El añejo árbol del olivo

El añejo árbol del olivo

[María Olivares Quinto]

Aquella tarde Olivia corrió hacia la cuenca del río llamando a su abuelo.

–¡Abuelo!, ¡abuelo!, ya llegué, abuelo. ¡Abuelo, abuelo!

Zarandeando el sombrero sobre su cabeza, el abuelo respondió:

–¡Aquí, aquí!

La pequeña inocente divisó el cabello blanco y desgreñado del viejo anciano aun encontrándose a lo lejos y alto del ondulado sendero.

Al  ver a su abuelo, Olivia sonrió, e inmediatamente echó a correr levantando las manos como quien hubiese obtenido un trofeo, henchida toda ella, llenita de felicidad.

–Sabía que lo encontraría acá abuelo –dijo Olivia abalanzándose sobre su abuelo.

–Oh, mi pequeña niña, y esta vez ¿qué me habrá traído?

−Lo que le gusta, abuelo. Lo que más le gusta –respondió Olivia–. ¿Le doy una pista abue…? Es de color morado oscuro, de tamaño ovalado y los hay de muchos tamaños; es el menjurje de la juventud. ¿Qué es abue...? Lo adivinó abue… ¿Qué es?

El abuelo parecía desencajado, pero aun así exclamó sonriendo.

–¿Otra vez con tus acertijos? ¿Sabes una cosa? Nunca terminaré de decirte que eres la mejor, la mejor de todas las mejores niñas del mundo. ¿Sabes por qué? –dijo cogiéndole tiernamente la mejilla−. Porque nunca termino de adivinar ni descubrir ninguno de tus acertijos.

Entonces se echó a caminar pensando en alto y llevándose la mano hacia la cabeza, como haciéndole creer que él desconocía el buen aroma que despedía aquella pequeña caja.

–A ver, ¿qué podrá ser? Humm…, ¿qué será?

Creyéndose Olivia el desacierto de su abuelo y casi apenada por él, extrajo inmediatamente de su lonchera un pequeño envoltorio y se lo entregó diciendo:

−Tome, abuelo, y deje ya de pensar, que se le caerán los ojos.

El anciano inmediatamente, obediente, recostó sus posaderas sobre una pequeña roca mientras hacía notar el asombro por aquel pequeño detalle.

− ¡Oh! –dijo emocionado–, pero si es mi favorito. ¡Un pan con aceitunas!–. Asintió Olivia con la cabeza y con el rostro feliz. Entonces volvió a decir ella:

–Pero esta vez casi, casi lo preparé yo. Vea abuelo, cuando terminé de lavarme las manos ingresé a la cocina y vi cuando mamá tendía sobre un plato muchas aceitunas. Todas se veían  grandes y oscuras, pero luego mamá le quitó las semillas, enseguida procedió a picar unos ajies largos y amarillos, quitó las cáscaras de las cebollas y allí mismo partió el limón. Cuando estaban todas listas las echó al plato. Entonces, como las vi ya listas, cogí un pan y eché un poco de la salsa y la guardé en un rinconcito de mi lonchera para ti.

–¿Y cómo es que casi, casi la preparaste tú? –volvió a preguntar el anciano.

−Muy sencillo, abue… –respondió Olivia–. Cogí el aceite de oliva y lo rocié sobre la salsa, ¡ah! y para darle sabor le zarandeé un poquito de sal y listo.

–¡Oh! buen trabajo mi pequeña.

–Pruébelo, abuelo, ¡está delicioso!

El abuelo echó a reír a carcajadas y, mirando a Olivia, dijo:

−Lo haré, mi pequeña nietecita, pero antes debes contarme lo que esta semana aprendiste en la escuela. Supongo que tendrás mucho que contarme.

–Claro que sí, abuelo, pues esta semana aprendimos sobre los tipos de alimentos; los de origen vegetal, los de origen animal y los de origen mineral. En clase dijo la maestra que todas las personas necesitamos de estos tipos de alimentos para tener buena salud. Entonces, Sebastián levantó la mano y dijo que en Tacna, donde nacieron sus padres, hay muchos vegetales y animales y que en su hacienda y por todo aquel lugar abunda el olivo. Dijo también que sus abuelos extraen del árbol del olivo las aceitunas necesarias y por ello cuidan la naturaleza.

