Aceite en vena

Aceite en vena

[Khallwa]

Querida mamá:

 

¿Qué tal va todo? ¿Cómo estás? Yo sigo con esta costumbre tuya de escribirnos cartas, y aunque ya no me sale hacerlo a mano y utilizo mi portátil, sí la imprimiré y te la mando, como siempre hago. Sí, ya sé que me has dicho que por lo menos te ponga unas líneas de mi puño, pero es que cada vez tengo peor letra.

Te imagino, como en otras ocasiones, practicando tu paciencia, inquieta por dentro, pero disimulando, sabiendo que tienes que seguir adelante hasta que llega ese día, que no sabes cuál es, en el que abres el buzón y ahí está mi carta. Al menos esa es mi sensación cuando me avisas que me has enviado otra a mí. Me gusta mucho este juego que propusiste hace ya seis años, cuando salí de España camino a Chile, y aún lo mantenemos. Siento que en este tiempo nos hemos contado cosas más hermosas y más íntimas que todos los whatsapp que he compartido con mis amigos. Eso sí, también me alegro mucho de que por fin tuvieras un teléfono en condiciones y podamos recurrir a la inmediatez cuando queramos.

Por aquí, en Montevideo, todo sigue bien, bueno, ya sabes, todo lo buena que puede ser la precariedad. Estoy pensando en volver, siempre lo digo, por lo menos desde hace unos meses es una constante en mis cartas, pero ahora ya no lo veo como una necesidad de añoranza, sino más bien como un ejercicio práctico y es que siento que este país ya no da para más. ¿Recuerdas aquel mercadillo al que me acompañaste a comprar el aceite? Bueno, pues apenas quedan puestos y el aceite de oliva, el español, ese que estaba a un precio razonable, ya está inalcanzable.

¡Puff, el aceite de oliva! ¡Nunca creí que lo llevaba tan adentro, ni que me corriera tanto por las venas! Me acuerdo tanto de ti contándome cómo ibas con los tíos a varear y zarandear los olivos, y del abuelo... El abuelo que mentía cuando decía que había conocido a Miguel Hernández, y yo que mentía al decir que él era un aceitunero de Jaén, porque en realidad el abuelo, que nació en Linares, pasó su juventud entre la mina y el campo, pero nunca fue altivo, nunca miró de frente su hambre, fue un hombre de campo, humilde, sencillo, que aceptó lo que le había tocado vivir. Y de esa manera aceptó emigrar a la ciudad, con sus 7 hijos, con su mujer limpiando en casas, él con su puesto de chucherías. Jamás perdió la dignidad, ni siquiera cuando perdió la memoria.

Yo ya conocí al abuelo enjuto, anudado, seco, rasposo, con esa barba que no le paraba de crecer, que de pequeña me hacía cosquillas. Los abuelos, en su piso de Sevilla, con la abuela en la cocina protestando porque la comida no sabía a “ná”, que el pan no embebía el aceite, que aquello era “meao de burro”, siempre protestando... y ese hombre color aceituna sentado en la mesa. Nosotros, mi hermano y yo, a cada uno de sus costados, como disputándonos su sombra, nos contaba historias, juegos, y entonces llegaba la abuela, arrastrando su retaíla de protestas con el pan recién frito y el azúcar por encima, y ahora creo que, de alguna manera, ellos se avergonzaban de mirarse con dulzura.

Me acuerdo de todo aquello, y ¿cuánto podía tener yo, cinco o seis años? También me acuerdo que cuando volvía del colegio, ya en nuestra casa; yo quería merendar un bocadillo de mortadela con aceitunas (que sí mamá, que aunque no te lo creas, a mí me encanta la mortadela con aceitunas) y tú te empeñabas en darme aquella tostada de aceite verde, y me engañabas diciendo que si me la comía tendría un pelo más brillante y me crecería con más fuerza. Ya ves, no debí comer demasiado pan con aceite porque sigo teniendo este pelo de bebé que tú dices.

Y los sábados, cuando papá se levantaba tarde y desayunaba en casa, con el bollo al que había que sacarle el miajón, y rellenarlo de aceite con ajo; sí, esa era la botellita de papá, la que nadie más se atrevía a tocar. En el fondo había dos o tres dientes de ajo, nunca los vi flotar, ni morir, ni desparecer... pero por arte de magia aparecían otros dientes, aunque nunca conseguí averiguar cómo se transmutaban. Ese era el olor de mi padre por las mañanas. La publicidad me hizo creer que mi padre debía olía a after shave, a desodorante, y no, mi padre con camiseta de tirantas, sentado en la mesa de la cocina olía a pan con aceite y ajo. Será políticamente incorrecto, pero ¡daría tanto por volver a tener ese olor cerca! Madre, sé que en algún lugar de tu alacena guardas esa botellita, he desayunado tantas veces con mi hermano que sé que él también quita el miajón del pan y lo rellena con aceite, así que imagino que, en secreto, cuando él va a tu casa y desayunáis juntos, tú le sacas, como si estuviera ahí siempre, ese aceite y esos ajos que se siguen transmutando en el fondo de la botella. Llevan razón quienes dicen que el aceite sabe a tiempo, lo siento madre si me he puesto sentimental, pero de verdad, no creí que hubiera tantos lazos con un sabor.

