El aceite que se fue con la Revolución

El aceite que se fue con la Revolución

[Mayli Estevez]

“Y qué le voy a hacer si yo, nací en el Mediterráneo”, suena en la radio la canción de Joan Manuel Serrat y Antonia se pregunta por qué razón ella no habrá nacido también en el Mediterráneo. Hace 55 años que Antonia vino al mundo, como casi todos, dando gritos en un hospital de Guanabacoa, una de las pocas villas negreras que aún quedan en Cuba. Se refriega la cara con la misma blusa que está lavando a mano, como lo hacía su bisabuela, golpeando las piedras, en las márgenes de algún río cubano. Ahora no hay río que no esté contaminado, ni su bisabuela está viva, ni ella tiene deseos de lavar, pero es la tarea del día.

Hace una semana que Antonia no lavaba, ni su ropa, ni la de su madre, la única compañía que tiene todos los días, de todos los años. No fue siempre así, ella tuvo dos hijos. Uno está preso por matar una vaca, y la otra está en Italia, casada con un hombre de la edad de Antonia, pero que ella cree le ha arreglado la vida. “Al menos la sacó de aquí”, se consuela en esas horas, donde la radio es lo único que se escucha en aquel solar. Desde que se fue, la hija de Antonia no ha mandado ni un euro, ni sabe que su hermano cumple una sentencia de casi 30 años. “Quizás se lo contaron allá, y ella cogió miedo”, vuelve a consolarse.

En la radio ahora los locutores presumen de conocer la región catalana, y dan unos datos, que evidentemente copiaron de Wikipedia. Antonia escucha algo que hace “siglos” nadie le mencionaba. “La región del Mediterráneo es una alta productora de aceite de oliva”, leen los locutores. Antonia hace una mueca de extrañeza. No porque desconfíe que en efecto la región sea de las más eficientes al respecto, sino porque eso está “más perdido en Cuba que la carne de res”. Esta frase cubanísima, resume en la Isla todo lo que escasea. El aceite de oliva, desde el racionamiento y el derrumbe de la URSS, se convirtió en un producto de lujo. En los últimos años, no fue solo de lujo, fue un producto improbable, invisible. Antonia está segura que en la Isla hay adolescentes que nunca lo han visto.

Antonia es maestra. Se levanta al amanecer y se acuesta bien entrada la madrugada revisando planes de estudio. Antonia no se hizo maestra por voluntad propia, tomó esa salida cuando la masividad de “las tareas” de la Revolución la involucraron. Cuando se dio cuenta estaba en medio de un jurado que le preguntaba si daba el paso al frente en lo que necesitaba la Patria. Antonia sabía que aquello no era una pregunta, y aquella gente no esperaba otra acción que no fuera la positiva. Ella dio un paso corto, para no crear demasiadas expectativas. Lo avizorado. Antonia cobra alrededor de 20 dólares mensuales. El aceite de oliva, de encontrarse en alguna tienda de asesoría militar, le costaría a Antonia casi la mitad de ese sueldo. Antonia hace la mueca a conciencia. No tendría, aunque quisiera, otra cara que poner.

Pero el aceite de oliva no fue siempre un ser invisible en la Isla. Ni las aceitunas, que todavía, como último resquicio de lo que fue otrora una tradición, algunas familias las compran para despedir el año. Algunas familias, pero no la de Antonia, quien no puede gastar dos dólares, de los veinte mensuales, en un pomo con 15 aceitunas. “Producto de España”, se lee en el frasco de cristal. Antonia no sabe si son 15, pero sí sabe que no lo comprará. Antonia tiene que dividir esos dólares en comprar carnes, arroz y frijoles. Hace años que renunció a los vegetales y viandas. Sumar a ese sueldo, la tarifa de la corriente eléctrica, el agua y el gas. También hace años que renunció a vestirse, vuelve a las mismas prendas que utilizara hace dos décadas. Hará malabares, y obvio, no conseguirá estirar los 20 dólares para todo lo que necesita.

Esta tarde reparten los mandados de la cuota. Esta tarde, Antonia pasará cerca de dos horas escuchando las mismas frases de los días de la cuota, mientras la fila de espera se hace eterna. “Esto da pena”, “Nos tratan como perros”, “Para la mierda que dan…” y así se multiplican. Las colas en Cuba son un ejercicio mental de alto grado, y una escala precisa para tomarle el pulso al país. La catarsis es su estadío habitual. Antonia recuerda ahora el estribillo de Serrat, y maldice al Mar Caribe. En sus 55 años, Antonia nunca ha salido de Cuba, y ahora que lo piensa bien, no cree que lo haga. Su esperanza era su hija, su hija que no sabe si tiene madre.

Antonia cree que los crió bastante bien. No había lujos, pero en un solar de La Habana, el lujo es sinónimo de tener 10 huevos en el refrigerador. A su hijo Mario varias veces lo proclamaron en la escuela el alumno más integral. Ahora Antonia no sabe si lo hicieron porque trabajaba allí, o porque realmente Marito se lo merecía. “La más descarriada parecía María, y ya ven, está en Italia”, piensa y sonríe aliviada, como quien consiguió un gran triunfo.

