El olivo y la sangre

El olivo y la sangre

[Julio Aníbal Acosta Acosta]

Si me han robado mi guitarra y mi manta juro ante Dios y ante los santos que me colgaré con la soga de mi propio caballo del primer acebuche que encuentre por el camino”, se dijo Pepe, indignado, cuando despertó esa mañana, un día después de haber olvidado su manta y su guitarra en el campo de olivos donde trabajaba. Era un invierno de 1499 en el sur de España. El sol brillaba en el firmamento como un diamante gigante y la temperatura estaba bastante agradable.

En un tronco ancho de un acebuche longevo, de copa muy ancha, estaba recostado Pepe, descansando. Pepe era un labrador que laboraba en los olivares de la Sierra de Cazorla, Jaén. Aquel día era un 31 de diciembre y él, que estaba muy cansado, se había quedado dormido después de una larga jornada de trabajo.

Cuando despertó, exaltado y en medio de la noche, porque había escuchado un relincho de su caballo Melao que se encontraba pastando, amarrado a una encina cerca de donde Pepe descansaba, ya era de madrugada y el calendario había dado un salto en el tiempo. Había cambiado de día, de año y de siglo en tan solo un instante.

Entonces Pepe abrió los ojos, miró por entre las ramas de los árboles y lo primero que vio fue un cielo muy estrellado, con una enorme luna blanca que se posaba sobre un campo de olivos milenarios.

Pepe estaba abrigado con una manta gruesa de lana. En su regazo había echada una guitarra de la época, la que estuvo tocando todo el rato, antes de quedarse dormido con el cuerpo hecho polvo y los dedos de las manos entumecidos. En el estómago de Pepe quedaba todavía bastante vino del que había bebido aquel mismo día mientras trabajaba solo, sin comer, y desde muy temprano, intentando ahogar la profunda pena que sentía por el fallecimiento a destiempo de su joven y hermosa esposa Sara, que había muerto de parto junto con su hija, a quien llamarían Juliana, igual que la abuela materna.

José Valverde, alías Pepe, era moreno, de complexión fuerte, de carácter melancólico, tenía veinticinco años y el pelo negro como un azabache.

Pepe era una especie de artista maldito de vocación, y agricultor de profesión. Había nacido en Cádiz, pero como su mujer era de la Sierra de Cazorla, decidió irse a vivir allí para estar con ella y para trabajar en los olivares de la zona. Pepe tenía muy buenas manos para los olivos y conocía los secretos de los mil usos de sus frutos. Sabía sembrar, quitar las malas hierbas, podar, recoger y extraer el mejor aceite virgen de la comarca. Podía también preparar remedios naturales, como ungüentos y brebajes para curar los dolores reumáticos y la anemia. También cocinaba delicioso. Hacía unos platos tan ricos que la gente se lamía los dedos. Y tampoco se quedaba atrás con la música. Esa era su verdadera vocación, su pasión. Tocaba la guitarra divinamente. Cuentan que una vez, mientras tocaba y cantaba en una aldea de un pueblo vecino, logró con los acordes de su guitarra que todas las mujeres vestidas de negro de una misma familia salieran de sus casas bailando y cantando y que abandonaran el luto por un familiar muy querido aquella misma tarde, en medio de una fiesta. Pepe había aprendido a tocar la guitarra desde su niñez, de manos de su abuelo José Ponce, un viejo maestro guitarrista y trovador que tocaba en las tabernas de los pueblos de Andalucía a cambio de aventuras, tragos de vino, algo de comer y algunas monedas. El abuelo hacía ya mucho tiempo que estaba enterrado en un cementerio frente a las costas de Cádiz, a donde Pepe iba de vez en cuando, especialmente cuando se sentía nostálgico, a cantar las canciones favoritas de su viejo querido. Cerca del lugar donde se había tumbado a descansar aquella tarde pasaba una calzada pedregosa de las que habían construido los romanos en su momento. Y un poco más allá de la calzada corría un riachuelo que dejaba oír el murmullo de una cascada que iba dando saltos sierra abajo, mientras el agua se evaporaba al chocar con las rocas, convirtiéndose en una nube de neblina.

De cuando en cuando soplaba una brisa leve que impregnaba el ambiente de un fuerte olor a sudor de caballo, y por todo el monte se oían cantos de pájaros que parecían comunicarse unos con otros.

