La fábrica de papá

La fábrica de papá

[Esther Benito Molano]

¡Cuántos sentimientos afloran en mi pecho al recorrer este lugar! La fábrica de papá. Parece mentira que ahora vaya a ser yo la propietaria de este lugar. Es difícil resumir tantas experiencias y situaciones en este sitio.

Llevo viniendo cada fin de semana a esta fábrica de aceite desde que tengo memoria. Creo que los primeros recuerdos que tengo aquí son los de mi hermano cazando mariquitas. Cuando era la temporada de producción del aceite, Mario siempre se metía entre todas las hojas de aceitunas que se iban a tirar, pues eran inservibles, a buscar estos curiosos insectos. Mi madre se ponía histérica. Cada vez que metía a la lavadora una sudadera o unos pantalones suyos, salían cientos de bichitos rojizos. ¡Estaban por todos sitios! Metía a las mariquitas en su estuche, su ropa, su cama, sus zapatillas, sus cajones… Y a pesar de que mi madre siempre ha tenido un espectacular sentido de la vista, siempre se le acababan escapando algunas que Mario guardaba como tesoros.

También recuerdo con mucho cariño cuando papá me subía a sus hombros para que yo pudiera probar el aceite. Nos estirábamos todo lo posible para que yo llegara a la cima de esas grandes tolvas que tanto aceite contenían. Entonces, metía la puntita de mi dedo meñique dentro de todo ese líquido amarillento. Y llegaba mi parte favorita del proceso. Me llevaba el dedo a la boca y probaba las primeras gotas de aceite de ese año. A mi entender, cada año papá se superaba, ¡estaba tan rico!

 

 

 

Y luego pasaba las tardes enteras intentando ayudarle y hacerle compañía. Para envasar las botellas del aceite, teníamos una maquinaria muy especializada. Primero, una prensa colocaba el tapón y cerraba la botella. Luego, era transportada a lo largo de una cinta mecánica en la que se ponían las etiquetas: “Aceite Oliva Virgen Extra”, junto a un dibujo de unas aceitunas y el nombre de nuestra empresa.

Me pasaba allí las tardes completas mientras observaba a mi padre. Mas bien, admirándolo. Es digno de mencionar los sacrificios que ha hecho por sacar adelante esa fábrica, el patrimonio familiar. Cuando la fundó mi abuelo, mi padre iba todos los fines de semana a mi pueblo desde Madrid para ayudar. Y al final él, el menor de cuatro hermanos, ha sido quien ha cogido las riendas del negocio. Y ahora… ¿me toca a mí? Realmente siento miedo cuando me doy cuenta de que entre Mario y yo vamos a tener que continuar la obra de mi abuelo. Es muy difícil sacrificar tardes, meses, años en la fábrica. Pasando frío, ensuciándote, haciendo números, con el ruido ensordecedor de las máquinas martilleando tus oídos.

Tengo miedo. Esta es la reliquia más valiosa que me ha podido encomendar nadie, el arte de crear aceite. Es increíble cómo con unos cuantos kilos de aceitunas llenas de barro y hojas, que están negras y arrugadas, puede salir ese líquido tan sabroso y con un color tan apetitoso. Y es que me siento insegura porque no sé si podré dar la talla, para mí va a ser un verdadero reto.

A mi madre también le ha tocado aguantar lo suyo. Ya os digo, en temporada de campaña podía pasar cualquier cosa. Un día, debía levantarse a las seis de la mañana porque faltaba un trabajador, pero es que esa misma noche la pobre se quedaba hasta las cuatro de la madrugada porque la máquina que ponía las etiquetas no iba bien. Un caos total. Eso sí, cuando las cosas salían bien no había quien le quitase su sonrisa.

 

Diecinueve de marzo. Mis profesoras me recuerdan cada vez que me ven el día del padre. En mi antiguo colegio, para este día tan especial, preparábamos manualidades para regalárselas a nuestros papás. Bien, pues cada año era un tema diferente y me acuerdo que, en concreto, había que dibujar una corbata y luego hacerla con tela. A mí me parecía la cosa más estúpida del mundo. ¡Pero si papá nunca llevaba corbata! Mi padre siempre iba con su jersey de lana para el invierno y unos vaqueros manchados de la grasa de las máquinas; iba a ser un fiasco de regalo. Así que yo decidí hacerlo a mi manera. Cogí una cartulina azul y plasmé su indumentaria en un día como otros tantos; un jersey lleno de bolas, preferiblemente el más viejo y gordito para no pasar frío, unos pantalones vaqueros llenos de manchurrones y desgastados, para no estropear los nuevos. Y por último aquellas botas que tenían las punteras más rígidas que había visto en mi vida, por si acaso se le caía alguna máquina encima por la noche que no le destrozara los pies.

Es entendible que a mis docentes no les hiciera mucha gracia mi idea y me obligaran a hacer el mismo dibujo que todos los demás. Por lo visto, a ellas les hizo mucha gracia la representación gráfica de mi padre, pero yo en aquel entonces no lograba entenderlo, si ellas estuvieran durante la campaña, entenderían…

 

El aceite también ha provocado tremendas discusiones en mi familia; es como si hubiera dos bandos. El primer equipo, prefiere el aceite normal, el de toda la vida, como dicen ellos. Sin embargo, a la otra mitad de mi familia le parece que el aceite que amarga y que pica está mucho mejor. Personalmente, prefiero el suave, aunque todos los expertos dicten lo contrario. A lo largo de todos estos años he escuchado todo tipo de debates y argumentos, hay gente que dice que el aceite fuerte lleva detrás una aceituna más pura y en mejor estado. También hay personas que opinan que cuanto más suave esté, mejor calidad tiene. Hay muchas otras que simplemente buscan pegas.

 

He vivido mil y una aventuras con el aceite como compañero de viajes. Había fines de semana en los que mi padre tenía que salir con el camión a repartir a la otra punta de la ciudad, ya que nuestro camionero había enfermado o estaba en otro lugar. Y claro, para mi padre las cosas o se hacen bien, o no se hacen, no tiene términos medios. Así pues, en más de una ocasión me ha tocado acompañarle en estos interminables viajes. Horas y horas y más horas dentro de un sitio tan pequeño y ruidoso desgastan, claro que desgastan. Cansan y aburren. Pero para mí lo era todo cuando veía la carita de satisfacción de mi padre al ver que sus clientes habían quedado conformes.

 

Quizás la mejor definición para el aceite según la RAE sea esa sustancia grasa de origen mineral, vegetal o animal, líquida, insoluble en agua, combustible y generalmente menos densa que el agua, que está constituida por ésteres de ácidos grasos o por hidrocarburos derivados del petróleo. Pero para mí, es mucho más. Para mí ha sido un compañero de viajes, motivo de discusiones y dolores de cabeza, pero también de alegrías, llantos, saltos, lágrimas, risas, comidas, reuniones, uniones. Eso es. Uniones. Es aceite, nos une. El aceite nos ha convertido en una gran familia.

Así que creo que la palabra idónea para terminar es gracias. Mil gracias a todas esas personas que de una forma o de otra (recogiendo aceituna, repartiendo, envasando aceite…) colaboran en esta labor.

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