Carla también levantó la mano y dijo a la maestra que no debemos consumir alimentos de origen animal porque comer carne es quitarle la vida a un indefenso animalito, y que en su casa solo consumían vegetales. La maestra dijo que nuestro cuerpo requiere de vitaminas, proteínas y calorías y que por ello debemos consumir los alimentos necesarios para estar fuertes y sanos, pero también dijo que en la antigüedad hubo una época donde todo fue hielo y que los hombres de aquel entonces pudieron sobrevivir porque usaron las pieles de los animales como vestimenta y las carnes y frutos de las plantas como alimento. Ella dijo que muchos de esos animales, y hasta muchas de esas plantas, fueron desapareciendo y que si no queremos que sigan desapareciendo, debemos cuidar, amar y respetar nuestra naturaleza. Anita también intervino y dijo que en su casa, antes de consumir los alimentos, sus padres le agradecían a Dios porque él fue el creador de la Tierra y del universo.

Abuelo, también quise intervenir y levanté la mano queriendo opinar, y en ese preciso momento comenzó a remecer la tierra. Todos los niños nos asustamos, pero la maestra nos pidió calma y poco a poco la tierra dejó de sacudir. Justo en ese preciso momento sonó el timbre del recreo y salimos del aula. Cuando salimos, todos los niños y niñas no hacían más que comentar del fuerte temblor.

Abuelo, ¿alguna vez le asustó el temblor?

El abuelo sonrió y, mirando tiernamente a su nietecita, expuso:

−Siéntate, Olivia. Verás, hace muchos años, cuando apenas era un chiquillo, cierta tarde uno de los caballos escapó del corral. Papá envió a dos domadores en busca de este indomable. Mas yo, ávido de ensalzamiento y queriéndome ganar los elogios de mi padre, convencí a Pedro y nos sumamos en dicha cacería. Pedro era amigo de la familia, un muchacho poco mayor que yo, muy intelectual y buen amigo.

Aquella tarde a medio camino una fuerte tormenta nos sorprendió. Era la primera vez que veía algo semejante, truenos y rayos serpenteaban los cielos y una balsa de lluvia caía sobre nuestros cuerpos. Mi compañero y yo alcanzamos a refugiarnos dentro de una cueva. Allí, muy asustado pregunté ¿nos vamos a morir? Él dijo que a esa hora los dioses estaban muy enojados y que cuando discutían los cielos se llenaban de bravura. Su respuesta me dejó sorprendido y pregunté más. ¿Tienen nombre aquellos dioses?

Entonces cogió un tronco de palo que se hallaba dentro de la cueva y escribió sobre la tierra; Zeus, Hera, Atenea, Poseidón, entre otros. Volví a preguntar intrigado: ¿Los dioses se enojan?

–Claro que sí, riñen, discuten y aman –respondió. Entonces, dándose confianza, se recostó sobre el pavimento y continuó–: Cuenta la leyenda que en Grecia, Poseidón y Atenea se disputaban la supremacía de un territorio; al enterarse de esta disputa, el dios de los dioses Zeus; padre de Atenea, ordenó a cada uno otorgar un regalo de mucha utilidad para los pobladores de aquel lugar. Solo el ganador protegería aquel territorio y en honor a ello la ciudad llevaría su nombre. Los dioses estuvieron dispuestos a otorgar sus mejores regalos. Poseidón echó su tridente sobre el suelo e inmediatamente brotó agua salada de la tierra formando una inmensa fuente de agua. Le tocó el turno a la diosa Atenea y ella, con un delicado toque, dejó brotar una hermosa plantita color verde a la cual llamó “El olivo” e inmediatamente explicó a todos los testigos las bondades de aquella prodigiosa planta. Aquel silvestre vegetal tenía una larga vida, duraba muchos años, sus frutos eran extremadamente deliciosos y muy nutritivos para todo ser humano, además podían extraerse de esta maravillosa planta sus jugos, ya que hacían deliciosas todas las comidas. A ese extraordinario jugo lo denominó “Aceite de oliva”. Asimismo, aquel jugo podía curar las heridas y hasta desinflamar los cuerpos de cada habitante de la tierra. Y era tan valioso que reemplazaba la luz del sol que nos alumbra el día durante las noches.

−¿Y cómo es que la reemplazaba? –pregunté.

−Pues servía como combustible para alumbrar la noche –contestó Pedro−.

