El olivo de Caín

El olivo de Caín

[Amaranta]

                         En un mundo recién estrenado podría pensarse que los colores refulgen con tanta intensidad que pareciese que acariciaran con suavidad estos cristales del color de las cáscaras de las almendras maduras a los que llamo ojos, que los sonidos son más nítidos y que los hombres poseen una inocencia casi pueril, que esta maquinaria que recién comienza a andar es perfecta para quien la ha fabricado, pero no es así.

Me gusta pensar y meditar este tipo de cosas bajo la sombra de cualquiera de estos olivos que cuido, y hoy lo hago en el más grande, el que está situado en el centro, apoyando mi espalda en su rugosa piel, mientras algunos rayos de sol se cuelan a través de sus plateadas hojas e iluminan mis manos manchadas de una sangre que ya empieza a secarse.

Parece viejo, como si tuviese cientos de años, pero esto se debe a que se creó de la misma manera que mis padres: ya adulto. Los demás sí son como yo, nacidos desde cero.

En el hueco de uno de sus tres troncos atesoro una orza, hecha del mismo material del  que están formados mis progenitores, y en su interior almaceno aceitunas verdes aliñadas. Son mi debilidad. Las recolecté el año anterior, para después machacarlas una a una con una piedra viva y, tras cambiarle el agua a diario, hasta que se le fue yendo el amargor, las  aliñé con tomillo, hinojo y romero. Aprendí esta técnica de un mercader griego que conocía los secretos de este árbol, y que en uno de sus numerosos viajes a la gran ciudad de Cástulo, llevó consigo estos árboles. Allí se quedaron, en aquellas tierras lejanas, su corazón y los olivos. He visto cómo los habitantes de esa ciudad recogían el fruto ordeñando con sus manos las ramas, recolectándolas en capachos de esparto que portaban a la altura del abdomen, sujetados en sus cuellos con cuerdas anudadas, y pude verlos subidos en escaleras de madera para alcanzar las más altas. También los vi transformando el fruto en aceite, pero esa es una técnica que no domino, hasta ahora.

Todo esto que cuento lo sé por sueños. Lo considero como un don, que me permite tener una especie de doble vida. Durante el día estoy en este mundo flamante, pero por las noches viajo a través del tiempo y el espacio. Tengo que reconocer que me gusta más ese mundo de los sueños, por muy belicoso que sea, que esta vida tediosa que me ha tocado vivir. Antes de que comenzaran los sueños, me refiero, ni tan siquiera me pregunté qué era el tedio, ni tantas otras cosas que ahora me cuestiono, y el principal motivo es que no conocía nada más que esto que me rodea: aridez y espinos, como les prometió el señor a mis padres; aunque está este vergel en medio, este huerto edificado con sudor y dolor de huesos, y que se compone de árboles frutales y todo tipo de hortalizas. Un vergel, como digo, sostenido con mi esfuerzo.

Me pregunto dónde andará el señor. No creo que tarde en venir, sabiendo, como todopoderoso que es, que he matado a mi hermano.

Quizá debería ir a las puertas del paraíso y entregarme a esos querubines que la custodian, entregarme a ellos o a esa espada de fuego que portan y terminar de una vez con todo esto. Me arrepiento de lo que he hecho y el peso de los recuerdos me aplasta el pecho como si tuviese una gran losa sobre él.

Un borreguito se acerca curioso al lugar donde está el cadáver, el desdichado se encuentra tendido boca arriba y cubierto con una piel curtida de oveja y encima, como si fuese una ofrenda, una quijada de burro manchada del mismo líquido vital que embadurna mis manos, quizá le ha llamado la atención la piel. Le tiro una piedra insignificante creada por el señor y el borrego se aleja asustado, pero me quedo mirando el cuerpo inmóvil. Nunca había visto a nadie sin vida. Desearía que se levantara y me reprochara el haberle golpeado, que se enfadara, y yo agacharía la mirada dándole la razón, pero todo es quietud en él. El agua vuelve a brotar de estos dos cristales a los que llamo ojos. Nunca debió reírse de mí por ser el preferido, nunca el señor debió de tener un preferido, nunca debió expulsar a mis padres de ese lugar donde los fabricaron, nunca debieron de fabricarme. Busco con desesperación un culpable que no sea yo. Si hay algún responsable de que alguna pieza no funcione es el fabricante. Me irrita pensar en eso, prefiero pensar en otra cosa, porque nace en mí un nuevo sentimiento desagradable que no sé con qué nombre bautizar. Prefiero pensar, de manera sarcástica, que yo hubiese comido del árbol de la vida que ofrecía una existencia eterna, en vez del árbol del conocimiento como hicieron mis padres. Hubiese podido vivir de verdad todo lo que se me revela en sueños.

