Refugio

Refugio

[Eva Denia Valls]

Miguel vuelve a sentir el crujir de la tierra seca bajo sus pies, la quemazón en la cara, el olor peculiar del lugar, el olor a ella. Aún recuerda las coordenadas que usaban de pequeños para no perderse en el laberinto del olivar. Hoy, tras décadas sin haberlo pisado, ha vuelto al lugar donde pasó su infancia y su primera juventud. Sus orígenes. Roca grande, cuatro olivos a la derecha, veinticuatro al frente. La roca grande sigue ahí. Miguel se sonríe.

María desapareció seis años después de que él y su familia se fueran del pueblo. A la chiquilla nunca la encontraron, ni viva ni muerta. Nada, se evaporó. Aunque eso Miguel lo sabe desde hace poco. Vivían en el otro lado del planeta cuando les llegó la noticia. ¿Ir? ¿Para qué? Vecinos, solo viejos vecinos con los que no hablaban desde hacía años. Una desgracia, sí, pobre moza, pobres sus padres, pobres sus tíos, el pueblo entero…, pero ellos ya no formaban parte de eso. “De eso”, le dijeron sus padres. Miguel sintió una necesidad apremiante de atravesar el océano para buscarla con la esperanza de encontrarla quizá hecha un ovillo en alguno de sus escondites secretos, como sucedía a menudo cuando eran niños. Seis años hacía que no la veía, sí, y cuatro desde la última carta que ella le escribió, pero saberla perdida hizo que Miguel la volviera a desear como si no hubiera pasado tiempo alguno. Tan deprimido y ansioso le vieron sus padres que para calmar sus inútiles ansias de búsqueda decidieron recurrir a lo que en esos momentos les pareció una adecuada mentira piadosa, una mentira que probablemente solo lo fuera a medias, pues a su entender, la suerte que habría corrido la muchacha era de suponer. “Encontraron el cuerpo mi amor…, lo sentimos cariño”. Así que Miguel ya no necesitó buscarla. Se despidió, desde el otro lado del globo, de aquella chica muy de otro mundo, tan distinta a todos y tan suya, que le había acompañado en la infancia y parte de la adolescencia, y cuyo recuerdo, a su pesar, arrastraría toda su vida. Pero hace apenas unos meses, para Miguel, que ya cuenta con cuarenta y tantos, María ha recobrado intensidad de entre la amalgama de memorias que él ha intentado ir desdibujando a lo largo de los años y que conforman su anterior vida en el pueblo. Fue en una visita a su madre. Ojeando viejos álbumes de fotos, un comentario inadvertido de la mujer, un desliz, lo cambió todo. Y desde que sabe que el cuerpo sin vida de María nunca fue encontrado, buscarla, aun consciente de la inutilidad de tal empresa a estas alturas, vuelve a tener un sentido.

Miguel no se da prisa mientras avanza por el olivar, porque teme que lo que busca ya no esté ahí. Vuelve a escuchar su voz de niña, a sentir cómo sus palmas contactan con las suyas con fuerza, en ese juego infantil que a ella tanto le gustaba: izquierda con derecha, derecha con izquierda, sus dos manos con las de ella, y vuelta a empezar, con el bisbiseo del viento acariciándoles los cabellos y removiendo las hojas de ese olivo partido en tres que quizá ya no exista. Pero ahí está. Miguel se detiene, siente que en el fondo había esperado no encontrarlo, o encontrarlo cambiado. Pero es ese, está seguro, vuelve a tenerlo delante, más de veinte años después. En su cabeza suena la canción de ese juego que ella adoraba, que le parecía especial, porque contenía los indicios para encontrar su escondite. Cuatro olivos a la derecha, veinticuatro al frente. “En la calle-lle veinticuatro-tro, se ha cometido-do un asesinato-to…”. Tenían ocho años, luego nueve, luego diez… Hasta que tuvieron dieciocho, y su familia dejó para siempre el pueblo, dejó a su gente, dejó el país, dejó el continente, y él la tuvo que dejar a ella.

