La puerta del olivar

La puerta del olivar

[Judith Álvarez Aguirre]

Entraron en el olivar, como estaba planeado. Habían tenido mucho tiempo, para repasarlo una y otra vez. Él la tomaba fuertemente de la mano. Su mano se sentía sudorosa, pero no podía estar segura de si era por miedo, o por el calor insoportable que hacía. Cualquiera de las dos cosas era igual de probable, pero pesimista como era, se decidió por la teoría del calor. A fin de cuentas, ¿quién aguanta aquel ropaje, a las 2 de la tarde, a 35 grados de temperatura, sin sudar? Ciertamente, no un humano.

Ella también sudaba, pero de miedo, de pánico ante la incómoda situación en que se encontraba y, más aún, la que aún le esperaba atravesar. Tenía aún mucho tiempo para llegar y, sin embargo, no podía dejar de pensar en ese momento, en cómo se sentiría allá al final, cuando todo acabase. Sobre todo, porque no sabía cómo acabaría. Por más que se hubiera aprendido, una y otra vez, cada detalle y la secuencia general, la intriga no le permitía dejar de pensar en millones de finales, todos ellos funestos.

Su corazón latía tan fuerte que le daba la impresión de que se divisaba a través del vestido. Pero no le quedaba más remedio que seguir. No había escapatoria, así, presa del más brutal pánico, tenía que seguir con el plan.

El camino hacia el objetivo era de casi 1 kilómetro de distancia, y eso es lo que debían recorrer, así, con esa angustia interna y todo ese calor endemoniado. Aunque estaba acostumbrada a ese calor, por alguna razón sentía que ese día era más intenso y sofocante, casi asfixiante.

El vestido de seda, casi transparente, no le dejaba refrescar más que un abrigo de piel de oso, haciéndola sudar profusamente. Pero el sudor era frío, casi helado, totalmente anormal.

A medida que progresaban en el camino, él le apretaba más y más la mano, llegando a dolerle en alguna ocasión. Pero no se quejó en ningún momento, ni siquiera chistó. No miró hacia el lado, ni de reojo, para ver a quien estaba a su lado, y le tomaba la mano como quien entra a una prueba de vida.

Y eso era, una prueba de vida, o de muerte quizás, o al menos así se sentía. Quien lleva preparándose toda la vida para algo, no debería sentir presión ninguna al llegar el momento esperado. Pero ella no podía evitarlo, su cuerpo obedecía al pie de la letra lo que su mente le dictaba. Era una fuerza mayor, algo que no podía controlar.

Ni siquiera estaba segura de saber el verdadero motivo de su temor, pero la realidad era que lo sentía, por más que tratara, no podía luchar contra él. Acordonada por todo ese miedo, sus pasos iban, temblorosos, pisada tras pisada, metro tras metro, imaginando lo que le esperaba al final de la explanada.

Mientras caminaba, iba meditando sobre toda aquella extraña situación, en la que aún su mente se encontraba afuera, aunque su cuerpo estuviese en plena acción. Aquel extraño que caminaba a su lado, que pegaba su sudor en su mano, le impregnaba una esencia que le tenía congelados el corazón y el alma. Le producía escalofríos, que eran totalmente ilógicos a esa temperatura, y pensamientos aterradores sobre lo que le esperaba al final del camino. Esa persona, totalmente extraña y desconocida para ella, sería el responsable del horrible desenlace que le esperaba.

En su ensimismamiento, notó extrañada, cuando habían recorrido casi la mitad del camino, que realmente no era a él a quien temía. Por alguna razón, él era lo único, a miles de millas a la redonda, que le brindaba cierta seguridad. Es que aquella situación no la habían escogido ninguno de los dos.

Es cierto que al principio le tuvo algo de miedo a él también, y cierto recelo; es que era la primera vez que lo veía. ¿Cómo confiar en un extraño? Aunque ese extraño era, teóricamente, harto conocido por ella, aunque sabía que lo vería en algún momento y llevaba todo ese tiempo estudiándolo, conociendo sobre él, era sólo teoría, realmente no lo conocía, hasta este momento.