Esta maestra aprendió que en las colas no se habla, solo se escucha. Aunque los cubanos han tomado a las colas como el muro de las lamentaciones. Hay quienes te cuentan todas las vicisitudes para conseguir los medicamentos de la abuela. Antonia solo asiente, ella pasa por lo mismo. También su madre necesita pastillas, y la mayoría de las veces, regresa a casa con las manos vacías. Antonia también aprendió que de nada vale protestar. Ya lo habían pregonado antes: “La Revolución exige sacrificios”. Antonia lo hizo, pero no sacrificó a sus hijos. Nunca les pidió que creyeran en esa especie de culto en que se ha convertido esto. Claro, tampoco hubiese querido que salieran a la calle con un cartel protestando por el hambre, o por las malas condiciones de vivienda. “Eso te marca, y después parece que todos te miran, señalándote con el dedo”, reflexiona.

En su juventud fue peor. Ahora Antonia cree que la gente tiene menos miedo para hablar en contra del gobierno. En la juventud de Antonia, se tiraban huevos a quienes emigraban. “Los huevos que hoy no tenemos”, se lamenta. Por la cuota racionalizada, le van a vender cinco huevos para todo el mes. Huevos baratos, pero solo cinco. Si quiere más, tendrá que pagarlos más caros en el mercado negro. Lo único que floreció con la racionalidad en Cuba fue la ilegalidad. Si el sistema no funcionaba, el cubano ideó un sistema que le funcionara, que le permitiera vivir. Por la cuota racionalizada a Antonia y a su mamá le van a vender una libra de aceite para todo el mes. Una libra de aceite (de dudosa procedencia, porque se vende a granel) cabe en un envase pequeño de agua embotellada. Antonia lleva un pomo vacío de agua “Ciego Montero”, la única marca, estatal, que puede vender el agua en Cuba. Ahí cabrá todo su aceite.

Antonia prepara la comida. Llegó agotada de la bodega. Casi dos horas en la fila, oyendo quejas y todavía sospecha que le robaron en la cuota de los frijoles. “Esa gente de la bodega también tiene que vivir”, le habría dicho su hijo si estuviera sentado en la cocina. La casa de Antonia consta de una cocinita, al costado del baño, dos sillas frente a un televisor y una escalera que conduce al único cuarto de la casa. Allí, hacinados, vivieron cuatro personas por muchos años. Es lo único que tienen, y está en amenaza de derrumbe. “Si eso pasa, prefiero que se derrumbe conmigo adentro”, ha pensado varias veces Antonia. No lo dice, ni lo conversa con nadie. Con su madre ya no se puede, y su marido, su marido murió en la guerra de Angola. Antonia era muy joven cuando se quedó viuda, con dos hijos pequeños. El día que lo despidió, ella imaginó que no lo vería más. No albergó ninguna duda. Fue un presagio absoluto, desgarrador. Él le dijo, “Hasta pronto”, pero ella no creyó en ese adiós. A los seis meses, compañeros de la brigada de Mario le dieron la noticia. El cuerpo no se recuperó. Ella va los domingos al cementerio a ponerle flores a una lápida que solo guarda un nombre, y ya.

Ella rompe dos huevos y mira de soslayo los tres que le quedan en el cartón. Hará huevos revueltos para la cena. Le echa un pedazo de mortadela y unos pedacitos de cebolla que hace días tiene vagando por el refrigerador. El sartén está negro. Antes fue rojo. Pero Antonia ya no tiene fuerzas para limpiarlo. El aceite comienza rápidamente a salpicar las paredes de la casa. “A esto le echaron agua”, dice, y la madre en la otra esquina asiente con la cabeza. Es una práctica común en la Isla que al aceite que venden a la población, por la libreta de racionamiento, le echen agua. Antes, los bodegueros y transportadores del mismo, habrán robado sus libras, y para que no se note el faltante, lo rellenarán con agua. Antonia se aparta del sartén sin mango, y espera a que las salpicaduras se calmen. Derrama la mezcla de huevos y mortadela, y revuelve lentamente. Mientras lo hace recuerda el programa de radio, que hablaba de que en muchas regiones de España, el aceite de oliva es algo casero. Antonia sabe que el aceite de oliva es mucho más saludable. Pero en Cuba, lo que hay es aceite de cuota. No se sabe su origen. No tiene etiqueta.

Toma dos platos y sirve primero el arroz, después un caldo de frijoles pre-calentados, y encima los huevos revueltos. Los cubanos también han perdido el hábito de cenar en familia, en una mesa. Unas veces porque no hay espacio para mesas, otras porque no hay familia y, por último, porque no hay cena. Se sientan las dos frente al televisor, en todos los canales, estatales, hay algún acto político. Antonia es maestra, así que hace un poco de memoria y trata de buscarle una justificación histórica al acto. No la encuentra. En primera fila del teatro, los dirigentes políticos. Detrás están los trabajadores convocados por sus centros laborales para asistir. Antonia hace tiempo que no va a ningún acto, y desde que Marito está en prisión, a ella también la marcaron. No la invitan, ni le dicen nada. Antonia en una final lo agradece, bastante tiempo pierde en las colas de la bodega o de la farmacia.

