El olivar

El olivar

[Sara Barreiro del Cerro y Alejandro González Mallén]

Sobre una abultada llanura sobresalía en el lejano horizonte, el olivar, al aproximarse el espectador podía percibir suaves y delicados aromas de tomillo y romero como traídos por el viento. Un sinuoso camino, árido y flanqueado por trigos y centenos, conducía hacia este nuestro olivar. Podría parecer un olivar cualquiera, pero un cálido hilo de energía brotaba de sus surcos reconfortando el espíritu de los labradores que bajo sus sombras dormían plácidas siestas al calor del queso y del vino.

Recios troncos organizados en hileras, separadas unas de otras por un par de surcos. A lo lejos los olivos dibujaban una imagen armónica por su simetría. Al igual que un laberinto, una vez dentro revelaba su verdadera identidad, desorganizado dentro de su propia organización de ramas, colores y sonidos.

Un monte se divisaba a una distancia no muy lejana. Entre sus rocas brotaba un manantial, que repleto en sus bordes dejaba que un arroyo fluyera lentamente por las laderas de la colina. El arroyo armonizaba el descenso con una dulce melodía provocada por el sonido del agua que al pasar por las piedras simulaba el tintineo de pequeños cascabeles, envolviendo el ambiente en una singular orquesta de jovialidad que animaba a unos renacuajos a bailar a su son.

El arroyo iba a morir al pueblo con un caudal escaso en las épocas más lluviosas, apenas una lánguida reguera en el verano, pues el sol era muy intenso en esa época. Desde la tranquilidad del olivar se veía al lejano arroyo nacer y morir con cada estación. El terreno de secano se iluminaba en su conjunto gracias al alboroto de gentes del pueblo, los vivos colores de sus casas, el ajetreo rutinario y las risas de los más pequeños en sus interminables juegos.

La fantasía de los niños daba frescura al ambiente, se entretenían con aquello que su hogar, que era la tierra, les regalaba. Pasaban tardes jugando con palos y terrones, escondiéndose en los matorrales o disfrutando a las orillas del arroyo. Y algunos días de tardes largas se aventuraban a ir más lejos, a esos lugares llenos de aventuras donde crecían los olivares.

Una tarde de verano bajo un sol ardiente, mientras los habitantes del pueblo dormían la siesta, el paisaje se difuminaba por el calor que emanaba de la tierra, entre las sombras de las callejuelas del pueblo tres amigos jugaban al escondite, perdiéndose en un laberinto de angostos callejones. Cuando empezaba a caer la tarde, y el sol ya no castigaba con su dureza, los ancianos salían a la fresca y los tres amigos se iban a su lugar de juegos preferido, el olivar.

Salían del pueblo caminando por el arroyo, que en esta época del año estaba agrietado. Después de un rato, se alejaban del arroyo para cruzar las fincas de centeno y trigo que les separaban del olivar, su reino particular de aventuras.

Fernando, el más alto de los tres y, por ser el más mayor, el más aventurado, se creía el gran conquistador del reino. Su abuelo le había regalado un libro de Robin Hood hacía un par de semanas y, al igual que su nuevo héroe, se movía con sigilo entre el trigo para no ser descubierto por los vigías.

Lucas era escurridizo, simpático y alegre; le gustaba gastar bromas a sus amigos, como a Fernando, que en vez de Robin Hood le llamaba avestruz. Sin embargo, a Adelaida le tenía más respeto porque le gustaba su manera de ver el mundo, siempre observadora y atenta al detalle.

Subían los tres amigos entre los campos colmados que brillaban con tonos dorados al sol, igual que los cabellos de Lucas. Jugaban y cantaban durante todo el camino, hasta llegar al olivar, el lugar preferido de Adelaida pues le gustaba observar horas y horas cada detalle, ahí pasaba el tiempo sin darse cuenta de cómo transcurría. Se ponía a imaginar miles de cuentos interminables de aventuras que se desarrollaban entre las ramas, las hojas, los troncos de los árboles que en ellos, unos agujeritos con formas muy curiosas se creaban como si tuvieran escondites. Siempre se deleitaba con esa particular belleza y encanto propio del lugar.

Una de estas largas tardes de verano, Adelaida  observaba todos los tipos de olivas que había en las copas de los árboles y en el suelo, y se preguntaba por qué cada árbol era diferente, por qué cada rama tenía una forma. Le sorprendían estas casitas, el hogar de las aceitunas, su lugar de nacimiento tan variado y especial. Algunas aceitunas crecían más grandes, otras amargas y arrugadas, otras más verdosas, y en fin, todo un sin número de diferentes olivas que en poco se parecían unas a otras.

En estas reflexiones se sumergía Adelaida mientras Fernando, el rey de los pobres, conseguía olivas del suelo para repartirlas entre sus admiradores, la gente llana, y Lucas hacía lo posible porque el avestruz no almacenase tantos tesoros y joyas robadas como le gustaría, y así poder ser el villano de los pobres y el salvador de los ricos.

Palpaba el terreno Fernando con las manos, desenterrando las arrugadas olivas, que para él eran pendientes, collares, doblones de oro… cuando se topó con una alpargata que subía hacia un pantalón viejo y un cinturón trenzado, que sostenía a un amable señor mayor que aun por muy simpático y cariñoso que era, saludó a Fernando así:

–¿Qué buscas hijo? ¿No tenías que estar estudiando en tu casa?

–Buenas tardes Don Marcelo, son las vacaciones de verano.

–¡Ay! Vacaciones de verano, dice… ¡Yo me he pasado todos los meses de julio de mi vida segando!