Aunque en ellos, ahora que lo pienso, nunca he ido más allá de la vida de un hombre con los mismos ojos que los míos, es casi seguro que será descendiente, un hombre que encontró doce discípulos, un hombre que predica con un carisma y un magnetismo que resulta asombroso, un hombre que en mi último sueño me dejó desconcertado.

He podido hablar con él en varias ocasiones y tengo que reconocer que me transmite paz, bondad, seguridad y todo lo bueno que se me ocurra; y qué decir de sus abrazos, tan solo que son balsámicos, que curan la totalidad de mi ser. Pese a todo, hay algo que no entendí, como digo, en mi último sueño, que fue anoche mismo, tras asesinar a mi hermano. Se encontraba en un huerto, un huerto de olivos. Las estrellas del cielo brillaban con intensidad esa noche y la luna clara alumbraba su rostro apesadumbrado. Algunos de sus discípulos dormían no muy lejos de él. Apartado y solo, rezaba con la mano derecha puesta en el tronco joven de un olivo. Has visto qué árbol tan generoso, tan bondadoso, me dijo. Pese a que en el futuro, cuando la reina prisa gobierne el mundo, lo molerán a palos año tras año para arrancar su fruto por la fuerza de la violencia, pese a que cortarán algunos de sus dedos con afilados aceros y lo maquillarán con veneno, seguirá ofreciendo su aceituna sin protestar, y si le das tan solo una gota de agua te lo agradecerá echando una aceituna de más. Tras decir esas palabras, alzó sus ojos al cielo estrellado. Luego bajó la vista y la mantuvo en las sandalias que protegían sus pies.

Me preocupó su rostro contrariado. Pronto dejaré este cuerpo para ir con mi padre y de esta manera salvar a este mundo de sus pecados, añadió con voz de quien ha descubierto por primera vez lo que es el desamor. En todos mis encuentros con él siempre hablaba de su padre, pero esa noche estrellada supe que no hablaba del carpintero que yo conocía y sospeché de quién se trataba. Lo miré y no hizo falta que le preguntara nada. Tan solo me sonrió y entonces lo supe. Quise saber lo que le pasaría, qué era eso de abandonar ese cuerpo, pero me contestó que su padre no me mataría por lo que hice, pues tenía un plan para mí. Yo no quería saber de mí, ni ser el experimento de nadie, no pedí venir aquí para vagar entre dolores y espinos; ya estaba harto de cuestionar lo que me rodeaba con impotencia, mi vida, y esperaba que me la quitasen pronto. No, no quería saber nada de mí. Quise saber qué le pasaría a él, y así se lo hice saber. Me sonrió, y no hubiese hecho falta nada más, ninguna palabra, porque lo supe, pero de nuevo desvió la conversación en mi dirección. Me contó algunas cosas de mi vida futura. Me habló de una mujer, me habló de amor, me habló de hijos, de tierras fértiles, de arroyos frescos y ríos diáfanos, y quise entenderlo, pero me era difícil, simplemente no entendía el significado de algunas de esas cosas, tan solo sabía que me gustaba hablar y estar con él, que quería protegerlo de todo mal, quería que me abrazara, que me cambiase por él en el trance que sospechaba estaba por llegar, que me sonriera, que me hablara, que no abandonara su cuerpo. Eso se llama amor, me dijo sonriendo y ofreciéndome un abrazo al que no pude resistirme.

Es fácil contigo, le respondí aspirando el aroma de su pelo largo, su pelo que parecía caer sobre sus hombros como una cascada de agua. Dime lo que te pasará, por favor, le supliqué. Me clavarán a un madero, un madero que será el símbolo y la esperanza de mucha gente, porque aunque te cueste entenderlo seré el bálsamo de cicatrices, seré una balsa en medio de un océano, seré una esperanza que espera tras una puerta.

