Verde y en botella

Verde y en botella

[Alicia Quart]

Hanne miró otra vez como quien no quiere la cosa hacia las mesas con la comida y allí seguía la chica, con la botella de aceite de oliva en la mano y la mirada perdida, los ojos dirigiéndose ligeramente hacia abajo a la derecha. Llevaba así ya un buen rato, de vez en cuando abría con cuidado el tapón de cristal, se lo acercaba a la nariz inhalando su perfume para en seguida quedarse quieta con la mirada perdida. Sus manos, mientras tanto, cerraban la botella y la dejaban otra vez cuidadosamente sobre el mantel de la mesa, moviéndose con precisión, pero al parecer sin tener conexión con la mirada.

Hanne se sentía intrigada y no sólo porque esta botella la había traído ella. Al principio no sabía muy bien qué traer cuando la profe de español les había dicho que iban a organizar un almuerzo entre todos los alumnos de la escuela de idiomas para el final del curso. La idea era que cada alumno preparara un plato más o menos típico de su país o del país cuyo idioma estaba aprendiendo y lo trajera para compartirlo con los demás. Ella tenía ventaja porque podía preguntar a su hija, que vivía en España. Aun así, todavía no sabía muy bien si lo que había traído realmente se podía llamar plato típico. Total, solamente era aceite de oliva, pan, ajo, tomate y sal. Pero su hija le había asegurado que esto era lo más típico de la región de Barcelona que uno se podía imaginar. Así que le hizo caso y trajo la botella de aceite que ahora estaba en manos de la chica con la mirada fija al infinito. ¿En qué estaría pensando, por qué estaba allí oliendo el aceite?

Hanne estaba segura de que el aceite no estaba rancio. Y no es que ella lo utilizara mucho, más bien al revés. Normalmente cocinaba con mantequilla o aceites neutrales, sin sabor. Aunque decían que los aceites vegetales eran mucho más sanos que la mantequilla y el aceite de oliva uno de los más sanos. Y la verdad es que había platos muy sabrosos. Por ejemplo, la ensalada aquella de la revista que hizo una vez en el cumpleaños de Herbert. Todo el mundo lo dijo “Qué rica te ha salido esta ensalada, ¿cómo la has hecho?”. Pero para una ensalada se necesitaba muy poco aceite y ella quería deshacerse de toda la botella. En casa no lo iba a gastar porque tenía un sabor muy característico y diferente y a Herbert le gustaban las cosas que sabían como siempre.

Aunque claro, en realidad esto ya no importaba, no se iba a dar cuenta. Si hasta podía poner ajo en las comidas y él ni lo notaba. Le preguntaba:

–Herbert, ¿qué tal la comida? –y su respuesta era invariablemente:

–Hmh, está rica.

Le causaba una pequeña satisfacción pensar que antes nada más entrar por la puerta ya hubiera dicho:

–¿A qué huele? ¿Qué estás cocinando, otra vez le has puesto ajo? ¡Si sabes perfectamente que no lo soporto!

Y ya la tenían otra vez. Pero ahora ya no, ni se enteraba, “está rica” y eso era todo. Hay que jorobarse, por fin ya no se peleaban y, aun así, ella hubiera preferido tener un marido y amante como antes y discutir con él y reconciliarse y pasarlo mal, porque sí, lo había pasado mal, pero también muy bien y él siempre estuvo ahí. A ver, menos los viernes por la noche, pero aun así, preferiría tener aquella persona a su lado y no lo que quedaba ahora de ella. Y gracias a Dios o a quién sea que por lo menos todavía sabía comer con los cubiertos y casi ni se manchaba. Le podía llevar a comer fuera pero claro, no hoy, no a este almuerzo, allí no pintaba nada. Le había dejado en el centro de día para poder ir a la escuela.

Antes, hace tiempo, hubiera cocinado de verdad y asombrado a todos con algo original y elaborado. Pero ya no tenía ganas y esta vez simplemente quería deshacerse de la botella de aceite de oliva. Se sentía un poco culpable, porque este aceite se lo traía Inge de España y seguramente no estaba bien querer deshacerse de él. Inge estaba muy orgullosa de ello y para ella era un regalo muy valioso.

–Está hecho con olivas que he recogido yo misma.

–Ah, ¿sí? ¿Ahora también te dedicas al cultivo de olivas?

–Qué va, voy con unos amigos a quienes les dejan unos campos de olivas que los dueños ya no recogen porque están muy mayores y no pueden.

