Bajo los ramos del olivo

Bajo los ramos del olivo

[Camila Ibraguímova]

Yo conocí aquellas historias en las costas de Andalucía escuchando la dulce voz de una anciana y el murmullar del majestuoso Atlántico.

Una vez terminada la recogida de olivas, un grupo con el que trabajaba se fue a descansar, y yo me quedé con una anciana que se llamaba Isabel bajo las sombras de los ramos de los olivos, símbolos de paz y esperanza, según dice la Biblia. Isabel me miraba con una mirada muy profunda, como si penetrara en mi alma para hallar todos mis secretos. Parecía que me conocía como la palma de mi mano.

El aire estaba empapado del aroma del océano salado y de la frescura de olivos recién recolectados que pronto se convertirían en “el oro líquido”. Nada más derrochar unos minutos libres en aquel auténtico paraíso y contemplar la belleza del paisaje de los olivares era inolvidable. Disfrutaba de mi descanso, soñando e imaginando cómo regresaría a casa, terminada la larga jornada laboral, cuando la voz de Isabel me despertó de mis ilusiones:

–Mira, muchacho, está por acá, detrás del olivo más viejo de esta plantación.

“¿De quién estará hablando? Aquí solo estamos los dos, los otros se fueron. Tal vez se esté volviendo senil”, pensaba yo, confundido por su pregunta. Miraba en la dirección indicada por los dedos temblorosos de Isabel, pero por muy extraño que fuera, no veía nada más que las sombras del atardecer.

–No me cabe duda, es él, lo reconocería incluso con los ojos cerrados. Siempre por la noche va y viene para vigilar su territorio.

–Isabel, ¿a quién se refiere? No veo a ninguno ir y venir.

–Es Ernesto, vive aquí ya desde hace miles de años, cuando los primeros olivos aparecieron en las tierras ibéricas. El sol disecó su cuerpo, su carne y hueso. Eso pasa cuando eres demasiado avaro.

–¡Le suplico, Isabel, cuénteme cómo pasó! –le pedí esperando que contara una de las leyendas cautivadoras.

Y ella me contó aquel cuento sobre Ernesto, cuya avaricia y orgullo le castigaron a él mismo:

“Ernesto era un hijo de los pobres artesanos, a los que les costaba mucho esfuerzo ganarse el pan. No tuvo una niñez feliz, a sus 8 años ya se vio condenado a trabajar en los pastos, sin que nadie le ayudara, a no ser que se convirtiera en un vagabundo. Estaba harto de trabajar como un galeote, de vivir día a día oliendo a estiércol y llevando la ropa desgastada. De ahí que decidiera de una vez para siempre que no volvería a trabajar de pastor, que cambiaría su vida costara lo que le costara. Se fue al puerto marítimo, adonde llegaban decenas de comerciantes de los países extranjeros, para buscar su destino entre los hombres más exitosos de la península. Echado un vistazo a un conjunto de barcos, veleros y botes, su atención fue captada por un perfecto barco greco, donde vio con el rabillo de ojo unos frutos extraños, que no había reconocido.

–¿Qué es este fruto tan pequeño y suave? –preguntó como si hubiera encontrado una de las maravillas del mundo–. ¡Lo veo por primera vez en mi vida!

–Éste es mi tesoro, una aceituna. Pruébala si quieres, pero solo una, ya que vale su peso en oro. Es una planta muy rara, pero yo, siendo un comerciante hasta la médula, sueño con distribuirla por todo el Mediterráneo y convertirme en la persona más exitosa en Grecia. A ver si te gusta.

Ernesto se tragó una aceituna del tamaño de una piedrecita y sintió como si la energía corriera por todo su cuerpo.

–Sabes, chiquito, la aceituna es una planta divina. Con las aceitunas se prepara un líquido todopoderoso que los dioses griegos les regalaron a los humanos. El aceite de oliva sirve de alimento, de medicamento, de cosmético, y a más de esto, de alumbrado y calefacción, ¿lo puedes creer?

Ernesto se quedó boquiabierto al escuchar al misterioso comerciante griego. Pareció que él había encontrado su destino, su sueño más deseado y oculto. Quería convertirse en un vendedor de aquel regalo divino, el más rico de todos.

Olvidadas todas las cosas inculcadas por sus padres, olvidado que el robo era el pecado más terrible de todos, por la noche Ernesto halló en la oscuridad el barco greco con las fervientes aceitunas. Sin siquiera pestañear, agarró un puñado de olivas, convencido de que había garantizado su propio futuro, y se escondió en la niebla nocturna.

