Vacaciones entre olivos

Vacaciones entre olivos

[Mariela Soriano Bautista]

–Venga chica, levántate que hoy nos vamos a “las chinas” –dijo mi padre para despertarme, mientras me daba suavemente unos golpecitos en el hombro.

Estaba muy calentita bajo las sábanas de franela y las plumas del edredón nórdico. Pero si normalmente, cuando iba al cole, echaba un buen rato cada mañana para desperezarme y bajar a desayunar, esa frase hizo que pegara un salto de la cama, me vistiera con la ropa que mi madre me había dejado preparada en la silla y fuera derecha hacia la cocina, a pesar de que eran las vacaciones de Navidad.

Tenía tantas ganas de que llegara ese día que apenas había dormido en toda la noche de la emoción.

–¡Al fin hace hoy buen día! –indiqué a mi madre, con una gran sonrisa en los labios, tras lo que le di un sonoro beso y bajé corriendo, y de dos en dos, las escaleras.

Y es que llevaba toda la semana lloviendo, así que la cuadrilla no había podido ir a recoger la aceituna. Y el día anterior mi padre no me había llamado porque, además de estar nublado y frío, un día típico del invierno, decía que el terreno iba a estar totalmente embarrado. ¡Vaya mosqueo me pillé cuando me levanté y vi que se habían ido sin mí!

–Venga, te ayudo, que tenemos que irnos ya –me espetó mi padre, mientras seguía el “ritual” de cada desayuno. Me ayudó a preparar el batido y me partió el pan, que tras untar en el plato de aceite que siempre estaba en la cocina, ingerí a una velocidad nada habitual en mí.

Nos pusimos el chaquetón, la bufanda, el gorro y los guantes, cogimos la talega que nos había preparado mi madre y nos dirigimos a la cochera. No sin antes hacer una parada “obligada” en la panadería, donde cogimos un par de tortas de aceite para media mañana.

Faltaban aún cinco minutos para las nueve de la mañana y ya llegaron los primeros aceituneros. Ayudaban a mi padre a cargar todos los aperos necesarios para el día, entre los que se encontraban los mantos, las espuertas o las hojas de limpia. Mi inquietud iba en aumento, porque se acercaba la hora y aún no había llegado Joaquín.

Mi padre sacó el tractor y los aceituneros comenzaron a montarse en el remolque. Yo seguía allí, junto al limonero que tenía plantado en la cochera, y que estaba lleno de frutos amarillos, inmersa en mis pensamientos.

–¡Vamos chica! ¡Tenemos que irnos ya! –me dijo mientras cerraba la puerta, y salí corriendo para montarme en la cabina, en uno de los laterales donde me había hecho como una especia de cojín con una manta doble sobre la enorme rueda. Miré al de enfrente y seguía vacío. Pero, de repente, me sobresaltó una cantarina voz.

–¿Por qué no viniste ayer? –me dijo Joaquín con tono enfadado mientras mi padre le ayudaba a subir la alta escalera del tractor y ocupó el lugar que le correspondía en la cabina junto a una niña que no conocía de nada, pero que tenía los mismos mofletes rojizos que él–. Te presento a mi hermana, María.

Él era mi compañero de juegos. El hijo de un matrimonio que llevaba trabajando con mi padre desde que eran jóvenes, y que tenía dos más. Joaquín era el pequeño, de mi edad. María, la chica de ojos azules que acababa de conocer, tendría un par de años más que nosotros, y Paqui era ya una mujerzuela, muy constante en el trabajo y también muy tímida, por lo que apenas había intercambiado con ella muchas palabras. Además, siempre iba detrás, en el remolque, junto a los mayores.

Iniciamos el camino a “las chinas”. Mi padre decía que era un sitio muy chulo, desde el que se podía ver todo Bailén a lo lejos. Así que el trayecto fue de lo más divertido y, sin duda, abrupto. El sol ya lucía en el horizonte, y cada vez había más piedras en el camino, de gran tamaño.

–¡Papá! ¡Esto no son chinas! –grité, provocándole una carcajada.

–Pues ayer estuvimos en un sitio muy chulo. Había como arena y estuve construyendo un castillo para mis Playmobil –afirmó Joaquín, con los ojos brillantes de la emoción–. ¡Y hoy podemos construir un fuerte!¡O tirarnos con un plástico como si estuviéramos en la nieve!

–Tengo uno ahí atrás que os puede valer. Pero tenéis que tener mucho cuidadico, ¿vale?