Ya habíamos hablado alguna vez de cómo lo eché de menos al venir a Latinoamérica, y eso que llegué a Chile, donde más o menos podía acceder a un aceite de oliva chileno o argentino a buen precio y de calidad. Fue raro probar ese sabor, era como zumo, le faltaba textura, mis tomates se volvían más dulces, era muy raro. Yo explicaba que aquel aceite sabía a flores, y excepto los españoles, nadie me entendía. Menos mal que entre nosotros nos las arreglamos y hasta conseguimos comprar y traer a Chile aceite de allá, fue un jaleo con la exportación, los contenedores, la aduana, pero nos empeñamos y lo conseguimos ¡menuda fiesta organizamos! Freímos papas en aceite de verdad, e hicimos una de esas tortillas que resucitan a un muerto, y es que hasta los porotos chilenos saben de otra manera. Supongo que los españoles que siguen por Chile siguen trapicheando con eso.

Y cuando me fui a Argentina, a Buenos Aires ¿te acuerdas cuando viniste a verme, con tu lata de aceite en la maleta y Alfredo y tú discutiendo en nuestra cocina? Tú enseñándole a catar el aceite. Que si había que tenerlo en boca, que aspirase dos o tres veces para que se mezclara el aire con la saliva, que no se dejase influir por el color, y eso que tu llamabas la intensidad... el tiempo que tarda en irse de la boca... el tiempo que tarda en irse del recuerdo. Y mientras, él explicándote que el Sur no puede ser el mismo, que si aquí se planta mirando al Este allá en la Argentina tiene que ser mirando al Norte, que el olivo era de arbequina, frantoio, barnea y coratina y entonces tú protestabas diciendo que eso del frantoio era un invento italiano, que si les gustaba tanto el aceite italiano era por sus orígenes, pero que el mejor era el español, el de Jaén... nunca te había visto reivindicar con tanta vehemencia tus orígenes, y yo os miraba a cada uno discutiendo con su nacionalismo a cuestas. Ahora te entiendo más que antes, y a ese loco divino aún le extraño.

Seguimos teniendo contacto de vez en cuando, pero está claro que ya no volveremos a ser aquella pareja que fuimos, pero todavía cuando hablamos él me dice que lo mejor de mí eran mis desayunos, ese pan con aceite y tomate... y eso que era aceite argentino, jajajaja...

¡Ay, mamá!, hace ya por lo menos 2 años que volví a cruzar el río de la Plata para instalarme en este país chiquito y hermoso que es Uruguay. Por cierto, y sin cambiar de tema, que también están produciendo aceite, nunca llegarán a las extensiones de Argentina o Chile, apenas las plantaciones son entre 10 y 50 hectáreas, creo que los medios hablan de una superficie de 9.000 hectáreas plantadas, en todo el territorio, pero tratan de hacerlo bien, con paciencia, con olivos de arbequina, seguro que consiguen hacer algo bueno, estos uruguayos son así. Ellos son así, orgullosos en su complejo de hermano chico de Brasil y Argentina, en eso me recuerdan a los andaluces, siempre mirando a Cataluña.

Pero qué precios, ¡madre mía!, ¡qué duro es mantener una dieta de calidad aquí, los precios son imposibles, ya te lo dije al principio! No sabes tú la suerte que tuvimos, tú más que yo, de nacer tan cerca de esa fuente de vida. Agradezco que mi niñez y mi adolescencia fueran alimentadas por esa poderosa esencia de nuestra tierra. Agradezco mi herencia griega, latina y andalusí que mantuvieron la cultura sobre mi alimentación, me siento muy orgullosa de sentirme andaluza en este sentido, y de las mujeres, las que vinieron antes que nosotras, que nos siguieron transmitiendo esa forma de comprender lo importante.

Y ahora madre, te dejo. Quizás esta noche continúe con la carta, ahora tengo que ducharme e irme al trabajo, y siguiendo los consejos del abuelo, después de la ducha me pondré un poco de aceite en los codos, que no hay nada más feo que unos codos mal cuidados.

 

 

Mamá, he vuelto del trabajo. Todo sigue bien, o igual, Carolina y Adriana te mandan recuerdos. Estuve hablando con ellas de mis recuerdos, de todo lo que implica escribirte, de la nostalgia que siento al cerrar cada carta. Me gustaría no acabarlas, poder seguir escribiendo continuamente para sentir que te tengo cerca, que estoy cerca, y sin embargo sé que más pronto que tarde voy a terminar.

Quiero darte una noticia, ya está decidido, en julio vuelvo a España, sé que es precipitado, pero no creas que ha sido un impulso, es el momento de volver. Echo de menos, extraño nuestro sol, el verano caliente, la alegría de la primavera, el bullicio, echo de menos el olor de la casa, que para ser sincera ya no consigo evocar. Si te digo que vuelvo es para no cambiar de opinión, para que tú también esperes mi regreso, para que metas en aceite un buen queso manchego que me pique la garganta, y empieces a cocinarme esas codornices a fuego lento... sé que eres más que la mujer que está en la cocina, eres la mujer que me educó en la valentía para que pudiera salir al mundo a ganarme la vida, pero no quiero renunciar a ese amor directo que me entra por la boca cuando tú guisas para mí. Y llevo ya mucho tiempo sin sentirlo.

Creo que voy a dejar esta carta aquí, cuando la recibas seguramente ya habré comprado el billete, voy a tratar de guardar el secreto, de no decirte nada por teléfono. Seré paciente como me has enseñado, como si estuviera mirando esa última gota de tu latilla de aceite, me miraré de manera suave, casi sin que se note iré deslizándome hasta el final, y entonces, cogeré un avión de vuelta a casa.

Te quiero mucho madre, pronto voy a abrazarte.

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