Viento en el olivar

Viento en el olivar

[@alialquimia]

El viaje en coche estaba siendo interminable. Puede que viajar de Barcelona a Jaén en coche no fuera tan buena idea después de todo. Lo peor era que después de cuatro horas de viaje, solo había recorrido la mitad del camino.

Miguel se revolvió incómodo en el asiento, tratando de que su maltratada espalda, que no había parado de dolerle en todo el viaje, encontrara por fin una postura en la que no lo martirizara más.

“Si es que ya no tengo edad para esto”, pensó para sí. “¿Por qué no cogí el avión?”, se preguntó por enésima vez. “Para no llegar tan pronto...”.

Apretó el volante con rabia fijando la vista en la carretera, pero ni así pudo evitar que se le humedecieran los ojos al pensar en su padre recién fallecido.

Desde que se fue de casa hace diecisiete años no había vuelto a ver a su padre. Sentía una gran rabia al pensar en ese hombre, que había sido siempre más marido que padre y había estado siempre mucho más interesado en el crecimiento de sus olivos que en el de sus propios hijos.

Esa actitud se hizo mucho más fuerte cuando murió su mujer, siendo él apenas un niño. Se convirtió en un hombre huraño, siempre metido en ese maldito olivar, susurrando a las ramas y acariciando las hojas, esperando los frutos año tras año, sin prestar a sus hijos más atención que la estrictamente necesaria para alimentarlos y vestirlos. Esos árboles parecían ser los únicos capaces de hacerle feliz.

Él y sus hermanos, Clara y Antonio, crecieron sin madre, pero ellos eran bastante mayores que él y se marcharon a la primera ocasión, dejándolo solo con aquel señor que decían que era su padre, aunque para él era un completo desconocido. Por eso, al igual que sus hermanos, se marchó en cuanto pudo, bien lejos, a Burgos, a estudiar Ciencias Económicas y Empresariales.

Las horas de estudio dieron sus frutos y consiguió un trabajo de asesor financiero en una empresa de Barcelona, con un sueldo relativamente bueno. Conoció el amor y se casó, una vez y luego otra, y tras dos matrimonios fallidos decidió que aquello del amor duradero no era para él, así que se decantó por los amores fugaces, amores efímeros que no duelen ni en el alma ni en la cartera. Mucho mejor así.

Las restantes 3 horas fueron un suspiro y cuando llegó a Baeza, la tenue luz del alba bañaba el horizonte. Estaba agotado, así que condujo despacio hasta el cortijo familiar.

Detuvo el coche frente a la puerta. Sin bajarse, miró la fachada y sintió cómo un torrente de recuerdos invadía su mente. Sintió deseos de llorar, pero frunció el ceño y la boca, y salió del coche cerrándolo de un portazo.

En aquel momento, una voz lo llamó:

–¡Miguel! ¿Eres tú?

Miguel reconoció a Antonio, tenía el mismo aspecto que la última vez que lo vio, solo que más viejo.

–El mismo.

Su hermano lo abrazó, lleno de emoción. Pero él se quedó quieto, incómodo.

Clara apareció entonces y también lo abrazó, con los ojos húmedos y las manos temblorosas.

A aquello lo siguió un incómodo silencio, el silencio de tres hermanos que vuelven a verse tras más de veinte años de separación.

–Venga, entremos, tenemos que ponernos al día

Los tres entraron titubeantes y sin saber muy bien qué decir. Pero hablaron, sobre todo Antonio y Clara. Antonio les contó cómo consiguió fundar su propia empresa de mudanzas, les presentó a su mujer y a sus dos hijas, Tania y Lucía, les habló de su afición por el fútbol, de su colección de pipas de fumar y de sus viajes en crucero…

Clara parloteó sobre su trabajo como redactora en un importante periódico, les presentó a su novio, meteorólogo e intelectual, manifestó su adoración por la cultura oriental de la que dijo ser gran conocedora gracias a sus múltiples viajes al continente asiático. Hablaron sobre política y economía, sobre sociedad y cultura...