Adelaida se acercó a los dos y preguntó a Don Marcelo:

–Buenos días, Don Marcelo. ¿Cómo estamos?

–Hola maja, bien ¿y tú? ¿Qué hacéis por aquí a estas horas?

–Pues aquí, jugando y buscando las olivas más bonitas y jugosas para llevárselas a mi abuela. ¿Te has fijado que todas son muy diferentes?

Se acercó Lucas con los bolsillos repletos de tesoros robados a su amigo y dijo:

–Pero si son todas iguales, verdes y pequeñitas.

A lo que Adelaida contestó:

–¡Qué dices! ¿No te has fijado que unas son más feas, otras más grandes, otras son más oscuras…?

–¡Pero son todas olivas!

Don Marcelo intervino con esa sabiduría propia de la experiencia y dijo:

–Olivas dice, ¡claro! ¡Qué van a ser sino! Muy bien Adelaida, qué observadora eres, claro que son diferentes. ¿Y sabéis por qué ocurre esto?

Al unísono dijeron los niños:

–No, ¿Por qué, por qué?

–Pues fijaos en los árboles, ¿son todos iguales de grandes, de fuertes, de viejos?

–No –repuso Adelaida–, algunos son un poco feos, y las ramas están partidas. Otros son más grandes y tienen más ramas.

–Claro, unos crecen más fuertes y sus olivas son más grandes y dan mejor aceite. Otros enferman o se pudren y sus olivas crecen mustias.

–¿Pero por qué?

–Fijaos bien, ¿nacen todos los árboles en los mismos sitios?

–¡No! –contestó Adelaida, esa pequeña niña con la virtud de la observación pausada y contemplativa–. Algunos nacen cerca de piedras y otros están en el borde y les da mucho el aíre frío del invierno. Y claro, esas olivas no pueden nacer con la misma fuerza.

–¡Pero qué lista eres, Adelaida! ¡Igualita que yo cuando tenía siete años! Todo me llamaba la atención, adoraba venir a estos olivares a observar los árboles, a oír el susurro del viento que me arrullaba en mis soledades. Todavía recuerdo cómo olía todo; cuando eres joven, todo huele mejor, tus sentidos están más despiertos y aprovechan cada regalo de la naturaleza como una oportunidad única de disfrutar de la propia persona.

–¡Qué raro habla usted! –dijo Fernando–. No entiendo nada, ¿pero no van todas las olivas para la fábrica de aceite? Pues entonces son todas iguales.

A esto intervino Lucas, conocedor de los procesos mecánicos de la extracción del aceite pues su padre, hombre de un buen corazón y pocos temas de conversación, trabajaba en las almazaras y de noche siempre le gustaba hablar de su trabajo con su familia.

–Pues no. Algunas van para aceite, otras se las da mi padre a los marranos, y otras nos las comemos nosotros.

–Eso es, cada oliva tiene su propio destino. Y Lucas, ¿sabrías decirnos algo más del proceso del aceite?

–¡Sí, claro! Mi padre las coge y las aplasta con una piedra muy grande y un palo, ata a la burra y empieza a dar vueltas hasta que sale el liquidito.

Don Marcelo se empezó a reír y le dijo:

–Muy bien, pero ese proceso es un poco más complicado. En la selección de olivas hay un gran proceso detrás, hay agricultores que cuidan los olivos con más o menos recursos, luego están  los recolectores, que las seleccionan y las llevan a la fábrica de aceite. Además, hay diferentes tipos de aceites que requieren todavía unas olivas mucho mejores, carnosas, brillantes y ovaladas.

Ante la respuesta de Don Marcelo, los niños reflexionaron sobre el proceso de las olivas y los diferentes aceites. No entendían bien de qué constaba el proceso de selección de olivas, ni tampoco por qué algunas olivas se apartaban de una manera más exclusiva que otras. También hablaron de los diferentes tipos de aceites que habían visto a sus familiares, y se dieron cuenta de que tenían diferentes colores, densidades, olores y sabores. Se preguntaron cómo seleccionarlas antes de llevarlas a la almazara, cuando para ellos todas eran igual de bonitas, unas más grandes, otras más pequeñitas, más ovaladas, más ásperas, más suaves… pero igual de válidas. Les ponía tristes pensar que un lugar tan especial como el olivar con sus olivas, cuyos árboles las protegen y cuidan, no todas fueran igual de queridas y respetadas.

Adelaida encontró otra reflexión un poco más allá de las que habían sacado sus amigos. Se dio cuenta de que algunas olivas estaban predestinadas a ser rechazadas de los procesos de elaboración de aceites de calidad dependiendo del árbol del que provenían. Había algunos que no daban buenas olivas, otros que vivían en terrenos más rocosos y poco ricos en minerales, e incluso algunos que estaban expuestos a las intemperies de los aires, desprotegidos. Los árboles que ocupaban las mejores zonas del terreno garantizaban que la mayoría de sus olivas iban a ser de calidad.

Por la noche Adelaida se reconfortaba en su cama pensando en lo gratificante que había sido ese día. Se dio cuenta de la analogía propia entre las olivas y sus compañeros de clase. Algunos, como Fernando, tenían abuelos que les regalaban libros y podían salir al campo a jugar, otros en cambio tenían que estar todo el día ayudando a sus padres en el trabajo y no podían ni jugar ni leer. Adelaida se durmió pensando que era una afortunada y que quizás las fantasías de Fernando podrían hacerse realidad algún día si ellos ayudaban a todos los niños a tener momentos de diversión. Sus ojos se cerraron lentamente viendo un horizonte de cambio. Y así suspiró dormida.

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook