Desde las almas para el olivo

Desde las almas para el olivo

[Claudia Rodríguez Hernández]

El techo era alto, una amplia mesa de madera maciza estaba al centro, la alacena del lado izquierdo, formado de anchos cuadros, con especies, pastas, arroz, sopas, harina, café para hervir, productos enlatados (la gran mayoría importados), había un espacio donde mi tía Rosa guardaba su cuaderno de apuntes, listas de mercado, uno que otro número –supongo que de teléfono–, o algún nombre para que no se le olvidara. Del lado derecho una refrigeradora antigua, blanca, todo un misterio; grandes estantes con vajillas completas, para cada ocasión. Un lavatrastos ancho, grifería impecable, espacio suficiente para colocar trapos, toallitas de colores, manteles de diario o de fiesta. Frente, una enorme estufa eléctrica, blanca también, que hacía juego con el resto del ambiente.

La incipiente década de los ochentas daba sus primeros pasos, antes del cambio de milenio. Entraba con ella (mi tía Rosa), o la tía de ella, Soledad; dos señoras que, sin duda, marcaron todo el estilo de vida que tengo ahora. Con apenas cuatro años, ellas me cuidaban y muchas veces, recuerdo que pasé tiempo, “disque” ayudando, hice tareas, jugué que guisaba, aderezaba, adobaba comida; en esa cocina, apegada a sus olores exquisitos, a la quietud de los días, al sonido de los platos y cubiertos limpiándose con el correr del agua y el jabón.

–¡Póngase aquí nena! –decía mi tía, mientras acercaba una silla de madera, que acomodaba cerca de esa mesa, para que hiciera garabatos en hojas de papel.

Pero ese día, el verde prevalecía en aquello que mis tías cortaban meticulosamente; era pepino, lechuga, apio, brócoli cocido, aguacate; sal, limón; y, de una lata verde también emanó su impecable color ocre brillante, vibrante; la suavidad de su caída sobre esos vegetales, un olor característico, regio, firme, resbalaba sobre cada trocito verde. Yo, con la naturaleza de una niña en busca de nuevas experiencias, quise probarlo.

Así, sin que ellas vieran, me acerqué a la mesa de madera, empinándome para alcanzar un amplio recipiente de vidrio, con el índice y el pulgar, cual utensilio de cocina, agarré lo que pude, lo llevé a mi boca, y así fue mi primer encuentro con ese incomparable sabor, tan exclusivo, dócil, elegante, seguro. Ahora que lo recuerdo, viene a mi memoria una dualidad de imágenes: por supuesto ese amor que había en la cocina en mención, pero también unos árboles cargados de olivos, llenos de hojas verdes, no tan altos, que forman una estampa, digna de representar el concepto de figura/fondo que enseñan en Diseño Gráfico.

–¿Qué es esto tía? –le pregunté inocentemente.

–Aceite de oliva, mija, no se lo vaya a acabar.

–Mmm ¡Qué rico está! ¿Puedo comer más?

–Espérese, le voy a dar un poco aquí con ensalada, que ésta es para el almuerzo–. Y me sirvió con la guarnición que preparaba aquella mañana, cerca de un medio día caluroso.

Aquellas tiernas señoras no lo sabían, pero fueron quiénes me llevaron a un mundo maravilloso, que comenzó así, con una inocente incursión escurridiza en esa generosa cocina.

Rosa Franco era el nombre de mi tía, una mirífica mujer, delicada, amorosa; siempre me llevaba de la mano, literal e icónicamente; perfecta cocinera, de lo cual únicamente desarrollé el paladar. Era la hermana más grande en edad de mi papá, quien era el hermano menor de su familia. Ella (Rosa) le agregaba aceite de oliva a un buen número de platillos de su comida, de allí el gusto inicial, pero, sin duda, permanente.

Más adelante le pedí un poco de ese aceite a mi papá; él lo degustaba puro, una o dos cucharadas diarias. Así lo hizo hasta el último de sus días. Él, Manuel Rodríguez, incondicional partidario de la Cultura Española, consideró que su pequeña hija en ese momento no tendría el paladar listo para esa maravilla, y más por generosidad de padre que por convicción, me dio mi primera cucharada.

–¡Dame, papi, por favor! –le dije haciendo típicos gestos que sólo una hija sabe hacer con su papá, para que cumpla lo que desea.

–¿En serio quieres? ¿Y si no te gusta?

–Sí me va a gustar… ¡Por favor, por favor, por favor! –le dije juntando las manos.

Después de eso, todo cambió. Además de confirmar el gusto por ese deleite de sabor, me hizo bien el aceite de oliva; regula el estómago, decía mi padre.

Él: fuerte, decidido, con un proyecto en su mente, perfectamente diseñado para mí. Si lo supo mi viejo, mi amado viejo; supo que algo que había comenzado con este aceite, y finalmente, se convertiría en uno de sus más grandes éxitos.