Miguel penetra en el centro del árbol centenario, este olivo único, mágico, según decía María, un olivo de tres patas, un árbol compuesto de tres árboles formando un corro, que danzan y alzan sus ramas hacia atrás, sus brazos hacia el cielo. “Así, ¿ves Miguel? ¿Lo ves? Los tres hacen así, en esta postura, ¿verdad que sí?”, Sí, la ve, con uno de sus vestidos blancos tan de verano. La ve estirando su cuello y sus brazos hacia arriba y hacia atrás, con los ojos cerrados, arqueando el cuerpo… Era muy teatrera María. Lo hacía bien, sí, siempre lo imitaba todo y a todo el mundo. El olivo aún ahora le hace pensar en tres damas presentando su ofrenda al viento. Miguel se sienta en el suelo y apoya su espalda en la cara interior del tronco que recuerda que era el suyo, y mira hacia el de ella. “Una vieja-ja mató un gato-to, con la punta-ta del zapato-to…”. Cierra los ojos con la intención de dormirse un poco con el recuerdo de ese cántico infantil, pero no puede. Desliza sus manos por el suelo de tierra, agarra un puñado de arena con cada mano, los vuelve a soltar y vuelve a tocar esta tierra áspera de momentos pasados que ahora parecen estar muy cercanos, como si las casi dos décadas y media fuera del pueblo no hubieran sido más que un silbido. “Pobre vieja-ja, pobre gato-to, pobre punta-ta del zapato-to…”.

María era rara. Era un hecho, a nadie en el pueblo le pasaba inadvertido, ni siquiera a su familia. Menos a su familia. De muy niña ya desprendía un halo de rareza que en todos producía cierta aversión, cierto desconcierto. Pero no en Miguel. Para Miguel, María era simplemente María, y sus particularidades inexplicables el niño las había englobado siempre en aquello que es familiar, en lo que uno conoce bien y no necesita razonar. La familia de ella trataba de ser discreta, pero era complicado en un pueblo pequeño. En verano le hacían llevar pantalón largo a la cría para esconder las lesiones que le aparecían en las piernas de vez en cuando, unas protrusiones ásperas e irregulares, casi astillosas, a las que ni don Julián, el médico del pueblo, ni el personal sanitario del hospital de la provincia habían podido dar nombre. Tampoco para el cambio que sufría de vez en cuando su piel de los brazos y el pecho se llegó a encontrar explicación alguna. Empezaba como una leve pérdida del tono dorado de su piel para ir tornándose poco a poco en un grisáceo aperlado, algo translúcido, dejando entrever una infinidad de venas y venitas, y capilares verdosos y oscuros. Don Julián puso cara de susto el día que le trajeron a la niña estando así, pero si con las lesiones de las piernas había insistido para que la llevaran a un especialista, en esta ocasión les aconsejó no aventurarse a la ciudad.  La vez aquella que fueron a mostrar las piernas de la cría a un dermatólogo de buen nombre la ingresaron unos días para hacer pruebas. Los resultados no fueron conclusivos y se extendió el periodo hospitalario. Al principio sus padres accedieron, a regañadientes de María, que por aquel entonces tendría unos seis años y se aburría enormemente en el hospital. Llegaron nuevos facultativos de otras ciudades para evaluar aquel caso tan peculiar. Y peculiar era, de eso sus padres también se daban cuenta, y les preocupaba, pero de hecho, dejando de lado las lesiones, a María la veían sana y feliz, y les empezó a desagradar que su hija se convirtiera en una atracción científica. Porque esa niña, decía don Julián, que era el único médico que realmente la conocía desde que la pequeña llegó a este mundo, destilaba salud, tenía “algo rarito”, decía él siempre con cariño, pero crecía bien: “mírenla, una criatura vivaracha, alegre, algo de otra galaxia quizá, algo especial, pero feliz…, y quién sabe si esto es una enfermedad o podría ser otra cosa… y los del hospital la van a martirizar…”. Así que, con el tema de la translucidez de la piel, lo que hicieron sus padres fue precisamente no hacer nada, y tratarlo con discreción; no más médicos mientras la niña siguiera creciendo y viviendo con esa energía y esa alegría que eran su insignia. Solo discreción. O así lo intentaron.

María era muchas cosas, pero discreta no. Cuando le aparecían esas asperezas granulares en las piernas, durante el recreo, la chiquilla cobraba cinco duros a los niños que las quisieran observar y tocar, y se levantaba los bajos del pantalón solo cuando ya tenía el dinero en el bolsillo. Llegó a cobrar cien pesetas por desabrocharse los primeros botones de la camisa en un par de ocasiones en las que le afloró esa palidez casi trasparente que don Julián y su familia eran proclives a esconder. Miguel le hacía de contable y la ayudaba en la gestión de esas pequeñas aventurillas empresariales. Le encantaba observar a su amiga tan segura, siempre tan decidida, tan orgullosa de sus particularidades y de la atracción que estas despertaban.