Miguel los escuchaba a ambos, con gesto serio y cruzado de brazos, haciendo breves comentarios cuando la situación lo requería. No entendía a qué venía tanta familiaridad si no se habían visto, ni sabido nada los unos de los otros en veinte años. Como si una charla de cocina pudiera recuperar el olvido de tantos años.

Miró por la ventana imaginando que estaba en otro lugar. Sus ojos aterrizaron en el roble con columpio de la entrada, y su imaginación lo llevó a su infancia, una infancia en la que había pasado mucho tiempo en aquel columpio, imaginando que estaba en otro lugar, que viajaba lejos y era feliz.

Sin darse cuenta, dejó atrás la conversación de sus hermanos, que acabó por convertirse en un rumor lejano, y se dio cuenta de que una vez más volvía a estar en aquel columpio imaginándose lejos de allí.

Se levantó y echó a andar sin rumbo, o eso creía, pero sus pasos lo llevaron hasta el olivar de su padre, aquel odioso terreno lleno de árboles que había disfrutado más de su padre que él mismo. Se adentró en el campo y paseó entre las hileras, observando los olivos, disfrutando de la frescura de sus ramas.

Llegó al olivo más viejo, ese al que su padre siempre lo había llevado cuando aún era muy pequeño y su madre vivía. Antes de que su madre muriera, su padre solía llevarlo al olivar y paseaban juntos entre los árboles. El paseo siempre acababa en aquel olivo viejo de tronco oscuro y retorcido que rezumaba sabiduría por todas sus ramas.

Se apoyó contra él, tal como solía hacerlo su padre, y aspiró el aroma que éste emanaba. “¿Notas la vida recorriéndolo?”, le preguntaba siempre su padre. “Sí”, contestaba él, aunque era mentira. Nunca había entendido a qué se refería con aquella pregunta, ni por qué insistía en llevarlo al olivar.

“Ahora sí lo noto…” –murmuró.

Miguel se dejó caer resbalando por la corteza del árbol y se echó a llorar sin poder contenerse más. Dejó que la rabia saliera. Rabia contra su padre, rabia contra sus hermanos, rabia contra aquellos olivos y contra aquel maldito pueblo que no fue sino una cárcel durante demasiado tiempo.

Finalmente, se calmó. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el tronco, respirando hondo. Más tranquilo, se levantó, dispuesto a volver a casa. Pero seguía absorto en sus pensamientos, y pronto descubrió que se había desorientado y había tomado el camino equivocado. Resopló contrariado y sin pensarlo mucho giró a la derecha y caminó por esa hilera con las manos en los bolsillos.

Mientras avanzaba, se dio cuenta de que, junto a uno de los árboles, al final de la hilera, había alguien. Sí, alguien se había sentado en el suelo y leía con la espalda apoyada contra un olivo. Siguió andando y a medida que se acercaba sintió cómo el corazón se le aceleraba.

La mujer que leía levantó la mirada y lo miró. De pronto, el recuerdo salpicó la memoria de la mujer, que se levantó para abrazarlo:

–¡Miguel!... Siento mucho lo de tu padre.

–Sí... y yo.

–¿Cómo estás?

–Bien, bien.

Ella sonreía con tristeza.

–Te acuerdas de mí, ¿no?

–“¿Cómo no me voy a acordar de ti?”, pensó Miguel.

–Claro... María…

–Me habías asustado.

–¿Cómo estás tú?

–Bien…bien.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se vieron y las palabras se les amontonaban en la garganta.

–¿Por qué no vienes a cenar a casa?

–¿A tu casa?

–¿A cuál si no?

–¿Y tus padres?

–Mis padres murieron hace tiempo.

–Lo siento.

Anduvieron en silencio, sin saber qué decir. Miguel no podía dejar de pensar en aquella noche en que ella lo llevó al río y mirando las estrellas reflejadas en el agua, lo besó. Entonces supo que no quería separarse de ella nunca más.