Nunca viajó a España, pero atesoró el país, como el que más. Veía todos los días dos canales españoles disponibles en el sistema de cable local: noticias, entretenimiento, bailes, cocina; lo que fuera. Le gustaba el vino, los quesos, jamones e indiscutiblemente las olivas.

A pesar de que sólo contempló de lejos este país europeo, intensamente me enseñó y transfirió el amor, cariño, respeto por esa noble tierra. Apoyó la idea de que aprendiera la danza española. Academia de Mary Farrington, se llamaba ese sitio, donde desde esos escasos cuatro años empecé a practicar este elevado y fuerte arte. Mi tía Rosa me llevaba, quedaba a cuatro cuadras de la casa donde vivíamos.

–Tía déjame en la puerta y regrésate –le decía a mi querida Rosa Franco.

–Nena, solo voy a ver que entre; no se quede en la calle–. Este incidente lo recordábamos tiempo después en la familia; a pesar del gran amor que le tenía a ella, ese preciso día llevaba un delantal de cuadritos azules.

Personalmente, inicié la experiencia de España desde el baile: jotas, sevillanas, pasos dobles, fandangos, seguidillas, flamenco y más. Sabía, con el corazón y las entrañas, lo que significan y representan los ‘jaleos’ y vítores propios de quienes practicábamos; aún siento la emoción y el ímpetu que provoca y mueve. Se inquieta el alma con sonidos enérgicos y matices suaves, sigue allí atesorado en el corazón.

Pero no sólo fue la danza, también en las presentaciones de esta academia, en el Gran Teatro Nacional; viví desde lo profundo y los entresijos de este escenario; conocer de telones, luces, butacas; descifrar e inventar historias de pasillos desde la imponencia.

En los cambios de casas que he tenido, habrán quedado los vestidos de aquellas presentaciones: un típico traje baturro anaranjado, de corte aragonés, zapatillas y castañuelas. En ese tiempo, mi primer traje de baile. Siempre quise llegar a la Danza del Fuego, una presentación flamenca con profundo sentido de amor, pasión, mística, hechizo; pero antes de que pudiera optar a éste, tuve que retirarme por dedicarle más tiempo a mis estudios.

En la academia, tenía una compañera llamada Mónica Benitez, su padre español, su mamá guatemalteca; iba a su casa a compartir y jugar, además de practicar el baile. Más allá de esas horas de esparcimiento y entreno, recuerdo las comidas; deliciosos espaguetis con tomates cherry, olivas de diferentes colores (no conocidas en estos lares), y una pequeña botella con aceite.

De cuello delgado y fondo redondo, tapado con un corcho pintado de una mezcla de cafés claros y obscuros, una boquilla por la que iba a salir el líquido excelso de extraordinario sabor. Siempre lo pasaban en la mesa, pero ni Mónica, ni su hermano Fabián se servían. Sus papás sí, y claro, la invitada a la comida.

–Coma, Claudita, ¡Qué bueno que le guste tanto! –me decía tiernamente don Antonio Benitez, papá de Mónica.

Todo ello pasó de los cuatro a los catorce años. Sin lugar a equivocaciones, fue un importante aporte a la formación del carácter y la manera de ser y proceder como adulta. Cuando tuve la opción de abordar un avión y dirigirme hacia algún sitio, la decisión no fue otra: España, incuestionablemente. Después de haber cumplido los 20 años.

Más adelante, por supuesto que mi elección de pareja tuvo un toque de gusto de las olivas. En general la cosmovisión española: que, entre otros asuntos, raya en comidas intensas, tónicas; así como diría David, mi esposo: un gusto aprendido. Y ¡Vaya que congeniamos! Acompañados de vino, gazpacho, camarones al ajillo, pulpo, calamares; por supuesto, estas exquisiteces, bañadas con un buen aceite de oliva, extra virgen, como se le conoce en esta latitud del planeta.

Ya en este momento, de recuperar la historia y rememorar lo que nutrió ese tiempo valioso; doy un giro a la conciencia, rescatando el sabor, la elegancia y soltura del aceite de oliva. Eso no se quedará allí, el camino a la trascendencia está listo. Todo el sabor aprendido es parte del bagaje que impregno a los volcanes: mis hijos (María y Santiago), y no por alusión a los verdaderos volcanes guatemaltecos que adornan postales capaces de sacar lágrimas, emociones, vivos sentimientos de Quetzaltenango. Les transmito directa y tácitamente “eso” que únicamente lo da la vivencia diaria mediante el ejemplo; conocer otras culturas, olores, sabores que hacen crecer, siempre y para siempre.

Estoy segura que ese maravilloso gusto se ramificará; simbolizado en las almas de Rosa, Soledad, Manuel, Mónica y Antonio; quienes, quizá sin saberlo, empezaron este caminar, de calidad y gusto, sentimientos profundos por una eximia sensación en el paladar: el aceite de oliva.

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