El silencio de los olivos

El silencio de los olivos

[Maribel Antón Miguel]

Era mayo, había viajado a Italia, ese bello país que tantas maravillas encierra. Fue uno de esos días cuando, comiendo en un restaurante, le conocí. El encuentro en un principio no fue amigable. En el restaurante donde comíamos tuvimos un desencuentro con un camarero. De inmediato apareció él. El propietario.

–Perdonen –dijo acercándose a nuestra mesa–. Creo que han tenido un problema y me gustaría pedirles mis más sinceras disculpas.

–Un percance sin importancia –contesté yo.

–Aun así, permítanme que pueda invitarlos a la especialidad de la casa. Nuestro maravilloso Pane de Saba. Será un placer que lo prueben y conocer la opinión de unos clientes españoles.

–De acuerdo, pero por la opinión, no por el incidente –aseguramos. Habían pasado unos cuantos minutos, cuando el propietario se acercó de nuevo.

–¿Que les ha parecido nuestro postre?

–Fantástico –contestamos a coro.

–Me alegra mucho que hayan quedado satisfechos. Vuelvo a reiterarles mis disculpas, por si en algún momento se han sentido incómodos–. Después de una pequeña tertulia, decidimos pasear de nuevo por la ciudad y disfrutar de las preciosas calles de Florencia, de sus monumentos, de su gente. Al traer la cuenta, fui quien pagó con su tarjeta. Fue el mismo propietario el que realizó el cobro. Al devolverme la tarjeta, sutilmente me preguntó.

–¿Se hospedan cerca?

–Estamos en el hotel Della Signoria.

–¡Fantástico sitio!

Y de esa forma se despidió deseándonos que disfrutásemos de la ciudad. A la mañana siguiente me llamaron de recepción.

–Disculpe, han depositado esto para usted–. Era un enorme ramo de rosas rojas. Yo no podía dar crédito. ¿Quién me podía mandar flores? ¿Quién, además de mis acompañantes, sabe que me encuentro aquí? Lo tomé y abrí la tarjeta que lo acompañaba. “Espero acepte estas flores, para confirmar mis disculpas. Firmado Lucas di Angelo. Posdata: Si está dispuesta, me gustaría enseñarle un lugar que pocas personas que visitan Italia conocen. Pensará usted que soy muy atrevido, pero le aseguro que no se arrepentirá”. Al lado, un número de teléfono. “Por si acepta mi oferta”.

Aquel día mi cabeza no dejaba de pensar en aquel ramo. La proposición y el lugar que Lucas había ofrecido que conociese. Al día siguiente, sobre la hora de la comida, cogí el teléfono, estaba decidida a llamarlo. Marqué el número que figuraba en la parte inferior de la tarjeta… Sonó una voz masculina:

–Dimmi.

–Buenos días, ayer no tuvimos oportunidad de presentarnos. Soy Ana, su invitada a ese lugar especial.

–¡Qué alegría escucharla!

–Le llamaba porque me gustaría disfrutar de ese lugar tan idílico.

– Estupendo. ¿Qué la parece si mañana sobre las once paso a recogerla? Es un viaje un poco largo, puede que tenga que llevar algo de ropa.

–De acuerdo –dije–. A las doce estaré en el hall.

Al bajar le vi sentado en un sillón, su mirada apuntaba al ascensor.

–!Qué grata aparición! –dijo al verme. Salimos y nos dirigimos a un 4x4 aparcado a unos metros de la puerta del hotel. Colocamos el equipaje e iniciamos el viaje. Durante el mismo, solo hablamos de trivialidades. En múltiples ocasiones pregunté por nuestro destino, imposible sonsacarle. Solo una contestación, “prefiero que sea una sorpresa”. Y así pasaron casi siete horas. Justamente después de un gran barranco, comencé a percibir un intenso aroma que no sabía a qué asociar.

–¿Percibes esa fragancia que no había en el resto del camino o soy yo sola?–. Lucas no contestó, pero esbozó una sonrisa. Después de unos cinco kilómetros, apareció ante mis ojos una imagen que me produjo una gran sorpresa. Enormes linderos de árboles que desde el vehículo no había logrado saber qué eran. La visión de aquel paisaje me emocionó.

¿Qué es todo esto? –pregunté.

