Raíces

Raíces

[Manuel García Pérez]

Aún quedaba más de una hora para el amanecer. Antonio estaba sentado en su silla baja frente a la chimenea, dejándose llevar por el crepitar de la leña de olivo al arder a un tiempo lejano.

Eran mañanas frías, y noches de duerme vela. Se levantaba mediada la noche para alimentar a sus mulos “Letrao”, “Enamorao” y “Trabajosa”, para que estuvieran fuertes para el trabajo que les esperaba. Era tiempo de la recogida de la aceituna.

Despertaba él sin la necesidad de despertador que le avisara de que otra jornada estaba a punto de comenzar. Se levantaba animoso, sin trabajo, dando un par de zapatazos en el suelo para desentumecer los pies, y vertiendo un poco de agua en la palangana, se aseaba y espabilaba.

Salía a las cuadras para verlos otra vez, hablaba con ellos un momento, contándoles lo arduo del día que les esperaba, diciéndoles que parecía que venía agua por el cerro. Se acercaba a ver las tres cabras que tenían para la familia, y a suministrarles el cereal y unos haces de ramón de los olivos que ya habían comenzado la corta. Visitaba  a los cerdos con la misma operación y revisaba a la marrana que estaba a punto de parir. Las gallinas, pollos y conejos eran tarea de Rosario.

Cuando llegaba a la cocina, después de pasar por la palera, traía un pequeño brazado de varetas secas y unos cuantos palos de la corta del año anterior para echar a la lumbre. Cuando llegaba a la cocina veía a Rosario, su mujer: “Buenos días, mujer”, la saludaba como venía haciendo desde hacía ya muchos años.

—Buenos días, papa Antonio —le contestaba ella con el nombre que le habían asignado en la familia para los nietos.

—¿Para dónde vais a ir hoy? Parece que se avecina lluvia y los llanos son trabajosos si llueve.

—Ya lo he visto, llevaré a la cuadrilla a las “Piedras Cobos”, si no llueve fuerte podremos echar el jornal completo.

Cuando estaba la lumbre encendida y con sus primeras ascuas en el fondo, como venía haciendo desde que formó su propia familia, comenzó a elaborar las migas.

—Mujer… Despierta a tus hijos que ya mismo tenemos que irnos —le comentaba a ella cuando las migas estaban a punto de terminar.

—Coged la cuchara y a comer… “Las migas de pastor, cuantas más vueltas mejor” —le decía a sus hijos.

—Abuelo, y las otras cómo son —le preguntaba su nieto.

—Las otras son “Las migas del gañán, que con una vuelta están” —y la consabida broma que tanto le hacía reír a Antonio.

—Manolin, ¿quieres la piel del bacalao asao?

—¡Sí, abuelo! —gritaba él.

—Muy bien, vamos a echar este trozo grande. Si se queda así de plano te lo comes tú, y si se arruga me lo como yo. ¿Vale?

Como siempre, al echarlo a las brasas, se cerraba sobre sí mismo, a lo que Manolín ponía mala cara. Pero no importaba, pues siempre compartía con él el pellejo del bacalao. Antes, cuando era bastante más pequeño, esperaba con ansia la vuelta de su abuelo del tajo. Nada más verlo atacaba la capacha para devorar lo que quedaba. No se dio cuenta, hasta hace un par de años, de que el abuelo se lo dejaba para él, siempre el mejor trozo, la mejor parte de lo que él tenía para comer en el tajo.

Antonio fue a las cuadras para preparar a “Letrao”,  “Enamorao” y “Trabajosa”; una vez puesta la jáquima, los iba sacando uno a uno a la puerta, atándolos a la anilla colocada en la pared. Y con la parsimonia del que lo ha hecho miles de veces, les colocaba el aparejo, colgaba las sogas, que más tarde utilizaría para amarrar los sacos de aceituna y llevarlos al cortijo, donde esperarían hasta ser trasladados al molino por una recua destinada a ese menester, las capachas, la castaña y el botijo que mantenía el agua fresquita. También los fardos, las varas, los sacos, la criba si cambiaban de sitio, y todo lo que en  una jornada y sus imprevistos pudieran necesitar.

Había ya a esas horas un trajín de gentes y bestias en las calles del pueblo, unos cantando, otros riendo y todos, sobre todo, hablando a voces y celebrando la llegada de un  nuevo día de alegría y bonanza para todas las casas, gracias a las lluvias caídas en otoño. Se preveía ese año una buena cosecha de aceituna, por lo que los jornales se verían incrementados en bastantes días, aumentando los ya mermados ingresos de las familias que dependían de la fertilidad de la tierra.

La familia al completo, rodeando la chimenea, hablaba de lo sucedido el día anterior en el tajo, las aventuras y desventuras de los vecinos, los sueños, las ilusiones de poder hacer esto o lo otro con los dineros de los jornales.

