Hadira, el planeta del olivo

Hadira, el planeta del olivo

[Cirilo Díaz Gómez]

Muy cerca de Larva, en unos hermosos y extensos olivares bendecidos por las fértiles tierras de Jaén, se encontraba el viejo jiennense José Colmenero, hombre rural que desde niño continuó las labores y tradiciones de sus ancestros para cultivar con amor los olivos.

Era un labrador sencillo, caprichoso y solitario cuando ya nadie lo es. Y lleva la honradez en la médula como lleva el perfume la flor y la dureza una roca. Con más de 60 años cultivando los olivos de forma maravillosa, lo reconocían en la zona, a pesar de no saber leer ni escribir, como el agricultor que más experiencia empírica tenía en esa especialidad y siempre dispuesto a ayudar a los demás y brindar sus útiles consejos y experiencias.

Con su perfil rapaz, el rostro surcado por el sol y el frío de los años, un bigote, corvo y pesado y sobre su cabeza un gorro tejido de estambre de color olivo desteñido con algunas roturas, donde sobresalía parte de sus ocultas canas y que le cubría las orejas duras. Los ojos ahogados, que se le hinchan y salen cuando habla, con su voz fuerte como un trueno, de forma simpática y ocurrente. Su pecho, siempre cubierto, se notaba estoico y dinámico y sus extremidades estaban cultivadas por las duras faenas de un labrador. Sus piernas largas y sueltas, pero limitado su andar, ya que cojeaba con la pierna derecha, donde aún conservaba la metralla recibida durante el bombardeo de Jaén perpetrado el primer día de abril de 1937.

José era viudo y sin descendientes, dormía cansado, pero tranquilo en su arcaica casa de adobe y amanecía siempre, como hacía su padre, antes de la salida del sol. Se levantaba casi siempre con una fuerte asma bronquial arraigada desde que era chaval y adquirió la costumbre al levantarse de recitar, como si fuera una oración dirigida al “Abuelo”, el siguiente poema:

Sonreír con la alegre tristeza del olivo

esperar, no cansarse de esperar alegría.

Sonriamos, doremos la luz cada día

          en esta alegre y triste vanidad de ser vivo.

Después, ingería el mismo desayuno que le dieron sus padres desde pequeño: medio cuenco de pipirrana, un chato pequeño de vino blanco y finalmente una pequeña cucharada de aceite de oliva para evitar el estreñimiento, remedio de su abuela.

–¡Joder!, anoche sentí un fuerte resueno y una iluminación como un relámpago que hace años no cae en esta zona –comentó a su loro, que se mecía en su trapecio, y era, además de ser un regalo de un turista, el único acompañante que tenía para conversar, aunque el desgraciado era incapaz de pronunciar una sola palabra.  Posteriormente empuñó su azada con el fin de laborar en la propagación del olivar a través del enterramiento de estacas. Salió de su choza y sintió la frialdad de la mañana, contempló la belleza de sus olivares, y con pasos breves marchó hacia los mismos cantando en voz baja y aguda el romance popular:

Tres morillas me enamoraron en Jaén:
Axa, Fátima y Marién.
Tres morillas tan garridas
iban a coger olivas
y hallaban las cogidas
en Jaén:

Apenas de iniciar sus faenas y comenzar a sembrar los trozos de olivo de al menos 4 ó 5 años de edad, vio que se dirigían por la guardarraya de su olivar hacia él cinco figuras simpáticas por su vestir, y José murmuró:

–¡De puta madre!, ¡por dónde entrarían!, de nuevo vienen los turistas a elogiarnos y a probar las amargas aceitunas verdes, pero que no nos dejan laborar.