–¡Siii! –gritamos los dos al unísono, tras lo que empezarnos a reírnos, nerviosos, pensando en lo divertido que iba a ser el día.

Llegamos en nada y, mientras la cuadrilla sacaba todos los bártulos del remolque para comenzar las tareas, nos situamos junto a la lumbre que, cada mañana, encendía mi padre nada más llegar. Mientras me comía la torta, veía cómo dos hombres desenrollaban los mantos y tiraban de ellos para colocarlos bajo los primeros olivos de los que iban a recoger la aceituna. Otros cuatro tomaban las varas y empezaban a dar palos al árbol para que cayera el preciado fruto, y las mujeres se colocaban unas grandes rodilleras, en su mayoría manchadas de un color como violeta, el típico de haber pasado con ellas sobre algunas aceitunas.

–Luego nos ayudas un rato, ¿vale? –me dijo Cati, una de las trabajadoras de mi padre, que siempre me daba chucherías y polvorones de limón, que eran mis favoritos.

–Sí, pero antes voy a jugar con Joaquín. ¿Con qué empezamos? –le dije a éste, que se encontraba a mi lado.

–¿Por qué no jugamos al “1, 2, 3... pollito inglés”? –gritó de pronto la hermana. Y ahí empezó a caerme mejor. Porque en ese juego era muy buena y nunca me pillaban–. ¡Empiezo yo!

Y así echamos hasta media mañana.

Reventadas, bebimos agua del botijo, que siempre dejaba mi padre cerca del tractor, y María y yo nos echamos sobre uno de los mantos que habían apartado los aceituneros porque estaba roto para remendarlo, como si de una mullida cama se tratara, mientras que Joaquín estaba con sus padres porque se había enfadado con nosotras. ¡Decía que habíamos hecho trampa!

–¿A ti quién te gusta? –me espetó la hermana. No esperaba esa pregunta. De hecho, ni tan siquiera con mis amigas del colegio había hablado del tema.

–Pues... no sé...

–¿Cómo que no? ¿No te has enamorado nunca? ¿No has sentido cómo revolotean las mariposas en el estómago cuando ves a ese chico tan especial? –preguntaba aturulladamente, como si las palabras le quemaran en la boca.

Y lo cierto es que con él había sentido, por primera vez, todo lo que me contaba. Así que me puse roja, como un “amapor”, que me solía decir mi madre, y dirigí la mirada hacia el suelo mientras frotaba mis sudorosas manos, esperando que no se diera cuenta de nada.

–Venga, te digo yo quien me gusta y tú me lo dices a mí –indicó mientras me cogía las manos entre las suyas. Y no tuve otra que aceptar–. ¡A mí me gusta Miguel!

Miguel era uno de los chicos más jóvenes que venían con mi padre. Pero, a mis diez años, lo veía demasiado mayor. Y demasiado guapo. Y demasiado engreído. Vamos, lo que venía a ser el típico chico malo que cuando éramos jovencitas nos traía a todas de calle. Pero, aunque me alegraba la vista, a mí no era él quien realmente me gustaba.

–Vente chica, que vamos a subirnos a la escalera para ver cómo va ya el remolque, y ya vamos a ver qué nos ha preparado tu madre –me dijo de pronto mi padre, salvándome de la vergüenza de tener que decirle a María quién me gustaba realmente.

Tras unas ricas croquetas de cocido, acompañadas con el pan y aceite que nunca faltaba en nuestros almuerzos, ayudé un rato a las mujeres y, de nuevo, nos pusimos a jugar hasta que el sol empezó a esconderse en el horizonte.

–¿Te vienes a la cabina? –me preguntó mi padre.

–¡No, me voy atrás! –le dije mientras ya estaba acabando de subir en la escalerilla, y preparando para sentarme sobre el montón de aceituna que habían recogido durante el día. Por la mañana no me dejaba ir atrás porque hacía mucho frío, pero por la tarde sí me lo permitía, y me encantaba ir con toda la cuadrilla, que se ponía a contar chistes e historias, muchas de miedo, y leyendas que se escuchaban en el pueblo, seguramente inventadas, pero que me encantaban.

Sentía el cansancio en todo el cuerpo, después de innumerables juegos y confesiones.

–Mañana me tienes que decir ya quién te gusta, ¿vale? –me dijo María.

–¿Vendrás mañana? –le pregunté ilusionada. Sentía que había hecho una nueva amiga.