—Id abreviando, que se nos echa encima el día —les decía Antonio a sus hijos y de manera más suave a su nieto Manolín, que llevaba, de sus doce años, tres trabajando mano a mano con sus tíos.

Entre risas, chistes y cánticos abandonaban los aceituneros el pueblo, en una pequeña pero tumultuosa procesión, cada uno dirigiéndose al olivar donde echarían el día, en una lucha por arrancar el fruto de sus ramas por parte de los vareadores y cogidas, las del suelo, por manos expertas, encallecidas, ásperas y sin embargo hábiles.

Era en esta peregrinación hacía el olivar donde las mujeres jaeneras, dotadas de un carácter alegre y distendido, provocaban a los hombres con coplillas como “Cuando paso por tu puerta / cojo pan y voy comiendo / para que no diga tu madre / que de verte me mantengo”.

“Anda y vete al campo / y llora que tienes por qué llorar /  que eres muy niño / y ya sabes con dos barajas jugar”, provocando una lucha feroz de ocurrencia y picardía entre ambos sexos. Mañanas de frío y escarcha:

—Antoñico, ¿no tiene usted frío —le preguntaba una de las mujeres.

—Dolores, pa que quiero el frío si no tengo pelliza que ponerme —le contestaba con una sonrisa, que a la vez desataba la risa de los demás.

—Juan, echa la lumbre para calentarnos un poco —le dijo a uno de los jornaleros.

Tenía por costumbre Antonio llevar una botella de aguardiente, que la pasaba a la cuadrilla para que los cuerpos entraran en calor, hombres y mujeres, todos por igual.

El total de la cuadrilla: once hombres, trece mujeres, dos zagalas y tres mozalbetes lampiños, escuchaban alrededor de la lumbre el reparto de faenas. Normalmente dividía las varas de manera que se llevaran de dos a tres olivos por delante, nueve mujeres para coger las del suelo antes de que llegaran los hombres para varearlas, dos para recoger los salteos, y otras dos para la criba y los sacos; los jóvenes los dejaba para apoyar a unos y a otros. Así es como ordenaba la faena, teniendo que cambiarla a lo largo de la mañana para reforzar una u otra labor, dependiendo de las necesidades que surgieran.

—Vamos al tajo antes de que lleguen las lluvias, a ver si hoy nos ganamos el jornal entero.

Al oír esto, todos al unísono y como uno solo, comenzaban con la tarea encomendada por él. Las recogedoras cogían los cantos rodaos que habían puesto en el fuego, para meterlos en sus bolsillos y de vez en cuando poder calentar sus manos, heladas por la escarcha y el frío de la mañana.

—“Con las dos manos zagala, que si no el aceite amarga” —les decía a las más jóvenes cuando las veía utilizando una sola mano.

Antes de media mañana daba el primer viaje al cortijo, cargando los mulos con cinco sacos cada uno. Los días malos de lluvia y barro no los cargaba con más de tres o cuatro sacos.

—Antoñico ¡Que cuida usted a las bestias más que a nosotros —le decían los miembros de la cuadrilla.

—No tengáis preocupación por eso, que el día que vosotros hagáis el trabajo que hacen ellas, os he de cuidar tanto o más —les respondía Antonio de manera agradable pero tajante.

Después del primer viaje, el almuerzo: pan, aceite, bacalao, tomate, jamón, queso, chorizo y, de postre, la consabida naranja.

Acabado éste, y antes de iniciar la recogida, venían los juegos. El de la navaja era el que más se jugaba por ellos: se removía un círculo de aproximadamente un palmo y en el centro se colocaba un palote. Comenzaban tirando la navaja acostada en la palma de la mano, si todos conseguían que se clavara en el círculo, cada uno de ellos golpeaba el palote una vez con el mango de la misma, introduciendo éste en la tierra. Seguía el juego lanzándola de diferentes maneras, hasta que uno de ellos no conseguía hincarla. Éste era el momento más gracioso del juego, pues tenía que sacar el palote de la tierra con la sola ayuda de su boca.

—¡Vamos recogiendo! —gritaba Antonio para que todos oyesen que la jornada terminaba.

La vuelta resultaba más tranquila, en silencio, posiblemente encerrados todos en el mismo pensamiento: qué harían con los dineros ganados con tantas penalidades. Algunos los usarían para adquirir aquello que tanto deseaban o necesitaban, otros para poder acabar la casa, comprar ropa para los hijos, el ajuar para la hija que se casaba. O simplemente, los guardarían para tiempos difíciles.

En estos pensamientos se encontraba cuando entró Manolin, hoy ya Manolo, como lo conocían en el pueblo.

—¡Buenos días, abuelo!

—¡Buenos días, hijo! Parece que va a llover, ¿a dónde vais hoy?

—Nos iremos a las “Piedras Cobos”, es el mejor sitio por si arranca a llover.