A María le encantaba perderse sola por el pueblo algunas tardes, y a Miguel le gustaba buscarla, pero muchas veces no daba con ella. La niña tenía un refugio secreto, uno más especial que los otros, porque tenía varios. Una tarde, en la que rondarían los ocho años, ella le dijo que ya le veía preparado, que se lo iba a mostrar. Le contó que se trataba de un rincón  que ella ya conocía incluso antes de encontrarlo, incluso antes de  nacer. María decía ese tipo de cosas, cosas raras, y Miguel no se sorprendió demasiado. Así era ella. La niña le contó que reencontró ese lugar único un día que acompañaba a su tío y a los otros a la recogida de la aceituna. Quizá tendría unos tres o cuatro años, no lo podía jurar, y es que a muy tierna edad ya se perdía largas horas por el olivar. Se trataba de un lugar mágico, un escondite secreto que solo se lo podía desvelar a él. Así que esa tarde, después de que Miguel jurara no contárselo a nadie, María le llevó allí. Los hombres del pueblo conocerían el árbol, claro estaba, lo zarandeaban para obtener sus frutos como a los demás, pero lo que no sabían era que ese no solo tenía una forma peculiar, ese era especial. Cuando llegaron Miguel se dio cuenta de que su amiga, por una vez, no había exagerado. Roca grande, cuatro olivos a la derecha, veinticuatro al frente. Se le quedó grabado para siempre.

Cuando Miguel cumplió los catorce se mudó con su familia a la ciudad por cuestiones del trabajo de su padre. Subía algún fin de semana al pueblo, no fue una despedida drástica, aún no, pero separarse de María de esa manera ya le dolió, fue lo que más le dolió de irse de ahí y sabía que también a ella le costó. Durante las vacaciones de verano volvió, y fue entonces, tras su primer curso ausente, que María enfermó por primera vez. Padeció de una debilidad extrema que la mantuvo tumbada en la cama, sin fuerzas para sus paseos y sus exploraciones. No sufrió dolor alguno, ni tampoco perdió el apetito. Simplemente yacía días y días, moviéndose lo mínimo, leyendo, dibujando, viendo películas, en lo que casi parecía un largo lapso de pereza deseada, pues en ningún momento se quejó o mostró aburrimiento. Miguel pasaba gran parte de las mañanas y las tardes con ella en su cuarto. Él le contaba historias de su año en el otro colegio; ella le contaba los chismes del pueblo. Jugaban a videojuegos, leían cómics… Su piel, esta vez la de todo el cuerpo, también la de su cara, cogió, durante un largo mes, esa tonalidad gris perla y algo transparente de otras veces. En esa ocasión don Julián se preocupó de verdad, e hizo venir a un par de amigos suyos que trabajaban en hospitales cercanos, antiguos compañeros de estudios. Tomaron muestras a la muchacha y se las llevaron para analizar. María no llegó a desplazarse, no volvió a salir del pueblo, ya nunca lo hizo, pero su sangre sí. Pasó por laboratorios distintos, por varias ciudades, por muchas manos y por muchas mentes, y como la vez aquella, todo lo que obtuvieron sus padres fue una gran curiosidad por parte de los profesionales de la medicina, pero ninguna respuesta. Para alegría de todos, en unas semanas, por sí sola, emergió de su estado letárgico para volver a corretear por el olivar con su piel tostada y sus vestidos cortos. Ya no tenían edad para jugar a las palmas, pero aún les dio tiempo a pasar en su escondite algunas tardes dibujando trazos en la tierra, conversando y esbozando planes fantásticos en el aire, antes de que Miguel volviera a la ciudad para el nuevo curso escolar.