Pero a medida que avanzaban los pasos, fue confiando más y más en él. Quizás era porque sabía que compartían la misma desdicha, la misma angustia, o porque en su tormento necesitaba un halo de esperanza, algo que le hiciera creer que, a pesar de todo, la situación no era tan grave. Puede que se sintiera segura sabiendo que ella no era la única que atravesaba tan espeluznante suerte, y egoístamente se sintiese aliviada por eso.

Entonces empezó a creer que la otra mano, esa que aguantaba la suya con ahínco, no sudaba por el calor, sino precisamente por eso, por miedo, uno que sentían ambos. Y se refugió en eso para continuar, aunque sus fuerzas parecían extinguirse.

Nunca entendió que tuvieran que hacer esto, que los hubiesen obligado, pero lo aceptó, con la idea de que lo que hacían era realmente un bien mayor. Claro que tenía que ser allí, en el olivar, que era el corazón del pueblo. Claro que tenían que ser ellos, estaban predestinados desde que nacieron, como muchos otros.

Hasta el olivar estaba preso de una suerte que no se merecía, que por alguna razón desconocida apagaba su brío, su luz. Antes no era así, antes los olivos eran un símbolo de prosperidad, belleza, seguridad; eran lo que debía ser algo sagrado, pura magnanimidad.

Pero todo había cambiado, ahora no eran más que un montón de árboles, en el último lugar de la tierra; árboles en peligro de extinción que imploraban salvación.

Ellos, los olivos, también tenían pánico. No podía verlo, claro está, pero lo sentía. Parecían pensativos y tristes. Era como si ellos también estuvieran atravesando la misma tortura. Y eso lo sentía, en el aire tóxico que cundía el olivar, y hasta en ese empecinado calor fuera de lo normal, que parecía derretir todo.

Sólo que ellos habían sufrido un poco más, más que ellos dos. Habían sufrido lo mismo, pero más tiempo. Veinte siglos es mucho tiempo, y eso era lo que habían vivido esos olivos, rasgando la última gota de vida.

Al menos eso era lo que les habían contado, lo que habían aprendido, así como habían aprendido que eso, lo que estaban haciendo ese día, era su cometido en la vida. Durante toda su vida se había preparado para ello, y al fin el día esperado había llegado. Habían pasado veinte siglos, y varias generaciones, preparándose para el gran acontecimiento que sólo ellos podrían resolver.

Ciertamente eran mágicos esos olivos, con una longevidad muy por encima de la normal, pero llena de desventura y de imágenes tétricas que, seguramente, eran huellas negras en sus raíces. Sólo cuentos había escuchado desde niña, que eran suficientes para sentir admiración y al mismo tiempo total condolencia por esos extraordinarios árboles desfallecientes.

Por eso sentía pena por ellos, porque sabía que, si su pena era grande, la de ellos era inmensa, colosal. Casi faltaban 20 metros para llegar al destino, pero no se percataba mucho de la distancia; ahora estaba concentrada en los olivos.

A pesar de que mantenía su mano fuertemente apretada a la de él, compartir el pesar con él, con los olivos, la hizo sentir un poco más segura. Ya no eran dos los que pasaban por ese desconsuelo, sino millones más, repartidos en muchas hectáreas a la redonda.

Aquellos titanes permanecían, aunque no tan vivos, con ganas de continuar respirando su último aliento. Sus ramas amarillentas se veían abatidas de un lado al otro, por una moderada corriente de aire que llenaba todo el campo, que parecía un huracán entre sus débiles ramas.

De alguna manera sacaban una fuerza desmedida para seguir inertes, ante la muerte inminente que parecían experimentar. Si ellos pudieron, ella tenía que poder. Tenía que rebasar ese momento, que llevaba más de 30 minutos, aunque eso le costara la última partícula de adrenalina.

Todo ese pensamiento, pensar en todas esas cosas, le había ayudado, milagrosamente, a recorrer los últimos metros. A sólo cinco metros, volvió a la realidad. Los olivos habían dejado de importar.

Apretó mucho más su mano contra la de él, percatándose de que él casi tenía la suya isquémica, de tanto que le respondía de vuelta el apretón. Los últimos pasos parecían no tener fin.

Veía el punto muy distante. Aunque sabía que estaba a sólo dos metros de ellos, parecía estar a los mismos mil que al inicio del camino. El tiempo se detuvo por unos instantes, o quizás por un lapso mayor. No sabía si habían sido minutos u horas, pero al igual que el tiempo, todo se detuvo a su alrededor.

