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[Marta Díaz]

Viernes, 4 de septiembre de 1959

 

Esta tarde me he despedido de mis amigos. No ha habido lágrimas, que nosotros ya somos mayores para eso. Pero se notaba que todos nos estábamos aguantando las ganas de llorar.

 

Me han traído unos cuartos de empanada, mermelada de mora y medio queso blando de los que vende Don Nicolás el de los ultramarinos. Les había contado que me pasaría casi tres días viajando en ferrocarril y para ellos eso significa que me puedo morir de hambre. Para ellos y también para mi madre. Entre estos paquetes y los bultos de comida que me esperan preparados en casa, no me va a quedar espacio para la ropa en las maletas. Aunque tampoco es que tenga mucha.

 

Me voy a vivir un tiempo con un hermano de mi madre a un pueblo de Jaén. Nunca hemos ido a conocer a esa parte de la familia, pero sé que se han encargado toda la vida de cuidar una finca con olivos. Recuerdo que en una ocasión nos enviaron más de una docena de latas del aceite que ellos mismos producen y que mi madre lo servía como gotas de perfume. Para que nos durara el mayor tiempo posible decía, como si en las tiendas de nuestro pueblo no vendieran aceite.

 

Mi tío y su esposa no han tenido hijos y por lo visto les deben de sobrar habitaciones en su casa porque sin pensárselo demasiado nos hicieron llegar un telegrama urgente para decirnos que, en la otra punta del país, había sitio para mí. Yo hubiera preferido irme con mis padres, pero ellos no dejan de insistir en que esto es lo más conveniente. Que quedándome en España me será más fácil continuar con mis estudios y convertirme en “alguien de provecho”.

Ellos se van a trabajar a una fábrica de motores en Baden, al norte de Suiza. No saben nada de alemán, ni suizo o lo que se hable allí, pero dicen que van a aguantar hasta que ahorren dinero suficiente para poder volver a España y tener los tres una vida mejor. O digna, como dice mi padre.

 

En la escuela me han contado que donde voy a vivir, mires a donde mires, la tierra está cubierta de olivos. Nada de vacas y hierba como en el norte. Mi madre, que es una sensiblera, dice que los campos dibujados con lunares verdes son infinitos, como si hubieran vestido de faralaes a la tierra. Yo no he visto demasiados olivos a mis catorce años de edad y ni siquiera sé lo que son unos faralaes. Y la verdad es que no tengo interés alguno en saberlo, como ya le he dicho tantas veces a mis padres de camino a encerrarme toda la tarde en mi cuarto. A ellos sin embargo lo que yo sienta les da igual. Ni siquiera han sido capaces de prometerme que voy a volver pronto. Solo sé que mañana a las ocho cojo el primer tren hacia La Coruña.

 

Sábado, 22 de octubre de 1960

 

Han pasado trece meses desde que llegué y poco a poco me estoy empezando a sentir como una más de la casa. Me está costando adaptarme pero no tengo otra opción. Hoy ha sido el primer día de recogida y hemos salido todos al campo casi a la misma vez que el sol. Pareciera que le faltaran horas al día.

 

Yo ayudo al ordeño. Es algo así como exprimir la leche de las ramas del olivo. “Con cuidado, pero sin dormirse en los laureles”, eso es lo que repite la señora Manuela sin parar. A veces finjo que me dejo un montón de aceitunas enganchadas a la rama para sacarla de quicio. Lo debo de hacer muy bien porque siempre la engaño, ¡no tiene remedio! Luego se da cuenta de que me estoy riendo y viene persiguiéndome con el palo de varear, aunque la pobre está tan gorda que nunca me alcanza.

 

Este otoño la cosecha ha madurado antes y hemos adelantado la recolecta para que la lluvia no arruine el trabajo de todos estos meses. Agustín, el encargado de organizar las cuadrillas, es el que me explica todo esto. Debe de estar un poco harto de mí porque no paro de hacerle preguntas, pero en realidad creo que le encanta alardear de todo lo que sabe sobre los olivos. Los conoce muy bien. A veces le veo darle golpecitos a los troncos retorcidos y decirles cosas, como dándole ánimos a un niño rebelde para portarse mejor.

 

Esta noche hay una pequeña fiesta en el cortijo, donde vivo con mis tíos, para celebrar el comienzo de la aceituna. Vendrán todos los trabajadores con sus familias. Algunos tienen hijos de mi edad que van al mismo colegio que yo y hablamos de nuestras cosas de vez en cuando. Supongo que haremos lo mismo que el año pasado, asar todo el cesto de chuletas y longanizas que hemos sacado de la despensa donde guardamos la matanza y gritar canciones todos a la vez.

 

 

Domingo, 9 de julio de 1961

 

En unos días mis padres llegarán a Jaén para pasar un mes entero con nosotros. Tengo muchas ganas de verlos y de contarles todo lo que me ha pasado desde la última vez que los vi. Sobretodo a mi madre. Ella nació en un pueblo muy pequeño cerca de donde se encuentra la finca. Y bueno, por coincidencias de la vida conoció a mi padre, que es gallego, y acabaron yéndose a vivir al norte. Ella nunca ha hablado demasiado de Jaén. Se fue de aquí muy joven y yo sé que ha encontrado su lugar en Galicia con mi padre. Pero cuando nos contaba algunos recuerdos de su infancia siempre se ponía muy nostálgica. Casi triste. A lo mejor alguna vez se ha preguntado cómo hubiera sido su vida si no se hubiera marchado. Nunca hemos hablado de eso.

