Aceite y vinagre

Aceite y vinagre

[Manuel Mesa Torres]

Le dio un arrechucho y tuvo que ser hospitalizado. La primera vez en su larga vida, a falta de dos meses para cumplir ochenta años de edad, metido en la cama con una impoluta bata verde y su vieja boina negra colocada sobre la cabeza. Rafael no podía perder su dignidad. Solamente se lo permitía su conciencia cuando entraba en el interior de la iglesia al entierro de algún familiar o vecino. El resto del tiempo, siempre cobijaba su personalidad bajo tan singular prenda.

Compartía la misma habitación con otros dos pacientes: Emiliano y Federico. La enfermera les suministró el desayuno: un vaso de leche desnatada, una tostada y una tarrina monodosis de aceite.

–¿Este botecillo qué es? –preguntó Rafael.

–Es aceite de oliva –contestó Emiliano.

–Por si le quieres echar a la tostada –continuó Federico.

–¡Qué inventos! En mi molino se llenan garrafas de arroba. ¡Y mira esta ridiculez…!

Después de llenarse la barbilla con el aceite de la tostada, que escurrió hasta impregnar las sábanas, no les quedó más remedio a las auxiliares de enfermería que adelantar el aseo de los enfermos y hacer las camas con lienzos nuevos.

¿Para qué le habrían puesto tal desayuno? Ya había tema para todo el día. A Rafael se le acumularon los recuerdos.

–En mi pueblo, cuando nace un niño, lo primero que hace Rosario, la partera, es embalsamarlo con aceite de oliva. Ella, que sabe mucho de esas cosas, dice que el ácido linoleico es muy bueno para la piel del recién nacido y el oleico sirve para saber si es alérgico, y lo averigua porque enseguida se le pone la piel muy roja, con ezcemas y muchos picores. ¡Que llora el niño, es el oleico! ¡Que no llora, es el linoleico! Luego a mí, en secreto, me dice si el niño ha berreado o no. Que ha llorado, entonces es que el aceite es muy bueno y lo vendo dos pesetas más caro. Que el niño no hace “ni fú, ni fá”, pues lo dejo al mismo precio. “Hasta con mala aceituna sale aceite para buena cura”. También se lo dice al párroco, para cuando tiene que bautizar a la criatura; se llena el dedo, más o menos, para hacerle en la frente la cruz de santo o de cristiano, ¡que ya no me acuerdo!

Emiliano y Federico se partían de la risa cuando entró el doctor.

–¡Hombre! Si es mi paisano Rafael “el Molinero”.

–¡No! Yo soy “el Aceñero” –le interrumpió.

–Aceñero y Molinero. ¿O es que ya no llevas el molino?

–¡Hasta que me muera! “Si quieres llegar a viejo, guarda aceite en el pellejo”. ¿Tú quien eres? –preguntó.

–El hijo de don Evaristo, el maestro. ¡Vamos a ver cómo va esto!

Después de examinarlo, quizá, con más detenimiento, por las circunstancias, le dijo:

–Amigo, esta tarde te vamos a realizar una litotricia con láser para eliminar los cálculos renales. Si todo va bien, mañana te podrás marchar a casa.

–¿Una lito qué? –preguntó sorprendido.

–Para quitarte unas piedras que tienes en el riñón.

–¿Piedras en el riñón? ¡Anda ya! Si yo como pucheros y migas.

La risotada del médico, don Arturo, no se hizo esperar.

–¡Tómatelo con paciencia! Mañana a primera hora volveré a ver cómo sigue. A ustedes dos les damos el alta hoy. Cuando almuercen se pueden ir a casa.

–Me quedo aquí solo toda la tarde y por la noche –replicó enseguida Rafael– y me da una enfermedad.

–Pues está justo en el lugar donde se curan todos los males… –contestó el médico mientras abandonaba la sala. Rafael, con cierto recochineo, le comentó a sus dos compañeros:

–Este tío está majara, igual que su padre que los tenía cuadrados y con piquillos como las cajas de las galletas. ¿Cómo voy a tener piedras? Ni que mi riñón fuera una cantera de lajas para los “terraos”. A este muchacho su padre no le atizó con la vara de olivo como a los demás críos. ¡Y mira que era el más gamberro de todos! Por las tardes se iban los niños a jugar al fútbol a la era y luego se metían todos en el molino a jartarse de papas asás con un buen chorreón de aceite, recién prensado. Pero cuando venía éste con ellos, yo le echaba a la botella un buen chorreón de vinagre y él, con los ojos llorosos, decía: ¡Hoy, Rafael, la aceituna la han traído verde! Y nos meábamos.

Las risotadas de Emiliano y Federico alertaron a las enfermeras que entraron apresuradas a ver qué pasaba.

