El último olivo

El último olivo

[Begoña Buil Cervellón]

La vida es dura, se quejó la muerte un día de primavera. Llevaba en danza desde el amanecer, recorriendo los cinco continentes del planeta, sin haber logrado un solo cliente.

Mientras lo pensaba, resbaló por una suave pendiente de hierba y fue a parar al borde de un olivar. Los olivos se alineaban sobre hierba verde y entre ellos se abrían caminos de tierra. El sol de la tarde reinaba sereno; regalaba un color dorado al aire y algunas flores se abrían con destellos rosas, blancos y lilas. A la muerte le entraron ganas de vomitar ante tanta belleza. Hubiese preferido mil veces caer por un pedregal y aterrizar en un nido de gusanos.

Allí, sentada en medio del campo, rebuscó en sus bolsillos; al menos no había perdido la agenda que escribía nombre a nombre con ceniza indeleble. Era la primera vez que le sucedía; no lograba entenderlo, pero la evidencia es que había llegado tarde a todas sus citas. Era de risa, o de romper a llorar, según se mirara. Mientras iba en busca de un suicida ruso, los bomberos le rescataron y de nada le sirvió intentar convencerle de que trepara de nuevo a la cornisa. Probó más tarde en un campo de batalla africano, pero justo se acababa de decretar una tregua. Después corrió hasta Nueva Zelanda, tras la pista de un infectado atípico, pero resultó que ya se había descubierto un antibiótico salvador. Por último, fue a la captura de un condenado a muerte que debía ser ajusticiado en un estado americano; minutos antes se acababa de abolir la pena capital. Así todo el día, hasta el atardecer en el olivar, prisionera de aquella luz que envolvía como un aura los campos, tocada por la hierba húmeda como si aún guardara un recuerdo del rocío de la mañana. Al otro extremo del olivar había una casona apenas visible y, confundido entre los colores de una suave cordillera, un pueblo blanco.

Desesperada, consultó de nuevo la agenda. Aún le quedaba una oportunidad: el último de la lista, el único nombre sin tachar: el viejo Sebastián. Repasó el expediente: noventa años, un hombre solitario… Se frotó las manos de gusto y le hizo un corte de mangas al sol. A éste le pondría los puntos sobre las íes.

Se convirtió allí mismo en un pajarraco de negras plumas y voló hasta la casa del infortunado, aquella casona aislada cuya silueta acababa de ver recortada ante el monte, un cortijo aislado al sur de una pequeña península de Europa.

Sobrevoló la vivienda, un tanto desvencijada. Contempló el tejadillo herrumbroso y la azotea llena de grietas. Alrededor, las delgadas ramas de los olivos se elevaban sobre los troncos curvos, vestidas de verdes y diminutas hojas ovaladas. Se posó en una rama retorcida y caviló cómo disfrazarse para no alertar al viejo. Pero se sentía tan cansada y le parecía una misión tan sencilla que, por fin, se puso el vestido de diario: la túnica negra con capucha y, como complemento, la guadaña.

Encontró a Sebastián sentado en el porche, saboreando una infusión, con la mirada absorta en la línea púrpura que subrayaba la tarde detrás del campo. Tenía los ojos de color de cielo descolorido, la piel transparente surcada por venitas sonrosadas, pocas arrugas y cuatro pelos blancos en guerrilla sobre la frente. La silueta obscura de la muerte se interpuso entre Sebastián y la puesta de sol.

—Buenas tardes, señora —dijo. Pensó: qué esperpento tan horripilante.

La muerte le correspondió con una mueca que simulaba una sonrisa. Ante su silencio, el hombre se la quedó mirando, sorprendido al observar la guadaña, tratando de adivinar qué la llevaba hasta allí.

—¿ Quizá viene para ayudarme en la recogida…?

—¿En la recogida... ? —respondió ella, sarcástica—. Ya estoy un poco mayor para cambiar de oficio…

Sebastián le hizo un gesto amistoso para que se aproximara.

—Por favor, disculpe que no me levante. Hoy me duelen un poco las piernas. Pero si le apetece una infusión se la serviré. Sobre ese banco hay vasos. Coja uno.