A los quince años, de nuevo por el trabajo de su padre, volvieron al pueblo, sin que él supiera aún que esa vuelta iba a ser solo temporal. Volvió a su colegio de antes, y algunas cosas le parecieron distintas. Se reencontraba con sus colegas tras un lapso de un par de meses sin verlos, pues ese verano no lo había pasado en el pueblo. Eran los mismos chicos, apenas habían cambiado. Frecuentaban los mismos rincones, jugaban en el mismo campo de fútbol, se reían casi de las mismas tonterías de antes… Pero ellas sí que parecían distintas, y entre ellas estaba María. La encontró mucho mayor, y eso que la había ido viendo algún fin de semana, pero ahí, todas juntas, en la clase… se dio cuenta de golpe. María estaba muy alta, negrísima tras el verano, y su figura, como la de la mayoría de las otras niñas, había sufrido cambios notables. Se sorprendió al darse cuenta de que nunca había pensado que eso le sucedería también a su amiga. Tenía cuerpo de mujer, y quizá por esa razón ya no le parecía la misma. Sintió que su complicidad se había escurrido sin él ni enterarse, para encontrarse con esa realidad tan cruda así de repente, en el aula. El primer día, se sentaron en pupitres distantes el uno del otro, y por un momento María se giró y le dedicó una sonrisa nueva, llena de algo nuevo y extraño, una sonrisa dulce y condescendiente, casi maternal, que le llenó de una intensa sensación de desventaja que no le gustó.

El tercer día de escuela, por la tarde, ella se presentó en su casa. Miguel, que en el fondo la esperaba con ansia y se avergonzaba de no haber sido él quien hubiera ido a su encuentro, se quedó ahí plantado ante ella tras abrirle la puerta. Se sentía extraño, le daba la impresión de que los juegos de hacía apenas unos meses ya no podían interesarle a esa nueva criatura que tenía delante. María le sonrió divertida, dando a entender  que sabía lo que él estaba pensando. “Vamos, no seas tonto, ¿es que no me vas a invitar a pasar?”.

Miguel, aún sentado en el suelo, con su espalda apoyada en el tronco, abre sus brazos y toca ahora las asperezas de la corteza antigua, tortuosa, y vuelve a notar la piel de las piernas de María siendo niña. Con sus manos traza los caminos imposibles de este árbol que era tan de ella, recorre algunos de sus recodos escondidos, sinuosos, y encuentra la suavidad de sus abrazos de mujer.

“En la calle-lle veinticuatro-tro, se ha cometido-do un asesinato-to…”. No era ya voz de niña. Él la esperaba en el refugio, y ella acudió algo más tarde. No la vio llegar. Se había quedado dormido o quizá solo absorto pensando en algo. Pero oyó ese cántico infantil que hacía ya algunos años que María no pronunciaba. Lo entonaba muy despacio, con aires de misterio, escondida detrás de algún otro olivo. “Una vieja-ja mató un gato-to, con la punta-ta del zapato-to”. Se le acercó por detrás con cautela, dando pasitos enanos. Cuando la tenía cerca la oyó, pero dejó que ella se abalanzara sobre su espalda, tapándole los ojos con las manos. “Pobre vieja-ja, pobre gato-to, pobre punta-ta del zapato-to”. Tras la canción María le rozó el cuello con sus labios por primera vez.

Miguel nunca supo del día en que don Julián encontró a María. Porqué a María no la parió su madre. Esa muchacha vino al mundo por alguna otra vía que nadie conoce, ni tan solo don Julián. Una tarde de agosto, una rara tarde en la que el sol fue más benévolo que de costumbre, y en la que se respiraba una suave brisa inusitada en esas latitudes a esa hora, Don Julián decidió pasear por el olivar. Nunca lo hacía, prefería otros caminos, o simplemente quedarse leyendo a la sombra del roble que había al lado de la iglesia. Pero algo le llevó al olivar ese día, don Julián siempre estuvo convencido de ello, algo lo llevó hasta ahí esa tarde. Fue un suave susurro, quizá un pájaro, pensó. ¡Qué linda tarde!, sin calor seco agobiante, ¡qué bellos los olivos!… Y el susurro volvió, quizá lo traía el viento. Un pequeño pajarillo que danza de un olivo a otro, pensó… Hasta que el susurro se acercó un poco más, se hizo más repetitivo, y don Julián pudo ubicar su procedencia. Ese olivo era distinto. Un árbol partido en tres que dejaba un círculo en su interior, un espacio umbrío y fresco, una pequeña plazoleta amable, pensó. El susurro estaba ahí dentro, y ya ni siquiera era un susurro, eran ahora dulces ruidos inconexos, encadenados, infantiles. Cuando Don Julián se acercó al bebé enseguida se dio cuenta de que no era un bebé normal, su piel era de un extraño color. No estaba azulado. No, no era eso. Ese tono de piel era algo que nunca había visto antes, ni siquiera en un libro. Su primer impulso fue llevarlo a la policía, dar voz de alarma. Pero esa tarde Don Julián se sintió movido, una vez más, a actuar de una manera que no le era propia. Porque lo que hizo entonces no era propio de un hombre de razón como él. Llevó al bebé a su casa, lo alimentó como pudo y pasó la noche revisando sus libros en busca de una explicación. Pero nada. Y a la mañana siguiente esa niña diminuta lucía una piel sana, tostada, aceitunada. Esa misma tarde, sin que a día de hoy don Julián se lo pueda explicar, volvió a actuar de manera inesperada y fue a hablar con una pareja del pueblo que no lograba concebir.