–Estamos en Puglia, una bellísima zona del país, y zona de los mejores olivos de Italia. De estos maravillosos árboles sale la mayor parte del aceite de Italia. Son de mi propiedad –afirmó. Seguimos el trayecto que parecía no tener fin. Al final de todos aquellos olivos, apareció la silueta de un edifico. Un hotel, pensé. Al acercarnos, pude ver cómo una inmensa mansión con grandes columnas de mármol nos recibía. Un par de personas salieron en nuestra busca y en la del equipaje.

–Buenas tardes, señor –dijo el joven que recogió mis bolsas.

–Buenas tardes, Roque –le contestó con gran amabilidad Lucas–. ¿Cómo va todo? –preguntó el dueño.

–Estupendo, señor, mucha expectación, está prácticamente lleno.

–Buena noticia.

Yo ni los escuchaba. Mi pensamiento en comer algo y estirarme en una cama, o algo que se le pareciese, era más fuerte. ¿Podemos entrar ya? –propuse–. No quiero ser inoportuna, pero necesito comer algo, han pasado muchas horas desde que hemos desayunado.

–Lo siento –dijo Lucas con rapidez–. Pasemos al interior. Iremos a la cocina, a ver qué podemos hacernos a esta hora.

Tras una puerta de blanco impoluto, se encontraron en una gran cocina. Lucas se acercó a un gran refrigerador, lo abrió y tras echar un vistazo, me hizo varias ofertas.

–¿Qué es lo que más te apetece? ¿Una buena ensalada, pizza o quizás una buena pasta?

–Una buena pasta estaría bien –contesté con inmediatez. En pocos minutos degustamos aquel estupendo plato italiano. Tras terminarlo, y una breve sobremesa, le pedí a Lucas poder retirarme a descansar.

–Por supuesto. Mañana te enseñaré todos los alrededores–. Salimos al mostrador de la recepción y solicitó a una joven me acompañara a mi habitación, donde ya estaba mi equipaje.

–Hasta mañana –dije antes de retirarme.

–Que tengas un plácido descanso –contesto él. En la pared frontal de la habitación, un gran panel con dibujos de olivos, tan reales que tuve la sensación de poder tocarlos. Tomé una ducha rápida y me sumergí entre aquellas sábanas blancas que invitaban al descanso. Me desperté a las once de la mañana. Salí rauda de la cama, me duché, me vestí con lo más cómodo que encontré, y bajé al comedor. Cuando presurosa entré en él, solo dos clientes estaban desayunando. Entonces le vi aparecer, y sentí que me ruborizaba de la vergüenza por mi tardanza.

–Lo siento. Podías haberme llamado.

–Sabía que necesitabas descansar. Vamos, a desayunar–. Opté por un desayuno liviano. Zumo de naranja, café y una pequeña tostada.

–Cuando quieras podemos partir –le apunté a Lucas. Se despidió de su gente y me sorprendió la forma tan agradable en la que se dirigía a ellos–. ¿Tienes mucha plantilla? –le pregunté–. Está muy bien cubierta la atención a los clientes.

–Ellos atienden este lugar como si fuese suyo, tengo depositada en ellos toda mi confianza–. Me gustó mucho aquella respuesta. Y nada más traspasar la puerta de salida, comenzó una aventura que nunca he olvidado.

–Iremos a pie –me dijo–. Es la mejor forma de disfrutar de lo que nos rodea. Si te cansas, hay bellísimos parajes para hacer una pausa–. Comenzamos a caminar por un camino que nos llevó a los linderos de olivos que me sorprendieron a nuestra llegada. De nuevo volví a impregnarme de aquella esencia, difícil de definir, pero muy agradable. Cuando estuvimos más cerca, pude ver la belleza de aquellos árboles, de los que yo había disfrutado en Jaén, pero no de forma tan cercana. Vi entre sus hojas en forma de lanza, ramilletes de un tipo de florecilla blanca. Lucas comenzó a relatarme.

–Este mes es el de la floración del olivo. Como puedes ver, sus hojas son lanceadas y su envés es de color blanquecino, ello las protege del calor en verano y del frío en el duro invierno. Las flores se denominan “cadillo”. Están unidas en pequeños ramilletes y como ya has observado tienen un aroma especial.

–¿Puedo coger un ramillete? –pregunté.

–Por supuesto–. Seguimos por los linderos. En un momento puntual, algo sonó que me provocó un pequeño respingo–. No temas, solamente es el sonido que provocan las perdices rojas. Son muy abundantes en esta zona de olivos.