Antonio se reía para sus adentros pensando que él hubiese hecho lo mismo. Manolo era el único de toda la familia que le gustaba trabajar las olivas, y posiblemente se quedara con todas.

—¿Te importa que hablemos un poco antes de irte?

—¡Claro que sí, abuelo!

—Eres el único de mis nietos y mis hijos al que le gusta trabajar la tierra. Yo pronto dejaré esta vida, y me gustaría contarte algo. Sabes que empecé comprando los pegotes que nadie quería, los peor situados, y poco a poco iba comprando otro, y otro, y así hasta este momento. Ahora tenemos las tierras suficientes para alimentar a una familia y poder tener una vida sin estrecheces. Todo esto lo hice con la mayor ilusión del mundo, para que el día en que muriera dejara algo a mis hijos. Hemos pensado que las tierras, a nuestra muerte, sean para ti y tu familia. Sé que las querrás y cuidarás tanto como lo he hecho yo. Tus tíos y tu madre están de acuerdo en que te quedes con ellas. Pero… deberás de proporcionarle el aceite del año a cada uno de ellos, creo que el trato es bastante bueno.

—Me parece un buen trato, ya sabes que para mí los olivos son mi vida. Sé lo importantes que son para ti y la abuela, y espero no decepcionaros nunca.

—Pero hay algo que sí quiero pedirte y que me gustaría que escucharas. Al ir a cualquiera de nuestros olivares, ¿has visto los de los vecinos?

—Claro que sí, abuelo. Es difícil no hacer comparaciones con las cosechas de unos y otros.

—Dime, cuando pasas por ellos, ¿qué ves de la cruz del olivo para abajo?

—¡Abuelo!... ¿Ahora tiene ganas de acertijos? —reía Manolo.

—No, no son acertijos, haz memoria ¿Qué ves?

—Pues… troncos y tierra. ¿No?

—Efectivamente, Manolo, solo troncos y tierra. Una inmensa cantidad de tierra yerma, hasta el desierto del Sahara tiene más vida que nuestras tierras. Cada vez más nos afanamos más en controlar las plagas, haciendo desaparecer lo único natural que las elimina. Nos gastamos dineros en proporcionar abonos, que esparcimos como si fueran macetas, quemando la tierra y la posibilidad de regenerarse. Nos afanamos en hacer pozas para recoger el agua de la lluvia, porque el suelo es incapaz de absorberla. Vivimos preocupados porque no llueve, y cuando llueve nos enfadamos porque tendremos que tapar los arroyaeros que se formen. No te digo con esto que trabajes la tierra como lo hacíamos antes. Ahora disponéis de maquinaria especializada para la recolección de la aceituna. No te pido que cultives trigo, cebada, maíz, hortalizas, melones, sandías ni ningún otro cultivo entre las olivas. Lo que quiero pedirte es que dejes que el campo recupere su dignidad, sus raíces. Que sea lo que siempre ha sido, ¡Campo! No creo que sea necesario tratar a la tierra como un enfermo crónico, añadiendo los químicos que creemos mejor para una u otra cosa. La estoy viendo morir poco a poco, sin solución alguna. No me extrañaría que en la poca vida que me queda acabara el suelo embaldosado y la aceituna programada para caer ella sola del árbol.

—Abuelo, eso es el avance tecnológico, cada vez más se crean componentes químicos para enriquecer la tierra, para curar las posibles plagas que le pudieran atacar, para cosechar mejor la aceituna, más rápido y con menos mano de obra. Siempre hay que avanzar, los años pasados quedaron, precisamente en eso, en tiempos pasados. El aceite es cada vez más conocido fuera de aquí, incluso internacionalmente. Tenemos que ser un país competitivo, tenemos muchos países que se están sumando al carro del aceite de oliva. Y no podemos nosotros, los que llevamos cientos de años luchando para arrancar del olivo la aceituna y a la aceituna sacarle su aceite, oro líquido, como se le conoce ahora. Debemos de luchar para no perder la oportunidad que se nos presenta y tener nuestro lugar en el mundo del aceite, y la riqueza que eso supone para personas como usted que tanto han sufrido para conseguir su fruto.

—Llevas razón, perdona a este viejo chocho. Quizás con la edad me esté volviendo demasiado sensible. Pero me gustaría ver los olivos con sus camás repletas de amapolas, margaritas, lirios, hierbas verdegueando, insectos, pájaros que se alimentan de ellos, conejos, liebres, perdices y los nidos de los pajarillos como el colorín, el chamarín, el verdón... Pero en fin, mi tiempo ha pasado, ahora os toca a vosotros, las nuevas generaciones de aceituneros. Quién sabe, a lo mejor cambia otra vez la manera de ver la tierra. Deseo que la codicia no entre en tu corazón y agotes las tierras por enriquecerte. Se compraron con un solo propósito, alimentar a la familia y no tener estrecheces. Y sinceramente, creo que no ha sido una mala vida.

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook