¿Cuándo me voy?

¿Cuándo me voy?

[Carmen Delia Pimentel Parra]

Atrás quedaba la costa, la húmeda brisa y su bullicio turístico. El sol tostaba la piel y secaba las gargantas. Conforme iba avanzando el viaje, el paisaje se tornaba más árido. Empezaba a ver montañas plomizas con pinos en equilibrio a lo largo de sus faldas.

El aire acondicionado del vehículo lo envolvía en una burbuja de bienestar mientras los olivos comenzaban a aparecer salpicando la tierra de un verde apagado sobre una alfombra desértica.

La empresa para la que Fabián Gallardo trabajaba lo mandaba ahora a Jaén en vez de darle el ascenso que lo trasladara a Madrid. Él, que había hecho triunfar un perfume con esencias de plantas exóticas; él, que había echado horas extras y renunciado a la mitad de sus vacaciones. Cuando Mercedes, su jefa, lo instó a investigar propiedades del aceite de oliva para el mundo de la cosmética, casi le dio un síncope al enterarse de que debía hacerlo desde su origen. Así que allá iba él, camino adelante esperando terminar pronto y volver en una semana como mucho. Nunca había estado en la tierra de los olivares y no le apetecía tampoco.

Se instalaría en una casita rural junto a un olivar en Solera, un pueblo pequeño perteneciente a la comarca de Sierra Mágina.

El móvil sonó y poniéndolo en manos libres habló con Mercedes.

̶ Aún no he llegado, pero no tardaré mucho  ̶ anunció a modo de saludo mientras echaba un vistazo al GPS.

̶ Noto cierto enfado en tu voz. ¿Todavía no se te ha pasado el berrinche?  ̶ preguntó su jefa divertida.

̶ Simplemente me parece que no soy yo quien deba hacer este trabajo de campo. Lo mío es coordinar desde la oficina, dirigir el equipo y que todo marche  ̶ fue su respuesta.

̶ Gallardo, estamos ante un filón para la cosmética. Esta vertiente apenas está explotada a gran escala. Escúchame, con el tiempo me agradecerás que te envíe a Jaén. Hablamos mañana  ̶ cortó la llamada sin esperar la réplica.

Media hora después subía fácilmente el sendero polvoriento hasta el Complejo Rural Jandulilla. Divisó la casa número dos y detuvo el coche en una tosca explanada de hormigón. Junto a la puerta lo esperaba una chica con gorra deportiva, gafas de sol y pantalones cortos.

̶ ¡Hola! Debes ser Fabián Gallardo. ¿Qué tal?  ̶ saludó quitándose la gorra.

̶ Bien, gracias. Un poco cansado del viaje  ̶ contestó el joven al tiempo que su mirada recorría el horizonte poblado de olivos.

̶ Me llamo Celia. Le entrego las llaves de la casa y aprovecho para invitarle mañana a un recorrido por la finca en la que yo seré su guía. Nos vemos a las once en el aparcamiento  ̶ concluyó la breve presentación sin darle opción a responder.

Fabián observó a Celia alejándose a pie sin poder evitar recrearse en las piernas tan bonitas que tenía.

El corazón de la casa era una chimenea de forja con leña apilada sobre un capacho. Con aquel calor sofocante era lo último que necesitaba, pero claro, Solera era un pueblo de sierra donde el frío en invierno se haría notar. Aunque a él le importaba bien poco la temperatura del lugar. Una vez terminado su trabajo, no tenía intención de volver.

Se acercó a un escritorio de caoba que había bajo la ventana y apoyó su portátil en la superficie. Un agradable olor a lavanda provenía de un sencillo ramillete colocado sobre la mesa del salón. El dormitorio tenía los muebles justos para hacerlo acogedor: un armario con herrajes negros a juego con la cama y dos mesillas con tapetes de hilo blanco. Con pocas ganas, comenzó la tediosa tarea de deshacer su maleta.

Fabián redactaba informes con el ordenador adelantando todo el trabajo que podía. Antes de emprender el viaje había estudiado algunas características del aceite sobre las que debería profundizar más. Dudaba de que la visita guiada, que se iniciaría en una hora, le fuera de gran ayuda. No obstante, le vendría bien dar un paseo y si además podía ver a Celia de nuevo resultaría una experiencia más amena.

