Azzáyt

Azzáyt

[Marchaenes]

La escarcha perlaba el suelo del olivar, era una mañana fría, los incipientes rayos del sol casi no podían abrirse hueco entre la espesa bruma. Salió a orinar envuelto en una sábana,  tan ensimismado estaba que no oyó el carruaje ni los jinetes que aparecieron a su espalda por el camino que subía hasta la almazara. Uno de los jinetes le hizo una seña para que se acercara, y una mano enguantada recorrió la cortinilla del carruaje.

–Buenos días tenga usted, ¿Juan Requena?

–Buenos y fríos. No, Pedro Requena. Mi padre ya no labra por aquí...

–Bueno –le interrumpió la voz que salía desde el interior–. ¿Es usted el dueño de la almazara y el olivar?

–Sí, ¿quién…?

–Órdenes del rey de España –interrumpió la voz y la mano enguantada le entregó un sobre con un gran sello rojo.

–¡El rey...!!!

La mano golpeó la puerta del carruaje y con un golpe de rienda los caballos hicieron desaparecer la lujosa tartana por la misma cuesta brumosa por la que llegó.

–Espere… –se le quedó en la boca a medio gritar…

–Todavía perplejo por lo que había sucedido entró en la casa y se sentó en la mesa junto al fuego. Miraba el sello rojo, incrédulo.

–Buenos días, esposo mío –le dijo su mujer, que cruzó la estancia en dirección al olivar para imitar a su marido.

Cuando la mujer volvió a entrar, Pedro seguía mirando la cera roja que lacraba el sobre.

–Dentro de dos días –hizo una breve pausa– no podremos salir a aliviarnos…

–¿Qué dices? –le preguntó extrañada su mujer mientras preparaba unas sopas de pan con un poco de vino.

–Siéntate, mujer, hazme el favor.

La mujer, con una mezcla de susto e intriga, se sentó frente a su marido.

–¿Qué sucede, Pedro? ¿Qué pasa? ¿Qué es ese papel?...

No tenía respuesta para ninguna de aquellas preguntas, lo único que pudo hacer fue contarle lo que había sucedido antes de que ella se levantara.

–¿¡El rey!? ¿Pero qué has hecho? ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué me voy a poner?

–Tranquila, tranquila, yo estoy más asustado que tú –le dijo todavía en estado catatónico, le acercó la carta y una daga de misericordia que llevaba bajo el sayal y con la que dormía para espantar a los espíritus que pudieran merodear por aquella sierra y aliviar a los vivos de curiosidades insanas.

La mujer empuñó con gran habilidad la daga y sin ningún miramiento rompió el sello, sacando del interior una hoja de papel grueso como el cuero y escrito con una letra tan revirada como la carretera que subía hasta allí.

Madrid a 8 de Febrero de 1570

A la atención del Señor Juan Requena y Núñez:

Señor Requena, con la presente queremos darle conocimiento de la visita que realizará a su almazara y olivar un representante del gran e invictísimo nuestro rey Felipe II. Este dignísimo señor ira acompañado de un noble extranjero muy interesado en conocerle. Dispongan alojamiento y viandas para ellos y un séquito de no menos de diez hombres más caballerías y criados.

Don Martín de Gaztelu, secretario real de Carlos I de España y V de Alemania.

–¿Qué vamos a hacer? Hay que prepararlo todo, ¿dónde va a dormir tanta gente? El representante del rey dormirá en nuestro cuarto, voy a sacar las sábanas de mi madre, nosotros dormiremos en la cuadra, y al extranjero ¿dónde lo vamos a meter? Pedro, despierta…

Pero Pedro seguía intentando resolver el nudo que se había formado en su cerebro. Su mujer, desesperada, levantaba a gritos a los niños, abría y cerraba arcones frenéticamente, sacaba ropa y la llevaba de aquí para allá, además no paraba de lanzar preguntas a su marido, que seguía sin reaccionar.

Cuando ella volvió a la estancia principal Pedro ya no estaba allí, salió fuera a buscarle y lo encontró en la puerta de la cuadra poniéndole los arreos al viejo mulo que hacía las veces de caballo para romerías y las más de peón de labranza.