Y a todo esto, ¿quién fue el vencedor? –volví a preguntar, aunque yo ya suponía el ganador. Pedro dejó de dibujar sobre el suelo y respondió:

–El dios Zeus dejó que los pobladores de la tierra eligieran al ganador. Fue así que el rey Cécrope y su pueblo eligieron a la diosa Atenea como la vencedora y en honor a ella llamaron a su ciudad Atenas.

–¿Y existe Atenas? –volví a preguntar.

–Atenas existe, y se encuentra en Grecia. Cuenta la historia que hace muchos siglos atrás fue una ciudad muy poderosa, allí se dice que se originó la democracia. Es decir, que las decisiones de gobierno se tomaban con la aprobación del pueblo. Y todos los vencedores eran tratados con honor y gloria y se les coronaba su esfuerzo con las hojas del olivo.

Aún me quedaba la duda con el dios Poseidón, y entonces pregunté:

–¿Y qué pasó con el dios Poseidón?

−El dios Poseidón, muy enfurecido ante tal derrota, inundó la tierra con un fuerte maremoto ahogando a gran parte de la población –respondió Pedro.

En ese momento, unos fuertes ladridos distrajeron mi atención. Pedro y yo salimos del refugio y a corta distancia alcanzamos a escuchar la voz desesperada de mi padre. Ambos respondimos a su llamada.

Los caminos se hallaban enlodados. Algunos árboles yacían tumbados, pero la voz de mi padre seguía a la distancia llamando mi nombre.

Algunos minutos después nos hallamos cara a cara. Un fuerte abrazo y sus ojos sollozantes sellaron nuestro encuentro.

Camino a casa iba narrando la historia de Pedro a mi padre. Pero él, en silencio acompañaba nuestra marcha. Llegamos a casa agotados y sin caballo, y papá seguía en silencio. Yo, sin ignorar su rostro serio, en sigilo me hundí avergonzado. Finalmente expuso:

–Dios nos ha concedido este nuevo encuentro. La vida se vive, se acorta o se muere en el camino–. Dichas estas palabras, papá nos invitó a sentarnos frente a la mesa.

−La noche cae, aunque ya sin tormenta; pero la noche, noche es; y así como la tormenta es impredecible, no podemos fiarnos de ella –volvió a decir. Y mirándonos fijamente hacia los ojos continuó−: cuentan los hebreos que, hace muchos años, los hombres de la tierra fueron perversos con sus hermanos y hermanas. Los corazones de nuestros antepasados latían encapsulados en el odio, la maldad y la muerte. Cada hombre adoraba a su dios a su manera, la tierra se bañaba en tinto rojo surcando caminos como el río que recorre su cauce a desmedida y descontrol. Día a día el caos se propalaba, no había compasión; el mundo estallaba de dolor.

Pero había uno, uno de tantos que aún conservaba un buen corazón. Su nombre era Noé, un hombre justo y recto, patriarca de una familia y temeroso de un solo dios. El, junto a sus hijos, Sem, Cam y Jafet, agradecían a su dios Jehová a través de sus oraciones y demostraban su obediencia con sus buenas acciones.

Cierto día, Noé junto a sus hijos cargaron maderos para construir una embarcación. La gente de aquella ciudad se burlaba de su insensatez, todos los pobladores lo tachaban de loco. Pero Noé, ajeno a los insultos, seguía en su construcción.

Pues así le anunció su dios Jehová construir un arca y llevar consigo a una pareja de cada ave y cada especie animal que camine y se arrastre sobre la tierra. Porque su dios Jehová iba a destruir toda su creación. Noé así lo hizo, juntó a todo animal hembra y macho y guardó las reservas de alimentos dentro del arca. Apenas ingresada su familia: esposa, hijos y las esposas de sus hijos dentro de la embarcación, la tierra se inundó de agua, cuarenta días llovió y cuarenta noches. Y los hombres y animales que habitaban la tierra perecieron. Pasados los días de tormenta e inundación, Noé envió un cuervo, luego una paloma para averiguar si el agua había descendido. Esta daba vueltas y vueltas por los cielos, entonces pasada una semana volvió a enviar una paloma, pero esta regresó pues las aguas aún continuaban elevadas y no había lugar de reposo; en el tercer intento, otra paloma regresó con una hoja de olivo en el pico. El olivo le dio a Noé la primera señal de vida para el resurgimiento de la humanidad.