Cinco personas aguardaban en el aparcamiento para realizar la visita cuando llegó Fabián. De un vistazo atisbó a un matrimonio de mediana edad ataviado con botas de montaña impecables compradas para la ocasión y sendas gorras de visera de propaganda. Se encontraba también un joven cargado con un equipo fotográfico que se movía nervioso revisando una y otra vez las cremalleras de las fundas de loneta. Una mujer alta, con una combinación imposible de colores en su ropa, sonreía a todo el que la miraba, con la expresión de entender mínimamente las conversaciones que se generaban en el tiempo de espera.

Celia llevaba el pelo recogido en una coleta dejando libre un cuello que a Fabián se le antojaba suave. Se quitó las gafas de sol para presentar a los componentes del variopinto grupo y dejó al descubierto unos enormes ojos castaños junto a una nariz patricia moteada de pecas que le daban un aire rebelde. Era una chica guapa con un acento encantador. Al menos eso pensaba Fabián que no dejaba de contemplarla.

̶ Estos son Antonio y Elvira. Están celebrando sus bodas de plata en este complejo rural  ̶ comentó Celia señalando a la pareja.

̶ ¡Hola a todos!  ̶ saludó Elvira, mientras su marido se limitaba a asentir.

̶ Brenda viene del Reino Unido para conocer nuestra comunidad y la cultura del olivo  ̶ continuó diciendo Celia refiriéndose a la mujer alta.

̶ Fran viene a elaborar un reportaje para un periódico nacional; y por último Fabián, que desde ayer se aloja con nosotros para buscar información sobre el aceite y sus propiedades aplicadas a la cosmética natural. ¿Todos listos? Vamos a visitar la zona donde tenemos los olivos más antiguos y después os enseñaré la almazara para que veáis el proceso completo de la extracción del aceite. Clasificamos los frutos según la calidad. En nuestra finca nos dedicamos a la aceituna picual, que es de color verde intenso y no muy ácida.

Con pasos torpes por las cuestas del olivar, fueron avanzando hasta llegar donde olivos centenarios esperaban impacientes la llegada de alguna lluvia de verano.

Celia se mostró preocupada por la sequía que azotaba a Andalucía y en particular a la comarca de Sierra Mágina. Los quince pueblos que la integraban estaban siendo castigados por un verano infernal y si no llovía a primeros de otoño, no se alcanzarían los objetivos de producción de aceite con Denominación de Origen previstos para la campaña.

Fabián escuchaba atento las explicaciones de aquella chica tan implicada en su trabajo. Comenzaba a disiparse la rabia inicial con la que llegó a la serena provincia de Jaén y a rendirse ante la oportunidad que le brindaba un viaje como este. A pesar de trabajar a diario, no tenía un horario establecido, el nivel de estrés bajaba y el aire del campo le venía estupendamente.

Se concentró en todo lo que la preciosa guía les relataba anotando mentalmente lo más interesante. Disfrutó cuando llegaron a la parte donde el fruto se transformaba en el extraordinario líquido dorado. No era época de recogida de aceituna pero el grupo se hizo una idea, ya que Celia les proyectó imágenes en una pantalla.

La visita concluyó con un aperitivo de manjares de la zona: pan con aceite, rodajas de tomate con ajo y aceite, jamón y una copa de vino blanco.

Fabián se apartó de la multitud y en el amplio patio interior del cortijo donde se hallaban, se sentó en el borde de un pozo sin atreverse a mirar si era ornamental o no. Percibió una presencia detrás y se levantó en un acto reflejo. Era Celia.

̶ ¿Te aburres Fabián?  ̶ preguntó acercándose a él.

̶ No, para nada. A veces me gusta distanciarme de la gente y pensar en mis cosas  ̶ respondió deleitándose con el marcado acento de la jiennense.

̶ Te dejo solo entonces.

̶ No te vayas. Dos es compañía, no multitud. ¿Recuerdas el dicho?  ̶ contestó sagaz.

̶ Si me cuentas un poco de qué va exactamente tu trabajo, puedo echarte una mano  ̶ se ofreció ella gentilmente.

̶ La verdad es que necesito un punto de vista más profesional. No te ofendas. Eres una guía maravillosa, pero debería hablar con un biólogo especialista en aceite de oliva  ̶ contestó Fabián.