—Se agradece —dijo ella, tomando un vaso—. Pero le pediría algo más fuerte. Le aseguro que hoy incluso a mí me hace falta...

— Le serviré un güisqui… Pero no sabe lo que se pierde… La infusión de hojas de olivo es estupenda… Baja la presión, me previene catarros y herpes, tiene antioxidantes, me refuerza el sistema inmunitario…

—¡Pare! —gritó la muerte—. Se lo ruego… —siguió bajando la voz—. Para mí sería veneno… Usted no sabe quién soy…

—Verá… como la vi llegar con esa herramienta que, ahora que la veo bien, es para segar, creí que venía para que la contratara. Además de las piernas, tampoco tengo muy bien la vista... Iba a advertirle que en mi olivar no hacemos servir el vareo, sino el ordeño. No quiero apalear las ramas. El olivo se enfada y al siguiente año apenas da fruto… —rió lanzando una mirada al campo—. Es más costoso, pero prefiero recoger las aceitunas a mano. Los aceituneros no llegarán hasta la semana que viene... —Le sirvió un trago—. Lo que se me ha terminado es el hielo…

A la muerte no le hacía falta, porque el vaso ya se había quedado gélido al contacto de su mano.

—Me muero de ganas de que lleguen. Dan alegría a la casa y a mí me dan compañía.  Cada verano, a principios de octubre, vienen de varios pueblos de alrededor… —dijo el viejo, mientras pensaba: Vista de cerca parece una muerta, pobre mujer, le debe quedar poca vida.

—Entonces... —dijo ella, escogiendo cada palabra— estará usted tan solo normalmente que quizás no valga la pena vivir…

Definitivamente, esta mujer anda bien deprimida, pensó Sebastián, y le dedicó una sonrisa reconfortante.

—Este año será el último que vendo las aceitunas... —comentó, para distraerla.

—Está resignado, pues, a no sobrevivir al otoño… Me alegro, es mejor así…

—¿De qué habla? —se revolvió incómodo en el banco—. No sea pájaro de mal agüero. No me ha entendido.

—Ah, entonces se refiere a que es demasiado trajín para su edad... —disimuló la muerte, para no ponerle en guardia mientras esperaba el momento propicio de gloria.

—Ya veo que no me he explicado bien. Quiero decir que, desde hace muchos años, he vendido mis aceitunas para que otros hagan el aceite. He cuidado muchas variedades… lechín, picual y picudo, y manzanilla sobre todo. Pero también arbequina y blanqueta, aloreña que se cura con tomillo, incluso kalamante griega con ese color tan exquisito entre verde y morado, y más… —tomó aire y sonrió satisfecho—. Pero, ¿sabe qué…? A partir del año que viene yo mismo pienso fabricar el aceite.

La mirada del viejo se había iluminado. Aguardaba, expectante, la reacción de su huésped.

La muerte dio un sorbo al whisky. Guardó silencio.

—Ya he comprado la almazara para prensar las aceitunas. La pondré en el sótano. Es muy importante guardar el aceite en recipientes impermeables para que no se ponga rancio. Tengo suerte de que la casa tenga sótano… Ahí se conservará bien… Tendré trabajadores para la molienda y el batido que vendrán por estas mismas fechas, ya que entre octubre y noviembre, si me apura diciembre, se logra el mejor aceite. Solo me falta solucionar el envasado. Será todo artesanal, una pequeña producción, ¿qué le parece?

—Me parece que a su edad no debería tener tantos proyectos…  De lo contrario, luego todo se deja a medias, todo son excusas para no acompañarme…

—No la comprendo… A mí, personalmente, me gustan los aceites vírgenes… ¿Y a usted?

—A mí me gustan todos... —respondió ambigua la muerte, como si pensara en otra cosa—. Pero más los viejos.