La telenovela ha demorado, el acto político sigue en cadena nacional. Antonia ya descubrió de qué iba, alguna reafirmación del carácter socialista de la Revolución. Todos los locutores visten de rojo, y los que toman la palabra hablan de lo mismo. Terminan con las mismas consignas. Muy lejos de ese teatro, en un solar de Guanabacoa, la gente lo que quiere es ver la telenovela brasileña. El único momento del día donde los cubanos ven una realidad ajena, donde se extrapolan y disfrutan. No importa cuán lamentable vivan los personajes de la ficción. Ese es su sitio de confort. El cubano sueña con esos parajes de Río, y que se puede vivir de un puesto de salchichas. Antonia ya no tiene sueños. Cuando se jubile, dará clases privadas. Repasar, como le llaman en Cuba, para huirle al término privado, como si hizo lo hiciera menos capitalista.

Suena el tema musical que culmina todos los actos políticos en Cuba. La letra habla de defender el cielo y la bandera a cualquier precio. La gente del solar entra a sus casas, y se acomoda en los asientos. En el patio interior, todavía quedan algunos hombres jugando al dominó. Así estarán hasta bien entrada la madrugada. A Antonia no le importa, ella cierra las puertas de su casa y sube el volumen del televisor. Su madre también disfruta las telenovelas. Han pasado cuatro horas desde la comida. Antonia prepara una merienda para ellas. Toma uno de los panes de la cuota. No tiene buena pinta, y está algo duro, pero no hay más nada. Lo corta a la mitad, le echa un poco de aceite. Se mueve despacio y divide los pedazos. Se sienta.

Ha sido un capítulo más, incluso de sus vidas. Antonia ayuda a subir las escaleras a su madre. Marito no llamó esta noche, parece que no le permitieron usar el teléfono, o los obligaron a ver el acto político. Su hijo la llama casi todas las noches, dos minutos. Le cuenta de lo que hizo en el día. Ahora están en una brigada de la construcción. Él rompe paredes con un martillo. Los sacan tempranito de prisión, y los regresan al anochecer. A Antonia le da tristeza ver a su hijo vestido de gris. Flaco. Antonia cree que Marito ha bajado de peso. El día que se lo llevaron preso, Antonia corrió a buscar a los amigos de la brigada militar de su marido. Antonia no pudo hablar con ninguno. Durante el juicio, ella vio a uno, y este le recriminó lo mal educado que estaba Marito. Antonia se quedó muda. “Hay gente mal agradecida. No saben nada de una y se creen con derecho de juzgarte”, y es el último pensamiento de Antonia antes de dormir. A su lado, en la misma cama, su madre.

Como Antonia ha dejado de soñar, sus ocho horas encima de la cama pasarán sin contratiempos. Quizás algo de tos de su madre la despierte. La luz de abajo está encendida. Pero ambas usan un orinal para no bajar las escaleras en medio de la noche. La luz encendida es puro nerviosismo de dos mujeres que viven solas. Detrás de la puerta hay un crucifijo de madera, y un tubo de metal, que horizontalmente tranca la puerta desde adentro. En el solar ha habido robos menores. Lo que Antonia llama como “robos de pobres”. Es aquel que estafa blúmeres o pantalones tendidos después de lavarlos. Claro, eso es una puñalada trapera para el que le roban. Un pantalón “de salir” en la Isla cuesta más que el salario mensual de Antonia. Como forma de consuelo, ella muchas veces cree que es mejor no tener lujos en el solar.

Al día siguiente Antonia hará un calco del día anterior. Volverá a la escuela con la misma ropa de hace una década. Dará su mejor sonrisa, aunque no tenga ganas de sonreír. Hablará de los buenos líderes del país y de la importancia de continuar sus ideas. Hablará de que Cuba es un país que resiste al imperialismo, y que ellos, los imperialistas, son los culpables de que “hoy ustedes no sepan qué es el aceite de oliva”. Antonia no suele hablar del aceite de oliva, pero como escuchó el programa de radio, y a Serrat, seguramente pondrá eso como ejemplo. Después los niños le preguntarán sobre el tema, y ella hablará del Mediterráneo, que es un mar lejano, y más frío que el caribeño. Y hablará de Serrat, y esa letra donde el autor se ubica y nos ubica, geográficamente.

Antonia sabe, pero pretende que no. Se ajusta al guión, bien aprendido por años de entrenamiento. En sus clases Antonia tiene identificados quienes son los buenos y malos, y cómo debe repetirlo una y otra vez para que los niños no tengan dudas en un futuro. El día que les pregunten a quién culpar de sus frustraciones, de sus problemas, y digan el imperialismo, Antonia tendrá un punto, y el imperialismo cero. Antonia sabe, pero todos sus días, calla.

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