Pero tanto solo dos meses más tarde, llegó su ansiado momento y se marchó a la universidad. Nunca volvió a verla.

Mientras caminaban, ambos momentos sacudían su mente, su garganta estaba seca, y cuando la miraba de reojo, el corazón se le aceleraba otra vez. Seguía siendo preciosa.

–Pasa.

Miguel volvió a la realidad y se dio cuenta de que estaba de nuevo en aquella casa en la que tantas veces había entrado, pero no por la puerta precisamente.

–Bonita casa.

–No está mal esta planta, ¿verdad?

Miguel sonrió. Era la primera vez que sonreía desde que llegó a Baeza.

Se sentaron a la mesa y comieron las sobras del pollo del día anterior. A ambos les supo a gloria.

Miguel supo que María estudió ingeniería agrícola y volvió a Baeza para revitalizar los cultivos de olivos que en los últimos años habían pasado malos momentos. Gracias a sus investigaciones, la producción de olivas y de aceite había crecido. Supo que había estado casada, pero, para alivio suyo, eso se había acabado hace tiempo.

–¿Y tú? –preguntó María.

–Yo…

Miguel le contó todo, cómo había sido su vida desde que se marchó aquella mañana, hace tantos años, sus estudios, su trabajo, su desastre de vida sentimental...

Ambos rieron, charlaron y lloraron. Y a medida que transcurría la noche ambos se dieron cuenta de que no parecía que hubiera pasado el tiempo, como si aquella despedida no hubiera sido más que un hasta luego.

–¿Cómo estás? –preguntó ella de pronto.

Él sabía a qué se refería.

–No lo sé. En realidad... apenas lo conocía, pero era mi padre después de todo. Es raro que haya muerto, pero me cuesta sentir tristeza, solo siento rabia… y a veces tengo la sensación de que en cualquier momento aparecerá saliendo del olivar... así podría gritarle por fin.

–¿Y tus hermanos?

–Como si hubieran venido a una barbacoa familiar…

Ambos se quedaron en silencio.

–¿Vendrás mañana al funeral?

–Claro, iré –asintió María.

Llegó la hora de regresar. Se despidieron, pero antes de que Miguel se fuera, María le dijo:

–Tu padre era un buen hombre, a pesar de todo.

Miguel no contestó y esta vez sí tomó el camino correcto hasta su casa. Llegó de madrugada y la casa estaba en silencio y a oscuras, pero sabía de memoria el camino hasta su cuarto.

Entró en él conteniendo la respiración. Estaba tal cual lo dejó. Recorrió con la mirada esos pósters de jugadores de fútbol, las medallas deportivas del colegio, las estanterías con libros... Recordó la cantidad de tardes que había pasado enfrascado en esas lecturas, que ahora descansaban polvorientas.

Deslizó los dedos por su antiguo escritorio, donde había pasado horas y horas de su vida estudiando sin parar. Se sentó en la cama y los muelles crujieron lastimeros.

Abrió los cajones de la mesilla y descubrió una antigua foto de su madre con él cuando era pequeño. La miró perplejo, no recordaba aquella foto, pero curiosamente sí el momento. La volvió a guardar en el cajón y se tumbó en la cama, pero era totalmente incapaz de dormir.

Cuando el alba comenzaba a despuntar, se levantó, se aseó y se puso su traje negro. Antes de salir del cuarto, miró la mesilla de nuevo, abrió el cajón y se guardó la foto en el bolsillo de la chaqueta.

Bajó las escaleras, observando las fotos que la adornaban, su madre, sus hermanos, sus padres y él, sus abuelos, sus hermanos y él... Parecían todos tan felices. Era todo tan distinto ahora.

Entró en la cocina y preparó café. Mientras absorbía el humeante líquido miró por la ventana, pensando en la mañana que se despidió de su padre en la parada del autobús. Su padre lo abrazó torpemente y le dijo adiós. Se dio cuenta de que su padre nunca le había dicho que lo quería... ni él tampoco. ¿Lo quería?