–Lo siento, estas situaciones las trae el desconocimiento. Nunca había paseado entre olivos, aunque sí los he visto, y he visto el trabajo de recolecta en mi país, primer país productor del aceite de oliva–. Nada más decir esto tuve la sensación de que dado que me estaba enseñando cómo se produce el aceite en su país, mi comentario podía haber estado fuera de tiempo. Pero todo lo contrario. Lucas me dijo:

–Esa experiencia tendrás que compartirla conmigo.

–Será un placer conocer cómo son los olivares del país más importante en producción del aceite.

–El placer será mío, aunque mi experiencia es solo visual. No tengo tus conocimientos–. Con curiosidad miraba asombrada sobre todo los anchos troncos. Lucas me explicó que los troncos son todos distintos, gruesos, retorcidos y muchos con protuberancias y grietas que dan lugar a muchas interpretaciones.

–Se ven cosas distintas representadas en los troncos. Esa visión potencia la imaginación. Creo que por hoy, hemos tenido bastante –dijo después de caminar unos cuantos metros más–. Volveremos a descansar y mañana seguiremos viendo esta maravilla–. Volvimos al hotel y pasamos a una sala de estar. En nuestra conversación ni una palabra más sobre los olivos. Hablamos de nosotros, de nuestras aficiones, gustos… Y así transcurrió un nuevo día. Al día siguiente, desperté más temprano. Me preparé con rapidez y el desayuno lo compartí con Lucas y muchos huéspedes, todos interesados en la cultura de los olivos, la forma de fabricar el aceite, una nueva forma de turismo, me informó uno de los guías. Para mí toda una sorpresa.

–Hoy te enseñare los distintos tipos de olivos y cómo producimos nuestro aceite, y mañana te liberaré, y podrás volver a disfrutar de Florencia –rio Lucas. Salimos hacia los linderos y tomamos un camino distinto al del día anterior. De pronto, Lucas me mandó parar.

–¿Ves ese olivo? El que tiene el tronco más retorcido.

–Sí, contesté–.  Al acercarnos, en una de sus ramas descansando, un bellísimo ejemplar de pajarillo.

–No suelen asustarse demasiado.

–¿Qué es?

–Un alzacola, especie que vienen en el buen tiempo. Les gustan los recovecos de los troncos, son una estupenda despensa para su descanso y guardar los alimentos que encuentran–. A pesar de estar tan cercanos se mantuvo quieto, cómodo, como si estuviese solo–. Bajemos un poco más –dijo Lucas–. ¿Ves aquel grupo de olivos que se encuentran más juntos? Esos producen un tipo de aceituna denominada Ogliarola Barese, de un sabor afrutado, aunque un poco amargas. ¿Ves aquellos otros? Esos dan unos frutos amarillos muy dorados, aunque con algún matiz verdoso, son bastante amargas. Y así otras muchas clases–. Seguimos disfrutando de aquella maravillosa estampa que componían todos aquellos olivos en flor.

–Las aceitunas se recolectan cuando están maduras, la forma en que las recogemos es por sacudido. Movemos las ramas y el fruto va cayendo en mantas, procuramos que el fruto sufra lo menos posible. Luego se limpian de piedras, ramas, para molerlas, que lo hacemos el mismo día que las recogemos para que no se oxiden. Se muelen y se centrifugan para separar el agua del aceite. Después se guardan en absoluta oscuridad en grandes cubas de acero inoxidable. A esto es a lo que dedico estos cultivos. Tenemos el hotel para que la gente que esté interesada conozca esta maravillosa experiencia. Estoy encantado de ser tu cicerone, eres una gran oyente, y una estupenda compañía.

Y esa misma tarde, después de comer, volvimos a Florencia. Lucas se despidió mí, no sin decirme el gran cariño que había surgido, y que esperaba volver a verme. Y con un beso nos despedimos. Nada más reencontrarme con mis amigos, lo vivido se acumulaba en mi garganta y las palabras tropezaban en mi boca para salir. Y con ese buen sabor de boca, volvimos a España. Ese mismo otoño, época de recolección, decidí junto a mi amiga Estela, viajar a Jaén y vivir la experiencia de los olivos de mi tierra. Llegamos a nuestro destino, nos acomodamos en el hotel y nos informamos del mejor sitio para conocer la historia de los olivares. Quizás la zona mejor para conocerlos sea la comarca de la Loma, en esta zona hay una actividad llamada “Viaje al mundo del aceite” que resulta muy interesante. Nos facilitaron el contacto y ya en la habitación hablamos con los patrocinadores de la actividad. Consultamos los horarios, y a la mañana siguiente… Dispuestas para la aventura.  Esta comenzó con la visita a los olivares. Mi mente se llenó de bellos recuerdos. Italia. Lucas, su sabiduría... Al recorrer aquellas hileras, el mismo aroma, un poco más intenso, pero no por ello menos agradable. Las ramas, a pesar del peso del fruto, blandían levemente ante la suave brisa, que por breves instantes se levantaba. Estela estaba emocionada.