Poco después de que Miguel cumpliera los dieciocho, él y su familia se fueron para siempre. Ni que decir tiene que para los dos fue devastador. Los jóvenes se escribieron, al principio lo hicieron. Por las cartas Miguel supo que María volvió a pasar postrada otro mes, luego dos meses seguidos, luego tres… pero a ella no parecía importarle, o eso le contaba. Le gustaban esos periodos porque descansaba, leía, le escribía a él. Sobre todo le escribía. Y él a ella. Hasta que un día María le anunció que era mejor que dejaran de hacerlo. Durante más de un año él siguió enviando sus cartas, pero nunca más recibió respuesta. Nunca más supo de ella, hasta que se enteró de la desaparición, y la creyó muerta.

Miguel recuerda ahora que la primera vez que hicieron el amor no había oscurecido aún. Con cada beso, con cada caricia, María se volvía más y más volátil entre sus brazos, más transparente, con más líneas de un gris verdoso recorriéndole la carne. Ella le alzó las dos manos, como cuando jugaban a las palmas de niños. Las yemas de sus dedos parecieron fundirse con las suyas, y ese gris aperlado con verdes caminos fue penetrando sus propios dedos, fue propagándose también por su cuerpo. Miguel nunca se hacía preguntas con respecto a la singularidad de María, ella era así, inexplicable, y también esa vez, y las que vinieron después, convivió con esa irrealidad y se fundió con ella, la compartió, la vivió en su propia piel, como quien convive con aquello que le es familiar, lo que ha sido siempre.

Ya está oscureciendo, pero aún penetran débiles haces de luz a través de las ramas y de sus hojas. Miguel sigue ahí, sentado. Cierra los ojos y agarra los nudos de la madera que siente viva bajo sus yemas, y sin preguntarse el cómo y el porqué, tiene la certeza de que ella está ahí. De repente nota que algo se mueve, la corteza del árbol cambia de forma, se ondula, se aplana, le acaricia la piel de la espalda, las palmas de sus manos... El árbol se retuerce despacio. De la corteza que sujetan sus manos emergen otras manos que reconoce, y que agarran las suyas. Son unas manos de un verde grisáceo, nada ásperas, delicadas, recorridas por cientos de trayectos, caminos de savia, que le empiezan a recorrer también a él. Miguel se abandona a ellas, le pide a María que le lleve con ella, donde sea que esté, como sea que viva. Miguel se dispone a penetrar las fibras de esa madera antigua y evaporarse.

Pero a la mañana siguiente él sigue ahí, arropado por raíces y tierra. Ella no se lo ha podido llevar, o no ha querido llevárselo. Se despereza despacio. Se da cuenta por primera vez de que un nuevo tronco, más fino y joven, se alza por detrás del principal. Quizá ayer ya estuviera, se dice, quizá no me fijara. Resigue su tierna corteza y acaricia sus hojas sin atreverse siquiera a arrancar una sola. Le sobreviene la idea de que quizá María habite el árbol con alguien más, con algo. Quiere pensar que María no está muerta, y que no está sola. Se siente tranquilo, pero a la vez triste, porque intuye que esta noche han vivido la última partida que les quedaba por vivir. Miguel se aleja deshaciendo el camino que trazó la tarde anterior y muchas otras, una hilera perfecta de veinticuatro olivos, y mientras lo hace, en su cabeza suena la canción de un juego infantil.

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