Al día siguiente Ernesto desayunó con las aceitunas robadas, guardando cuidadosamente sus huesos. Sembró aquellas semillas a dos pasos de su casa y empezó a esperar. Esperaba días, semanas, meses, años, hasta que un chiquito de 8 años creció y se convirtió en un muchacho de 23 años en la plenitud de su vida. Ya no le importaban las aceitunas, pensaba que todo era una mentira de los griegos, que engañaban a la gente para que compraran sus productos. Él maldijo a aquel comerciante y a su ‘planta divina’ e inventó su nueva misión de la vida: robar y engañar para conseguir venganza. Día a día, mentira a mentira, robo a robo, perdió a todos sus amigos, a todos sus conocidos, incluso sus padres le dieron la espalda, como si no reconocieran a su propio hijo.

Se quedó solo, predestinado a vivir en compañía de sí mismo, avaro y cruel. Pero no imaginaba que su castigo más severo fuera él mismo, la persona a la que ni siquiera podía soportar. Cada amanecer que veía por las mañanas le hacía odiarse más que nunca. Y una vez los amaneceres desaparecieron de su vida, él murió. Solitario y abandonado. Y en el lugar de su muerte creció un olivo de su sueño oculto, pero torcido y podrido, al igual que el alma de Ernesto, estropeada por sus pecados”.

–Qué historia tan triste, Isabel. Pobre Ernesto, sus intenciones eran buenas, pero los métodos no. Dime, por favor, y ¿cómo el olivo, el símbolo de fecundidad, de paz y de armonía, el regalo divino, pudo convertirse en una planta tan desagradable?

–Todo depende de tu alma, chaval, como ya has dicho hay que tener buenas intenciones. El olivo refleja a los hombres, como si fuera un espejo. Con tal de que respetes tu trabajo y cuides de los olivos, te servirán de alimento, de medicamento, de cosmético, de alumbrado y de calefacción.

–Tan sabia es, Isabel, ha visto y experimentado tantas cosas a lo largo de su vida, conoce tantas historias.

–Estás equivocándote. No es de extrañar, amigo, que el olivo sea más sabio que yo. Vive casi mil años, de ahí que recuerde las cosas que yo ni siquiera puedo imaginar. Guarda cuidadosamente los recuerdos humanos de generación en generación. Es la planta del pasado y del futuro, como en aquella leyenda sobre el anciano José, ¿la conoces?

Claro que la oía muchas veces, pero fascinado por la dulce voz de la anciana y por la belleza de la noche andaluz, quería escucharla de sus labios:

–Cuéntemela. Por favor.

“El anciano José era pobre y desdichado, su esposa había muerto hacía mucho tiempo, pero lo sentía tal y como si hubiera sido ayer. No tenía a nadie a su lado. Sentía mucho no haber dejado la huella en este mundo tan enorme. Casi todo el tiempo lo pasaba en soledad, solo pensando cómo podría mejorar el mundo, cómo podría ayudar a los demás. Un día, por muy extraño que pareciera, salió de la aldea con un ramo de olivo. Los transeúntes le preguntaban para qué necesitaba un ramo y no las olivas o el aceite.

–Siembro el árbol que me haría feliz –contestaba.

Todos se burlaban de él:

–José, ya eres viejo y los olivos tardan por lo menos 15 años en crecer, no lo verás crecer y dar frutos.

–¿Quién dijo que lo sembraba para mí? Yo siempre comía lo que sembraban los demás. Y ahora es mi turno para hacer el favor a la gente. Yo siembro este olivo para que en 30, 50 ,100 la gente pobre, como yo, pueda alimentarse cuando más lo necesite. Es lo único que puedo hacer por ellos, pero espero que les ayude.

En unos cuantos años el anciano José murió y de hecho no tuvo la oportunidad de disfrutar de la primera cosecha del olivo sembrado por él. Siguió la tradición de sus antepasados que sembraban los árboles en beneficio de las generaciones posteriores, y no solo en el suyo propio. Y así el olivo recibió el nombre de “la planta del pasado y del futuro” y José dejó su huella en la historia de la humanidad”.

–¡Vaya! Aquí está el poder y la fuerza de la decisión. Ambos, Ernesto y José, tan solitarios y pobres, pero el primero se olvida de la dignidad y el honor, y el segundo, incluso pasados muchos años, se guarda en la memoria de la gente como un hombre noble y generoso.

–Así es, amigo, así es. No lo olvides.

La oscuridad de la noche veraniega cubría todo a su alrededor con un mantel negro, pero nosotros, la anciana Isabel y yo, seguíamos escuchando gorjear a los pájaros, fluir al agua y susurrar a los ramos del olivo, testigo de muchas historias y objeto de muchas leyendas.

 

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