—¡Se nota que no entiende de aceites! —El hombre se levantó con dificultad, dio unos pasos y se encaró al llano—. Claro que eso representará arreglar la casa... He contratado una cuadrilla de albañiles del pueblo. Y además construiré un ala anexa, allí, ¿ve?, donde el terreno es más plano, y arreglaré las barracas, donde en tiempos de mi bisabuelo dormían los trabajadores… Porque me gustaría que viniera gente, que se alojaran aquí, una especie de turismo rural ¿comprende?... Que llegaran familias, niños, que contemplaran esta maravilla y participaran en el proceso… Puedo verles haciendo suelos, allanando y cercando el terreno, extendiendo las lonas al pie de los olivos y encaramándose a las escaleras... Pero lo primero es lo primero: tengo que reparar el tejadillo de mi casa, porque me mojo cuando llueve ¿sabe? —se rio de nuevo, mostrando unos pocos dientes grandes, color hueso.

—¿Cuantos años tiene usted? —replicó la muerte, cruel.

—Le voy a contar un secreto: ochenta y nueve. Verá, en mi deneí consta noventa, pero es que durante la Guerra Civil se perdieron muchos papeles. Hubo que volver a inscribir partidas de nacimiento y de bautismo... No se crea que fui el único... —susurró—. Seguro que habría alguien más que se quitara años, dígale coquetería, pero yo me añadí uno más, me encontraba en esa edad en la que uno quiere ser mayor…

La muerte repasó instintivamente su agenda.

Noventa… ¿Pero qué clase de error se había producido al volcar los datos del más aquí al más allá? Realmente era un día aciago.

—Verá, yo venía a por usted, pero creo que me he equivocado de día… —parecía desolada.

El hombre la miró de arriba a abajo. Pensó: descaro no le falta, aunque le deben faltar espejos. ¿Aquello significaba una declaración de amores?

—Señora... ya sé que soy un carcamal —dijo mientras removía la tierra con su bastón—. Pero a mí lo que me gusta... son las buenas mozas... entradas en carnes… Dígame viejo verde, pero es lo que hay.

—¡Tenía que haber venido dentro de un año! ¿O hace un año? Estoy confundida… —se lamentó la muerte haciendo cuentas.

—No se obceque, nada hubiera sido distinto... —tenía las mejillas súbitamente enrojecidas—. Es usted demasiado huesuda… para mi gusto... ¿Es que no se alimenta bien?... Un sabroso pan con aceite le cambiaría el aspecto, estoy seguro… Oiga, yo no quiero hacerle un feo... Ya que ha venido, tengo una idea mejor… Le voy a regalar un frasquito de aceite, para el pan, para la piel o para lo que mejor le sirva porque para todo es bueno, pero a cambio le voy a pedir una cosa.  Hace días que quiero plantar un nuevo olivo. Lo voy dejando, por lo del reúma. Tengo el agujero a medio cavar y no quiero aplazarlo más tiempo. Tampoco soy un niño yo... Y estos árboles tardan años en dar su fruto, al menos cinco… Si no es abusar, ayúdeme a plantarlo.

El rostro de la muerte reflejó incredulidad.

—¿Es que no se nota que se me da mucho mejor segar que plantar?…

—¡Pues entonces, tómelo como una inversión! Me da sus señas y prometo invitarla para que nos comamos juntos las primeras aceitunas. ¿Qué le parece?

Ella se echó a reír, emitiendo un sonido similar al de los ejes mal engrasados de una carreta.

—Puede darlo por hecho. Créame si le digo que mi agenda abarca una eternidad. No hay duda que encontraré un hueco para nuestra segunda cita. Vendré sin que me llame. —Hágalo, me alegro de verla más animada. Pero, he de pedirle otro favor:  prométame que se pondrá un vestido de colores alegres para la ocasión y que me saludará con una sonrisa.

Ella se lo prometió porque no le quedaban fuerzas para ser maleducada y le ayudó a plantar el olivo.  Después, mientras se secaba el sudor de la frente, murmuró confusa:

—No entiendo qué me ha sucedido hoy. Desde el amanecer no he dado una… Todo me ha salido mal, he cometido un error detrás de otro…

—La vida es dura, no le dé más vueltas… pero también sabrosa. Mire yo, hacía tiempo que nadie me regalaba tanto los oídos… y por si fuera poco me ha hecho un gran favor… —la consoló el viejo, mientras pensaba: Es normal que se sienta así; a nadie le gusta que le den calabazas…

Mientras la muerte se alejaba de la casa arrastrando los pies, levantando un rastro de polvo en el camino, la nueva aurora sellaba el fin de aquel día extraordinario.

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