–No es nada –respondió Federico–. Son las cosas de Rafael. Nos está contando sus historias y…

–¡Ya vale! Recuerden que están en un hospital.

Pasados unos minutos en silencio, Rafael volvió a sus trece:

–Estamos en un hospital, pero todavía no me estoy muriendo. ¿No voy a poder hablar? Otras veces meto en el horno unas chuletas de marrano o unas setas envueltas en papel de estraza. ¡Eso es para nosotros! Los críos ya tienen bastante con las papas. La damajuana llena de vino pasa de unos a otros. Si se vacía la rellenamos de la garrafa. Vino no falta, y ganas de pasarlo bien, tampoco. “Aceite y vino, bálsamo divino”.

La atención que prestaban Emiliano y Federico era mayor que la concedida por una beata al sermón del sacerdote durante la misa. Preguntó Emiliano:

–¿Cómo es tu molino?

–De los antiguos, de rulo. ¿Sabéis como funciona?–. Sin esperar respuesta, continuó–. La aceituna primero se limpia y se lava. Luego se machuca con la piedra, que la mueve un mulo dando vueltas, al que hay que taparle los ojos para que no se maree, o de dos tíos que se hayan llenado bien la panza. En mi molino está mi mulo que ya se sabe la tarea a cambio del cubo de cebada. A la torva se le echa media fanega de aceituna y ¡arre Palomo! Los que han ido a moler la aceituna y yo, entre vino y vino, vigilamos y vamos apilando la pulpa en capazos de esparto. Cuando hay un montón de capazos los rociamos con agua hirviendo y los prensamos. Luego lo decantamos y ¡ya tenemos, por un lado, el aceite y por el otro el alpechín! Los huesos y pulpas, cuando ya están bien estrujados, son el orujo que luego se llevan los agricultores para abonar los campos. Todo esto me lo enseñó mi abuelo, que tenía más años que Matusalén, cuando yo todavía no tenía los huevos negros.

Se partían de la risa cuando entró la enfermera.

–¡Vamos, Rafael! Que ha dicho el médico que te pinche.

–¿Eso no llevará vinagre, verdad?–. Emiliano y Federico volvieron a reír–. ¡Es que de ese no me fío ni un pelo!

Después del pinchazo, Rafael, prosiguió:

–¡Claro que mejor que venir con una porra a romper las piedras! El año pasado, Andrés, “el Enterrador”, plantó un olivo en una de las esquinas del cementerio donde quiero que me entierren con orujo. Este año echará las primeras aceitunas. Las que no picoteen los mirlos servirán para abonar mis huesos. El día de los santos ya le he dicho que no me lleven flores. Prefiero que me rocíen una botella de vinagre para ahuyentar a los gusanos.

Llegó la hora del almuerzo y a cada paciente le entregaron su correspondiente bandeja.

–Esto que hay en el cuenco, ¿qué es? –preguntó molesto.

–Caldo de verduras –le respondió la enfermera–. Después, un poquito de pollo con arroz y un yogur. ¡Mejor que en un restaurante a la carta!

Metió la cuchara de plástico en el recipiente y al moverlo, dijo:

–¡Esto es un potíngano!

–¿Un qué? –preguntó Emiliano.

–Un potingue de hierbas.

Lo probó y…

–¡Está soso! Le falta un hervor. ¡Oiga, señorita! ¡Tráeme una botella de vinagre y un poco de aceite que arregle esto!

Edurne, que así se llamaba la enfermera, le contestó:

–Rafael aquí no hay condimentos. Se lo tiene que tomar así.

Con cara de pocos amigos se tomó un par de cucharadas, como buenamente pudo, y devoró el filete de pollo. El yogur, que no lo había catado en su vida, le gustó. Con su peculiar recochineo comentó a sus colegas:

–¡Ahora a los ochenta años me dan papilla de niño!

Cuando Edurne entró a retirar el servicio, Rafael le dijo:

–¡Mira, niña! Mañana me haces un aceite y vinagre.

–¿Eso qué es? –le preguntó.

–¡Ah! ¡No sabes! Pues te lo voy a explicar. ¡Siéntate aquí bonica! Se coge un cazo y se llena de agua. Se le pone unas ramillas de perejil, una cebolla, un chorreón de vinagre y otro de aceite... pero del bueno, el del ácido oleico. ¡Ah! y un poquillo de sal para que no esté tan sosa como ésta que me has traído. Se deja cocer. Después pelas una patata y la haces trocillos. Cuando el agua lleve un rato hirviendo le echas las papas. Si tienes un trozo de pescada se lo pones también, que eso le da un sabor que resucita a los muertos. ¡Y ya está! A mí me gusta cuajarle un huevo y echarle trocillos de pan en el plato. El huevo es como la isla de Mallorca y el pan como los barcos que navegan por el mar Mediterráneo. Yo lo remato con un chorreón de limón. A mi mujer, Virginia, le gustaba echarle más vinagre. ¡Le iba bien con su nombre! “Con mal vinagre y peor aceite, buen gazpacho no puede hacerse”.

