deja de ser una de esas verdades absolutas de esta vida. Y es que, por suerte o por desgracia, a todo se acostumbra el hombre y el mundo parecía haber aceptado que Toñin ya no volvería a ser el mismo.

Su mujer pasaba las tardes junto a él en la clínica donde sus hijos se habían empeñado en instalarlo para que no le faltaran cuidados. Unos vástagos que no perdonaban los domingos en familia porque, esa, era una de las cosas que su padre les había enseñado.

De entre todos los descendientes de aquel andaluz, su tocayo, Antonio, era, sin duda, el que más se le parecía. Y no sólo físicamente, que también. Ambos compartían, casi como dos gotas de agua, personalidad, gustos y hasta gesticulaciones.

Desde pequeño, Antonio había estado conectado de una manera especial a su abuelo. Era el que más disfrutaba de aquellas historias, que se sabía casi mejor que él, y que completaba con sus propios detalles.

Quizás, por eso, Antonio era el que peor llevaba la enfermedad de su abuelo. Tanto, que el joven no dudó ni un segundo en acudir al Palacio de Exposiciones de Berlín cuando se enteró de que en aquel lugar se celebraba una feria de turismo llamada ITB en la que se iba a realizar una cata de aceites de oliva virgen extra traídos, directamente, de tierras jiennenses.

Ni corto ni perezoso, allí se plantó el muchacho, sacando la simpatía andaluza heredada de su abuelo, en busca de una botella del famoso zumo de aceituna del que tantas veces había oído hablar.

Su plan era sencillo. Estaba convencido. Si conseguía preparar aquel famoso hoyo de aceite, su abuelo, al probarlo, recuperaría la memoria y volvería a ser el mismo...

Lo más difícil ya lo tenía: el aceite. Curioso, no dudó en comprobar, primero, ese color "verde, verde" que describía Toñin y, después, esa intensidad que "rascaba la garganta".

Teniendo el ingrediente estrella, ya sólo le restaba comprar una buena hogaza de pan y hacer el hoyo, previa búsqueda de una receta escrita a puño y letra por su abuelo muchos años atrás. Un papel amarillento y pasado en el que se leía:

“Para un buen hoyo de aceite poder degustar, solo tres cosas tendrás que recordar:  sacar el migajón al pan; llenarlo de aceite picual y, antes de irlo a yantar, un buen cucharón de azúcar espolvorear”.

Con la misma ilusión que un niño la mañana de Reyes, Antonio entró en la habitación de su abuelo, que, sentado en un sillón, parecía soñar despierto.

–Abuelito, tengo una sorpresa para ti.

–Hombre, Damián –desde hacía meses, Toñin andaba empeñado en que su nieto era su hermano, al que no veía desde que se marchó de España.

–Te he traído un hoyo de pan, que me ha hecho para ti la abuela –dijo siguiéndole la corriente.

De pronto, sus ojos, esos que andaban perdidos, se abrieron como platos y, con una sonrisa de oreja a oreja, cogió el pan y le dio un buen bocado. Luego otro, y otro más. Y, entonces, por un instante, se produjo el milagro: su mirada se volvió firme y con aquella voz alegre de antaño se levantó, miró a Antonio, y exclamó:

–¡Uno igualito a este me salvó de caer enfermo y me quitó el hambre como no me lo ha vuelto a quitar nada en toda mi vida!

Durante un buen rato aquellas anécdotas volvieron a su mente inundando la habitación de olivos, atardeceres, sabores y mucho cariño.

Al caer el día, cuando ya no quedaba ni una migaja del hoyo de pan, Toñin cogió la mano de su nieto, la apretó con fuerza y espetó: gracias, querido Antonio. Había olvidado que estaba vivo.

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