Olivos, balones de reglamento y una historia de amor

Olivos, balones de reglamento y una historia de amor

[Pilar Alejo Ávila]

Nunca nadie había oído gritar a la abuela Julia de esa manera. Julia era una señora mayor, de unos setenta y cinco años. No le gustaba decir su edad, ni que la llamaran anciana, le gustaba que la llamaran señora, como mucho, señora mayor. No era ni alta ni baja, ni gorda ni flaca. Entre sus cabellos blancos parecían adivinarse algunos negros como el azabache. Tenía la piel clara, no demasiadas arrugas y unos ojos entre verdes y azules que confirmaban que Julia había sido una mujer guapa. Y también coqueta, todavía lo seguía siendo.

Vivía en una casa antigua con su patio y corrales encalados, una de esas casas donde parece que el tiempo se ha detenido.

Aquella tarde había escuchado golpes en el patio. Su nieto Pedro, de unos diez años, había invitado a jugar a sus amigos. Jugarían al futbol en el patio de la abuela.

Pedro no había dicho nada a nadie. Un batallón de unos doce niños entró a través del viejo portón de madera, no por la puerta principal, con sus balones de reglamento. Ni cortos ni perezosos se pusieron a entrenar, con tiros de penalti, en la improvisada portería.

¿Y que utilizaron aquellos seres gritones como portería?

Nada más y nada menos que el hueco existente entre el pequeño rosal romano o de cien hojas y el viejo olivo cornicabra.

La abuela Julia no daba crédito a lo que estaba viendo. En cuestión de un minuto vio cómo dos balones (de reglamento) se estrellaban en su preciado olivo, su pequeño tesoro, como solían decir sus hijos en tono burlón.

La mejor manera de hacer amigos es poseer el último modelo de Nintendo y un balón de reglamento. Y Pedro tenía las dos cosas. Los balones de reglamento son esos objetos que nunca pasan de moda. Son duros como piedras, formados por parches de cuero con forma hexagonal. Enseguida acaban completamente pelados y abollados y cuando se mojan pesan como un muerto. Con ellos también se crean enemigos, que principalmente son madres y abuelas. Son prácticamente armas de destrucción masiva. Ninguna maceta, planta, ventana… resulta sana y salva cuando ha conocido su furia. Como tampoco se libró el viejo olivo cornicabra. Puñados de aceitunas rodaron por el suelo y varias ramas se quebraron.

Julia invitó a los amigos de Pedro a marcharse de su casa, no con mucha delicadeza. Mandó a su nieto al cuarto de castigo y le insinuó que las Navidades estaban próximas y los Reyes quizás tuvieran despistes a la hora de entregar los regalos.

Después lloró tímidamente. Los golpes que padeció el olivo parecían haberla lastimado a ella.

Y es que Julia cuidaba y protegía su olivo con demasiado recelo. Parecía estar unida a él por un lazo difícil de romper, una historia, una vida…

Cada año, a mediados de febrero, lo podaba con sus propias manos. En primavera y en los calurosos meses de verano lo regaba, no mucho, pero lo suficiente para que diera buenos frutos.

¡Tantas tardes se había sentado bajo su sombra a hilvanar y sobrehilar prendas!

Esperaba la llegada de noviembre, contaba los días para recolectar las aceitunas. Tenían que tener la madurez perfecta, y el color morado, ni verde ni negro. Así es como le gustaban. Las cogía una a una, sin golpes, para no dañar sus ramas. Después les hacía rajitas con una navaja. Una vez le regalaron una de esas máquinas modernas que rajan muchas aceitunas a la vez, pero nunca la utilizó. Ponía sus aceitunas en agua que cambiaba cada día. Y luego las aliñaba con esa receta que solo ella conocía. Era todo un ritual.

Después, cuando Julia saboreaba sus aceitunas con un vasito de vino, evocaba aquellos tiempos difíciles pero hermosos, en los que todos trabajaban en los olivares.

La infancia y adolescencia de Julia no fue nada fácil. En su pueblo apenas había trabajo y la familia pasaba alguna que otra penuria.

En Navidad todos marchaban a trabajar a un cortijo a unos ochenta kilómetros de su pueblo, entre campos de olivos.

