Dos sabios

Dos sabios

[Polina Kopylova]

Bajo el sol abrasador y un viento bochornoso reflexionaban sobre la vida dos sabios. Frunciendo los ceños, Zaitún hablaba sobre el cielo alto por encima de la cabeza, ingrávidas nubes peludas pasando al paso, sobre el canto de los pájaros y del susurro de los arbustos con sus troncos esbeltos, sobre el aire fundido, propagándose sobre la superficie irregular con capas onduladas, sobre el mar, apenas visible, el horizonte, lejano y deseado.

Oliver, imagínate, vivimos aquí, en este pequeño asentamiento, sin ver nada fuera de nuestra propia ciudad. Y qué bien sería apartarse de sí mismos toda esta realidad circundante y, como si fuéramos estepicursores, agarrados por el viento, volar a las anchuras desconocidas, allí, al mar, al sol, más allá del horizonte... ¡Hey, pájaros! Narradnos a nosotros cómo el sol brilla en otros países, cómo acaricia la brisa fresca, cómo pasa apenas audible a paso ligero la lluvia antes del amanecer. Estamos aquí, enterrados, y vosotros, libres, libres, flotáis en el cielo, viendo todo a vuestro alrededor, y nadie le manda. ¿Por qué nosotros no podemos? ¿Por qué la heredad de nosotros es nacer y morir en esta tierra? Oh, ¿dónde está el sentido de la existencia y la alegría de ella? Oliver, pensativo, helándose la mirada a la lejanía, expresaba un estado de tranquilidad absoluta, mezclada con la conciencia de algo que todavía no estaba disponible a nadie:

–Muchacho, ¿por qué siempre buscas el sentido allí donde no puede ser?

–El sentido siempre lo hay siempre y en todo.

–Y si el sentido consiste en ti mismo, en lo que te está pasando aquí y ahora? Mira alrededor, ¿ves esos paisajes? Sientes la tierra bajo los pies, tienes que darte prisa, tú vives aquí y ahora en tu propio placer, a tu propio favor...

–¿El placer? ¿Existir aquí como si fuera la mala hierba, y alimentarme de los frutos de esta tierra es el placer? No, amigo, no traigo ningún beneficio a nadie, ésta es mi desgracia, yo, como una estatua, me quedo inmóvil, me quedo inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido y observo cada día por sus fenómenos maravillosos, pero no soy parte de éstos.

–No atraigas sobre ti mismo la ira del Dios y vive de la manera que desee la providencia. Logrando la humildad, verás que no hay nada más valioso que el momento, después de todo, nuestra vida es sólo una sucesión de eventos. Minutos, segundos... ¿Nunca has pensado que la idea de que si encontraras aquel lugar en que tanto tiempo habías soñado, no hallarías allí la comprensión de su existencia? Y si comprendieras que todo lo que habías buscado estaba vacío, vano, que el sentido no era ser útil para alguien sino para ti mismo, ¿qué te dirías a ti mismo?...

La pregunta permaneció colgada en el aire y, obviamente, sumergió a Zaitún en la meditación profunda. Realmente, y ¿qué entonces él diría? ¿Qué se sentiría en aquel momento?

Disfrutándose del canto de las cigarras, la frescura ya de la noche, el frío y viento transparente de la paz, los amigos se han sumergido en la meditación, cada uno sobre lo suyo, pero sobre algo tan cercano a su corazón que nadie hubiera podido imaginar qué pensamientos se escondían detrás en sus almas.

–¿Lo oyes? –preguntó una vez por la mañana Oliver a su amigo–. ¡Despiértate, Zaitún!–. El sol aún no ha conseguido salir por el horizonte y empezaba a estirar sus delgadas patas-telarañas a través del mate de la niebla. Las aves permanecían dormidas en el nido de las casas vecinas o en el campo de hierba, pero de la manera muy preocupante de dormir propia de las aves.

Comenzaba un nuevo día. ¿Qué traerían aquellas 24 horas de la existencia sin sentido para Zaitún, de esa existencia tan normal y corriente, que– no implicaba ningún cambio?

–¿Qué? ¡No hagas ruido!

–¿No oyes?

–Se han aplacado...

–¿Qué es esto?