–¡Sí! ¡Me ha encantado la experiencia! –dijo, guiñándome un ojo, tras lo que dirigió su mirada hacia Miguel–. Eso sí, vendré más sexy –susurró entre risas.

–¿Y tú, Joaquín?

–¡Claro que sí! Además, me ha dicho tu padre que mañana vamos a ir a un sitio muy chulo, donde hay un río, y que ha construido un puente de tablas. ¡Voy a traerme las palas de la playa! –dijo, mientras se alejaba con sus padres y hermanas.

–¿Te vienes a la fábrica a descargar o te vas despacico para la casa? –me preguntó mi padre.

–¡Voy contigo!

Y es que me encantaba el olor que había cuando te acercabas a la almazara. En aquellos años estaba ubicada en el pueblo, y se formaban unas colas enormes de tractores que esperaban su turno. Mientras esperaba con la radio puesta en la cabina, imaginaba las miles de aventuras que correríamos al día siguiente. ¿Sería capaz de decirle a María que quien realmente me gustaba era su hermano? ¿Y si no le gustaba, o se reía de mí?

Mi padre interrumpió mis pensamientos porque ya nos tocaba. Uno de los trabajadores de la fábrica, vestido con su mono azul, totalmente manchado, me dio nada más verme una naranja mandarina, que eran las que más me gustaban, y cogió una especie de escoba, junto a otros dos o tres, para subirse al remolque de mi padre, que estaba volcado para dejar caer el fruto recogido durante el día, y ayudar a bajarlo.

nada más verme

–Mira, de ahí sube la aceituna a la tolva... se limpia... y en unos días tenemos el aceite que nos comemos –me explicaba mi padre.

Le dieron un ticket, que siempre comentaba con mi madre cuando llegábamos a casa, que me hacía mucha gracia porque parecía una tablilla de madera, y tras guardar el tractor y todos los aperos en la cochera, regresamos a casa.

–¿Te lo has pasado bien? –dijo mi madre, que sin esperar a que le contestara al ver mi cara de felicidad, me mandó a la ducha y me preparó la cena–. ¿Mañana también vas? Que tengo que preparar la comida.

Ahí se me dibujó una media sonrisa y a mi madre no le hizo falta que le dijera nada más.

Y, al meterme en la cama y taparme con el edredón, de nuevo me embargó la ilusión al pensar en todas las cosas divertidas que íbamos a hacer al día siguiente. ¡Me encantaban las vacaciones de Navidad!

 

 

***

Pip... pip... Ese era el único sonido que se escuchaba en la oscura habitación de aquel hospital. Los recuerdos de mi infancia se me agolpaban en la memoria y una lágrima empezó a recorrer mi mejilla derecha. Me levanté del sillón y me situé junto a la cama, cogí la mano de Joaquín y la besé.

La vida nos había llevado por caminos muy diferentes. Yo me había ido a estudiar Comunicación Audiovisual a Málaga y ahora trabajaba como fotógrafa en un estudio profesional. Él se había quedado en Bailén, donde había conseguido un puesto en la fábrica a la que iba con mi padre de pequeña. Eso sí, ahora era mucho más moderna y desde hace unos años se encontraba en las afueras. Era el que organizaba las visitas a las instalaciones, a la que todos los días llegaba gente interesada en conocer todo lo relativo a la recogida de la aceituna, y en lo que ahora se denomina oleoturismo, y llevaba todo el tema de redes sociales. ¡Cómo había cambiado todo! Pero en lo que sí coincidíamos era en que, aunque los dos habíamos tenido varias relaciones sentimentales, seguíamos solteros, esperando a encontrar a nuestra media naranja. O a nuestro medio melón.

–¿Era él quién te gustaba, verdad? –dijo María, que entraba por la puerta junto a Miguel, al que veía mucho más maduro y que seguía siendo muy guapo, y un pequeño de unos cinco años, que me recordaba mucho cómo era Joaquín de pequeño.

Sin decir ni media palabra, me eché a sus brazos mientras las lágrimas seguían recorriendo mis mejillas.

–Siempre se acordaba de ti, y de aquellos días en los que compartíais juegos y travesuras. Todo va a salir bien, así que no seas tonta otra vez –me dijo con una gran sonrisa.

Y eso era lo que iba a hacer cuando se despertara. Decirle lo que había sentido durante todos esos años y nunca me había atrevido a decirle.

Porque... ¿y si él sentía lo mismo?

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