Las cinco figuras se acercaron con cautela, todas portaban en sus manos alzadas una corona de madera tallada finamente con olivos; su vestimenta era uniforme, cuatro de color aceituna y uno con el color de olivo muy fuerte. El que parecía líder del grupo, de una cuarta mayor de altura que los restantes, traía un cetro labrado con primor de un madero al parecer de arbequín y dijo con una voz algo ronca, metálica y muy poco entendible:

–No se asuste, llegamos en son de paz y queremos conversar con usted; conocemos que es uno de los mejores cosechadores de olivo de este planeta. Somos de un mundo muy parecido al suyo que se nombra “Hadira”. Viajamos desde distancias increíbles hacia su constelación y durante siglos hemos estudiados sus planetas, especialmente el suyo, donde hay vida y han aprendido con excelencia el cultivo del olivo desde hace siglos. Nosotros somos físicamente muy parecidos a ustedes, pero nuestro organismo solo se nutre de ácido oleico, sin el consumo de él, fallecemos. En nuestro planeta poseemos una agricultura única, el olivo; es el árbol central, el eje de nuestro mundo, el símbolo del Hadira universal, y por eso somos conocidos por las diversas civilizaciones en el cosmos como el planeta del olivo del universo. Nosotros científicamente estamos miles de siglos más desarrollado que ustedes. En la olivicultura, en el estudio científico del cultivo olivarero y de su producto, éramos los mejores del universo, igualmente en la elaiotecnia, es decir, en el estudio de la extracción del aceite de oliva.

–Está bien, está bien, primera vez que recibo a turistas de su país que nunca lo había escuchado nombrar, seguro que fue una colonia española, pues habla usted un español castizo –señaló tranquilamente el viejo José.

El visitante continuó la conversación:

–Decíamos que éramos los mejores pues nuestros olivares nunca tuvieron vecería, todos los años eran de abundante cosecha de aceitunas de la Reina, la única variedad que tenemos y que nos satisface como nutrientes. Poco a poco nuestras plantas se han convertidos en acebuches, apenas producen rapas y sus frutos son muy pequeños, al parecer cogieron una plaga que no hemos podido identificar para combatirla, y muchos miembros de nuestra civilización fallecen por insuficiencia de nutrientes y estamos a punto de desaparecer.

José observó al detalle a los “turistas” visitantes. Todos tenían un cuerpo flaco al extremo, la cara afinada con grandes ojeras y la piel escamosa, sus narices eran chatas y con orejas muy pequeñas, sus manos, enguantadas, eran de ocho dedos y su piel de color de una aceituna madura. Después exclamó:

–La mayoría de los turistas de oleoturismo que nos visitan visten normalmente, soy sincero, están originales sus vestimentas, idóneas para un carnaval, pero le voy a decir la verdad, sin ofenderlos. ¡No entendí ni jota! ¿Qué ayuda realmente quieren que les dé? ¿Mis conocimientos no científicos? Veamos sus problemas uno a uno y yo trataré de explicarles probablemente su solución. Soy solidario, no tengo secretos que ocultar.

Los extraterrestres se quedaron asombrados por las respuestas sinceras de José. Durante siglos, con los mejores medios sofisticados de observaciones siguieron el cultivo tradicional y rudimentario del olivo del planeta Tierra, y era la primera vez que se decidían a contactar con los terrestres por la urgencia a través de la expedición de “Noloc”, integrada por una tripulación con sus mejores científicos capaces de cumplir la misión para salvar las vidas de su planeta. El contacto con los terrestres fue correcto y sin problemas de ninguna clase. Esperaban el espanto, el terror, el pánico, la alarma o un rechazo violento y agresivo por parte de los terrestres. Sus científicos lograron encontrar el planeta correcto y supieron identificar el lugar donde se cultivan los mejores olivos de la Tierra, en Jaén.

–Los invito a ver mis campos de olivos. Tengo sembradas diversas variedades, entre ellas la que produce aceitunas de la Reina, que ustedes mencionaron. Al seleccionar las variedades, siempre busco aquellas que sean menos sensibles a las heladas, resistentes en el período de floración, que es de donde proviene su fruto, y sembrar en un área donde durante el año llueva a tal punto que el terreno obtenga la humedad que necesite el árbol. En mi agrura muchos son longevos, ellos me conocen y yo hablo con ellos y si presiento que habrá sequía miro al cielo frente a ellos y repito varias veces:

Cuando Jabalcuz tiene capuz
y la Pandera, montera,
lloverá aunque Dios no quiera.