–Buenos días –saludó Antonio desde la puerta.

–Buenos días.

–¿A qué hora llegaste anoche?

–¿Cómo dices?

–Desapareciste por la mañana de repente y no cenaste en casa. No diste señales de vida en todo el día.

–¿Ahora te preocupas por mí? A buenas horas.

–Siempre me he preocupado por ti.

–Ya, por eso te fuiste en cuanto tuviste ocasión.

Un tenso silencio invadió la cocina mientras ambos hermanos se miraban fijamente. Clara lo notó cuando entró y vio las caras de sus hermanos.

–¿Qué ocurre? ¿A qué vienen esas caras? –preguntó.

–Éste, que se cree que ha venido de vacaciones y se ha pasado la noche de fiesta.

Clara miró a Miguel con intención de decir algo, pero éste explotó:

–¿Que yo creo que estoy de vacaciones? ¿Quién actúa como si no ocurriera nada, como si estos años no hubieran pasado, como si siguiéramos siendo una familia feliz, hablando de las vacaciones y de los cruceros?

–Claro, es mucho mejor ir como un alma en pena y desaparecer un día entero.

–No, mejor quince años.

–Miguel, cuidado con lo que dices. No sabes de lo que hablas.

Su hermano se había levantado de la silla y temblaba de rabia. Miguel se levantó también.

–¿Qué vas a hacer Antonio? ¿Me vas a pegar?

Antonio se acercó a él, amenazador.

–¿Qué no sé? Que te largaste en cuanto pudiste, sin importarte a quién dejabas atrás –continuó Miguel–. ¿Sabes tú cómo fue mi vida, solo, con papá, que se pasaba el día en el olivar, que no me dirigía la palabra y a quien veía por la noche? ¿Qué sabrás tú de mí? Nunca te importé lo más mínimo. Nunca os importé lo más mínimo.

–¿Pero crees que solo era difícil para ti? Queríamos tener una vida más allá de este sitio. Nunca quisimos abandonarte, nos prometimos volver, mantener el contacto. Pero pasaron los años y la vida se complica…

–¿Tanto como para ni siquiera llamar?

Ninguno de los dos contestó, hasta que Antonio rompió el silencio:

–Hay mucho que hacer, vamos a arreglarnos.

Miguel temblaba de pies a cabeza, pero consiguió calmarse un poco. Condujeron, cada uno en su coche, hasta la iglesia y procuraron que todo estuviera listo para cuando comenzara a llegar la gente.

Miguel estaba en otro mundo mientras el párroco oraba en el funeral, mientras vecinos, trabajadores del olivar y familiares le daban el pésame, mientras el ataúd de su padre ardía en la incineradora. Incluso cuando le entregaron la urna con las cenizas, Miguel estaba muy lejos de allí.

El día se acabó antes de que pudiera darse cuenta y, cuando la gente volvió a sus casas, el lugar quedó desierto una vez más. Era increíble que la vida de una persona pudiera quedar reducida al contenido de una urna.

Sus hermanos volvieron a la casa familiar para recoger sus cosas, pero él fue a dar un paseo por el olivar. Cuanto más miraba aquellos árboles, más sentía que entendía a su padre. La gente podía resultar confusa, era ruidosa y siempre tenía prisa. Aquellos árboles no, esos olivos eran quietud y vida.

Abrió la urna y vertió las cenizas junto al roble viejo.

Una ligera brisa agitó suavemente las ramas de los olivos y un ligero rumor se extendió por el olivar. Parecía como si los árboles estuvieran susurrando, parecía que le hablaban a él. Miguel entendió, por fin, a qué se refería su padre cuando decía que si el viento se agitaba en el olivar, y prestabas atención, podías oír hablar a los árboles. Por primera vez en su vida, Miguel estaba prestando atención.

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