–Te lo dije, este mundo enamora.

–Su aroma me sobrecoge –dijo Estela–. Me alegra pensar que ese tesoro que posee nuestro país logra enamorar–. El guía seguía explicando.

–Mirad, aquellos de la izquierda son los que dan la aceituna Picual, que es el tipo de fruto más extendido. Está considerada como la mejor del mundo–. No había terminado el monitor de pronunciar aquellas palabras, cuando una pequeña ave se introdujo por una de las aberturas de un grueso tronco. Ha encontrado su despensa perfecta, pensé, y no pude dejar de sonreír–. Los olivos de la Picual son los que mejor soportan las heladas–. No dudé en acercarme a uno de ellos, y pude comprobar que al igual que los que ya conocía, sus hojas eran lanceoladas, algo que llamó mi atención la primera vez que las vi. Durante el paseo, encontramos un manantial que, con música cristalina, alimentó nuestro espíritu el resto del recorrido. Me había quedado a disfrutar del sonido del manantial, pero escuché al guía.

–¿Ven aquellos olivares alejados? Son olivares silvestres llamados acebuches–. Pensando en lo que había disfrutado en Plugia, y sabiendo que el aceite es el oro de nuestro país, me sentí un poco desagradecida con ese mundo oleico por no haberlo descubierto antes.  En una parte del camino, se nos pidió parar. Una sorpresa nos esperaba. Aparecieron unos mozos, con largos y delgados palos–. Ahora tomarán un palo cada uno, y durante unos minutos varearán las ramas de los olivos con los palos, verán cómo el fruto cae. Serán olivareros por unos minutos. Cuando vareen, procuren dar en las ramas, será la forma de perjudicar menos el fruto. Verán caer dos tipos de frutos, uno amarillo verdoso y otro negro. El negro es porque ha madurado bastante más que el dorado. Y ahora, comencemos.

Pronto me vi junto a Estela dando a aquellas ramas con el palo; era emocionante ver caer en la manta todos aquellos frutos, que había costado tanto que se diesen. Sentí un poco de pena al apalear aquellas ramas que, junto con el aroma, fue lo primero que me enamoró de los olivares. Para que la experiencia fuese completa recogimos a mano unas cuantas aceitunas. Sentirlas entre mis dedos fue una de las mejores experiencias vividas. Después nos dirigirnos a la almazara, el molino de aceite que Lucas me había descrito con tanto detalle. Vimos llegar para moler los frutos recogidos en el día. Como final de la jornada, una cata de distintos tipos de aceite en la que pude darme cuenta de los distintos sabores como de los aromas, pero lo agradable de todos ellos. En esa bella tierra jiennense aprendí que, además de aquel oro amarillo, los frutos de aquellas especies de árboles que ya formaban parte de mi vida podían tener más utilidades. Las que Lucas, seguramente por falta de tiempo, no me había explicado. En Jaén se habían creado pequeñas industrias que realizan jabones, cremas y aceites corporales, cuyo ingrediente principal es el aceite de oliva. Uno de esos ácidos muy importantes, el ácido oleico, reconstruye las membranas de la piel.

Toda una vida teniendo esta maravilla tan cerca, y me acerco a este mundo en un país lejano. Pero mereció la pena, porque lo hice de la mano de un hombre maravilloso, y un gran experto en el tema. Al terminar la visita, fuimos obsequiados con productos relacionados con el mundo del aceite. Una jofaina con el oro dorado, una cajita hecha de la madera del olivo y unos jabones hechos con distintas clases de frutos, y distintos olores. Estaba decidida a meterlos en mis armarios para no olvidar esa gran experiencia. Nos despedimos, del guía que tan amablemente nos había hecho partícipes de cada detalle de aquel entorno, mostrándole nuestro agradecimiento.

–Gracias a ustedes por saber escuchar y su colaboración. Eso hace posible que este nuevo tipo de turismo, el Oleoturismo, esté despertando tanta curiosidad.

Cuando llegamos al hotel, cambié todo tipo de impresiones con Estela. Para ella había sido algo increíble, puesto que no conocía nada de este interesantísimo mundo.