Y si durante el período de floración se presentan enormes aguaceros durante muchos días derribando cuantiosas rapas, entonces repito cincuenta veces: San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol.

Muy pocas veces mis olivos producen el fenómeno de la vecería, sus frutos crecen durante un período prolongado de 8 meses. Todos los años obtengo una abundante cosecha de aceitunas en todas las variedades que tengo sembradas. El secreto está en escoger la variedad que mejor se adapte a las condiciones del suelo y el beneficio que le da el clima que existe en el lugar del terreno seleccionado. Si es grande, podemos sembrar varias variedades con el objetivo de obtener una maduración escalonada de las aceitunas que facilite su recolección. También hay que garantizarle sus riegos y no hacer su recogida tardía, regularmente yo las acopio tempranas. Es por eso que digo a todos los que me visitan, y se alegran con esto, lo siguiente:

El melenchón de mi tierra
lo bajó un ángel del cielo
para que las jaeneras
puedan lucir su salero.

Los extraterrestres escuchaban con atención lo expuesto por el viejo José, filmaban todas las áreas con minúsculos drones de alta velocidad y quedaban asombrados y se cuestionaban cómo con la agricultura tan primitiva que utilizaban los agricultores terrestres obtenían una alta productividad y una calidad excelente.

José realizó una pausa, se espantó con uno de los drones, al creer que era una mosca, y después aclaró:

–Cuando ustedes llegaron me encontraron en la siembra de unas estacas de olivos, se supone que deben de tener al menos 4 o 5 años de edad con el fin de hacer una propagación en el olivar, de ellas pronto brotarán raíces y tallos que darán como resultado una nueva planta de olivo completa. Pero estas que siembro son estacas que provienen de un vivero escalonado que tengo detrás de mí cabaña y ellas se enraízan de uno a dos años y llegan al terreno de asiento ya enraizadas, de esta forma adelanto dos o tres años su entrada en producción. Esto lo podemos realizar en cualquier época del año, siempre que exista un ambiente húmedo y fresco para evitar su desecación.

–¿Y qué variedades de olivo usted siembra? –preguntó el líder de los extraterrestres con su voz metálica.

–Las mejores para mi terreno –respondió con una amplia sonrisa José, y continuó–: y siempre tener presente al seleccionar las variedades lo que expresaba mi padre, que en paz descanse:

Sonreír con la alegre tristeza del olivo

esperar, no cansarse de esperar alegría

Sonriamos, doremos la luz cada día

en esta alegre y triste vanidad de ser vivo.

Luego prosiguió:

–Esa estaca enraizada que estaba sembrando es de la variedad conocida como Picual, una de las más extendidas en mi país. Fácil de propagación por estaca, con una capacidad de brotar a través de severas podas. Su maduración es prematura y su fruto es resistente y duro para desprenderse. Tolera bien al frío y al exceso de húmeda de la tierra, pero es sensible a la sequía. Su fruto es de un sabor más fuerte a los demás, es afrutado y da un aceite de calidad.

También tengo de la variedad de Arbequina, que traje de Cataluña, es de precoz entrada en producción y productividad elevada y constante. Otra que poseo es la Lechín, entre otras que llegan al número de diez variedades.

La recogida –prosiguió el viejo José– las realizo con el ordeño, la aceituna no debe estar demasiada madura y apenas sufre daño. Rara vez utilizo el vareo y muy pocas veces las recojo del suelo. Si desean, pueden tomar todas las estacas y aceitunas que precisen para el viaje, los invito a almorzar.

–Recuerde que solo nos alimentamos de aceitunas.

–Pues coman todas las que quieran, dentro de 30 minutos nos vemos aquí, regreso pronto.

Y se fue José hacia la cabaña entonando:

Tres cosas me tienen preso

de amores el corazón,
la bella Inés, el jamón

y berenjenas con queso.