−Padre, entonces…. ¿Dios destruyó su creación? ¿Por qué lo hizo? ¿Acaso también Jehová se enoja? –pregunté. Mi padre respondió:

–Dios amaba su creación, pero los hombres se habían corrompido y estaban llenos de maldad y de dioses falsos; dejaron de amarlo y se volvieron idólatras y en contra de él. Dios Jehová, hijo mío, sintió tristeza en su corazón y mucha rabia, por eso maldijo la tierra y a toda su creación. Porque Jehová así lo quiso y porque Jehová es celoso –respondió–. Aunque después de haber hecho lo que hizo y a pesar de toda la corrupción en la tierra; Jehová se arrepintió y juró nunca más maldecir la tierra a causa del hombre. Pero con el transcurrir de los años, la descendencia de Noé volvió a repoblar la tierra y la maldad de los hombres se hizo visible nuevamente. Entonces el dios de Noé, fiel a su palabra, en vez de acabar con los hombres, envió a su hijo Jesucristo, quien en un madero de olivo en forma de cruz vino a salvar a la humanidad de toda su corrupción.

–Abuelo, qué bonita historia –dijo Olivia–. El anciano echó una sonrisa y echándose un bocado del pan con la salsa de aceituna, susurró:

−Delicioso, muy delicioso.

Entonces Olivia, como siempre alborotada, subió el sendero y echó un grito al viento:

−¡Abuelo, abuelo, ya casi cae la tarde, vamos abuelo, vamos a casa!

El anciano cogió su bastón de madero y emprendió la marcha junto a la pequeña Olivia. A medio camino, la pequeña preguntó:

−Abuelo, ¿se puede medir la maldad de mis acciones?

El abuelo, mirando a su nietecita, respondió:

–Mi niña. Hay que tomar en cuenta la pureza de nuestra conciencia y escuchar la voz de nuestro corazón. ¿Ves aquel árbol frondoso? Yace allí por muchos años y aunque no lo creas fue testigo de muchas historias llenas de buenas y malas acciones.  Hace mucho tiempo, los hombres viajaban hacia lugares muy lejanos. Algunos buscando nuevas tierras y otros llevando sus mercancías. Un día, un hombre apareció tendido junto a ese árbol. Una joven que vivía detrás de la montaña venía constantemente con su balde cargado de agua para regarlo, ya que por esos tiempos todo estaba descampado en esta descampada pampa; solitario yacía este árbol. Como casi a diario, antes de aproximarse el sol, la muchacha volvió hacia el verde frondoso con un poco de agua para remojar como siempre las raíces del viejo añejo. Pero esta vez la joven se percató que junto a su tronco se hallaba un hombre bastante herido y muy delgado. Ella, llena de bondad y compasión, lo llevó y alojó en su casa, lo alimentó y curó sus heridas.

Cuando el hombre estaba curado contó a la mujer que aquel árbol tenía su propio espíritu. “¿Cómo?”, dijo la mujer. Entonces, el hombre le narró lo que le había sucedido: Mi nombre es Job y vengo de tierras muy lejanas persiguiendo mi gran sueño. Soy un próspero comerciante y trasladaba mi mercancía y mucho dinero por estos lares. Mi socio y yo hacíamos el viaje, pero en el camino fuimos asaltados. Yo, que soy fuerte, logré llegar hasta este árbol. De mi amigo y socio ya no supe nada. Mientras yacía de dolor, un hombre salió de aquel árbol, sus ojos eran bellos, y su sonrisa irradiaba paz. Yo estaba casi moribundo, a punto de morir. Pero mis ganas por vivir no me dejaban expirar, entonces me acordé de lo que un día me dijo mi madre.

–Hijo mío, sé que estoy muy enferma, no llores y no tengas miedo mi niño. Porque no estás solo. Siempre hay alguien que nos cuida. Es nuestro creador, ámalo tanto como lo amo yo. Él te protegerá. Recuérdalo, cuando sientas que la soledad y el miedo te agobian, sólo llámalo; y él vendrá y te acompañará y calmará tus miedos.

Entonces lloré como niño recordando las palabras de mi madre e implorando a aquel creador para opacar mis miedos, miedo que aceleraba los latidos de mi corazón y paralizaba mi sangre.

