Yo lo vi

Yo lo vi

[M. A. Ortega]

El campo se vació de gente.  No quedó casi nadie. Ya no había nada que hacer, solo volver para la recolección.

–Me han dicho que allí sí hay trabajo.

–Claro, en una fábrica, para mi cuñado. Y para mi primo también.

–Algo habrá que hacer, así no podemos seguir.

Guardaron sus ropas en maletas. Metieron sus recuerdos en talegas. Enrollaron sus colchones, los ataron con cuerdas. La cama de mis padres, la silla de la abuela, algún mueble más al camión. Se hicieron un bocadillo con los restos. Dieron un último vistazo a los cuartos. Y se fueron. Con melancolía en la mirada y esperanza en el corazón marcharon, mirando atrás.

Mirando atrás, siempre mirando atrás. Conscientes de dónde venimos.

Sí, de Jaén. Tierra de olivos. Joya olvidada. Cruce de caminos. Frontera y centro. Por donde hay que pasar. Donde te puedes quedar.

En nombre del progreso los trabajadores se redujeron a la mitad, de la mitad. ¿Qué digo? Ni la mitad, de la mitad, de la mitad.

Solo se quedaron los olivos, bien plantados, alineados en sus claras recién labradas. Líneas paralelas onduladas por el terreno que a lo lejos se funden creando la alfombra verde oliva.

Casi ajenos a revoluciones políticas, industriales o económicas.

En las eras ya no hubo más grano que aventar, ni niños aprendiendo a montar en bicicleta. Las mozas no pasearon más por el camino al sol de la tarde. En el liñuelo no se tendió mas ropa húmeda. La alacena no guardó más pan para tres días, las orzas se quedaron vacías, resecas, grasientas. Nadie arrimó el puchero al fuego para hacerle la seca, nadie agregó tubérculos troceados con cariño, nadie sofrió con mimo, nadie miró que no le faltara agua, nadie probó el punto de sal.

¿Quién fue el último que aireó los cuartos?

¿Quién recolocó las tejas recién movidas por la noche de aire?

¿Quién podó la parra?

¿Quién regó el rosal?

El cortijo perdió su forma, olvidó su nombre. Le sacaron sus piedras para rehacer el camino y en su lugar hicieron cuatro agujeros equidistantes, en cada uno de ellos metieron una planta de olivo. Cuatro olivos, entre olivos.

A mediados de febrero doce golondrinas los revolotearon frenéticamente durante dos días enteros. Exhaustas, se fueron buscando otro lugar.

En la loma de la higuera hicieron una balsa que llenaron con agua del pozo de la linde. El vecino se quejó, pero no pudo hacer nada. Siempre había sido el pozo del cortijo. Metieron tubos bajo tierra y regaron los olivos, todos los olivos, sin excepción. Fueron podados un año sí y otro no, como siempre. Los palos se vendieron para estufas de leña y el ramón ya no se quemó, se trituró en mitad de las claras o se lo llevaron en camiones para fabricar un combustible.

Al final del verano, cuando el calor ya no aprieta, se les quitaron las varetas, una a una, con la picola. Acariciando cada troncón. Rodilla en el suelo. No hay visión mas hermosa de los campos que en esa postura. Apoyado en un troncón. Rodilla en suelo. Tierra, troncos, verde, azul. Y sonidos, los sonidos del campo. Quinientos pajarillos cantando. Conejos raspando la tierra para hacerle otra entrada a su madriguera. Un grajo. El perro que ladra a lo lejos. Aleteo casi imperceptible de un cernícalo al levantar el vuelo. Cuatro moscas, tres mosquitos y un abejorro. Rugir ocasional de vehículos en una carretera cercana.

Cerca de Navidad se recoge el fruto. Cuando la aceituna empieza a mutar su verde a negro. Cuando la tocas y cae. Cuando la aprietas y explota. Cuando rezuma aceite, es el momento. Al principio con manteos, de vuelo la llaman.

Que la aceituna no toque el suelo.

Que no se ensucie.

Que no se manche.

Que no la pises.

Este olivo no, que la tiene toda en el suelo, luego lo soplamos.

Tira un poco más del manteo.

¿Éste que va, arriba o abajo?

Dobla el filo que no rueden.

Tapa entre los troncones.

Anda niño, ve a por el agua.

Los mejores olivos para hacer un aceite especial. Esta pata me la cogéis aparte, que mi mujer las apaña así negras y le salen muy ricas. Las demás al suelo, se juntan con sopladoras y a barrer la tierra.

–¡Manijero! ¿A que hora paramos?

–Ya quieres parar? ¡Si nos acabamos de comer el bocadillo de la mañana!

El mejor momento del día, parar para comerse el hoyo. Una poza de aceite en pan, tomate, huevo duro, rábanos, salchichón, queso, sardinillas en salsa, agujetas, arenques.

–¿Alguien quiere una mandarina?

–A mí me sobra un plátano.

–Y a mí un yogurt.

–Dámelo a mí. No el plátano.

El peor momento del día, agarrarse a la faena después de comer. Momento duro y decisivo. O te levantas o te levantan. Te pesa el culo. Te duele la espalda. Se te entumecen las piernas. Te duele todo el cuerpo. Pero arrancas automático a ritmo de vibradoras.

–¡Vamos muchachos que ya mismo soltamos!

–Manijero, cuéntanos un chiste.

–Luego en el coche de vuelta, que con el ruido que meten las dos vibradoras y las tres sopladoras no te vas a enterar del final.

Acabada la jornada, aceituna en la fábrica, a ver el tiempo qué pone mañana. Un día y otro día. Mañana no, que llueve. Que hay años que son de lluvia y vienen bien. Pero son pesados. Tanta agua, tanto barro, tanta tierra, tantos olivos.

Sube, baja, toma, trae, tira, para, vamos, venga.

Con las zarpas a todos lados.

–¿Y no tendrá el jefe un terrenillo de más piedras?

–Yo mañana no vengo, que tengo un recado.

–Tú cada dos días te inventas algo.

Terminada la temporada, hora del remate. Unas cañas, unas tapas y a pasar un buen rato.

–No termines mis frases cada vez que hablo.

–Si es que te conozco hasta metido en un saco.

Otro año, otra corta. Abonos. Curas diferentes a lo largo del año.

–Que si tú échale de esto, que si de lo otro.

–Que si para arriba, que si para abajo.

–A los troncones yo le he puesto...

–Pues yo no les pongo.

Trabajos duros, quizás menos que antaño. Pero duros al fin y al cabo.

–¿Que no lo crees?

–Vente un rato, que tengo unas piedras que si no las aparto, me rompen el manteo, las gradas y los zapatos.

“Esta temporada tropezando se han caído Antonio, María y hasta el Tato.

¡Vente hombre! Sin reparos, que si quieres te las vendo.

¿Hacemos el trato?”

Ya solo importa la finca. Ya solo importa el producto. Se mejoran artes milenarias. Se comercializan más mundialmente que nunca. Estudian sus beneficios, no solo económicos, de salud hablo. Sana para el cuerpo, por dentro o por fuera. Donde lo pongas. Donde lo eches. Para lo que se te ocurra y para lo que te han dicho.

No lo dudes.

Úsalo.

Puro zumo de oliva.

Mil tonos verdes.

Mil aromas distintos.

Mil aceites diferentes.

Siempre oliva.

De Jaén.

De Andalucía.

De España

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook