Locas almazaras

Locas almazaras

[José Miguel Rubio Polo]

En una almazara de las de Jaén, de cuyo nombre no debo acordarme, faenaba un experto catador, asaz flaco, trabajando en demasía. A tal punto llegaba su desempeño que, tras muchos años de vareado, recolección, prensado y envasado, discurrió que le era llegada la hora de hacer fortuna, pues los conocimientos los tenía, más los billetes le escaseaban. No obstante ello, empezó a ahorrar exageradamente sus nóminas, de modo que comenzó a vivir paupérrimo, descubriendo el encanto de la iluminación de las velas en la noche, el agua pública de las fuentes y las sobras del supermercado. Don Perico, que así lo llamaban, frecuentó los comedores sociales y los restos abandonados de los mercadillos callejeros, disfrazado al efecto con una barba falsa y gafas de sol, por aquello de guardar y esconder las apariencias. Algunos días incluso iba a comer a escondidas las aceitunas de los olivos, cuidando mucho de que fueran las que iba a recolectar la competencia. Se adelgazó más si cabe, pues a todas partes iba caminando y el gastoso automóvil lo dejó abandonado para criar gallinas dentro de él. Al fin consiguió comprarse un viejo cortijo abandonado y dentro se las ingenió para colocar su modesta almazara.

Él había empezado en este negocio gracias a la División Azul. Suena grotesco pero así es que resulta. Ocurrió que un señor de su pueblo fue a hacer la Segunda Guerra Mundial contra los rusos con la División, y al volver al pueblo consiguió colocarse como héroe de guerra en el único sindicato vertical que había. Sucediera que por otras razones extrapolíticas le tenía mucha afición al padre del catador que protagoniza nuestra historia y que entonces era un niño –y eso que el susodicho padre, don Pero, había hecho la guerra civil en el bando rojo, porque así le cayó en suerte–. Años después, el divisionario del cuento se fue ascendido a trabajar a las oficinas centrales de Madrid. Y en cierta ocasión venturosa allí en Madrid, el de la División se enteró de que se había creado una Escuela de la Oliva, que era como en aquel entonces se dio en llamar a las fábricas de catadores, en una época en la que sólo los químicos entendían algo técnico de aceites y un “catador” sonaba a algo raro como de esos que tenían los emperadores o los Papas para probar comidas envenenadas.

Como había la posibilidad de enviar a la nueva Escuela a becados escasos de recursos, pero de buena cabeza, como era el caso del joven Perico, que por aquella época venía rebotado o renegado del seminario, el Divisionario de Madrid se acordó del hijo de su viejo amigo. Don Pero, el padre de Perico, no se lo planteó tres veces sino dos; posibilidades de prosperidad para el chico y una boca menos que alimentar. A Perico también le hacía gozo visitar la gran ciudad.

El caso es que nuestro catador en ciernes marchó con billete de tercera en un viejo tren vaporoso, a la capital de las Españas, por aquellos entonces también capital del Reino sin Rey. Viajaba cubierto de boina y pertrechado con una lata de aceite de oliva virgen en una mano y una gallina viva en la otra, como correspondía en la época para obsequiar al de la División, quien le hizo de anfitrión en la gran ciudad. Tras unos pocos años en la Escuela, finalmente se graduó como perito en aceites. Pasó a trabajar en la novedosa cooperativa del pueblo y estando ahí se enteró de una oferta mejor en la otra punta de la provincia, donde la sierra, en la gran almazara que habita en nuestro cuento, y allá que fue con su petate y arraigó durante años, lustros, décadas, haciendo maravillas con esas aceitunas, aceite que los jienenses dicen “Picual”.

Llegado un cierto punto de la historia, fue deseo de nuestro protagonista poner en práctica el sueño que todo catador probablemente debe abrigar; el de hacer una almazara propia.

Y al hombre no se le ocurrió para ello sino empezar a sisar aceitunas de la almazara donde trabajaba. Poco a poco, cada día se iba agenciando una carguita y otra, y otra; y además se agenció toda una almazara entera de segunda o tercera mano, llevándose una pieza tras otra, y luego otra. De modo tal que más meses después, le iba saliendo una cosecha propia y secreta con demasiado sabor amargo primero, aunque luego más insustanciado.