Esa mínima distancia ante el rey del olivar se hizo un túnel sin fin a sus ojos. Todo se deformó a su alrededor. Se sintió ligeramente mareada, como en un trance medicamentoso y nauseabundo.

Cerró los ojos, respiró hondo, hasta que sus costillas se expandieron. En la expiración, salió lo que se sentía como una ráfaga de viento desde sus adentros, que hizo que le doliera el pecho de tanto vacío que le provocó.

De repente, en un abrir y cerrar de ojos, ya estaban frente a la majestuosidad de su follaje. Era tan bello como se lo habían contado, y mucho más. Mucho más que todas las historias que, por miles de años, permanecían como legado en los antiguos libros de lectura obligatoria.

Era como si el tiempo no hubiese pasado por el Olivo Madre. Ni el tiempo ni el dolor habían dejado huellas en él. Brillaba en aquella explanada como un cetro de oro clavado en una roca, sin tener compasión alguna por sus hermanos decadentes, que le hacían la corte.

Sintió de pronto una calma extrema. Ya su corazón no latía tan fuerte, se había calmado. Continuaba apretando la mano de él, pero ya más relajada. Se sentaron como estaba previsto, como habían ensayado, individualmente, durante tan largo tiempo. No se habían visto la cara, no podían, sólo había podido ver su mano, fuertemente apretada contra la de ella.

Se sentaron uno frente al otro, a justamente medio metro de distancia. Él sacó el pequeño libro de su bolsillo, un libro viejo de sólo 10 x 10 centímetros. Lo puso sobre una de las raíces, una grande que protruía de la tierra.

Ella se quitó el colgante, la piedra turquesa medía casi tanto como el libro. Lo acomodó sobre el libro y volvió a la posición equidistante de la mirada opuesta. Ambos se quitaron el sombrero que cubría sus caras y llegaba, a modo de sombrero abeja, hasta los hombros.

Se vieron las caras por primera vez, y les gustó lo que veían, les gustó y los embelesó. Lo primero fue tocarse las mejillas, acariciarse el rostro completo. De ahí, hubo un acercamiento, sus labios se tocaron.

A su alrededor los olivos dejaron de mecerse. La piedra turquesa se encendió y se convirtió en todo un forro resplandeciente que cubrió el pequeño libro. El libro se abrió y todo quedó en un sepulcral silencio, casi aterrador.

Se besaron, con más intensidad y pasión de lo que jamás habían experimentado, con furor hormonal desmedido, salido de la nada. Se tocaron cada rincón de su cuerpo, y ya sin ninguna ropa, el sexo en sí los hundió en la más arrebatada locura carnal.

El Olivo Madre se encendió, como una enorme telaraña led, en medio de total oscuridad. Ahí, justo en el ocaso, sus cuerpos enloquecidos por la lujuria, se fundieron formando una enorme y amorfa masa lumínica.

Habían pasado todo un día caminando por una estera de angustia que ahí, con sólo un pequeño vórtice de luna iluminando sus cuerpos desnudos, terminaba en provocadora insanidad.

Las ramas del Olivo Madre comenzaron a emerger de la tierra, arrastrando todo el polvo hacia afuera, y empezaron a cubrir todo. Se entretejieron en el libro y alrededor de ellos, formando un embudo de raíces gruesas que los elevó por encima de todo el follaje, verde lumínico.

Las raíces cubrieron todas las ramas y las hojas, hasta volverse una masa compacta que semejaba un tronco. La masa se fue volviendo más y más pequeña, contrayéndose hacia la tierra. La gran masa lumínica dejó de emitir su halo. Todo se había convertido en un pequeño arbolito, casi un arbusto.

Era el Olivo Madre que, del tamaño de un bonsái, había tragado todo a su paso, dejando sólo ese pequeño cuerpo como única huella de su existencia.

Los olivos volvieron a mecerse, frondosos, verdes y vivos. La marca de su sufrimiento se desvaneció en un segundo. Un siglo más debía pasar antes de que, nuevamente, volviera la agonía al olivar. Mientras, estaría altivo, hermoso, inspirador.

Todo un siglo para que dos chicos, elegidos de entre unos cientos, volvieran, como estos últimos, a entrar temblorosos por la puerta del olivar.

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