Los extraterrestres comieron las aceitunas verdes, pintonas y maduras de las diversas variedades, incluyendo sus preferidas, las de la Reina. Luego sus drones llevaron hacia la nave cientos de estacas del vivero y alrededor de media tonelada del apreciable fruto del olivo.

Media hora después, se encontraron con el viejo José y el jefe del grupo expresó con su voz herrumbre:

–Le agradecemos toda su atención, sus consejos y la oportunidad de llevarnos las estacas de diversas variedades. La misión nuestra se cumplirá exitosamente y estamos convencidos que al regresar se salvará la civilización de Hadira y pronto volveremos a ser el planeta del olivo del universo. Como agradecimiento, lo invitamos a que parta con nosotros y sea el asesor principal de nuestro planeta. No le faltará nada.

–Amigos –expresó el viejo José–, lo agradezco, jamás seré un emigrante ni abandonaré mis tierras, aquí dentro de poco me enterrarán junto a mis antepasados.

Los extraterrestres eran conscientes que al hombre que despedían, el viejo José, solitario, envejecido por los años y curtido su cuerpo y mente en su zona rural durante toda su vida, era un hombre íntegro. El extraterrestre continuó.

–Entonces, tome, en nombre del planeta Hadira, mi cetro, tallado finamente por nuestros mejores artesanos con la madera del olivo más antiguo de mi planeta. En mi civilización, la madera de olivo tiene un valor superior al oro de ustedes, todo el intercambio se realiza con monedas de madera de olivos. Mostrar mi regalo a cualquiera de mi civilización le obliga, como agradecimiento, a servirle hasta la muerte. Y en nombre de mi tripulación aquí presente, queremos obsequiarle este nanochip de la última generación, que le permitirá entender y hablar cualquier idioma, dialectos o sonidos descifrables de inteligencia de cualquier civilización y especies, del universo y sobre todo de su planeta. Funcionará exitosamente al introducirlo en cualquier parte de un cuerpo.

–Muchas gracias, aunque sigo sin entender ni jota, pero pronto le daré un uso a sus regalos. Recuerden que hay que tener siempre presente en la vida que los peligros no se han de ver cuando los tienes encima, sino cuando se pueden evitar y cuatro ojos ven más que dos.

José se quedó pensativo, observó a cada uno de los raros turistas y finalmente decidió preguntar y señaló:

–Ya que ustedes dicen que son muy inteligentes, tal vez me puedan aclarar una duda que jamás comprendí: ¿Por qué si una mujer rural tiene un rorro dicen que esa mujer parió, y si la mujer de un opulento tiene el suyo dicen que ha dado a luz?

Los extraterrestres sonrieron con una mueca, miraron fijo a José y no pudieron aclararle su duda; a continuación se despidieron con el saludo más popular de su civilización,  uno a uno pegaron sus demacradas pantorrillas al pie derecho del viejo José y se fueron por el sendero en dirección a su nave cantando:

Tres cosas me tienen preso

el amor a Don José,

las estacas que tomé

y la aceituna sin hueso

El viejo José no se movió hasta que dejó de verlos, sonrío y murmuró:

–Qué graciosos son esos turistas, pero me dejaron pelado–. Luego comenzó a caminar, con alguna dificultad al inicio, hasta que comprendió que andaba sin cojear sin adivinar cómo fue que se restableció. Se apresuró alegremente hacia su cabaña y penetró en ella, colocó sus regalos en una mesa donde estaba el loro y se sentó a descansar en su única silla rústica; luego, tomó el cetro, lo examinó y expresó:

–Esto lo voy a utilizar como mortero para mis granos–. Después, empezó a buscar la diminuta pieza que le habían entregado, pero sin hallarla. De pronto escuchó un potente y ensordecedor ruido irresistible y a continuación un alargado zumbido, unido con una iluminación intensa en toda la zona que cegaba, como si existieran diez soles; a continuación, silencio absoluto, hasta que escuchó al loro, que decía en perfecto español:

–Joder, qué coño fue eso Don José –y a continuación lo repitió en inglés, vasco, tigriña, chino cantonés, chimpancé, aranés, amhárico y hasta con relinchos de equinos.

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