Después de un buen rato, Pepe se incorporó poco a poco del tronco del acebuche, se agarró la manta con la mano izquierda y con su mano derecha cogió la guitarra y la colocó en un lugar más seguro, al pie del mismo árbol. Luego caminó con mucho cuidado para no tropezar con las raíces del árbol, que brotaban por todas partes. Dobló la manta, la puso al lado de la guitarra, se pasó la mano izquierda por el rostro y estiró todo el cuerpo, que le dolía tanto que parecía le acababan de dar una tremenda paliza. Se dirigió hacia donde lo esperaba pacientemente su caballo y, una vez allí, dio unas cuantas palmaditas a las ancas del animal y le acarició suavemente la cara, que la tenía tan blanca como la nieve. Después de hacer esto, caminó unos cuantos pasos y se acercó a donde había un claro de luna, sobre un pequeño matorral bajo. Tenía deseo de orinar, pero cuando se acercó al lugar, donde pensaba dar rienda suelta a su necesidad fisiológica, de repente unos animales salieron en estampida gritando y chillando. Eran unos jabalíes que estaban echados en el matorral y que habían ido a pasar la noche allí.

Esa noche Pepe se llevó un susto de muerte. Pensó que aquello era el mismo demonio, que se había transformado en una manada de cerdos salvajes y que venía a buscarlo para llevárselo al infierno. A Pepe le temblaban las manos. Como pudo, desamarró su caballo de la encina, lo agregó a una roca que estaba al lado del camino, se montó rápidamente de un solo salto y el animal salió galopando como un rayo por la calzada romana. Y las aves que dormían en los árboles a ambas orillas del camino salieron volando despavoridas, yendo en todas las direcciones, en señal del gran peligro que se acercaba.

Al entrar al pueblo donde vivía, todos los perros empezaron a ladrar al mismo tiempo, sorprendidos por el aspaviento del joven y su caballo. En un abrir y cerrar de ojos, ya Pepe había andado media legua de camino y se encontraba frente al portal de su casa. Y fue allí cuando se acordó de nuevo de la manta y la guitarra. Pero como tenía mucho miedo y se sentía todavía un poco borracho, no quiso regresar al olivar a buscar lo que había olvidado y decidió que volvería al día siguiente. Y así lo hizo. A continuación, metió su caballo al establo, se fue a una cocina que estaba detrás de la casa, buscó debajo de las cenizas de un fogón y encontró unos rescoldos con los que encendió un candil que contenía aceite de oliva. Luego preparó para cenar algo de una carne salada que le quedaba en una olla. Cogió unos mendrugos de pan, los untó en aceite también de oliva y se sentó a la mesa. Cuando terminó de cenar se quitó la ropa llena de polvo. Hizo lo que tenía que hacer y se fue a dormir. Se desplomó sobre un camastro viejo y cayó en un sueño muy profundo. Mientras dormía plácidamente, soñó que soñaba que dos moros con caperuzas: uno viejo y sin un solo diente en la boca, y el otro jovencito, venían corriendo de la santa hermandad con destino a Marruecos, porque por aquel entonces las cosas no andaban muy bien entre moros y cristianos.

En la huida pasaron por el olivar donde Pepe había olvidado la manta y la guitarra, las que habían desaparecido. Y en el mismo sueño Pepe volvió al lugar al día siguiente, después del desayuno, pero los dos moros ya hacía tiempo que habían cruzado el estrecho de Gibraltar, dejando al pobre Pepe sin manta y sin su guitarra, que era la única alegría que le quedaba en este mundo a aquel hombre perseguido por la tristeza. Por suerte, los sueños, sueños son. Y al otro día, cuando Pepe volvió al lugar, en la vida real, encontró su guitarra y su manta en el mismo lugar donde las había dejado. Y su corazón dio un salto de alegría tan grande que por poco se le sale del pecho.

 

Tres meses después estaba Pepe sentado en una silla en el patio de su casa y escuchó que venía un caballo galopando. Sobre el animal venía un hombre de pelo canoso y aspecto robusto que traía una carta y que había sido enviado de parte de la mismísima reina Isabel la Católica, solicitando los servicios de Pepe, por ser un agricultor de gran talento, para que marchara a América con un sueldo de cuatrocientos maravedíes al año, pues su majestad, la reina Isabel la Católica, había decidido impulsar la siembra de olivos en la ribera del Océano Atlántico, en la costa norte de Puerto Plata, en la Isla Hispaniola, hacían falta olivas para la cocina y aceite para la mesa y para alumbrar las noches.