El sonido lejano desconocido, pero claramente audible, se oyó. Algo masivo y rugiente venía más y más cerca. No era como el maullido de los gatos, ni el canto de los pájaros, ni siquiera el ladrar de los perros. No se parecía al ruido del viento, no se parecía al susurro de las hojas. Más bien se asemejaba al ruido del trueno, pero intermitente, mecánico. De repente, el cielo se nubló con la niebla gris y en el horizonte apareció un dispositivo desconocido, con velocidad implacable aproximándose a los dos amigos. Al cercarse cautelosamente, se lanzó sus patas directamente al lugar donde estaban ellos y cada uno se estremeció, sintiendo que en el lugar habitual ya no permanecerían más. Junto con el resto de los habitantes de la localidad, los amigos cayeron al abismo negro que parecía ser sin fondo.

–¿Eso te gusta?

–¡Oliver, no! ¿Qué sucede?

–A lo mejor no lo sabrías. Simplemente confía en la maravilla. Tal vez, pronto llegue el momento en el que tú tanto tiempo habías soñado. Adiós...

Esas fueron las últimas palabras que oyó Zaiyún, luego Oliver simplemente desapareció, desapareció en medio de una gran cantidad de residentes atrapados en la trampa, y nada se podía desmontar: el susurro mezclado con el bramido de la máquina era tan fuerte, que apenas eran perceptibles las palabras desafortunadas de los ciudadanos:

–¡Oh, Dios mío!

–¡No es ridículo!

–¡Todos moriremos!

–¡Qué oscuro! ¡Vuelva a colocar el cielo!

Fue húmedo: la multitud se tragó varias decenas de víctimas, que ahora se revolcaban en desamparo en el fondo de la cámara de torturas; por un lado, corría algo líquido de color verde-claro y se veía lo que podría dar vida a sus descendientes. Corazón... La oscuridad...

Y ahora: luces, ruido, pero ya no como los de antes, cuando sucedió algo terrible, sino tierno, suave, agradable. Ante los ojos de Zaitún apareció un gran espejo azul, reflejando con las chispas los rayos de sol abrasador. Por encima de la cabeza no cantaban, sino con avidez gritaban desconocidas, grandes, blancas aves con los picos curvos.

En el aire no olía al amargo-dulce aroma del desierto, huesos (eran probablemente del extraviado muerto de sed mula o buey), polvo, sol y rocas calentadas, sino a yodo y pescado. El aire era húmedo y sin capas, se veía limpio y transparente.

Muy cerca se oían los gritos de la gente, siempre tenían prisa a algún lugar, gritaban:

–¡Llegaremos tarde!

–¡Ya es hora de irse!

Un empujón. Y de nuevo: la oscuridad. Agradables movimientos de un lado a otro, que recordaban lo que sentía Zaitún cuando aún no se había alejado de la casa, movimientos, que recordaban los que realiza la madre cuando acuesta a su bebé.

–¿Cómo está Oliver? ¿Qué pasó con él? ¿A qué se refería cuando decía que pronto iría a encontrar algo que no había sabido? ¿Cómo este "viaje" abrirá para mí el sentido de la existencia, y que él sabía de todo esto?

Y de nuevo los golpes. De nuevo la luz. Zaitún en realidad no pudo ver casi nada, pero de nuevo sintió la clara impresión de las diferencias en los olores, como entonces, en el puerto: ahora no olía a las flores, energía y alegría impetuosas, como en la patria, sino a cebolla y ajo, pereza y pobreza, y el aire notablemente se hacía más frío. Se oyeron los gritos agudos:

–Разгружай! Что встал, собака![1]

Y aunque el sol brillaba, no era tan cálido ni allegado, como en su patria... Ahora nuestro héroe se dio cuenta de que allí, de donde él trataba de escaparse, precisamente allí era el paraíso, en el verdadero sentido de la palabra, el paraíso en la tierra...

Y aquí... Los árboles desnudos, el graznar intermitente de las aves negras con picos enormes, la hierba marchita y, como el aullido de un lobo, el lúgubre aullido de viento helado. Sólo ahora Zaitún se dio cuenta de que miraba el mundo a través de un vidrio... ¿De un vidrio? Todo el cuerpo del héroe lo envolvía algo suave, líquido, verde-claro, similar a aquella charca en la que estaban las víctimas de la máquina-asesino en el pánico de la multitud, cuando comenzó esta pesadilla... En la memoria de Zaitún comenzó a flotar la última conversación con Oliver. Él sabía algo...

