Roma, salud y futuro

Roma, salud y futuro

[David W. Sánchez Fabra]

Año 10 d.C.: En algún lugar de la Bética Romana (Hispania).

Claudio divisó a lo lejos su casa. La calzada empedrada había serpenteado durante las últimas leguas por un apacible bosque de carrascas, álamos, sauces y olivos que periódicamente era salpicado por alguna villa o ciudad. Iba sucio, sus ropas estaban hechas jirones y en las suelas de las sandalias habían hecho aparición sendos agujeros. No en vano, había estado huyendo precipitadamente durante todo el invierno.

Conforme se iba acercando pudo observar con detenimiento las tejas granates, las piedras amarillentas de la fachada, las huertas y cultivos y a su madre, Flavia, dirigiendo las labores de los esclavos en el campo. Fue aquella visión la que le hizo rememorar el horror que acababa de vivir a finales del año previo. Se vio de nuevo en el bosque de Teutoburgo, allá por la lejana Germania.  A sus veinte años, era miembro de la decimo-séptima legión, una de las tres que se habían adentrado en territorios bárbaros bajo las órdenes de Publio Varo. Los meses de entrenamiento no sirvieron de nada, pues los teutones habían aniquilado a la mayor parte del ejército. Aquellos bosques de altos robles en los que los caminos eran devorados por los pantanos y la niebla y el frío, convertían el idílico paisaje en un monumento infernal que fue la tumba de sus amigos de armas. Los germanos no les habían dado tregua y él contaba con varias lesiones y cortes que ya habían cicatrizado. Sin embargo, había sido herido en el alma y sabía bien que de eso tardaría en curar.

De cualquier forma, ahora un cálido sol bañaba su rostro y la brisa de la incipiente primavera le mecía la desgreñada melena. Había conseguido llegar a casa y aquella idea hizo que se le saltaran las lágrimas. Quería abrazar a los suyos, pero aguardó pacientemente a que se le secaran, pues era todo un soldado. ¿Qué pensaría su madre si lo veía así?

Finalmente, corrió hacia su casa; y corrió más rápido aún que cuando unos meses atrás le perseguían los jinetes de Arminio bufando y echando espumarajos por la boca. A su derecha dejó a unas mujeres que sacaban agua de un pozo. A la izquierda vio a un par de hombres arando con una mula. Su madre estaba ya a tiro de piedra pero, repentinamente, se detuvo en seco. Allí, justo donde el camino torcía, se encontraba el olivar. A su mente viajaron los recuerdos de la infancia. Se vio en aquel mismo lugar cuando solo era un niño y su padre le contaba historias de viajes alucinantes por el Mediterráneo.

—Hijo mío —le decía subiéndoselo al hombro—. De todos los productos que producimos en nuestra villa, el aceite de oliva es el mejor. Su cultivo y recolección requieren de la más hábil de las maestrías, pero no olvides que en nada se quedaría si no tuviera tu padre tanta pericia en su mercadería. He podido encontrar el sentimiento de libertad más delicioso con la aventura de cargar varios barcos con vasijas llenas de aceite; esquivando piratas y negociando con númidas, sicilianos, egipcios e incluso griegos. Algún día quizá quieras seguir mis pasos. Ese día descubrirás lo grande que es el mundo, lo enormemente bello que es el mar que riega nuestra patria y la infinidad de culturas que viven en sus costas. Se hacen aceites en otras tierras pero ninguno como el nuestro. No sé si es el sol, la tierra o el sudor de las gentes que aquí moran. Quizá sea un poco de todo.

De nuevo, un lagrimón barrió la enmugrecida mejilla de Claudio. No quería que su madre lo viera así, de modo que se acercó al olivo más próximo y cogió uno de sus frutos. Todavía no era el momento de su recolección, pero la preciada joya que tenía en sus manos ya presentaría los albores de su característico sabor. Con un hábil gesto se la metió en la boca y la exprimió. En aquel momento, aquellos dolorosos recuerdos de los inhóspitos bosques del norte le dieron una momentánea tregua.

Estaba en casa y anhelaba la paz. Quería que, durante los próximos meses, en vez de preocuparse por mantener la “gladius” afilada o no morir de frío, al despertar solo tuviera en mente la recolección de las olivas. Tras tan larga huida, creía merecerlo.

 

Año 2018 d.C.: España

Antonio recibió la noticia en el consultorio médico, en su pueblo. Don Alfonso se lo dijo con expresión grave, las gafas apoyadas en la nariz y el fonendoscopio al cuello.