Y un buen día, al alba, izaron velas y navegaron sin parar hacia las Indias Orientales. Pero antes, los amigos y familiares de Pepe fueron a despedirlo, y lo ayudaron con las herramientas y las otras cosas que necesitaba para el viaje. Hubo muchos abrazos y muchas lágrimas en el Puerto de Palos, en Huelva. Y de lo que sucedió por el camino en el vasto océano no hay mucho que contar. El viaje fue lento y aburrido. Los que nunca habían navegado en barco, que eran la mayoría, exceptuando a la tripulación, que eran todos marineros de profesión, estuvieron mareados, pálidos, con náuseas y vomitando por la borda del barco durante más de quince días.

 

Mes y medio después, una mañana soleada de las más calurosas del mes de mayo en las Indias Orientales, un grupo de mujeres nativas que se bañaban desnudas en la desembocadura de un río, divisaron el mástil de un barco que, poco a poco, se asomaba a la costa. Era el mismo galeón cargado de pasajeros y mercancías que había zarpado hacía dos meses desde el Puerto de Palos, en la península Ibérica, con Pepe y su guitarra también a bordo. Venía en el navío, además de la tripulación dedicada a las maniobras y al servicio, un grupo de muchachos alegres y dicharacheros, vestidos con el uniforme militar de la corona. Eran soldados que tenían la misión de dar soporte y protección a los colonos que se habían establecido en las nuevas tierras y temían un asalto de los nativos que intentaban recuperar sus tierras. También les acompañaban once familias, más de nuevos colonos, todos ellos jóvenes y recién casados. Algunos matrimonios habían sido improvisados con tanta prisa que las parejas todavía se tenían vergüenza y aún no habían dormido en las mismas camas. En la embarcación venía también un cura llamado Enrique, quien fundaría una parroquia cristiana, y un escribano, llamado Ricardo Acosta, encargado de las cuentas del tesoro de la corona.

Cuando la nave llegó a la orilla se hizo un silencio absoluto. Todos quedaron maravillados al ver tanta belleza. El cura rezó un padre nuestro y dio las gracias a Dios por el éxito de aquel viaje inolvidable. Y hubo palmas, mucha risa y algarabía por todos lados.

Llegaron a un pequeño paraíso que tenía en su cielo un sol radiante. Había una alta montaña con árboles muy verdes, y a los pies de ella estaba una playa inmensa de arena blanca, de aguas cálidas y cristalinas, en donde soplaba una brisa suave y se oía el murmullo de las olas y el revoloteo de una bandada de gaviotas que buscaba comida en la desembocadura de un río llamado Camú, que corría por allí y servía al mismo tiempo como puerto fluvial para la llegada de los barcos.

Las mujeres nativas habían salido del agua y se habían agrupado a un cuarto de milla de allí, para mirar desde lejos.

Unas horas después apareció por un camino que salía de un pequeño bosque, y que llegaba hasta la playa, una comisión de hombres a caballo y a pie que venían a recibir a los viajeros recién llegados.

Pepe, por su lado, ya tenía muy cerca de allí una casita para vivir, a donde se mudó con su equipaje y los instrumentos de su oficio. Al lado había un terreno ya preparado para su huerto de los primeros quinientos olivos que serían plantados en el nuevo mundo. También tenía a su servicio a un indio bajito, de cabeza redonda, que respondía al nombre de Caonabo y que hacía de su ayudante, lo que hacía con mucho gusto, hasta que un día probó el vino.

Pepe trabajó arduamente durante tres años. Por primera vez tenía paz y estaba muy contento, además de disfrutar de un salario de cuatrocientos maravedíes anuales que no tenía en qué gastarlo.

Para el cultivo del olivo el único inconveniente era el clima. En el trópico llovía mucho, el huerto se le volvía constantemente a Pepe un charco, y hacía calor todo el año.

Pepe supo esto desde los primeros meses, pero callaba como un bellaco, porque se había enamorado de nuevo de una nativa jovencita, de buen ver, fogosa, con la piel del color de la canela, con la cual procreó siete hijos. Tres varones y cuatro hembras.

Pepe no obtuvo los resultados esperados, pero gracias al olivo fue el primero que unió la sangre de dos civilizaciones.

 

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