La promesa

La promesa

[Juan Pedro Agüera Ortega]

Pedro llegó agotado a la cima de la colina. Ante sus ojos se esparcía, diseminado entre montes y campos, el mayor olivar de la provincia de Jaén. Innumerables hectáreas se sucedían en un paisaje casi abrupto, donde solo la intervención humana había conseguido convertir la naturaleza en su mejor aliada.

Era la primera vez que trabajaba de jornalero, recogiendo la aceituna. Necesitaba el dinero para proseguir sus estudios en la Universidad, no podía renunciar a ellos, lo había prometido. Le habían retirado la beca después de los recortes. Su media no era suficientemente buena y se había visto obligado a abandonar temporalmente la carrera, hasta ahorrar lo suficiente.

Septiembre se despedía con atardeceres vibrantes y coloridos. Permaneció de pie, contemplando cómo los últimos rayos de sol acariciaban la tierra y daban a los centenarios olivos apariencia de gigantes. Era uno de esos espectáculos naturales capaces de conmover a las sensibilidades despiertas. Un momento de solaz que creía haber perdido para siempre.

Un grito desde la base de la colina rompió la magia del momento. La jornada había terminado, y más le valía unirse al grupo que subía al remolque del tractor, si no quería recorrer varios kilómetros andando hasta llegar al cortijo.

Con un suspiro compungido se despidió del hermoso espectáculo, no sin antes echar un último y fugaz vistazo. Un postrer destello se despidió de él, mientras el sol se ocultaba tras el monte más elevado.

Era el más joven de la cuadrilla. Tras la agotadora jornada, los veteranos tenían ánimos para bromear, pero Pedro, poco acostumbrado al trabajo físico, se limitaba a sonreír cabizbajo.

Se hospedaban en unos barracones proporcionados por los gerentes del cortijo. Después de la agotadora jornada, tenía los músculos doloridos, espalda y brazos principalmente. No eran las mejores condiciones para vivir, pero al menos era barato y la comida abundante. Con lo que ahorrase ese año podría pagar hasta el final de la carrera.

No se relacionaba demasiado con los compañeros de trabajo. Los pocos momentos de descanso prefería pasarlos en soledad, leyendo.

Tumbado en su jergón, en silencio, después de la cena, abrió un libro. Poco después, el agotamiento venció sus fuerzas. Cerró los ojos, esperanzado, pero sus pensamientos, como cada noche, le llevaron a aquel fatídico día.

Le obsesionaba. Lo había revivido tantas veces que le impedía conciliar el sueño. Un profundo sentimiento de culpa estaba tan arraigado en sus entrañas que ya formaba parte de él. Por momentos llegaba a pensar que se había convertido en el único motor de su vida. Solo algunos momentos de lectura le ayudaban a evadirse.

 

Nunca había sido un chico como los demás. A pesar de medir metro ochenta y tener complexión delgada, tenía una sensibilidad diferente al resto, ajena al deporte y al ejercicio físico.

Siempre había tenido apariencia un tanto enfermiza, proporcionada por el contraste entre la extrema palidez de su piel y la profunda oscuridad de su pelo. Sin embargo, su padre defendía que el problema estaba en las excesivas horas que pasaba encerrado en casa, entretenido con su madre.

Su padre estaba habitualmente ausente durante largas temporadas, viajando con el camión, y él había crecido bajo los intensos cuidados de su madre. De niño, había participado en los juegos del colegio con los otros chicos, como uno más, pero al llegar a casa prefería estar todo el tiempo con su madre, ayudándola con las tareas diarias o platicando hasta horas intempestivas, bien cotilleando sobre los vecinos o bien deleitándose con las singulares historias que ella le contaba. Era su principal compañía durante las largas ausencias de su padre.

Cuando su padre volvía, pasaba bastante tiempo con él. Necesitaba un guía masculino, decía. Lo incitaba a practicar deportes de equipo con otros chicos, lo llevaba al monte de caza, le compraba coches, grúas y camiones de juguete y, alguna vez, hasta jugó con él. Al menos los primeros años. Después llegaron los problemas en la empresa.

Su padre fue despedido. Sin trabajo, y casi sin ahorros, difícilmente podrían afrontar los gastos de mantenimiento del camión, ni la hipoteca de la casa, ni garantizar el futuro de su familia. Desesperado, después de agotar el paro, su padre aceptó chapuzas y trabajos mal remunerados en un intento baldío por no perder lo poco que tenían. Malvendieron el camión para evitar el embargo de la casa y consiguieron afrontar otro año de pagos.

El carácter de su padre se agrió a fuerza de ver sus empeños e ilusiones truncados. La bebida tampoco ahogó sus penas, tan solo sus esperanzas.

Su madre comenzó a limpiar casas, mientras su padre se bebía lo poco que ingresaban. Los gritos se convirtieron en el sonido de fondo de cada rincón de la casa. A los gritos les acompañaban, las más de las veces, insultos y algún que otro golpe, cuyas marcas se veían en el rostro, pero dolían en el alma.

Los entrañables momentos compartidos con su madre se trocaron en angustiosos silencios, sentados en la cocina con la mirada perdida, incapaces de expresar el miedo y la frustración, profundos llantos, que ni los abrazos conseguían consolar, y una incontrolable rabia adolescente, expresada en una actitud cada vez más desafiante hacia su padre.

