Don Pedro y sus cálculos

Don Pedro y sus cálculos

[Alicia Amanda Beatriz Ferrer Ferrer]

Don Pedro era un hombre al que le encantaba deleitarse con los más deliciosos manjares. Su afición por la cocina y la repostería lo llevaba a preparar lo que más le gustara, desde un guiso simple hasta repostería fina como unos alfajores delicados.

Dentro de las comidas más cotidianas que él prefería preparar estaban los jugosos guisos, como un rico estofado, un delicioso locro de zapallo o un riquísimo olluquito con carne. También, don Pedro tenía preferencias por la comida china. Le encantaba preparar saltado de frijolito chino y arroz chaufa.

Dentro de la repostería, le gustaba incursionar en la panadería, también los delicados alfajores, empanadas y dulce de leche. Llegaba a preparar un frejol colado increíble.

Él sentía mucho orgullo por la facilidad con que preparaba sus deliciosos platos.

A pesar de su debilidad por la comida y dulces, mantenía su peso, no era flaco ni era gordo. Su mujer sufría mucho porque era diabética y también le gustaban los dulces, pues era complicado ver tantas delicias y no poderlas comer por su enfermedad, sin embargo por su debilidad, llegaba a pecar casi siempre ante tanta provocación.

Un día don Pedro amaneció con mucho dolor en el abdomen. Ese hombre de carácter fuerte se volvía un niñito tierno ante el dolor. Su mujer, al verlo tan mal, decidió llevarlo al policlínico más cercano.

Al llegar al centro de salud, vieron un sinfín de pacientes, pero al verlo tan mal, lo derivaron a la brevedad hacia la especialidad: Gastroenterología.

El médico procedió a revisarlo y se iniciaron los gritos de dolor. Inmediatamente le enviaron a hacerse una ecografía abdominal. El ecógrafo, que es tan descriptivo, concluyó en la presencia de cálculos biliares en su vesícula. Allí le explicaron que esos dolores tan agudos eran cólicos. Le recetaron unos calmantes para el dolor, que era insoportable, al punto de llegar al sudor frío.

El médico extendió la orden para que se operara en cuanto estuvieran los exámenes pre-quirúrgicos, para extirpar la vesícula. Cuando bajaron los dolores de los cólicos por los medicamentos de emergencia, lo regresaron a casa, por un par de días. A su vez le recomendaron una dieta libre de grasas: pollito sancochado, papita sancochada, arroz simple, sopita de casa, nada de dulces con grasas, ni empanadas, ni alfajores… ¡Era nada de nada!

¡Qué dolor el que sintió don Pedrito! No cabía en su cabeza pasar un fin de semana sin los ricos dulces que le gustaba preparar y probar.

¡Nunca se hubiera imaginado que esto le pasaría a él! Era como haber recibido una maldición. ¡No lo podía creer! Lo peor, y ahora… ¿Qué iba a hacer?… Adiós pasteles, adiós dulces, adiós frituras, adiós comidas ricas… ¡Era una gran pena!

Cuando estuvieron listos todos los exámenes preliminares a su operación, fue a su cita médica para programar el día y la hora de la dichosa intervención.

El médico, muy serio, le dijo, que lo podía operar dentro de unos días. Cuando el doctor estaba con el calendario en la mano y dispuesto a darle la fecha de la operación, don Pedro, con voz decaída, le preguntó qué iba a pasar con él después de la operación, si podría volver a comer las mismas delicias de antes, es decir, comer los fines de semana los ricos dulces que él preparaba con tanto esmero, las ricas salsas que hacía con queso, el rico arroz chino que preparaba los domingos y demás delicias que eran parte de su vida y de su entorno familiar.

El médico en forma muy lógica le explicó que una persona que ya tiene cálculos biliares es una persona delicada que preferentemente debe cuidar su organismo de las grasas, así que lo mejor era que se fuera acostumbrando a comer sano, olvidando de su dieta cotidiana las delicias altas en grasas.

En ese instante, rápidamente pasaron por la mente de don Pedro los alfajores, los budines, las empanadas, el dulce de leche… y como si regresara del otro mundo, le regresó su voz habitual y le dijo al médico:

–Entonces ¿para qué me opero doctor? Si usted me saca la vesícula y después ya no voy a poder comer lo que comía, no entiendo para qué me opero.

El médico, fastidiado de la ignorancia de su paciente, le dio una cátedra de la importancia de extirpar la vesícula. Finalizando la cita médica, le extendió la fecha de la operación, pero don Pedro, a pesar de la gran exposición, no estaba convencido.