–¿Se puede saber dónde vas? –le espetó mientras se cubría la cabeza con una vieja toquilla–. ¿No sabes que hay mil faenas que atender antes de que lleguen tan distinguidos señores?

–Otras más importantes tengo yo, llama a Juana y Sebastián, se vienen conmigo a varear.

–Más importantes… ¿Cuándo ha venido un legado del rey? Ni siquiera un alguacilillo de Jaén por estas tierras.

–Aunque viniera el mismísimo rey de España y la corte celestial al completo, no podemos desatender nuestra hacienda, que el rey guarde la suya que nosotros guardaremos la nuestra.

Y terminando de decir esto, rodeó con el brazo su cintura y le dijo sonriendo en tono cariñoso.

–¿Quién mejor que tú puede encargarse de estos menesteres? Yo aquí soy un estorbo, un lastre, tú dispón lo necesario que al volver te ayudaremos.

Y partió cantando hacia el olivar perdiéndose entre las ramas:

De los álamos, vengo, madre,/ de ver como los menea el aire./ De los álamos de Sevilla,

De ver a mi linda amiga/ de ver como los menea el aire./ De los álamos vengo madre./

Ana entró en la casa y al momento salieron a trompicones los dos hijos mayores a medio vestir. Pasaron la mañana recogiendo aceitunas. Cargaron el macho con los sacos de arpillera que habían logrado llenar del precioso fruto y deshicieron el camino hasta llegar a la casa, no sin tener que echarle una mano al mulo en las más empinadas cuestas.

–Buenas… –irrumpieron los tres en casa.

–Buenas, buenas…, quietos, no deis un paso más, a la cuadra a asearos. Estoy molida de tanto limpiar –y a punta de escoba los sacó a la calle.

Cuando se sentaron para cenar antes de que alguien pudiera decir esta boca es mía, Ana les embistió diciendo:

–Mañana vosotros dos nada de varear aceituna, os quiero a los dos desde el alba haciendo sitio en la cuadra, que se pueda comer en el suelo. Y no hagas cuenta tú tampoco de ir al olivar, mañana te irás con el mulo, pero al pueblo, hay que comprar pan, vino y varias cosas. Ahora, veloces a dar cuenta de la cena y a la cama, que queda mucho trabajo por hacer mañana.

A la mañana siguiente Pedro se sentó en la mesa, cortó un trozo de pan y cuando lo estaba regando con un aceite tan espeso y brillante como el oro fundido, su mujer apareció como un fantasma.

–Calla –le dijo en voz baja–, no digas nada. En esta bolsa tienes dinero, ve a la venta de Cosme y dile que te dé un jamón de los que sirve cuando vienen el marqués y sus hidalgos amigos, y lo traes escondido, que con tu pellejo respondes de él.

Pedro tragó con dificultad el trozo de pan, sabía que su mujer hablaba en serio, guardó la bolsa de monedas en la faja y se dirigió a la cuadra a preparar el viaje. Cuando llegó a la venta de Cosme ató el mulo, se compuso un poco la facha y se aseguró que tenía la bolsa y la daga debajo de la faja, se echó el capote sobre el brazo derecho para ocultar sus cartas y abrió la puerta con la mano izquierda. Un brillante haz de luz iluminó a los parroquianos, que ya desde temprano empezaban a vaciar jarras de vino. Su figura recortada a contra luz hizo que más de uno se girara y buscara intuitivamente acero por la cintura.

–Benditos los ojos –rompió el silencio una ronca voz detrás del pequeño mostrador donde se despachaba el vino–. Cuánto tiempo sin ver a vuestra merced, pasa y cierra que es mucha luz para derrocharla tan de mañana.

Al oír estas palabras los ánimos de los que allí se encontraban se calmaron.

–No es gente de fiar la que no se fía.

–Se han visto últimamente forasteros curioseando por los alrededores –le contestó el ventero.

–¿Forasteros curioseando?  –preguntó con cara de extraño.

–Sí, carruajes al alba subiendo hacia a la sierra, soldados a caballo haciendo preguntas, unos dicen que buscan el tesoro que los moros dejaron al huir y otros que siguen a una partida de ladrones de la sierra de Alcaraz que se esconde en estas tierras. ¿Tú no sabrás nada de eso?