–¿Y cómo hacéis el aceite? ¿Para esto no se necesita un molino o algo por el estilo? ¿También les dejan el molino?

–No, el molino es de una cooperativa y se llama almazara. Tú recoges la cosecha y luego la llevas ahí para que muelan las olivas y saquen el aceite. Claro que para el servicio y las instalaciones tienes que pagar algo, nada es gratis en esta vida. Pero te aseguro que este aceite es de primera calidad y muy especial: esa variedad de oliva que cosechamos en los campos se cultiva en muy pocos sitios.

Muy bien. ¿Y qué se supone que debería hacer ella? En casa no utilizaba aceite de oliva y aunque el aceite tarda mucho en ponerse malo, las visitas de su hija tardaban más. No quería disgustarla confesando que no necesitaba aceite de oliva y por eso tenía que hacer desaparecer las viejas botellas que estaban casi sin utilizar en la despensa antes de que su hija apareciera con una nueva botella en la mano. Y aunque tenía todo el tiempo del mundo para pensar qué hacer con ellas, al final acababa tirando el aceite ya rancio en cuanto su hija anunciaba su próxima visita. Sabía que era injusta, pero sentía algo así como rencor contra ese rincón perdido de la tierra con su variedad de oliva especial, como si fuera culpable de haberle robado a su hija.

–La gente –se entusiasmaba Inge– el sol, la tierra, la comida,…

Pfff…, como si aquí no hubiera buena comida y buena gente. Y lo del sol..., vale, sí, la entendía. Hace años, cuando todavía podía dejar a Herbert solo, la había visitado allí y le gustó mucho sentir el calor del sol en la piel, pasar la mirada sobre el paisaje de contrastes simples, el azul del cielo dejando entrever el infinito y el aire encima de la tierra bailando al calor del sol. También ver las sonrisas de Juan, María y Alejandro, flotando por encima de sus manos y brazos en continuo movimiento, acompañando sus voces profundas. La comida, que llenó su boca con sabores desconocidos, finos y puros –como el del aceite de oliva, tan sencillo y tan lleno de reflejos–. ¡Y encima no tenía que cocinar ella, cocinaba otra persona, hasta los chicos!

La vuelta a casa le costó. Ahora lo único que le quedaba era contar a todo el mundo las hazañas de su hija y lo orgullosa que estaba de ella. Lo valiente que había sido al dejar todo para ir a un país que ofrecía calor, pero poca estabilidad económica. Casi todos decían envidiarla.

–Ay qué bien, yo también lo haría si no tuviera…

Pero claro, ellos bien tenían a sus hijos a la vuelta de la esquina, aunque fuera en Berlín.

Herbert incluso tenía unos amigos jubilados que se compraron un piso allí, en el sur, pero habían vuelto al cabo de dos años porque lo del idioma era un lío y echaban de menos las amistades y que todo funcionase como siempre. Bueno, también porque lo de la hipoteca era un escándalo, ¡la subían cada año!

Pero su hija no, ella se fue y ahí se quedó, mientras aquí estaba su madre en el almuerzo de alumnos de la escuela de idiomas, preguntándose por qué aquella joven con aire ausente seguía metiendo la nariz en su botella de aceite de oliva. Le gustaría preguntarle el porqué, pero se sentía un poco intimidada por el pañuelo que llevaba en la cabeza. Una tontería, pero no conocía a ningún musulmán y con todo lo que decían ahora en la tele se sentía cohibida a la hora de dirigirse hacia ella.

–Curioso, ¿verdad? –le comentó de repente una chica a su lado, mirando hacia la joven–. La estoy observando desde hace un rato, no se separa de la botella. Aunque es verdad que el aceite es muy bueno, yo misma lo probé y sé lo que digo.

–Ah, ¿sí? ¿Entiende usted de eso?

–Sí, mis abuelos tienen un terreno con olivos y hacemos nuestro propio aceite. No hay otro igual, se lo aseguro, lo reconocería entre miles. Pero el de aquella botella tampoco está mal.

Hablaba alemán con cierto acento, haciendo sonar la “r” cuando decía “probiert” de una manera que le recordaba a María y Alejandro intentando imitar el alemán.

–¿Es usted española? –preguntó.

–Sí, voy al curso avanzado de alemán. Por cierto, me llamo Estrella –y le estrechó la mano.

