El ciclo de la vida

El ciclo de la vida

[Wasileus Flanagan]

Ya han pasado unos meses desde que no era más que trama, pero las mayores me siguen tratando con condescendencia, como si no tuviese aún las luces necesarias para comprender lo que me dicen. Escucho a las orgullosas habitantes de la copa presumir de las privilegiadas vistas de que disfrutan, mientras aquellas que ocupan las ramas más bajas se vanaglorian del fresco que la sombra les proporciona. Desde mi humilde punto de vista, su actitud petulante no tiene justificación, dado que a ninguna de nosotras se nos dio a elegir nuestra ubicación, y fue la Madre Naturaleza quien nos asignó nuestro lugar en este mundo, pero eso es algo de lo que sé que no podré convencerlas.

Me enorgullece ver los campos cubiertos de olivos hasta donde la vista alcanza, como una alfombra verde que se extiende sin fin, prueba más que evidente de nuestra capacidad de adaptación, la cual nos ha permitido conquistar unas tierras que otras muchas especies vegetales habrían querido para sí, donde el sol y la lluvia son nuestros fieles aliados, ayudándonos a crecer vigorosas. Me gustaría poder recorrer los campos en toda su inmensidad, como las aves que nos sobrevuelan, y poder saludar a mis semejantes, haciéndoles partícipes del gozo que siento como aceituna.

Con el paso de los días han llegado hasta mí las terribles historias que circulan de rama en rama, relativas al destino que nos aguarda, pero me niego a darles credibilidad. ¿Qué es eso de que mi piel, de un verde esmeralda que da gusto verla, se irá oscureciendo con el paso del tiempo hasta hacerme irreconocible? Sé que algo así no puede suceder, y no pienso servirles de entretenimiento a esas sabihondas de la copa que tratan de reírse a mi costa.

Una mañana me despertó un ruido atronador que a punto estuvo de hacerme caer por la impresión. Sentía cómo se iba acercando hasta mi árbol, y yo no podía hacer más que esperar a que el causante de aquel espantoso estruendo diese la cara. Cuando el monstruo de metal pasó rozándome traté de mirar hacia otro lado, esforzándome por pasar inadvertida, procurando no llamar su atención. Tras su paso, contemplé horrorizada los enormes surcos que había dejado tras de sí, y me alegré de que aquel rumor tenebroso se hubiera alejado hasta no ser más que un mal recuerdo. Luego me explicarían que si habíamos crecido tan lozanas y plenas de salud había sido en parte gracias a los esfuerzos de aquel engendro creado por sabe Dios quién.

Al parecer era la pequeña figura que cabalgaba sobre la máquina la verdadera responsable de todo cuanto ocurría a nuestro alrededor. Yo no podía dar crédito a cuanto me decían, pues me parecía absurdo suponer que alguien tan endeble pudiese doblegar la voluntad de aquel titán de metal surgido sin duda de los fuegos del Averno, pero tampoco quise poner en evidencia los conocimientos de quienes se las daban de cultivadas. Siempre me dijeron que era dura de entendederas, pero mi respuesta era la misma en todas las ocasiones: “lo único duro que tengo es el hueso”.

“No te fíes de esos seres” —me dijeron— “todas esas aparentes buenas intenciones esconden un oscuro propósito. Nos reservan un destino del que sólo podemos temer lo peor”.

Pasa el tiempo y me olvido de la supuesta amenaza que se cierne sobre nosotras. Siento cómo voy engordando, aunque para mi sorpresa no tardo en comprobar que no se trata de algo que me suceda a mí en exclusiva. Mis vecinas muestran cada vez mejor aspecto, con un brillo en la piel que dan ganas de comérselas, aunque mis peores temores comienzan a tomar visos de realidad. No, no estoy soñando, ese color verde que cubría los cerros va dando paso a unos tonos marrones que terminan por dominarlo todo, hasta que el color negro se hace omnipresente. Yo misma he cambiado, y me siento más madura y colmada por el fluido de la sabiduría. Las agoreras de siempre aseguran que se acerca el final.

Algunas disfrutan contándonos historias de terror, viéndonos temblar con historias donde criaturas semejantes a aquella que hace tiempo pasó entre nosotras a bordo del engendro mecánico, esperan a que llegue el frío para atormentarnos a base de palos. No muestran piedad, nos golpean sin descanso hasta que ninguna es capaz de mantenerse en el árbol, y no cejan en su empeño hasta que cae la última valiente. ¿Qué podría llevar a nadie a mostrar tan brutal comportamiento frente a nosotras, que nunca le haríamos daño a nadie, y que tan sólo deseamos disfrutar de los rayos que nos envía el sol desde las alturas, y balancearnos con la brisa que corre entre los olivos?