Para mejorar y aumentar la producción, la calidad y las posibilidades de futuro de su humilde negocio, consiguió asociarse con un chino rico residente en España, que no sabía de aceites más de lo que sabía de canicas, pero el de los ojos guiñados le puso el capital y el otro puso la maestría. Lo engatusó para ir a medias. Al año ya pudo abandonar la almazara de toda la vida y mantenerse de su esfuerzo y del dinero del oriental. Empezó a envasar, primero casi a mano y con maquinaria escasa y anticuada, mas con el pasar de los meses o años se surtieron de moderna maquinaria italiana diseñada ex profeso. Convenció al chino de que llamarle a un aceite "Chu-Lin" no iba a mejorar mucho las ventas de un caldito de la sierra de Mágina, o de Segura, o de Cazorla u otra, salvo que acaso se vendiera en la China lo envasado o en otros países desconocedores, comedores de mantequilla o sustitutivos similares, así es que para su venta en España a la botella finalmente la denominaron en plan andalucísimo, “conSalero”.

A la siguiente cosecha, con esa mentalidad de todo a cien, el de Oriente se empeñó en que el aceite le estaba saliendo demasiado caro, porque la botella le costaba puesta en tienda más de una moneda. Así es que para economizar don Perico hubo de ponerse a engañar al Consejo Regulador, rellenando las prensas, los depósitos y luego las botellas, con aceitosos más baratos aunque de calidad peor, que venían cosechados de otras regiones bien ajenas a la Denominación de Origen. Pero llegó un disparatado momento en que al jefe chino se le ocurrió darle al aceite un punto oriental, saboreándolo como si fuera sushi o sashimi. Se las ingeniaron para mezclar con el aceite –¡oh, blasfemia!– pescados crudos y un cierto pegote verdoso llamado wasabi. Empezó don Perico a conjugar los verbos y palabros asiáticos.

Dados los caprichos raros del chino Chu-Lín, y como el que manda, manda, le convenció don Perico al menos para realizar una muy agresiva campaña de marketing, que fuera capaz de hacer que el consumidor medio español de aceites consintiera aquel mejunje como soportable, y hasta como exquisito. Tuvo tal éxito la campaña televisiva, radiofónica y cartelera, con famosos actores y actrices de anunciantes aceitosos y gozosos, que se llegó al absurdo de que con el paso de los tiempos la españolía ya no aceptaba aceites si no tenían regustos orientalizantes.

Los aceiteros de la competencia, que porfiaban por seguir elaborando sus líquidos conforme a la antigua y sabia usanza, empezaron a rebajar sus ventas hasta casi la nulidad. Llegaron a tal punto que se agruparon y confabularon entre sí contra el chino y contra el pérfido catador, manifestándoseles un mal día de calor enmascarados, delante de la chinoalmazara, hasta llegar a las manos y a los fuegos. La escasa Guardia civil no pudo controlar a la turba de gente y le pegaron fuego a las naves, asegurándose de destrozar  minuciosamente los depósitos y existencias, echando por tierra cada gota del odiado líquido orientalizante. A las tantas de la madrugada, el aceitero chino y su secuaz español consiguieron salir a duras penas escoltados por la benemérita, bajo una lluvia de piedras, palos, latas, botellas y hasta huesos de aceituna.

El asustadísimo chino, resoplando aliviado por haber salvado el pellejo de los locos aceiteros españoles, decidió abandonar finalmente la peligrosa y democrática España, para retornarse a su entrañable y dictatorial país. El catador le siguió por si las moscas, en una suerte de autoexilio voluntario.

Una vez allá en el lejano oriente, cambiaron las tornas. El empresario chino, cansado de mantecas y otros insulsos remedos del delicioso aceite jienense, decidió retomar la aceitosa aventura, pero en esta ocasión, y siempre pensando en estrategias de mercadotecnia, resolvió y se empeñó en elaborar el aceite conforme a los estrictos códigos de una cierta Denominación de Origen de las de Jaén. Con la siempre inapreciable ayuda del catador don Perico, tras muchas idas y venidas, muchas pruebas y demostraciones y exposiciones y muestras, consiguió a la postre que el Consejo Regulador de acá estableciera allá una suerte de inaudito protectorado oleicultor de la Denominación de Jaén en la China, para solaz y placer de los consumidores de aceite del oriente.

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