–Encantada, yo soy Hanne –carraspeó y añadió en español:

–Yo sólo hablo muy poquito español. Yo hago el curso de español. Mi hija vive en España –y siguió en alemán:

–La botella de aceite de oliva que tiene la chica me la trae mi hija. Recoge los olivos de unos terrenos y hace su propio aceite. Me alegro que le haya gustado, se pondrá contenta cuando se lo cuente. Y usted, ¿lleva mucho tiempo aquí? ¿Le gusta Alemania?

–Gustar…, bueno. Trabajo como ingeniera en una multinacional y aunque en el trabajo hablamos inglés, está claro que viviendo aquí necesito alemán si quiero sobrevivir, ¿sabe? Así que este ya es el tercer intensivo que hago en los nueve meses que llevo aquí.

–Habla muy bien el alemán. ¿Y por qué vino aquí si no le gusta?

–Vine porque crecí convencida de que el mundo funcionaba gracias al turismo y la construcción, que de donde soy yo son prácticamente lo mismo. Y eso quiere decir que cuando tuve que decidir qué estudiar, parecía que había dos caminos claros con un futuro profesional asegurado. A mí me gustaban más las ciencias, así que en vez de turismo estudié ingeniería de caminos –movió lentamente la cabeza de un lado al otro como sorprendida de su propia ingenuidad–. Y al acabar la carrera, la burbuja inmobiliaria me estalló en la cara. ¡Imagínase! Empezó la crisis, se acabó la construcción, se acabaron los trabajos. Y aquí me tiene –levantó levemente los brazos para volver a dejarlos caer sobre los muslos.

–¿Sabe lo más gracioso? No soy la primera de mi familia que busca la fortuna en este país. En los años 60 ya vinieron mis abuelos. De hecho, si no fuera por eso seguramente no existiría yo, porque se conocieron aquí. La historia de cómo se conocieron es una de mis preferidas, parece sacada de una película romántica y, además, el aceite de oliva juega un papel central –miró expectante a Hanne, que la complació preguntando:

–¿El aceite de oliva? No lo entiendo, si estaban aquí en Alemania, en estos años seguro que no había mucho aceite de oliva. ¿Y cómo llegaron aquí? –. No pudo resistirse a mostrar sus conocimientos de historia–. Sé que Alemania en aquellos años hizo acuerdos con otros países porque aquí había empezado el “milagro económico alemán” y hacía falta mano de obra. ¿Fue por eso, vinieron con alguno de estos acuerdos?

–Sí y no. Mi abuelo se vino a Alemania por sus ideas políticas, que estaban en desacuerdo con el gobierno y un poco por aventura, más que por una necesidad económica. Sus padres tenían una tiendecita y un terreno con olivos y aunque no fueran ricos, no se morían de hambre. Pero la familia de la abuela sí pasó apuros y para ellos la promesa de un trabajo estable y vivienda en Alemania suponía de pronto la solución de todo. En España, los caminos del abuelo y la abuela seguramente no se hubieran cruzados.

–¿Y cómo se conocieron? ¿Por qué el aceite de oliva tenía un papel importante? –insistió Hanne, ahora realmente intrigada.

–Mi abuela hizo con sus padres el largo camino del pueblo a Alemania en tren y autobús. Como no sabían qué les esperaba, habían llenado las maletas y bolsas no sólo con sus enseres, sino también con patatas, cebollas, jamón, aceite de oliva, aceitunas… vamos, casi que no se trajeron las gallinas porque no les dejaron subirlas al tren. En algún punto del largo viaje se rompió la garrafa del aceite de oliva y cuando por fin llegaron hasta este rincón perdido que olía a polvo de carbón y col hervida se habían quedado sin aceite y con la ropa empapada. Al principio, como todo era nuevo y daba miedo, no se atrevían a asomar la nariz más allá de la puerta. Se pasaban el aceite entre los vecinos y cocinaban juntos, todos españoles recién llegados como ellos. Hasta que un día mi abuela se atrevió por fin a salir a la calle llena de coches y gente con cara de pocos amigos para buscar una tienda y comprar cosas necesarias. Con su alemán recién estrenado del diccionario de bolsillo iba de tienda en tienda preguntando “Olivenöl. Haben Olivenöl? Wo finden?”

Al final llegó hasta una tiendecita turca, pequeña y atestada de cosas, donde al pronunciar la palabra “Olivenöl” se le acercó un joven y le contestó en español con deje del sur: “Señorita, ¿puedo ayudarle? ¿Busca usted aceite de oliva? Aquí hay, pero no se escandalice, es caro y viene de Turquía”.