Y vi asomarse de aquel único tronco la presencia más bella de un ser que irradiaba luz y llenaba de paz toda mi alma. Tenía el rostro perfecto, era bello, tan hermoso que me hizo perder en ese instante todos mis temores y los dolores intensos que torturaban mi cuerpo. Él, miró mis ojos y dijo: “Has implorado a mi padre y él me ha enviado para salvarte, porque todos aquellos que invocan a su creador, a salvo serán. Como el madero de este árbol de olivo que ha servido para el sacrificio del hombre y salvar a la humanidad. Porque aunque el hombre pase; este árbol yacerá por la eternidad”.

Entonces pude ver claramente a un hombre y una mujer en un inmenso jardín disfrutando de los frutos de este árbol. Ella acariciaba a un manso león y el hombre, mientras comía acompañado de algunos animales, contemplaba la hermosura de las ramas de este hermoso vegetal. Pero luego una mujer, imitando la apariencia de ella, se acercó hacia él y le dio de probar otro fruto bello. Y vi entonces correr a aquellos, despojados del jardín. Ella tan bella y tierna cubría parte de su cuerpo con las ramas del olivo mientras él llevaba en sus manos las semillas que antes con delicia había degustado. Así como aquel fue engañado, así vendrán falsos disfrazados de luz para engañarlos. Pero no deben creerlo. Porque él vendrá tan solo para confundirlos y descarriarlos del camino de mi padre”, dijo aquel ser. Aún conmovido por su sola presencia pregunté:

−¿Quién eres?

–Yo soy el cordero, el varón de dolores, que ha experimentado el quebranto… soy la fe y la esperanza.

Entonces se aproximó hasta el árbol y extrajo de él un poco de jugo, lo frotó con las dos palmas de sus manos y luego tocó mi pecho diciéndome:

−¡Levántate! ¡Toma la esencia de la vida de este árbol!

Y me puse de pie y él se marchó. Apenas se fue, caí tendido nuevamente sobre el piso. Pero esta vez mi aire parecía aliviado, aunque la clara luz que envolvía a mi alrededor había desaparecido.

–¿Acaso cree usted que fue el árbol quien le devolvió la vida? –dijo ella.

–No lo sé, pero muy en el fondo sabía que una buena mujer llegaría a mi rescate. Y llegaste tú.

Sonrojada, la joven respondió:

−No diga eso, aunque mientras usted yacía tendido allí a media noche, una luz clara con forma humana se acercó entre mis sueños para indicarme que mi prójimo necesitaba de mi ayuda. Aquella luz también me habló; me dijo “mujer, coge tu balde y lleva más agua de lo debido porque allí hallarás a la cabeza de tu casa. Y le seguirás y él te seguirá. Porque tu creador, a quien amas, ha escuchado tus plegarias”. Entonces me señaló el árbol de olivo, donde allí te encontré.

–¿Plegarías? ¿Qué plegarias, joven mujer?

Ella quedó enmudecida. Entonces lo entendió: Dios había escuchado sus oraciones. Unos años atrás esta mujer había perdido a su familia de una rara enfermedad. Muchos pretendientes tuvo ella, pero todos llenos de maldad; avaros, usureros y hombres de no fiar. “Si tan solo pudiera decirle lo que he rogado en estos tantos años”, se decía mentalmente. Y agradeció a su creador por enviarle aquel buen hombre.

–Abuelo –lo interrumpió Olivia−. ¿Aquella historia sucedió en la vida real?

–Entonces, niña mía –dijo el abuelo–, aquellos jóvenes se desposaron y se asentaron muy cerca de donde nos encontramos y formaron una bonita familia. De ellos nacieron tus abuelos y mis abuelos.

Dados estos acontecimientos, al pasar por estos caminos siempre me detengo y miro a los cielos agradeciendo a nuestro dios por toda su bondad y las maravillas que nos ha regalado.

− Abuelo… ¿Y los dioses? –volvió a preguntar Olivia.

−No hay dioses, hija mía. Somos nosotros los que nos creamos falsos dioses. Recuerda; tenemos un solo creador, y así como el árbol de olivo de este campo yace sólo y erguido durante muchos años, así yace nuestro creador, esperando que alguien riegue sus raíces para llenarla de frutos.

−Abuelo, entonces este árbol es añejo.

−Añejo y testigo de la historia de toda la humanidad –dijo el anciano.

 

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