Edurne, sorprendida, le contestó:

–Pues sí que tiene que estar buena esa sopa. Pero me temo que aquí no te la van a poder hacer.

Rafael, incorporándose de la cama:

–Ya me la fabricaré yo mañana, cuando esté en mi casa. “Cada mochuelo a su olivo”. Además le dices al médico que las piedras del riñón se quitan bebiendo agua de Lanjarón.

Rafael se colocó su boina y se hizo una larga siesta. Cuando despertó, una paloma blanca con un ramito de olivo en el pico se posó en la ventana. Sus compañeros de habitación ya se habían marchado, pero él no estaba solo. En el sillón, al lado de su cama, estaba Edurne. Entonces, Rafael, rompió el silencio:

– “Sobre el olivar se vio una lechuza, volar y volar…”

En toda la tarde la enfermera no se separó de Rafael. Había terminado su turno de mañana, pero no podía irse a casa dejando en soledad al viejo molinero.

–Y mientras el gandul no me viene a visitar -se refería a Plácido, su sobrino–. Ese vendrá el día que me muera en busca de la herencia –continuó.

Edurne le dijo:

–No se preocupe. Su sobrino tiene billetes como para enterrarlo. Es el Director del Banco de España. Por eso tiene que estar en Madrid todos los días. Vendrá el viernes para pasar el fin de semana. Yo estoy aquí y no le voy a dejar solo. ¿Usted sabe que Plácido es mi marido?

A Rafael le cambió la cara. Se puso más rojo que un tomate. Le faltaba la respiración. El corazón le empezó a palpitar a velocidad de vértigo. Unos sudores fríos recorrían su cuerpo de la cabeza a los pies.

–¿Qué le pasa, Rafael? –preguntó ella soliviantada.

–¡Que me muero!

Enseguida le tomaron la tensión, le comprobaron el nivel de azúcar en sangre y… le pincharon. Pero el malestar no era pasajero, pese a la medicación.

–Mira, niña. Esto se quita con una cucharada de aceite de oliva virgen extra y otra de vinagre. ¡Tráemelas! “El remedio de la tía Mariquita: con aceite todo se quita”.

Y así fue. Al cuarto de hora, Rafael volvió a recuperar su aspecto y hasta las ganas de charlar.

–¡Lo que hace el aceite! ¡Dios mío! ¿Y no tenéis hijos?

–No –afirmó ella–. ¿Eso también sirve para la fecundidad?

–¡Pues claro, chiquilla! Una cucharada de aceite con unas gotas de vinagre todas las noches y a los nueve meses… o es niño o es niña.

Al rato se lo llevaron a quirófano. Durmió la noche de tirón, y a la mañana siguiente, viéndose aún allí, tenía pocas ganas de hablar. Entró el doctor:

–Buenos días, Rafael. La operación fue todo un éxito. A partir de ahora tendrá que beber mucha agua para expulsar la arenilla poquito a poco. Si no surge ningún inconveniente, esta misma tarde se podrá ir a su pueblo.

–Se vendrá conmigo a mi casa de Linares a pasar unos días –continuó Edurne.

–¡Qué alegría me da, doctor! –interrumpió Rafael–. Yo pensé que aquí ya iba a terminar mi andadura por la vida, pero aún me queda mecha para bregar. Le tengo que hacer a esta mozuela una comida para que se chupe los dedos. “La mejor cocinera, la aceitera, y el mejor cocinero, el Aceñero”.

Edurne y Plácido aprovecharon aquel fin de semana para hacer oleoturismo con Rafael. Disfrutó como un niño. La vista se le perdió entre un mar de olivos. El olor a alpechín le retornó a su viejo molino. Visitaron varias almazaras y cataron el oro líquido en todas ellas. Fueron a ver el museo del aceite de oliva, Úbeda, Baeza… y hasta le llevaron al teatro, por primera vez en su vida, a ver la obra de Lope de Rueda: “El paso de las aceitunas”.

En su molino, ahora, ha cambiado las patatas asadas por un “mojetillo” de aceite, y el vino de la damajuana por agua de Lanjarón, mientras “Palomo”, con las anteojeras puestas para no marearse, sigue circularmente moviendo el rulo de piedra.

Desde hace tres años, al menos, una vez al mes Plácido, Edurne y su hijo, el pequeño Shemen (en hebreo significa aceite), se desplazan a La Alpujarra a darle una vuelta al viejo Rafael, que gustosamente les prepara para comer un remojón de bacalao con naranjas y aceitunas negras, patatas “aliñás” con lomo de orza y… por supuesto, su particular “sopa de aceite y vinagre”.

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