Y así entró mi abuelo en su vida y despejó el camino para que pudiera estar yo ahora aquí, contándole su historia, que también es la mía.

–Menuda historia, tiene usted razón, es mejor que cualquier telenovela.

–Sí, el aceite de oliva como celestina. Hoy en día hay en los supermercados de aquí tanta oferta de aceites de oliva que parece mentira que en aquel momento tuviera el poder de unir los destinos de diferentes familias. Si ahora mismo puedo sacar mi móvil y comprar lo que quiera, un aceite de oliva especial ¡o salsa de ostras de la China! Por eso me pregunto, igual que usted, supongo, por qué Rasha ya lleva 15 minutos metiendo su nariz en esta botella de aceite con cara de lunática.

–¿Rasha? ¿Se llama así aquella joven con el pañuelo?

–Sí, va conmigo al curso de alemán. Viene de Siria, es muy maja pero también muy reservada, normalmente no habla mucho. De lo poco que me ha dicho, deduzco que parte de su familia está todavía en Siria y que su viaje hasta aquí fue todo menos fácil.

Las dos miraron ahora hacia la mesa donde Rasha seguía con la botella en la mano. De repente se cruzaron sus miradas. Rasha se sobresaltó. Alisó cuidadosamente el mantel como si no supiera muy bien qué hacer con las manos, miró otra vez hacia Hanne y Estrella, y al final se acercó con paso lento, un poco vacilante. En vez de presentarse o saludar a Estrella la miró fijamente a los ojos, levantó la mano con la botella de líquido verde y preguntó:

–¿Lo has traído tú, este aceite?

–No, fíjate, lo ha traído esta señora, a quien se lo da su hija que vive en España.

Rasha echó una larga mirada a Hanne, como dudando de lo que estaba viendo.

–¿Le gusta? –preguntó finalmente Hanne, por decir algo.

–¿Me gusta? –miró a la botella que tenía en la mano como si la viera por primera vez y se la acercó a la nariz para inspirar su aroma mientras Estrella y Hanne esperaban su respuesta. ¿Deberían decir algo más? ¿Qué? ¿Presentarse? Hanne miró a Estrella. ¿Por qué no decía nada, si ella la conocía? Al final, cuando Hanne ya iba a abrir la boca para decir cualquier cosa, Rasha continuó sin dejar de mirar la botella:

–Sí, me gusta, huele muy bien. Huele a ramas plateadas moviéndose en el aire tibio de la tarde. Al viento que me acaricia los pelillos del brazo, al sol calentando la piel que huele a eso, a sol, viento, tierra.

De repente, su mirada se fijó otra vez en las dos mujeres.

–Mi familia tiene olivos. Son olivos muy, muy viejos, que han crecido retorciéndose lentamente. Se han hechos al clima y al terreno, aprovechan la energía del sol y la convierten en frutos. Ya el abuelo de mi abuelo hacía aceite con sus frutos. Imaginaos, algunos de los árboles son tan antiguos y han crecido tanto que hay que ponerles muletas porque ya no pueden soportarlas solos. Hay algunos que bajo el peso del tiempo se han rajado por la mitad. Y aun así, partidos, siguen creciendo y siguen dando frutos. Mi abuela me contó que uno de ellos, especialmente grande y con el tronco hueco, salvó a una mujer del pueblo que parió justo allí. Sabéis, aunque los alemanes pensáis que en el sur siempre hace sol, el invierno en Siria puede ser muy duro.

La mirada de Rasha se volvió a perder. Hanne y Estrella se habían quedado sin palabras. Finalmente, Estrella rompió el silencio:

–¿Y tu familia? ¿Sigue ahí? ¿Qué tal está?

Rasha no les miró, pero contestó:

–Ayer pude hablar con ellos. Mi padre dice que no me preocupe, que hace frío, no tienen gasolina y no se pueden ir fuera porque caen bombas por la zona. Pero que yo no me preocupe, que ellos no pasan frío. Que los troncos de olivo queman muy bien, dan mucho calor y tardan mucho en consumirse.

Acercó una última vez el tapón de cristal a la nariz, inhaló, cerró y apoyó la botella con mucho cuidado en la mesa antes de dirigirse hacia la puerta, con la mirada perdida, un poco hacia abajo, hacia la derecha.

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