El olivar del loco

El olivar del loco

[Ramón Epifanio Camacho Rodríguez]

                                                                                                   “Viejos olivos sedientos

bajo el claro sol del día,

olivares polvorientos

del campo de Andalucía”

(Antonio Machado)

 

En pleno verano, cuando el sol más aprieta y el calor se hace insoportable para todo lo que vive, como un espectro solar, como un espejismo errante de los caminos, el loco Raspa iba y venía con su cántaro a cuestas, del olivar a la fuente, de la fuente al olivar. Incansable, porfiado cual lunático azacán, llenaba cántaros y cántaros de agua para irlos volcando al pie de cada olivo polvoriento. Los chiquillos, al verlo, lo aguijoneaban cantándole en tono burlón:

–¡Raspa, Raspa, loco Raspa… los olivos tienen sed!

Ignorando el molesto zumbido, la punzante cantinela de aquel avispero infantil, el loco callaba y, fija la mirada al suelo, seguía imperturbable con su hidratante carga. Los largos y abrasadores estíos andaluces eran de un continuo trajín para el pobre loco que, en su demencia, imaginaba a los olivos clamando agua, sedientos. Pendiente de sus olivos, acarreaba cántaros y cántaros de agua en un constante y agotador lleva y trae, del olivar a la fuente, de la fuente al olivar. En general, su fitológico trastorno le hacía sentir la sed de todas las plantas por humildes que estas fueran, su alma de lunático sufría lo indecible viéndolas secarse bajo el implacable sol canicular, y arrebatado por la pena, en un dolor tan hondo como su locura; “el loco vocifera, a solas con su sombra y su quimera”:

–¡Si de mis manos brotasen chorros de agua…!

La naturaleza entera hubiese querido regar y de haber podido lo habría hecho. No obstante su piedad por toda clase de vegetales, el pobre loco, con las raíces de su espíritu enfermo hundidas en pleno olivar, se consideraba propiamente un olivo, y más que a nadie, a ellos se debía. Y eran sus olivos los más verdes y frondosos, nunca les faltaba el agua; en invierno porque llovía, y en verano porque el pobre Raspa, a base de tesón y locura, se encargaba de irlos regando uno por uno. Cumpliendo así con lo que dijera el poeta:

“Olivares, Dios os dé

los eneros

de aguaceros,

los agostos de agua al pie…”

Con él, Dios le dio a sus olivos largos y afortunados agostos de agua al pie, pues el loco, inmune al desaliento, sin desmayo, bajo soles de justicia, continuaba de un lado a otro impertérrito en su afán, cántaro va cántaro viene, del olivar a la fuente, de la fuente al olivar, calmando la sed de los vetustos árboles de aquel singular predio. Vaciaba el cántaro en la misma base de un tronco y le decía afectuoso:

–¡Mira qué fresquita, Aceitunero!

Entre recios picuales aceiteros y tiernas manzanillas de mesa, algo más de un centenar de olivos tendría el olivar del loco y a casi todos les había puesto nombre, y cada olivo con su nombre parecía dar más cosecha, mejor fruto y más exquisito aceite que cualquier otro olivo innominado. En épocas de recolecta, cargados de verdes, moradas o negras aceitunas, los olivos parecían sauces llorones arrastrando las ramas por el suelo. Era un olivar familiar, trabajado y gestionado por dos hermanos mayores que él, y estos dejaban al loco en paz sin interferir en su inofensiva extravagancia. Su hidrópica locura no hacía daño a nadie y los olivos se mostraban agradecidos luciendo en todo tiempo, esplendorosos.

–¡Raspa, Raspa, loco Raspa…los olivos tienen sed! –gritaba fiera la indómita chiquillería al ver su trágica figura por el camino.

Huidizo de los hombres, su único contacto firme con el mundo, además de sus queridos olivos, era su madre anciana, que sufría de verlo en ese estado y cuidaba de él en lo posible, temiendo siempre el día en que ella le faltase, y se apuraba al verlo trasponer la puerta como un poseso, con el cántaro al hombro.

–¡Pero, hombre de Dios! ¿No puedes dejarlo para más tarde? Con estos calores cualquier día te dará un tabardillo –le decía, angustiada.

–¡Ahora es cuando más me necesitan! –exclamaba el loco, exaltado.