Llevaba razón, no le entendía, solo pensaba en que ese ser al que llamaba padre, y que yo conocía, lo enviaba a la muerte, una muerte lenta y agónica, un padre que ofrece la carne de su hijo al vulgo, y pensé en que no tenía corazón, en que una vez más dejaría morir en vez de evitarlo. Un ser todopoderoso puede impedir eso y mucho más. Pudo, por ejemplo, haber detenido la quijada de burro, pudo haber puesto una personalidad distinta en mí, pudo haber quitado el árbol de mis padres de ese paraíso, pudo hacer autocrítica sobre  sus experimentos. Todo esto, aunque dicho sin palabras, al parecer fue escuchado por este ser que era humano y Dios al mismo tiempo, y me contestó que no lo entendería, porque sería como explicarle a un grillo cómo se aliñan las aceitunas. Y ese es uno de los problemas, que no lo entiendo. Me arrepiento de hacer lo que hice, pero no fue el rostro de mi hermano quien veía cuando golpeaba con esa quijada de burro, sino el de ese dios que ahora mandaba a su hijo a morir a fuego lento. No golpeaba a mi hermano, lo golpeaba a Él. Pronto vendrán y me llevarán. Uno de ellos me venderá por un puñado de monedas, dijo señalando a los que dormían. Al que más quiero, porque tiene la labor más ingrata en esta historia, la de ser odiado por los siglos de los siglos, y ya lo sabíamos antes de que ocurriera. Dicho esto apareció una serpiente serpenteando hasta donde estaba él. Me miró y me dijo que debía de seguir con lo que está escrito.

Ahora, bajo la sombra de este olivo, pienso en él con cariño: bálsamo para las cicatrices, ofrenda para salvar los pecados del mundo. Creo que empiezo a entenderlo. Si en el futuro de ese futuro se habla de él, se hablará de quién dio su vida para que su padre perdonara los pecados de los demás. Otros pensarán que fue un loco. Pero mi mente tiende a creer en él, quizá porque es un bálsamo que cura esta herida mía. Y hablando del señor…

Vino con una corona de oro y vestido de manera elegante, de un futuro lejano en el que no he estado. Dónde está tu hermano, me preguntó, y no se me ocurrió otra cosa que contestarle con otra pregunta: acaso soy yo el guardián de mi hermano. Tras unos tiras y aflojas confesé mi crimen, el primero de la humanidad. No debiste tener un preferido y airearlo, puesto que yo me esforcé por agradarte. Hubiese bastado con una palmadita en la espalda y una sonrisa a los dos, argumenté en mi defensa. Os di, te di la libertad de obrar con autonomía y mira lo que hiciste, dijo el señor. Pero si hubieses tenido algo de corazón me habrías detenido de alguna manera, tan solo soy una creación tuya. Algo de razón llevas, he de confesarlo, me dijo ajustándose las mangas del traje, por lo tanto haremos un pacto. Te alejarás de aquí y vagarás por el mundo. Me matarán, le dije. No, pondré una señal en tu frente para que sepan que te protejo, y nadie te tocará. En eso quedamos.

No quise hacer lo que hice, pero lo hice, y marcó mi frente para que nadie me hiciera nada. Iba a salir indemne de este primer asesinato. Ese fue el fallo o veredicto del juez. Me esperaba algo más de dureza, y más después de lo que se armó por una manzana, pero donde manda patrón no manda marinero. Muerto uno, protegido el otro, no lo entienda. Aun así un nuevo dolor se instaló en mi interior, uno al que bauticé con el nombre de pena, por ser nuevo y mortificante. Pena negra, añadiría, en algunos momentos en los que daba fuertes los zarpazos cuando recordaba.

Haciendo caso al señor, me fui de allí, sin despedirme. Me fui a las puertas del paraíso porque no quería vivir con este peso y justo antes de entrar apareció un querubín con una espada de fuego, tal y como me contaron mis padres. Quise entrar para que me matara, pero apartó la espada en el último momento. Tienes la misma cara de tu madre, me dijo dándome un empujón. A esta familia le gusta venir aquí a recordar tiempos pasados. Miré al querubín con cierta irritación, quizá por esa media sonrisa que puso al decir lo que dijo. Me di media vuelta sin despedirme, notando su mirada clavándose en mi nuca y no volví nunca más a ese lugar prohibido para esta familia

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