Aceite de Oliva

Aceite de Oliva

[Andrea Carolina Carvallo Silva]

 

Sentados en la terraza del Café Emporio Armani, se nos acercó el mozo a tomarnos el pedido y cinco minutos después volvió dejándonos sobre la mesa una fuente de pan toscano y colocando frente a nosotros dos platos en los que esparció aceite de oliva mientras otro mozo nos sirvió los tragos.

Era un bello atardecer que nos hizo recordar un viaje al norte, a un lugar llamado Punta de Choros. Llevábamos poco menos de dos años casados y habíamos ido al matrimonio de un amigo a La Serena, con nuestra pequeña hija de menos de dos meses; como era comienzos de verano, aprovechamos de tomarnos un par de días adicionales para recorrer los alrededores.

Un día después del matrimonio decidimos ir a conocer Punta de Choros, tomamos el auto, a nuestra bebé, algo de comida, un rutero de la región y nos dirigimos primero a la Dársena que se encontraba a unos 65 kilómetros de La Serena. No andábamos en un auto todoterreno, pero igual nos gustaba entregarnos a la aventura con tal de conocer y llegar a lugares que no eran muy visitados.

El tiempo nos acompañaba cálidamente en la carretera, después de 45 kilómetros de recorridos, entramos a un camino de tierra en dirección a la costa, donde la vaguada costera nos eximía del calor nortino. El camino o, mejor dicho, la huella de tierra y arena no estaba exenta de baches, calamita y hoyos que debíamos esquivar para no quedarnos atrapados, aunque para nuestra guagua era la mejor mecedora del mundo, dormía como una pequeña angelita.

Después de 25 kilómetros de camino empolvado, aparece ante nosotros la imagen imponente de la Dársena, que según cuenta la historia fue construida alrededor de 1915 por una compañía norteamericana que explotaba un gran yacimiento de hierro. Esta enorme estructura aparecía ante nuestros ojos envolviendo un mar en calma entre sus 3 paredes de setenta y tres metros de ancho, doscientos noventa y cinco metros de largo, con una profundidad de catorce metros reflejando un manso mar azul intenso que provocaba una gran tranquilidad y relajo después del tortuoso camino andado.

Nos mantuvimos contemplando el espectacular paisaje por más de cuarenta y cinco minutos, aprovechamos de alimentar a nuestra bebé y estudiar el mapa para decidir nuestro nuevo rumbo. A un poco más de sesenta kilómetros al norte, por caminos interiores, aparecía indicado una caleta llamada Punta de Choros; nos pareció interesante, por lo cual tomamos camino en esa dirección.

La ruta que seguimos era bastante abrupta, pero ya estábamos ahí y ni modo de deshacer el camino andado, por lo menos llevábamos de todo para nuestra hija y algo de comida y bebidas para nosotros.

A mitad de camino nos detuvimos para alimentarnos en medio de la nada y sin un alma a la vista. Nos cuestionamos un poco, no mucho, lo irresponsables que estábamos siendo al vagar por estos lugares casi deshabitados con una guagua de menos de dos meses, pero la aventura era la aventura y estábamos felices.

Retomamos camino por una huella que parecía más transitada y que iba en la dirección deseada. De pronto, divisamos a lo lejos un auto detenido delante de una parte del camino que parecía tener palos y ramas; paramos a observar lo que pasaba, la camioneta retrocedió y luego se tiró a toda velocidad para cruzar. En ese momento se detuvo un jeep a nuestro lado y nos preguntaron si íbamos a Punta de Choros, lo cual afirmamos, por lo que nos recomendaron otro camino, que era bastante más largo pero menos peligroso, porque dudaban que nuestra “station” pudiera cruzar el arenal. Con mi marido nos miramos y dijimos, sí, se puede. Observamos cómo lo hacía y mi esposo se acercó al arenal, movió un par de ramas y me afirmó que lo podíamos atravesar, nos subimos al auto, retrocedimos lo suficiente y él aceleró al máximo, logrando cruzar.

El resto del camino fue tranquilamente movido hasta que llegamos a un pueblito rodeado por plantaciones de olivares, lo que fue un cambio abrupto en el paisaje desértico que habíamos recorrido durante toda la mañana y parte de la tarde.