–Voy a acostarme –dijo–. Estoy muy cansada. Muchas emociones juntas.

–Yo lo haré enseguida, antes quiero hacer algo–. Tomé mi cámara de fotos. Me dirigí al ordenador, donde recopilé el reportaje de ese día. Cerca de mí aquellos jabones de aceite. Mi olfato no se cansaba de oler. Olía y olía, era tan agradable que no me cansaba de ello. Cuando tuve ordenadas aquellas fotos, y pude escribir un pequeño relato de la vivencia, se lo envié a Lucas. Aquel texto llevaba implícito mi agradecimiento por haberme descubierto ese mundo. Y satisfecha, me retiré a descansar. A la mañana siguiente, comprobé que Lucas había contestado.

“Lo primero que quiero expresarte –decía la misiva– es mi agradecimiento por hacerme partícipe de cómo la belleza y la cultura del olivo se extiende, y cómo hay tanta gente interesada en ella. Todas las instantáneas son maravillosas, aunque la que más me ha impactado es verte vareando el olivo. Lo haces con tanto mimo, que parece que lo meces. Los olivares de Jaén son de una extrema belleza, por algo son los primeros productores del mundo. Me da mucha pena cuando llega el invierno y sus ramas se llenan de escarcha como si se tratara de una gran bufanda blanca, me apena cortar esas ramas a la puerta del invierno, cuando con tanto mimo han sido cuidadas. Pero este es el ciclo, aunque no puedo evitar sentir dolor cuando las tijeras comienzan la poda. Nunca podré olvidar nuestros días juntos entre olivos, y te prometo que viajare a tu país, para que seas mi guía en los olivares de tu tierra”. Dos días más disfrutamos de Jaén. Su catedral. El Museo de Artes y costumbres, que me pareció maravilloso ver in situ la forma de vida de esta ciudad antes de su industrialización. Todo un conjunto artístico y arquitectónico para enamorar. Fue complicado reincorporarme a la cotidianidad. Los primeros días expliqué mi grata experiencia con el mundo de los olivos y el aceite y recomendé el Oleoturismo. Me seguía manteniendo en contacto con Lucas. La comunicación se convirtió en diaria. Eso fue dando lugar a que nuestra amistad se fuese fortaleciendo. Así pasaron los meses y llegó Navidad. Ese mismo día recibí un paquete. El remitente, Lucas di Angelo. Mis manos no eran capaces de quitar el envoltorio que me impedía ver el contenido. Por fin llegué al regalo. Una bonita caja decorada como no podía ser de otra manera con unos bellos olivos. Al abrirla y ver su interior, no pude contener las lágrimas. Dentro de un sobre plastificado, un ramillete de las bellas flores del olivo que cogí en mi primera visita. “Las olvidaste en mi coche y las he conservado hasta poder enviarlas”. Y en el fondo, todo el reportaje de fotos de aquellos días. Me retiré a mi cuarto en el salón, había mucha algarabía. Tomé la primera instantánea. En ella aparecía mi imagen rodeada de las ramas de un olivo de grueso tronco y largas hojas. Mirándola con detenimiento, aquellas ramas parecían decirme acércate y descubre nuestra belleza. Seguí con el reportaje. ¡!!Sorpresa!!!  Una foto de aquel pajarillo introduciéndose en el tronco por uno de sus recovecos con forma de boca, que parecía animarle a pasar y acomodarse. Otra imagen de los linderos. En ella aparecía Lucas con los brazos caídos hacia aquel camino, los olivos parecían decir síguenos. Creo que no podría haber recibido un regalo mejor. Con una gran alegría descolgué el teléfono y agradecí aquel gesto.

–Es lo menos que podía hacer. Que lo vivido y disfrutado se mantenga. No olvides nunca Ana, que el recuerdo es una semilla plantada, que siempre nos recordará los buenos tiempos vividos y seguirá presente después de un tiempo, que dará paso a un futuro.

–No lo olvidaré Lucas, lo prometo.

–Que pases una feliz Navidad –dijo Lucas. Y añadió–: No olvides que este año entrante serás mi guía.

–Lo haré lo mejor que pueda –le dije–. Yo también te deseo unas felicites fiestas, y no dudes que, gracias a ti, y a los olivos, las mías serán de las mejores de mi vida–. Y pude comprobar todo lo que nos dijeron y enseñaron aquellos olivos, aun estando en silencio.

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