–El vino siempre ha alimentado la mente de los literatos y en las tabernas se encuentran los mejores –dijo para escapar de tan comprometida pregunta.

–Bueno, ¿qué te trae por mí modesto negocio? Aún no estamos en feria.

–Venía a por vino, unas velas y tocino en salazón –hizo una pausa que hasta a él le pareció demasiado larga, miró a los lados y prosiguió–. Quiero una pata de jamón de esas que guardas bajo llave en la bodega.

–Vaya, esperas otro hijo o es que el aceite se ha convertido en oro de repente.

–Baja la voz y al lío, que no tengo todo el día.

–Sabes que esto no se paga con una tinaja de aceite, ¿no?

–Tranquilo que traigo plata.

Puso la bolsa en el mostrador y la deslizó hasta el ventero; éste la sospesó y dijo asintiendo con la cabeza.

–Ve a la puerta de atrás. ¿Mucha comida…?

–Preguntas las justas, que nos conocemos de mozos, corre más tu lengua que los galgos del marqués.

Recogió la carga, escondiendo como le había dicho su mujer el jamón lo mejor que pudo.

–A seguir bien –se despidió secamente del ventero sin volver la vista atrás.

–Vuelve cuando quieras, hacen falta pagadores como tú.

Cuando llegó su esposa le estaba esperando en la puerta, sin saludarle le apartó de un manotazo y empezó a palpar las ancas del mulo hasta que encontró su magro tesoro, lo envolvió en la manta y abrazándolo como un bebé entró en la casa.

–No te quedes ahí parado, descarga y entra, quedan muchas cosas por hacer.

A la mañana siguiente, antes de romper el día, Pedro se despertó solo en la cama. Extrañado, salió sin hacer ruido de la habitación buscando a su mujer a la que halló preparando algo de comer; estaba preciosa, no había visto nunca aquel vestido, llevaba una cinta roja recogiéndole el pelo y un gran camafeo colgando del cuello.

–¿Aún estas así? –le dijo antes de que pudiera decir nada–. Hay que estar a la altura.

Sorprendido, y con una sonrisa de oreja a oreja, seguía inmóvil mirándola como si fuera la primera vez que la vio ya hace muchos años en la romería de la virgen.

–Vamos, despierta a la tropa y arreglaros –dijo ruborizada al ver la sonrisa que bailaba en la cara de su marido.

Desayunaban con tranquilidad cuando unos golpes en la puerta terminaron con esa tranquilidad. Todos se giraron hacia la puerta.

–Tranquilos –dijo Pedro mientras se levantaba de la mesa y se dirigía hacia la puerta.

Abrió y frente a él apareció un paje vestido como un rey, calzas acuchilladas, medias y coleto con mangas.

–¿Don Pedro Requena?

–El mismo, ¿con quién tengo el gusto?

–Soy el paje de Don Luis de Osuna, marqués de Alcalá y grande de España, sígame por favor.

Salieron hacia la almazara y allí una diligencia lujosamente ornamentada esperaba, junto a ella un jinete vestido totalmente de negro, tocado con sombrero de ala ancha y una gran pluma roja. Un poco más atrás un grupo de soldados a caballo con peto y espaldar, entre ellos dos jinetes de extrañas araduras.

–¿Es usted Pedro Requena, dueño el olivar y la almazara? –le dijo el jinete desmontando del caballo.

–Sí, soy yo. ¿Quién pregunta?

Sin contestarle, se dirigió al carruaje y se colocó junto al enrejado susurrando algo. Al poco la puerta se abrió, se corrió la cortina y asomó un pasajero envuelto en una finísima seda de colores con un singular sombrero del que bajaba un velo que no dejaba ver su rostro. El hombre de negro ayudó a bajar al misterioso viajero.

–¿Podemos entrar dentro?, ha sido un largo viaje.

–Por supuesto, síganme.

El viajero juntó sus manos e inclinó la cabeza a modo de saludo; sus ropas brillaban con la luz de la mañana y contrastaban con el negro oscuro de su acompañante, el cual le ofreció el brazo y agarrándolo siguieron a Pedro al interior de la casa. Al entrar Pedro dio órdenes a sus hijos para que dieran todo lo necesario a los cansados viajeros y sus monturas, presentó a su mujer, la cual volvió a recibir el exótico saludo, y acomodó a los forasteros en la mesa preguntándoles si deseaban algo.