Miro a las mensajeras del infortunio y me pregunto de dónde les viene esa insistencia en hacernos sufrir al resto, pero continúan inquebrantables al desaliento, buscando nuevos temores con los que atormentar nuestra plácida existencia.

Finalmente, la catástrofe sobrevuela el campo. Otra horrible máquina se acerca hasta nosotras, abraza a nuestra madre y comienza a agitarla sin contemplaciones, haciendo que las más débiles de mis hermanas se precipiten al vacío sin tiempo de despedirse de quienes, como yo, las contemplamos horrorizadas mientras surcan el aire en busca de un final terrible. Un ejército de horribles seres nos rodea y comienza a recoger a aquellas de nosotras que han causado baja. Me aferro con fuerza a mi rama, sabedora de que es mi única oportunidad de hacer frente al violento envite de la maquinaria, pero todos mis esfuerzos demuestran ser inútiles cuando, en un último estertor, siento cómo pierdo mi punto de apoyo y veo alejarse el árbol que siempre me sirvió de cobijo, mi eterno aliado.

Choco con violencia contra una red dispuesta sobre el suelo, y me descubro rodeada una vez más por mis iguales. Tratamos de apoyarnos las unas a las otras, pero poco podemos hacer más allá de darnos ánimos mutuamente, diciendo palabras que realmente no sentimos, y propagando una esperanza que se nos hace inalcanzable. Aunque sabemos que el tiempo en que nos ofrecía su protección y cobijo ha pasado, mientras nos alejamos contemplamos nuestro olivo sin poder evitar que el pesar caiga sobre nosotras como un velo impregnado de fatalidad.

El ruido infernal que nos rodea tan sólo es comparable al del monstruo de metal que nos visitara en el pasado, aunque en esta ocasión nos hallamos dentro de otro artefacto surgido de una mente enferma. Es algo más que una simple sensación: nos movemos.

Viajamos muy apretadas las unas sobre las otras, sin apenas espacio que permita al aire rozarnos con su brisa refrescante. El sol que antaño me alumbró ha desaparecido, no veo más que oscuridad sobre mí hasta que, sin saber cómo, el movimiento al que estamos sometidas me devuelve a la superficie, condenando a otras al triste agujero en que me hallaba.

Por vez primera valoro en su justa medida el regalo de la luz, y observo cómo dos hileras de olivos nos acompañan en nuestro viaje hacia lo desconocido, flanqueándonos como si de una escolta de honor se tratase. Compruebo horrorizada que todos ellos se encuentran desprovistos de sus frutos, lo que me lleva a pensar que hemos sido víctimas de un ataque a nivel global. Aquellas extrañas criaturas, sin duda envidiosas de nuestra situación de privilegio, han decidido arrebatarnos nuestra posición como especie dominante en aquellas tierras.

Reducimos la velocidad al atravesar una zona donde extrañas estructuras de piedra suplantan el lugar que habían venido ocupando los árboles. De ellas surgen mayor cantidad de aquellos seres, de todos los tamaños, que nos observan con curiosidad mientras pasamos junto a ellos. Intuyo que esas construcciones deben ser el equivalente a nuestros olivos, aunque palidecen al compararse a su belleza. Se ven tristes y faltas de vida.

Nos detenemos. Todas nos miramos temerosas, sin saber qué debemos esperar, pero pronto sentimos cómo lentamente se va inclinando la cuba en la que hemos sido transportadas, y caemos una vez más sin remedio. Emprendemos una alocada carrera a través de oscuros conductos y elevadores desde los que nos precipitamos al vacío, hasta que siento cómo me oprimen sin piedad, tratando de extraer de mí mi verdadero ser. El proceso es traumático, pero de un modo extraño, y lejos de lo que había temido, me siento mejor que nunca.

Jamás había experimentado semejante sensación de libertad, de fluidez. Mi naturaleza ha cambiado por completo, me he transmutado en otra materia y ya no me siento restringida dentro de mi piel. Comparto con mis hermanas una misma identidad, y me siento viva, poderosa.

Veo cómo las extrañas criaturas me observan con admiración desde el otro lado de la pared del recipiente en el que me han introducido. Puedo ver por sus expresiones que me valoran por lo que valgo, y me lleva a olvidar el terrible proceso por el que me han hecho pasar. Soy dorada, llena de matices que recuerdan a mi origen en la campiña, el fruto del tiempo de felicidad que viví en la cumbre, cuando el agua y la tierra eran mis confidentes.

Miro por última vez al hombre que se encuentra frente a mí, y casi podría decirse que le entiendo, pero cuando le veo tomar el pan y alargar su mano hacia la botella que me contiene, no puedo evitar que me recorra un escalofrío.

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