El pueblito se llamaba Choros Bajos, su tamaño no era más de dos cuadras a la redonda con la típica plaza que caracteriza a los pueblos y ciudades de Chile. Dimos una vuelta a la plaza y de pronto leímos un cartel que decía “Llegó el Aceite de Oliva”, y paramos frente a la puerta de una casita de adobe, nos bajamos del auto y como la puerta estaba abierta, entramos a la humilde casa con suelo de tierra donde se encontraban tres barriles de madera y un par de mesas. A nuestro encuentro salió una señora de avanzada edad, a la cual le preguntamos por el aceite y ella, sin mediar palabra, se dirigió a una de las mesas donde se encontraban una pila de platos y una cesta de pan envueltos en un paño muy blanco. De entre medio del paño sacó un pan amasado que sin duda lo había hecho ella, lo rebanó sobre uno de los platos y tomó otro plato dirigiéndose a uno de los barriles, donde giró una llavecita, de la cual comenzó a emanar un aceite de oliva de color verde intenso y semitransparente. Una vez que el plato estaba cubierto de aceite nos alcanzó el pan para que lo probáramos. “Bocatto di Cardinale”, qué maravilloso sabor a olivas frescas, fuerte y con cuerpo.

Una vez que nos saciamos de ese exquisito aceite virgen y puro, cien por ciento artesanal, le preguntamos su valor, el cual era tremendamente irrisorio en comparación a cualquier aceite de oliva que vendían en los supermercados de Santiago. Decidimos llevarnos dos botellas de dos litros, pensando en que volveríamos pronto a comprar más, ya que frecuentemente viajábamos a La Serena.

Cuando le pedimos a la señora los cuatro litros, tomó las dos botellas de bebida desechable, que parecían limpias, y las llenó de ese elixir de aceite de oliva y proseguimos nuestro camino a Punta de Choros. Al llegar nos encontramos con una pequeña caleta de pescadores, donde nos instalamos a comer alguna cosa que ya ni recuerdo, salvo el delicioso sabor al aceite de oliva.

Al rato miramos el rutero y decidimos volver a La Serena por la cuesta de Chungungo, donde se estaba realizando un proyecto de colector de agua de niebla o como se llama en el norte de Chile, de Camanchaca.

Al salir por Choros bajos encontramos unos troncos, cortados, de lo que parecía un olivo muy viejo, nos detuvimos a mirarlos, tenían una hermosa veta. De pronto aparecieron unos pueblerinos acarreando más troncos, les preguntamos si nos podíamos llevar algunos de ellos, a lo cual nos dijeron que nos lleváramos los que quisiéramos, elegimos dos y nos ayudaron a subirlos al auto.

Proseguimos nuestro camino por la hermosa cuesta al atardecer, que fue cuando comenzamos a subirla, pero al poco andar nos agarró la Camanchaca, había lugares en que la niebla era tan cerrada que tuvimos que hacerlos muy lentos debido a las innumerables curvas, hasta que llegamos a la carretera, la que fue muy rápida de recorrer hasta volver a La Serena.

Llegando a Santiago encontramos un lugar donde nos cortaron y pulieron los troncos en tablas de tres centímetros que dejamos secar, naturalmente, por más de seis meses. Nos habían recomendado que para que la madera no se deformara ni le salieran hongos debíamos curarla con aceite de oliva, y una vez secas las rodajas del tronco hicimos el proceso de curación, tres veces, para luego barnizarlas con una resina especial, de tal manera que quedaran utilizables como tablas de queso y posa platos.

En los siguientes quince años de aquella aventura, volvimos un par de veces a La Serena, pero no tuvimos ni el tiempo, ni la prioridad de volver a Punta de Choros, pero hace unas semanas tuvimos que ir por trabajo a La Serena y nos tomamos dos días para disfrutarla y recorrer los alrededores.

Fue increíble ver la gran transformación que tuvo en estos años. La Serena se había convertido en una gran ciudad, conectando varios pueblos y localidades, cuando hace quince años sólo había un supermercado pequeño, ahora aparecían grandes supermercados y enormes “malls”.

El domingo estábamos invitados donde unos amigos que se habían construido una casa de veraneo en Punta de Choros; nos sorprendimos gratamente al encontrarnos con casi todo el camino interior pavimentado, no quedaba casi ningún vestigio de las huellas que habíamos recorrido en el pasado, aunque no hicimos el mismo camino todo había cambiado, aunque conservaba la belleza del paraje nortino.

Cuando pasamos por el pueblo de Choros Bajos, el cual había duplicado o triplicado su tamaño, aprovechamos para buscar aquella casita donde compramos ese maravilloso aceite de oliva, pero resultó infructuoso. Al final preguntamos en varios puestos donde vendían aceite de oliva y casi todos nos informaron lo mismo, que, por las normativas del servicio nacional de salud, no podían hacer aceite artesanal, que toda la producción de los olivos se vendía a plantas de procesamiento de aceite de oliva. Igualmente compramos una botella para probarlo, la cual se caracteriza por un excelente sabor, pero no supera el que consumimos quince años atrás.

Fue increíble que un simple plato de aceite de oliva, junto a un trago al atardecer, nos transportara en el tiempo haciéndonos revivir esa maravillosa experiencia.

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