–Agua, por favor –hizo una pausa mientras Ana servía el agua y se sentaba junto a su marido–. Bueno, supongo que se estarán preguntando qué asunto nos trae hasta aquí –ambos asintieron con la cabeza.

–Como les dijo mi paje, mi nombre es Luis de Osuna, marqués de Alcalá y grande de España, me envía su majestad el rey Felipe II en busca de la antigua almazara moruna situada entre la sierra de Cazorla y la del Segura, entre el nacimiento de los ríos Toya y Guadiana. “Chaida” era llamada en tiempos de la media luna.

–Entonces ha cumplido usted su cometido, en ella se encuentra.

Al oír esto, el acompañante del marqués descubrió su rostro, era una joven y hermosa mujer con los labios encarnados que resaltaban en un rostro nevado por una capa de maquillaje. Sus ojos rasgados denotaban la lejanía de su origen.

–Mi nombre es Kumiko Zhou –dijo haciendo otra reverencia en un perfecto castellano que hizo que los esposos se mirasen asombrados–. Represento al emperador Kangxi, vencedor de mongoles y cuarto emperador de la dinastía Qing. Me envía a este lejano confín del mundo a recuperar el azzáyt que unos antepasados suyos llevaron a nuestras tierras.

–¿Azzáyt? ¿Antepasados míos? –interrumpió Pedro con extraño.

–Aceite, en lengua mozárabe. Parece ser que unos emisarios musulmanes llegaron a China llevando aceite y tan apreciado es que durante siglos han estado guardándolo en valiosísimas porcelanas y ungiendo con él a emperadores. Creen que tiene propiedades milagrosas, lo usaban a cuenta gotas sus doctores para hacer medicamentos con los que sanaban a los emperadores y sus familias –explicó Don Luis.

–Cuenta la leyenda –prosiguió Kumiko– que en tiempos del emperador Yuanzhen, los ejércitos mongoles volvieron a atacar las fronteras de China. Después de una gran batalla, Yuanzhen fue derrotado y casi moribundo se replegó con su ejército. Cuando los generales del emperador habían perdido toda esperanza de victoria y estaban a punto de rendirse aparecieron unos mercaderes con raros ropajes que portaban extraños productos para comerciar. Uno de estos mercaderes curó las heridas del emperador y después las ungió con “Azzáyt” para protegerlas. El emperador, repuesto, volvió a enfrentarse con los invasores y consiguió vencerles. Llevó a la capital a los mercaderes, a los que cubrió con innumerables riquezas, y estos a su vez le regalaron todo el “Azzáyt” que llevaban, que se guardó en la cámara de los tesoros imperiales hasta que hace unos años ha empezado a escasear.

Ana y Pedro no salían de su asombro al oír estas palabras; ensimismados con lo que les contaba aquella extranjera no podían entender cómo alguien podía apreciar tanto aquello que ellos derrochaban sobre el pan como si tal cosa.

–Pero… ¿toda esa historia qué tiene que ver con nosotros? ¿No hay más aceite en el mundo? –dijo Pedro.

–Uno de los mercaderes que llevaron el “Azzáyt” contó que este era especial porque provenía de unos antiguos olivos del tiempo en el que un gran imperio dominaba toda Europa.

–Los romanos –apuntilló Don Luis.

–Después de muchos años estudiando los pergaminos que los secretarios del emperador redactaron sobre la visita de los mercaderes encontramos unas pistas que nos conducían hasta aquí, hasta la “Chaida”, en la antigua Taifa de Baeza, entre dos sierras y cerca del nacimiento de dos ríos. A mí me destinaron desde pequeña a estudiar su lengua y su cultura con los frailes franciscanos mientras se preparaba esta importante embajada. Durante siglos hemos seguido con gran interés cualquier noticia que nos llegara sobre estas tierras, pero las constantes luchas que ustedes y nosotros hemos mantenido imposibilitaron el viaje. Ha sido ahora cuando se ha presentado la oportunidad. ¿Podrían ustedes contarme algo más para completar mi información?