Parecía mentira, tras los cólicos abdominales que le aquejaban, él estaba refunfuñando por la operación. Su mujer, que tenía una Especialidad de alimentación y dietética clínica, a pesar de toda la ciencia aprendida, apostaba por los productos naturales, pues tenía muy claro en la mente y el corazón que si nuestro Creador había puesto tanta variedad de plantas en la naturaleza al servicio del hombre, tenía que haber una planta que curara los cálculos biliares.

Don Pedro se llenó de carácter y decidió no operarse. Los familiares estaban nerviosos ante tal decisión. Sentían miedo que se repitiese el cuadro doloroso de los cólicos y esta vez fuese peor por no haberse operado. Solo su mujer tenía fe en encontrar otra solución.

Tras el estudio e investigación llegó a una conclusión y dijo: “Voy a confiar en el aceite más maravilloso para el hombre: el aceite de oliva”.

Su esposa le explicó a don Pedro que si tomaba un litro de aceite en una mañana y se recostaba sobre uno de sus costados, haría correr los cálculos hasta evacuarlos, solo que no se ponga nervioso al evacuar porque podría sentir algunos cambios no habituales, es decir que podría arrastrar residuos guardados en los intestinos.

Don Pedro no dudó en hacer la prueba, todo a nombre de sus manjares. Su esposa compró el aceite en un supermercado de prestigio, donde no dan gato por liebre. Escogió el más oscuro de los aceites de oliva, según su criterio, el más concentrado, el de color especial, el extra virgen. Luego lo puso en el altar de su dormitorio. Le pidió al Creador que la iluminara para que fuera efectivo el radical tratamiento. Y le dirigió una oración con la botella de oliva en la mano:

–¡Oh, Creador divino! Tú sabes los caminos que le toca a cada uno vivir. Hoy invoco a tu poder para sanar a mi esposo a través de la maravillosa naturaleza que nos regalaste a los seres humanos proclives a la enfermedad, por nuestros excesos. ¡Hoy te pido que concentres todo tu poder de sanación en esta botella de aceite de oliva! Te pido que me ilumines para hacer lo correcto en este tratamiento. Como ofrenda prometo regalar la receta de sanación a quien la necesite.

Con esta promesa dicha, se fue a acostar la esposa de don Pedro. Luego de la oración emitida, ella se sintió segura y a la vez muy cansada, quedándose dormida inmediatamente.

Al siguiente día, don Pedro no comió nada. Desde las ocho de la mañana hasta las doce duró la toma del litro de aceite de oliva.

Durante toda la mañana, a pesar de sentir fastidio, se acostó de lado, don Pedrito, como le sugirió su esposa. Se ocupó en forma normal, no pasó nada raro ni diferente.

El tratamiento que continuaba a partir de allí era el tomar una cucharada de aceite de oliva en ayunas para que no se vuelvan a presentar los dichosos cálculos biliares.

Así lo hizo. Cada mes, descansaba una semana y luego volvía a tomar la cucharada de aceite de oliva, en ayunas.

Cambiaron las costumbres en casa de don Pedrito, siempre había aceite de oliva en casa, para él era como un amuleto del que no tenía que separarse jamás, pues se daba cuenta que lo había salvado de una operación quirúrgica. Él agradecía la existencia de los olivares que tanto bien le hacen al mundo. Este aceite divino deja un sabor especial que nos regala en las diferentes comidas.

A partir de entonces, para acompañar las ricas ensaladas, el aceite de oliva; para asar un delicioso asado, aceite de oliva; para embadurnar un pan de jamón, aceite de oliva; para fritar, aceite de oliva, e innumerables recetas en las que siempre se contaba con el aceite de oliva.

Lo más chistoso es que en casa de don Pedro se volvió como el paradigma medicinal: para los hongos de las uñas, aceite de oliva; para las picaduras, aceite de oliva; para las caídas del cabello de la mascota por hongos o por bacterias, aceite de oliva, e incontables aplicaciones hogareñas.

Pasaron diez años desde tal suceso y jamás don Pedro ha vuelto a sentir ningún cólico vesicular. Lo mejor es que él come todo lo que le place y sus exámenes le indican que ya no tiene la presencia de cálculos biliares.

Este remedio se volvió una tradición entre familiares y amigos de don Pedro.

En conclusión, podemos decir que a partir de allí el aceite de oliva se volvió el rey de la mesa y del botiquín de don Pedro. Milagro o remedio es lo que el Creador nos ha brindado con este maravilloso aceite de oliva que es… ¡Una bendición!

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