 

Martes, 20 de marzo de 1962

 

Esta es mi época favorita del año. Me podría pasar el día entero caminando entre las hileras de olivos en flor. Es imposible ignorar la solera que irradian las pendientes de árboles plagadas de pétalos blancos y pequeñas bolitas amarillas, como pepitas de oro. También hay un oasis de lavanda a unos pasos del cobertizo. La utilizamos para preparar jabón y aguas perfumadas. Yo además suelo dejar unas ramitas en pequeños tarros con agua por distintos rincones de la casa y un ramo más grande en mi habitación, delante de la ventana.

 

Esta tarde al volver de pasear he oído varias voces en el salón y me he quedado escuchando junto a la puerta. Lo que ha pasado es que Tomás, el hijo mayor de Agustín, ha venido a hacer una propuesta a mis tíos sobre hacer algunos cambios en la finca. Tomás es un poco mayor que yo y está estudiando para ser perito agrícola. Una vez me contó que quería convertirse en un “gran experto” en cultivos. A mí me parece que es un poco enterado, pero también creo que es muy listo.

 

El caso es que le he oído decirle a mis tíos que si quieren que sus tierras estén a la altura de las explotaciones más modernas deberían hacer cambios en su manera de producir aceite. Al parecer hay unas nuevas técnicas para extraer el aceite de las aceitunas y algunos agricultores han empezado a usar unos molinos que tienen martillos en vez de rulos de piedra, como los de la almazara que hay en nuestra finca, y nuevas máquinas para el trasiego.

 

Creo que mis tíos no se lo han tomado muy bien pero después, durante la cena, han dicho que quizás deberían pensar un poco más sobre todo el asunto.

 

Por cierto, hoy hemos cenado los mejores galianos con conejo que he probado en la vida.

 

Miércoles, 13 de noviembre de 1963

 

Dicen que está siendo la mejor cosecha en años. Incluso hemos tenido que traer a más jornaleros para que nos ayuden. En gran parte es gracias a las épocas de lluvias que tuvimos el año pasado. Todo el mundo está contentísimo y casi no se habla de otra cosa. El estado de euforia es contagioso. En donde vivimos es difícil encontrar familias que no dependan de alguna manera del cultivo de olivos. De que el clima y la tierra sean generosos.

 

Este y otros años de bonanza les han permitido a mis tíos reservar algún dinero. Ni mucho menos una fortuna, pero lo suficiente para poder vivir con lo necesario durante los años de vida que les quedan. Lo sé porque mi tía vino a hablar conmigo la otra noche y me lo estuvo contando. Me dijo que a ella y a mi tío les gustaría usar parte de ese dinero para ayudarme a pagar una carrera en la universidad. Yo aún no sé qué quiero estudiar, pero he cogido del instituto algunos libretos con información sobre las universidades más cercanas y los estudios que ofrecen. Mi tía me vio un día leyéndolos en la cocina mientras merendaba y por eso supongo que ha venido a hablar conmigo sobre este tema, para tranquilizarme. Espero saber cómo agradecérselo alguna vez.

 

Sábado, 12 de septiembre de 1964

 

Aún no me creo del todo que estoy aquí. Sentada frente a un veteado escritorio color cerezo, viendo a otros estudiantes recién llegados como yo salir y entrar del edificio con maletas, sacos, carritos repletos de libros... Incluso he visto a una chica cargando una caja llena de manzanas.

 

De vez en cuando giro la cabeza y repaso de nuevo los detalles de la habitación. La delgada grieta escondida tras el armario, los cajones desencajados debajo de la cama o la bombilla recién cambiada de la lámpara encadenada al techo.

 

Vinieron todos a acompañarme al que será mi refugio en esta ciudad. Mis padres, mis tíos, Agustín y hasta Manuela, que casi no cabía por los pasillos de la residencia. La pobre no podía dejar de llorar. Mi padre ha tenido que prestarle su pañuelo de hilo blanco, el que siempre lleva doblado en el bolsillo de la chaqueta, para que se secara las lágrimas de la cara.

 

Yo también me he quedado un poco triste. Además, solamente quedan dos días para que comience el curso y cuando me paro a pensarlo, empiezo a darle vueltas a la cabeza. A si estaré lo suficientemente preparada, a cómo serán los otros estudiantes y a si me gustarán los profesores y las clases.

Voy a estudiar literatura.

 

Lunes, 14 de septiembre de 1964

 

Diferente. Intenso. Provocador. Así ha sido el día de hoy. Cuando he entrado en la habitación estaba tan cansada que no sé cuánto tiempo llevo desplomada sobre la colcha abullonada que cubre la cama.

 

He vuelto andando con Mercedes, una chica que he conocido hoy por casualidad al acabar las clases, al darnos cuenta de que las dos íbamos caminando en la misma dirección. Hemos ido hablando sobre lo que nos ha gustado más y burlándonos de los chistes malos de alguno de los profesores. También sobre el primer relato que debemos escribir para una de las asignaturas. Puede ser sobre cualquier tema. El propósito, según nos han explicado, es comenzar a “liberar la mente y la mano”. Yo ya he decidido sobre qué tratará el mío.

 

Me gustaría compartir, en siete páginas de mi diario, lo que he aprendido de la vida y de las personas con el paso de las estaciones; rodeada de olivos.

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