Y fue allí donde conoció por primera vez el amor.

Vivían en unas dependencias del cortijo, con todos los enseres que necesitaban durante su estancia. En un rincón de la cocina se situaba una gran chimenea, que no hacía humos. A Julia lo que más le gustaba era sentarse frente al fuego, sintiendo el chisporroteo de sus llamas.

Trabajaban de sol a sol, menos mal que en invierno los días son más pequeños. No descansaban ningún día, ni siquiera los domingos, excepto los días de lluvia.

Y fue un día de lluvia cuando Julia reparó en Paco.

A Julia le gustaba pasear los días lluviosos entre los olivos. Le gustaba sentir cómo el agua le mojaba la cara (1). Le gustaba notar el viento fresco en su frente. Todas esas sensaciones le hacían sentirse viva.

Se detuvo delante del viejo olivo centenario observando cómo la lluvia se filtraba entre sus hojas. Era hermoso. Fue en ese momento cuando tras ella apareció Paco.

–¿Pero qué haces muchacha? Te vas a constipar.

Paco era uno de los hijos del propietario del cortijo. Era un joven alto y bien parecido. Tenía los ojos verdes, verdes como los olivos que tanto adoraba. Y la piel morena, curtida por el sol, a pesar de sus pocos años. Era una tez oscura como la tierra, la tierra que le vio nacer hacía dieciséis años.

–La lluvia no hace daño –contestó Julia–. La lluvia limpia, aclara... la lluvia es vida.

 

–Déjate de tonterías –se apresuró a decir Paco y colocó sobre los hombros de Julia su chaquetón–. ¿Quién va a hacer la recolección si enfermas? –dijo con una sonrisa pícara.

–Pues tú. Podrías trabajar de vez en cuando tus tierras para variar.

–Anda, no te enfades, sabes que lo hago. ¿Sellamos la paz con un apretón de manos como en otros tiempos?

–¿Tú qué crees?

–Que sí.

Chocaron sus manos varias veces, terminando con un fuerte apretón, como lo hicieran hace casi un año, cuando se separaron una vez terminada la temporada de recolección.

Ambos se conocían desde muy chicos, les divertía chincharse y fastidiarse mutuamente. Siempre estaban juntos y siempre peleando.

Ahora eran dos jóvenes apuestos, inquietos, sensatos, casi adultos... y en sus mentes era casi impensable seguir con esos juegos, pero seguían.

Se detuvieron unos instantes a observar el viejo olivo, cruzaron sus miradas y sin saber cómo ni porqué, fundieron sus labios en un beso. No fue un beso robado, no fue un beso incómodo, ni embarazoso. Fue un beso tan puro que fue desconcertante.

Y fue el viejo olivo del arroyo, fiel e impasible, testigo de ese amor que comenzó a nacer. Un amor puro como el agua, que no paraba de caer.

Los días transcurrían entre el trabajo del campo y los encuentros frente al viejo olivo.

Hablaban, reían, a veces discutían… se amaban. Esperaban ansiosos la llegada de la tarde para poder encontrarse de nuevo. Rezaban para que al día siguiente lloviese y así no tener que ir a la faena. De esa manera tenían más tiempo para disfrutar ellos solos, juntos y solos. Miraban la luna, la luna les decía el tiempo que iba a hacer. Si la luna tenía un cerco era presagio de lluvia próxima. Un pastor les dijo: “Contad las estrellas que se ven entre la luna y el cerco, y serán los días que va a tardar en llover”. Todas las noches miraban al cielo, miraban y contaban. Se estaban convirtiendo en auténticos meteorólogos.

Llenaron de bellos momentos los duros días de invierno; momentos que quedaron grabados en sus retinas para siempre.

Pero la temporada de recolección estaba llegando a su fin. Ya no volverían a verse hasta el próximo año, quizás ya no volvieran a verse nunca más. Dependía de tantas cosas.