Sus notas en el instituto se resintieron. La psicóloga intervino en su caso, pero fueron las charlas de su tutor las que lo animaron a seguir. Al principio solo le escuchaba y le animaba. Después comenzó a aconsejarlo. Sin darse cuenta, convirtió en hábito pasar el tiempo de recreo en la biblioteca, donde su tutor estaba de encargado. Así, sutilmente, le enseñó a canalizar esa rabia, fruto de la frustración, hacia algo más elevado, la literatura. Le ayudó a retomar el rumbo en el instituto, sublimando el odio y la rabia hacia los estudios, y consiguió convencerlo para proseguir después en la Universidad.

Había también temporadas tranquilas en casa. Correspondían con las ausencias de su padre durante sus trabajos esporádicos, en la obra o como jornalero. Los primeros meses de su último año de instituto coincidieron con la campaña de la aceituna y fueron los más tranquilos y felices que podía recordar.

El esfuerzo en los estudios no fue poco, prepararse para selectividad no dejaba mucho tiempo de ocio. Aun así, sus visitas a la biblioteca se mantuvieron regulares. En los dos años transcurridos desde que se iniciaron sus charlas, su profesor le había aconsejado tal cantidad de lecturas que le quedaban pocos libros por leer de la exigua biblioteca del instituto. Por suerte, su profesor tenía una biblioteca personal mucho más amplia y se la había ofrecido.

Gracias a él descubrió a Whitman, Poe, Blake, Byron, Bécquer, y los mayores poetas románticos. Leyó a los clásicos griegos y romanos, Homero, Sófocles, Aristófanes, Eurípides, Plauto, Cicerón, Virgilio. Conoció, a su vez, los autores fundamentales de la literatura española y europea, Cervantes, Shakespeare, Lope de Vega, Dickens, Wilde, Flaubert, Goethe. En definitiva, despertó en él una sensibilidad y un gusto por la literatura que podrían haberse visto desaprovechados durante su embrutecimiento adolescente. De no ser por su profesor de literatura, habría renunciado a miles de momentos inigualables, transportado por las incomparables historias recogidas en todos aquellos libros.

La evasión proporcionada por sus lecturas no siempre era duradera. Las vueltas a casa de su padre iban invariablemente acompañadas de alguna crisis familiar, con su madre como protagonista y él como espectador principal. En momentos como esos, su único consuelo era la compañía de su profesor.

Tras las vacaciones de Semana Santa, solo quedaba un mes y medio para los finales y la selectividad. Necesitaba concentrarse, pero la situación en casa no ayudaba. Hizo un esfuerzo máximo por alcanzar el objetivo y conseguir la nota que necesitaba. No pisó la biblioteca hasta después de los exámenes.

Cuando fue a ver los resultados de la selectividad al instituto, la primera persona con la que compartió su alegría fue con su profesor de literatura. Como siempre, lo encontró en la biblioteca. Llevado por la emoción y el entusiasmo, se estrechó con él en un fuerte abrazo.

Su padre entró en cólera cuando, aquella mañana, los sorprendió en su habitación, abrazados y desnudos, rodeados de libros y releyendo poemas de Shakespeare. Lo habían despedido del trabajo por estar borracho y llegó mucho antes de lo previsto, mientras su madre aún no había terminado su jornada limpiando casas.

La expresión de su rostro se demudó desde la sorpresa y la incredulidad iniciales, hasta el asco y la rabia, con las que dio rienda suelta a su brutalidad, aderezada con todo un repertorio de gritos e insultos, orientados a descalificar su amor y su condición sexual. Fuera de sí, repartió golpes sin miramientos, tanto al hijo como al amante. La sangre salpicó las sábanas. Superada la ofuscación inicial, centró la acometida contra quien, a su juicio, si aún conservaba algo del mismo, había estado abusando de su hijo. Sus grandes puños subían y bajaban contra el rostro del profesor, impactando con fuerza salvaje.

Los gritos y súplicas de su hijo no lo detuvieron, por mucho que se aferrara a sus brazos, en un intento estéril de dificultar su mecánico proceder. Con un fuerte empellón su padre se deshizo de él. Se golpeó la cabeza contra la mesita de noche y quedó inconsciente.

Cuando volvió en sí, la Guardia Civil se llevaba esposado a su padre. Sobre el lecho, yacía su profesor de literatura. El rostro desfigurado, exánime. Las sábanas donde habían compartido su amor estaban cubiertas del rojo líquido de la vida, perdida para siempre.

Lloró aferrado a él como nunca lo había hecho y le prometió, a su inerte cadáver, que, sin importar lo que le costase, haría realidad su sueño compartido.

 

El desayuno estaba preparado antes de la salida del sol. La jornada prometía ser intensa. El inmenso olivar esperaba para ofrecer sus frutos a los expertos recolectores. El capataz los arengó para no desperdiciar ni un rayo de sol.

Pedro subió taciturno al remolque del tractor. El intenso olor a tierra y aceite lo concilió con la naturaleza, reconfortándolo levemente de su agotamiento. Solo será un año de trabajo, se repetía. Un año de sacrificio y esfuerzo. Podré aguantarlo, pensaba para darse ánimos, como los antiguos estoicos. Transcurrido, volveré a mis estudios y terminaré la

carrera, pensó con determinación. No faltaré a mi promesa.

 

 

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