–No creo que pueda ayudarle mucho, estas tierras pertenecieron a mi padre, que las heredó del suyo…

–Yo sí –interrumpió Ana–. Cuando el padre de mi marido enfermó yo me quedaba a su cuidado, a veces borroso y otras veces lúcido hablaba sin parar de sus años por Italia, de cargas de caballería francesa, de amores que tuvo con cierta holandesa, fue soldado del tercio viejo de Nápoles. Cierto día, cuando retiré su desayuno, me asió del brazo. “Madre”, me dijo sin duda ya falto de raciocinio. “No se preocupe madre que saldrá la cosecha, los olivos viejos siguen fuertes y sanos como los últimos trescientos años, ni el romano que lo plantó creería su vigoroso estado”. No le di importancia a la historia hasta el día que mi suegro murió; cuando revisamos los títulos de propiedad de la almazara y el olivar, el escribano leyó desde cuándo pertenecen a la familia. Desde 1246, más de tres siglos, en los que se ha seguido trabajando la tierra.

Pedro se levantó y volvió con unos papeles que entregó a Don Luis. Este los revisó de arriba abajo.

–Aquí –dijo mostrando a los presentes un documento escrito con una rica letra y terminado con un sello real.

–Buen servicio tuvo que hacer su antepasado, mucho valor demostraría.

–Ya sabemos algo más, ahora me gustaría ver eso viejos olivos y cómo sacan el valioso óleo…

–Síganme entonces –dijo Pedro levantándose de la mesa.

Los cuatro salieron de la casa, Don Luis ordenó que dos de sus hombres les acompañasen.

Kumiko levantó levemente la cabeza. Al momento, uno de los soldados chinos se acercó e hizo una reverencia; la enviada habló en su lengua, al momento aquel soldado volvió con algo que parecía un regalo cubierto con una tela verde. El soldado, con otra reverencia, se lo ofreció a Ana la cual sorprendida miró a Kumiko, que con un gesto le indicó que levantara la tela que cubría el objeto. Siguiendo las instrucciones de tan ilustre invitada Ana levantó la tela y descubrió algo que dejó perplejos a los presentes: una jaula finamente decorada y, preso en ella, lo que parecía un grillo saltaba de un lado al otro como si la luz del sol le abrasase.

–Es un Saltamontes –dijo Kumiko, viendo la cara de asombro de la mujer–. En mi país son símbolos de buena fortuna.

–Muchas gracias –dijo alargando el brazo para alejar lo máximo posible la jaula de su cara.

Por aquí medió Pedro indicándoles el camino que debían de tomar para llegar a los olivos, y hacía allí se dirigieron. Mientras caminaban por el olivar, les iba explicando el proceso de mantenimiento y recolección. Subieron una pequeña cuesta y allí estaban, eran unos enormes olivos de troncos retorcidos cuidados con un esmero especial, tanto las ramas como los plegaderos estaban perfectamente limpios y se notaba que pese a su gran edad seguían tan vigorosos como hace siglos. Al verlos, la embajadora se adelantó colocándose debajo de uno de aquellos singulares especímenes, se dirigió entonces al tronco dándole varias vueltas sin perder ninguno de los detalles admirando aquel árbol como si de una obra de arte se tratara.

–Lástima que ya se haya recogido su preciado fruto –dijo con voz resignada.

–Sí, está recogida, molturada, elaborada y guardada aparte en tinajas.

–¿Cómo? ¿Está aparte? –dijo volviéndosele a iluminar el rostro–. Rápido, vayamos a verlo.

Volvieron sobre sus pasos dirigiéndose esta vez a la almazara. Allí pasaron por delante de dos grandes piedras cónicas que extraían el preciado jugo a las aceitunas, cruzaron más adelante el lugar donde se decantaba el aceite, llegando hasta una sala oscura y fría en la que se almacenaba el aceite en grandes tinajas. Pedro los hizo pasar hasta el fondo, donde una pequeña puerta enrejada daba paso a un estrecho pasadizo que bajaba hacia un sótano excavado en la misma piedra de la sierra. Bajaron, acompañados de una corriente de aire frío que les helaba el rostro; la tenue luz dejaba ver unas viejas ánforas sobre unos caballetes de madera y dos grandes tinajas que servían de almacén. Visiblemente emocionada, Kumiko se acercó a las tinajas, observando lentamente aquellas impresionantes vasijas de barro cocido.