̶ Pues yo conozco a una  ̶ dijo enredándose un dedo en el pelo.

̶ ¿Me das su teléfono para contactar con ella?  ̶ le preguntó.

Celia abrió su bolso y le tendió una tarjeta que Fabián leyó:

“Celia Quintana Robles, bióloga”

Sonrojándose un poco, el joven soltó una breve carcajada y quedaron en verse por la tarde en la casa rural.

Celia localizó a Fabián observando la imperturbable belleza del castillo y la iglesia medieval ubicados a lo lejos. Se quedó quieta, sin querer romper esa sensación de tranquilidad, de paz que regalaba la naturaleza y que el hombre parecía sentir en esos momentos.

Él se giró y se encontró a una mujer con un vestido largo y vaporoso que dejaba al descubierto unos hombros bronceados. Acostumbrado a ver a Celia con ropa más informal, quedó gratamente sorprendido. Al final, el viaje estaba mereciendo la pena…

Pasaron horas charlando e intercambiando datos y cuando el día tocaba a su fin, Fabián quiso agradecerle su magnífica contribución invitándola a una copa de vino que Celia no dudó en aceptar.

Bajaron al pueblo y ella una vez más fue su guía. Le habló sobre las fiestas populares que se celebran en Mayo y sobre los gazpachos y borullos que tan ricos estaban. Tras la copa la acompañó hasta su casa dando un cautivador paseo.

De camino hacia la suya Fabián pensaba en la calma que percibía en las tierras jiennenses. Solera albergaba turismo y a la vez mantenía la esencia de auténtico pueblo serrano con sus casas blancas y balcones engalanados de macetas floridas. Sus habitantes se mostraban generosos y hospitalarios con sus visitantes. Parecían una gran familia, la que él perdió. Tenía doce años cuando un incendio se cobró la vida de sus padres. Tal vez por eso se había convertido en un ser solitario y huraño que prefería la compañía de un buen libro a la de una persona. No quería amar a nadie por miedo a perderlo. Se había estado protegiendo para que nada le afectara, no quería sufrir más. Y en estos momentos, sin saber cómo, una tierra y una mujer habían quebrado la dureza que lo preservaba de sentimientos inusuales y se encontraba expuesto.

Se quedó dormido pensando en el sosiego que apaciguaba su alma y en que ya no tenía ninguna prisa por irse.

El correo electrónico no dejaba lugar a dudas. La orden era regresar a la central. Los informes eran muy buenos y la investigación había llegado a su fin.

Fabián llenaba la maleta con la ropa que pocos días antes había colocado en el armario. Descubrió para su sorpresa que no quería irse. Le faltaba mucho por ver de aquella provincia y deseaba conocer la razón que lo anclaba al lugar.

Había quedado con Celia para almorzar y luego hacer senderismo, así que con pesar marcó su número y le dejó un mensaje en el buzón de voz. Era muy temprano, aún estaría dormida. Las comisuras de sus labios se elevaron al imaginársela.

Las paredes de la oficina le parecían a Fabián más claustrofóbicas que cuando se marchó hacia Jaén unas semanas antes. Él había cambiado. Su actitud y su manera de ver las cosas eran diferentes. Mercedes lo había notado pero ignoraba a qué se debía, ya que su eficacia en el trabajo seguía intacta.

La empresa sacaría adelante el proyecto de una línea cosmética natural, basada en el aceite de oliva con Denominación de Origen Sierra Mágina.

Fabián se mantenía en contacto con Celia hablando cada vez menos de lo profesional y más de lo personal. La echaba de menos.

 

 

Un mes después del regreso de Fabián, su jefa entró como una tromba al despacho cerrando la puerta, e invitándolo a sentarse.

̶ Vamos a exportar las cremas una vez que su lanzamiento nacional cumpla con los objetivos tras el estudio de mercado. Esa es la buena noticia, la mala para ti es que te quiero en Jaén en principio por un año, para que estés al frente de la delegación coordinando producción de materia prima y logística.

̶ ¿Cuándo me voy?  ̶ preguntó únicamente Fabián.

Mercedes, que estaba preparada para toda clase de protestas y excusas rechazando el puesto, se quedó muda de asombro.

Fabián sonrió y supo que su vida había cambiado para siempre.

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