—Antonio, si no te cuidas te va a dar un infarto pronto. Tienes colesterol, hipertensión arterial, sobrepeso y el azúcar ya lo empiezas a tener en el límite.

—¿Y qué puedo hacer, doctor, a mis cincuenta años? —preguntó el aludido.

—Bueno, es fácil. Tienes que perder peso, comer más verdura, fuera la sal y hacer algo de deporte. También te irá bien intentar que la única grasa de tu dieta sea el aceite de oliva. Y bueno, un vasito de vino tinto en las comidas.

Entonces, Antonio se dio cuenta de que si aquello era la salud había pasado toda su vida ignorándola. Además, su delito era doble, ya que era uno de los pocos agricultores de olivares que quedaban en el pueblo. Desayunaba bollería industrial, untaba las tostadas con mantequilla y pasaba la mayor parte del día sentado en un tractor. Ya lo decía el refrán, pensaba, que en casa del herrero cuchillo de palo.

Y Antonio hizo caso a su médico y con ello evitó tener que tomar varios medicamentos. Perdió diez kilos, comenzó a dar paseos por el olivar que a los pocos meses se convirtieron en carreras, consumía una botella de vino tinto a la semana —dos, si tenía visita— y se alimentó de una dieta mediterránea todos los días —salvo festivos—. También regó generosamente sus tostadas con su propio aceite de oliva, así como los guisos y las ensaladas.

En aquel momento no fue consciente del cambio, pues no hizo más que torcer una potencial trayectoria que le hubiera restado diez años de vida y otros diez de calidad de vida. Ahora Antonio era un hombre sano y gracias a ello pudo jubilarse haciendo lo que más le gustaba; cultivar y vender aceite de oliva. Sabía perfectamente que había sido azaroso que aquel árbol hubiera evolucionado en el clima mediterráneo; y también era consciente de que el hecho de que produjera lípidos poliinsaturados tremendamente saludables para el perfil cardiovascular de los miembros de la especia humana también había sido un golpe de fortuna. Sin embargo, haberlo mimado durante más de dos milenios y saber venderlo eran virtudes que tanto él como sus antepasados se habían ganado a pulso.

 

Año 4000 d.C.: Planetas exteriores.

Lilian aplastó su rostro contra las ventanas de ojo de buey del carguero espacial en el que viajaba. Con un hábil gesto se retiró la melena de la cara y se la recogió en una coleta. Las mangas de su casaca militar hicieron que aquella maniobra resultara incómoda, pues iban muy ajustadas. Sin embargo, a la mujer le gustaba vestirse con ella siempre que estaba en cubierta, pues en su pecho llevaba bordada la insignia de capitán.

Formaban parte de una flota comercial, pero dada la inestabilidad del Sistema Solar debían tomar precauciones. No en vano, el enorme carguero se desplazaba por el espacio acompañado de dos cazas de pequeño tamaño. No tenían mucha potencia de fuego pero eran ágiles y sus pilotos, dos exsoldados, eran francamente buenos. Como no podían permitirse contratar un destructor para hacer más seguro el convoy, el propietario del carguero había instalado varios cañones láser en el puente. Se trataba de un comerciante terrícola, un hombre de mediana edad que vendía productos agrícolas a los planetas exteriores y compraba en ellos metales para traer de nuevo al planeta madre.

Además de los cuatro tripulantes ya mentados, en la nave viajaba el Piloto Mayor, un oficial sanitario, una ingeniera, un mecánico y una joven pasajera que resultaba ser la hija de uno de los mineros que residían en el cinturón de asteroides de Saturno. Quería visitar a su padre y, previo pago de un pasaje, había aprovechado aquella misión comercial para llegar hasta él. Eran un gran equipo ya que cada uno tenía un papel. Mientras el comerciante tomaba las decisiones referentes a la mercancía o el mecánico reparaba las averías, Lilian ofrecía el liderazgo que su rango merecía.

La capitana forzó la visión para otear el horizonte. En la infinita negrura del espacio, aquel tímido punto azulado no había hecho más que crecer en los últimos días. En aquellos momentos, ante ella se erigía Saturno en todo su esplendor. Su superficie era barrida por violentas tormentas que parecían querer engullir el cinturón de asteroides que lo rodeaba. Era la segunda vez que visitaba aquel lugar, pero Lilian nunca se cansaba de aquella sensación que la inundaba cada vez que se acercaba a un planeta.