No obstante su vesánico delirio, Raspa era un loco pacífico que gozaba de una libertad más que regular, salía de casa cuando quería y regresaba a ella cuando era su antojo; en verano muchas veces no iba ni a dormir, pasaba noches y noches metido en el olivar de sus amores contemplando las estrellas, sintiendo la tierra, aún cálida, bajo su cuerpo, alerta a los movimientos, expectante a los ruidos, atento a las voces que pueblan las sombras. El vuelo de la lechuza, el uh-uh del búho, el leve chirrido de murciélagos y topillos… eran un murmullo alegre de consuelo a su oído; el nocturno rumor del viento en las ramas, un susurro amable a la soledad de su locura.

Lluviosas o secas las estaciones se sucedían, y Raspa vivía su acuática pasión sin problema alguno, cuando una tarde fría de invierno, con olor a leña quemada, la madre enfermó, y una mañana cálida de primavera, entre aromas de flores y verdes savias, se fue de este mundo dejándolo un poco más solo de lo que ya estaba. Sin comprender muy bien la pérdida, desconcertado como un perrillo sin amo, el loco gimió en su campo abrazado a un olivo. El pobre Raspa, ya sin su madre, soltadas todas las amarras del juicio y la cordura, se creyó más olivo que nunca, sintió que era un olivo y todos los olivos a la vez, el espíritu del olivar encarnado en él, sentía. Sin embargo, más allá de su tragedia…

 

“No fue por una trágica amargura

esta alma errante desgajada y rota;

purga un pecado ajeno: la cordura,

la terrible cordura del idiota”.

Aquel verano de su orfandad fue de esos veranos en que hasta el asfalto de las calles se derrite bajo las suelas de los zapatos. Tan dura estaba siendo la calurosa estación que las plantas más resistentes a la sequía se agostaban, las palmeras, los cactus, las chumberas y las pitas languidecían, cardillos, borrajas y demás matojos de las lindes eran pasto crujiente, la tierra se desmoronaba reseca, ardía el aire en un resol de brillos y vagos espejismos…

–¡Raspa, Raspa, loco Raspa… los olivos tienen sed!

Machacona sonaba a veces la cancioncilla, pero Raspa, indiferente, inmune a toda ofensa, persistía inexorable en su alocado ir y venir del olivar a la fuente, de la fuente al olivar, como si en ello le fuese la vida. Obstinado en su obsesión…

“Por los campos de Dios el loco avanza”.

“Ojos de calentura iluminan su rostro demacrado”.

Ni los ardientes rayos del mediodía lo hacían desistir de su irrigante labor. En esas horas de fuego y desazón en que todo ser vivo busca la sombra, cuando todo sestea, cuando todo reposa en laxa quietud, poseído más que nunca de su acuoso desvarío, el loco recorría el olivar derramando agua de olivo en olivo. Y cada vez era más espíritu y cada vez era más olivo.

El sol cayendo a plomo no daba tregua, deshacía las piedras, cegaba la vista,  horadaba el cerebro, los pájaros caían muertos de los árboles, las mismas cigarras parecían freírse en sus chirridos, ni las lagartijas salían de sus agujeros, del camino calcinado surgía una polvareda en llamas abrasadora, y Raspa, con el cántaro a cuestas, incansable como un Atlas, continuaba su titánico periplo del olivar a la fuente, de la fuente al olivar, aplicado a la dura tarea que su loca imaginación le imponía, dar de beber a los sedientos olivos, calmarles la sed.

¡Raspa, Raspa, loco Raspa…los olivos tienen sed…! –como un eco de alerta resonaba en su mente el grito sordo de la muchachada.

En plena canícula redobló con ahínco el lleva y trae de su sagrada y olímpica misión. Perseverante y tenaz, iba y venía del olivar a la fuente, de la fuente al olivar, derramando cántaros y cántaros de agua al pie de cada tronco retorcido. Hasta que una de esas tardes extremadamente tórridas de sofocante bochorno, en que el aire es una vaharada espesa, un soplo candente y abrasador que impide el respirar, lo encontraron muerto de una insolación en el olivar de su delirio. Echado en el suelo bajo un olivo, el pobre Raspa parecía dormir. Una rama, posada en él como una mano amiga, lo acariciaba con sus hojas. El cántaro a su lado estaba vacío.

 

“Venga Dios a los hogares

y a las almas de esta tierra

de olivares y olivares”

 

 

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