 

Capítulo 2

–A lo mejor no lo sabrías. Simplemente confía en la maravilla. Tal vez pronto llegue el momento que tú tanto tiempo habías soñado. Adiós...

Oliver cerró los ojos y sucumbió a la corriente de la multitud, echando su destino en las manos de la suerte. En el silencio sepulcral, en la oscuridad, sabía que el destino le preparaba algo para lo que había aparecido en la tierra el pequeño de retoño. Pero a diferencia de Zaitún, sentía la alegría de la vida, no en el sentido de que sólo iba a pasar, pero lo que pasaba aquí y ahora. Con qué tristeza se acordó de él, de su amigo, de su paz, del susurro de los espacios maternos, y cayó en el olvido.

Cuando se despertó, muy poco ha conseguido comprender: jugosos verdes lados los apretó algo de acero, frío, y comenzó a gotear sangre. El corazón lo agarraron tornillos de metal y con el crujido lo arrancaron del pecho. Todo se acabó.  ¿Para qué? ¿A favor de qué?

 

 

Capítulo 3

Al encontrarse en un cuarto grande, blanco, limpio después de muchos días de viaje, Zaitún finalmente vio a sus amigos (a decir verdad, él ya no pensaba en eso). Pero... sus caras no expresaban la felicidad, la mayoría de ellos estaban arrugadas, negras, expresando la desesperación extrema. Nada, excepto el agrio olor de algo muy venenoso, no se sentía. Y se dio cuenta Zaitún: no hay felicidad. Y si puede ser sólo allí, en Patria, la Patria fue aquella tierra de un paraíso en la que sólo se podía soñar, viviendo y disfrutando de las vistas perfectas, calor tierno, siendo amigos con el sol, viento, pájaros...

–¿Qué nos falta? ¿Qué perseguimos? ¿Quién nos necesita?

En este momento Zaitún sintió el movimiento por debajo de él: junto con el resto, él lentamente avanzaba a la caldera con un líquido transparente, en el que, serpenteando desesperadamente, se retorcían en la agonía sus parientes.

–¡No puede ser! ¿He sido creado para morir tan infamemente? ¿En nombre de qué? ¡Es mejor secarse bajo el sol abrasador de Andalucía, pero morir en la tierra natal, en la Patria, que en el extranjero y caer víctima de las necesidades humanas! ¿Pero tal vez fuera yo creado para esto? Como viven los antílopes, sabiendo que en cualquier momento pueden ser comidos por los carnívoros, como viven las moscas, cuyo vuelo puede interrumpir un ágil pico agudo del pájaro.

¿Puede que eso hubiera sabido Oliver? Tomar el destino tal como es, vivir hoy en día, vivir como si fuera el último. Y he aquí la mala suerte: hoy es mi último día... ¡Bueno, acepto plenamente mi destino y me entrego en manos de la providencia!

El desplazamiento de la barra arrojó a Zaitún en la caldera, y apenas aparecida la sonrisa humilde inmediatamente se sustituyó por la expresión del dolor penetrante hasta los huesos. Su fresca, joven, elástica cara estaba torcida por la mueca de mártir. Zaitún sintió cómo el ácido le había impregnado por completo, cómo se había arrugado su pequeño cuerpecito, integrando cada molécula de un líquido amargo-salado incomprensible. Ningún calor se podía comparar con el corrosivo efecto infernal de la mezcla, en la que falleció nuestro héroe.

Oscuridad... Silencio...

 

Epílogo

Así estamos buscando algo, vivimos en la esperanza, y luego simplemente desaparecemos sin saber si tenía significado lo que estaba ocurriendo. Vamos insatisfechos por la vida, lamentando que no hemos conseguido hacer algo para cambiar el futuro, no hemos conseguido vivir... Pero ¿y si morimos nosotros no en vano? No lo sabemos. Morimos en beneficio de los demás. De las cenizas renacerá un retoño, que se convertirá en un árbol y protegerá en la sombra de sus ramas a un extraviado vagabundo y se convertirá en el hogar de la familia de las aves. Y ¿puede ser que no morimos, sino renacemos? No podemos predecir nada, por lo que falta solo... vivir, valorar cada momento, valorar el cielo por encima de la cabeza, a los que están cerca y dar gracias a la fortuna por que existimos. Aquí. Y ahora.

[1] - ¡Desembárcalo! ¡Anda, imbécil! (rus.)

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