Sin embargo, la capitana sabía bien que no descenderían a Saturno, pues allí solo residía un puñado de hombres en las dos o tres misiones científicas que algún gobierno o filántropo habían osado financiar. Su destino, mucho más seguro y cómodo, eran los asteroides. Se podría decir que entre ellos se desplegaban una miríada de trabajadores, naves, estaciones y almacenes espaciales; todos ellos dedicados a la minería e industria. Aquel goteo incesante de inversores habían conseguido crear alrededor de Saturno una mega urbe de varios millones de habitantes que se disponían en un territorio en el que no existía un pedazo de tierra al que llamar casa; todo era acero y fibra de carbono.

Cierto era que entre todas aquellas construcciones se habían erigido algunos jardines hidropónicos y granjas que producían alimento, pero los mineros todavía dependían de convoyes de los planetas interiores para surtirse de determinados productos. Marte producía mucho trigo y enlatados de cerdo y en Venus se había conseguido cultivar una nutrida variedad de hongos y hortalizas. Era, sin embargo, de la Tierra de donde se recibían los productos de mayor calidad y más exóticos.

—Enhorabuena, capitana —le dijo a Lilian el comerciante apoyando pesadamente la palma de su mano sobre su hombro—. Ha conseguido transportar un millón de litros de aceite de oliva terrestres hasta el cinturón de asteroides de Saturno.

—Ha habido momentos de tensión, ¿eh? —respondió la mujer sonriendo.

En aquel instante rememoró todas las aventuras de su viaje. Al pasar a la altura de Marte fueron abordados por una delegación de burócratas marcianos a los que tuvieron que sobornar. La Tercera Guerra Solar todavía estaba muy reciente y aún no resultaba seguro viajar por el Sistema. Todavía quedaban muchos grupos armados por doquier que complicaban las labores comerciales. Aquella había sido la primera ocasión en la que los planetas exteriores habían aplastado a los interiores y aquello había sumido en una honda depresión a los gobiernos antiguos de la humanidad. Ya a nadie se le escapaba que el control de la Tierra sobre las colonias había llegado a su fin, pero allí estaban los burócratas marcianos con sus papeles y sus firmas como si nada hubiera pasado.

Más complicado fue la ruta a través de Júpiter. Fue en Ganimedes, una de sus lunas, donde Lilian tuvo que ordenar a los pilotos de caza que salieran a defender al carguero, pues fueron sorprendidos por una fragata pirata que pretendía robarles la mercancía. Los militares hicieron un buen trabajo, pero la nave nodriza recibió daños en el fuselaje. Tras ello, todos envidiaron al mecánico, pues tuvo que enfundarse el traje espacial para repararlos. Mientras lo hacía pudo maravillarse con espléndidas panorámicas del resto de lunas; Europa, Ío, Calisto…

—Esos mineros tendrán que desembolsar varios millones de créditos para pagar —añadió el mercader—, porque ni aún llenando el carguero de metales podrían igualar el precio de mi aceite.

—Sorprende que una cosa tan básica y abundante en nuestro planeta sea tan preciada aquí —respondió la capitana.

—Yo, desde luego, prefiero cultivar olivares bañado por el sol del Mediterráneo que dejarme la salud aquí con el pico y la pala en un asteroide de mala muerte —respondió el comerciante soltando una carcajada.

—Bueno, un millón son muchos litros —aportó Lilian—. Con ello podrán cocinar y comer algo mejor. Supongo que estarán hasta las narices del aceite bacteriano y la manteca.

—Esto no se puede comparar, claro que no —sentenció afablemente el mercader—. La región de la Tierra de la que procede este aceite se llamaba antes Europa. Más concretamente, España. Allí se ha cultivado desde hace milenios. Ya los iberos, cartagineses y romanos movían vasijas por el Mediterráneo, hundiendo a piratas como hicimos nosotros en Júpiter. A mí me fascina que nuestra gente siempre se haya dedicado a esto. Vamos… que no creo que sea casualidad. Todo el mundo sabe que el aceite de oliva es muy sano para la salud y que no hay ninguno como el que se cultiva en aquella pequeña región de la Tierra.

—Espero que tenga razón —respondió Lilian emprendiendo la marcha hacia la cabina de mando—, pues mis honorarios no son modestos y espero después de este viaje poder retirarme. Deseo ser madre y no quiero que mi hijo se críe dentro de un carguero. Tengo ojeada una finca rural en Marte.

—Sí, desde luego, Marte es una buena opción para vivir —dijo el mercader—. Pero usted ha sido la mejor capitana que he tenido y es una pena perderla. Espero que si reconsidera volver al negocio me llame a mí el primero.

—Espero no hacerlo… pero nunca se sabe. Reconozco que ha sido una delicia desayunar todos los días una tostada con aceite de oliva. Estas ventajas no se disfrutan cuando se transportan personas, conservas, armas o minerales.

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