–¿Desde cuándo está esto aquí? –preguntó.

–Desde siempre, yo ya lo conocí así.

–¿Es por esto por lo que ha cruzado medio mundo? –dijo Don Luis.

–Sí, este es el motivo de mi viaje, la felicidad de muchísimas personas descansa dentro de estas tinajas.

Pasaron todavía un tiempo contemplando el tesoro que contenía aquella fría sala. Con un movimiento de cabeza Don Luis indicó a Pedro que lo acompañara, dejaron a su invitada y subieron al exterior.

–Supongo que se imaginará lo importante que es para el rey y para nuestro país que esta mujer se vaya contenta de aquí.

–Sí, creo que sí.

–Entonces no hay más que hablar. Nosotros nos encargaremos de todo.

Don Luis hizo llamar a uno de sus soldados, le explicó todo lo necesario y la columna de hombres se introdujo en el edificio llegando hasta la sala final. Allí Kumiko seguía observando aquellas vasijas como si no quisiera separarse de ellas. Los soldados sacaron las valiosas ánforas, cada una de ellas fue cuidadosamente embalada en cajas de madera recubiertas de paños para que no se movieran en el largo viaje. Las tapas se clavaron con largos clavos y encadenadas como si de cajas de caudales se tratara. El frenético trajín estaba siendo supervisado por los rasgados ojos de Kumiko, que no perdía detalle de ninguna de aquellas cajas. Cuando todo estuvo terminado, Don Luis se le acercó y le dijo algo al oído; la bella emisaria asintió con la cabeza.

–Nos vamos –dijo don Luis.

–¿Cómo que se van? Tenemos todo dispuesto para que pasen aquí unos días.

–Tengo que regresar lo antes posible a mi tierra, de este viaje depende la continuidad de mi mundo. Debo partir lo antes posible. No saben lo importante que es esto para mí. Les estaremos eternamente agradecidos –y rompiendo todo protocolo y miles de años de tradición, abrazó a Pedro y su mujer.

Don Luis dio las últimas órdenes a sus hombres, abrió la puerta del carruaje, ayudó a subir a la embajadora, y montó en su caballo.

–El rey y España les agradecen su contribución –y golpeando el carruaje espoleó su caballo colocándose al frente de la comitiva que empezó a descender por el tortuoso camino.

El matrimonio, inmóvil, se quedó allí frente a la puerta de la almazara, viendo cómo el extraño cortejo se alejaba.

No dijeron nada, Pedro se dirigió a la almazara y su mujer entró en casa pensando qué iba hacer con tanta comida. La vida volvió rápidamente a la normalidad en el olivar, se vareaban las últimas aceitunas, se vendía el aceite en el pueblo y la venta, y se seguían haciendo las labores que la casa requería. Hasta que una mañana, al cabo de muchos meses de la insólita visita, Pedro volvía de aliviarse cuando tropezó con un cofre de una oscura madera con incrustaciones de oro y piedras preciosas decorado con pinturas de motivos que recordaban a los extraños viajeros que unos meses antes les habían visitado. Miró en todas direcciones, pero no encontró a nadie, intentó asir el cofre por unas asas que tenía en los costados, pero le fue imposible moverlo. Llamó a su esposa, la cual se sorprendió al ver tal cosa ante su puerta, pero como ya sabía que sus preguntas no tendrían respuestas no dijo esta boca es mía. Entraron el cofre con muchísima dificultad dejándolo sobre la mesa; tenía una gran cerradura dorada en la parte delantera, buscaron la llave, pero al no encontrarla Ana cogió la daga que su marido llevaba en la faja, la introdujo en el ojo y con un golpe movió los resortes del mecanismo abriendo el cofre. Un resplandor cegador salía de su interior, monedas, joyas, piedras preciosas y todo tipo de riquezas acompañaban un rollo de pergamino.

“Muchísimas gracias, queridos amigos”.

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