La despedida fue rápida, a ninguno le gustaban las despedidas. No hubo lágrimas, no hubo dramas…

Paco entregó a Julia una pequeña maceta con un esqueje de olivo. Parecía tan frágil. Tan solo era una rama con dos hojitas verdes al final. Paco llevaba una semana planeando algo. Una mañana se acercó al viejo olivo, cortó dos ramas, las más saludables que vio. Cuidadosamente y de forma lenta limpió las ramas de hojas y pequeñas ramitas, exceptuando las dos hojas últimas del final. A eso le llamaba esquejes. Plantó cada esqueje en una maceta con tierra y abono. Y los protegió de los vientos y heladas hasta el momento en que entregase uno a Julia.

–Cuídalo –dijo– es nuestro olivo. Aunque parezca débil es fuerte, fuerte como nosotros y puro. Es nuestro olivo que se perpetuará en el tiempo, pero que brotará con savia nueva. Él ha sido testigo y él nos une. Yo cuidaré otro igual.

Un fugaz beso y un hasta pronto los separó para siempre.

Pasaron los meses y llegó septiembre. Paco fue enviado a la capital para estudiar una carrera. A él lo que realmente le gustaba era el campo, pero sus padres decidieron que estudiase y se formase en otra cosa, querían que estudiase medicina. En un futuro, si quisiera, podría compaginar las dos actividades.

El padre de Julia encontró trabajo en una fábrica de zapatos, un trabajo más o menos estable. El nuevo trabajo les aseguraría un sueldo durante todo el año sin tener que depender de las épocas de recolección. Ya no tendrían que trasladarse durante meses a trabajar a otros lares. Fue un respiro y pudieron vivir más holgadamente.

Cuando el pequeño esqueje se hizo fuerte, Julia lo asentó en la tierra. Los olivos necesitan de la tierra, igual que la tierra necesita de los olivos. Lo fijó en la zona más privilegiada del patio de la casa de sus padres, que luego heredaría. Y lo cuidó.

Julia se casó con un apuesto mozo, que bebía por sus vientos. Era un hombre bueno, trabajador, amigo de sus amigos y que trataba a Julia como una reina. Fue un amor sereno. Tuvieron hijos y nietos, el más travieso Pedro.

Hace un par de años Julia coincidió con Manuel en un supermercado. Fue toda una sorpresa. Manuel era un jornalero de su misma edad que había trabajado con ella en la recolección. Toda su vida siguió como jornalero, como temporero. En temporada de la fresa trabajaba en la fresa. En la temporada de vid lo hacía en la vid. En la temporada de la aceituna trabajaba en los olivares. El sol había hecho mella en su piel. Ahora estaba jubilado.

Manuel le contó que había estado en los campos de olivos y había visto a Paco. Que estuvieron hablando largo y tendido. Hablaron sobre sus vidas, sobre los campos… Paco vivía en la capital, pero pasaba largas temporadas en el cortijo. Tenía buen aspecto, a pesar de la edad se le veía vital. Hablaron, cómo no, sobre ese árbol sobre el cual habían girado sus vidas, el olivo.

Paco le habló sobre su pasión y recitó: “El olivo es el árbol en mayúsculas, es un árbol sagrado, un árbol bíblico. Se aferra a la tierra y puede vivir hasta dos mil años. El olivo es parte importante de la dieta con sus frutos y aceite. Con su aceite se pueden hacer ungüentos medicinales, se puede utilizar como combustible para lámparas, hacer jabones… Es eterno, fiel… podría ser el propio árbol de la vida.”

–Mira Manuel –prosiguió–. ¿Ves ese olivo situado en el centro del patio? Es el del arroyo. Cogí un esqueje y lo planté aquí para poder verlo desde la ventana cada mañana. No es su prolongación, es él. Los mismos frutos, las mismas ramas, el mismo tronco retorcido. Guarda en su memoria todo lo vivido. Cuando yo ya no esté aquí, él seguirá, y su memoria perdurará a través del tiempo.

Manuel se despidió de Paco, como después lo haría de Julia.

Y en la cara de Julia se dibujó una sonrisa.

 

 

 

  • Siempre, cuando comienza a llover, acelero el paso y voy deprisa, como si tuviera miedo a mojarme. Tras conocer esta historia algunas veces paseo bajo la lluvia, me detengo, miro al cielo y dejo que el agua corra por mi cara. Hay personas que me miran extrañadas. Intentaría explicarles, pero hay cosas que no se pueden explicar con palabras, solo se pueden sentir.

 

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