El spa

El spa

[José Santiago Ruano Pérez]

Lunes, 22 de enero

Estaba ya avanzada la campaña de recogida de la aceituna. Los jornaleros llevaban seis días sin ver los olivos a causa del temporal de lluvia. Era un lunes frío y soleado con humedad en el ambiente y mucho barro en el olivar. Llegaron las cuadrillas en distintos vehículos todo terreno que por lo escarpado de la finca y el lugar a donde se dirigían les costó llegar más tiempo de lo habitual. Una vez allí descargaron los aperos para su labor, vibradoras, rastrillos, barredoras. Teniendo en cuenta que se necesitan diez jornadas para recoger una hectárea de olivos, después de las lluvias iban con retraso.

Ese día aquellos jornaleros no lo olvidarían. Junto a un olivo encontraron el cadáver de una mujer joven envuelta en sabanas. Cuatro olivos más adelante encontraron otro cadáver. Era de otra mujer algo más mayor que la anterior y envuelta de la misma forma. Avisaron a la policía. No tardaron en llegar hasta el lugar efectivos de policía, guardia civil, forense, juez de guardia, etc.,

Las mujeres estaban desnudas. Según dijo el forense, la muerte de ambas se produjo unas cuarenta y ocho horas antes aproximadamente. No se apreciaban signos de violencia.

Después de horas de recabar pruebas, inspección pormenorizada del terreno, fotografías, toma de huellas a los jornaleros, incluidas las de sus pisadas, se procedió al levantamiento de los cadáveres. Fueron trasladados hasta el instituto anatómico forense para realizarles la autopsia y concretar más detalles sobre cómo se produjo la muerte.

Durante ese fin de semana la policía comprobó que no se denunció ninguna desaparición. Cierto es que las denuncias de este tipo se producían una vez acabado este.

Una de las mujeres tenía entre veinte y veinticinco años, pelo largo, manos finas y ojos grandes que aún tenía abiertos. La otra mujer tenía entre treinta y cinco y cuarenta años, el pelo algo más corto y rizado, manos fuertes y ojos claros. También murió con los ojos abiertos.

Algo llamó la atención de los forenses. Ambas tenían restos de aceite en sus cuerpos.

No presentaban golpes ni síntoma alguno de tortura ni de ataduras en manos ni pies. No había señal de estrangulamiento y los forenses no dejaban ni un centímetro de aquellos cuerpos sin revisar buscando el motivo de la muerte. Todo parecía indicar que fue por infarto o muerte súbita. Habría que esperar a tener todas las pruebas para aventurarse a decir cuál fue la causa de los fallecimientos.

La policía mientras tanto cotejaba las huellas de aquellas mujeres para identificarlas y comunicárselo a los familiares, si es que tenían.

El inspector Castro fue asignado para llevar la investigación. Llevaba treinta años en el cuerpo y nunca se había encontrado un doble homicidio de esas características. Fue destinado a Jaén hace seis meses, una provincia tranquila con un índice de criminalidad de los más bajos del país. En ningún momento abandonó la morgue mientras se hacían las autopsias. Quería conocer de primera mano los datos que los forenses tenían que decir sobre lo que sucedió. Y confirmaron el primer dato. El aceite que había en sus cuerpos era aceite de oliva.

 

Viernes, 19 de enero.

Jose y Mar se hicieron un regalo para los dos que consistía en una sesión de spa con masaje relajante. Llegaron a primera hora de la tarde. Tenían media hora de baño en las distintas piscinas climatizadas, después una hora de masaje y para terminar treinta minutos más de agua. En la recepción le dieron las instrucciones de uso de las instalaciones, toallas y una pulsera a cada uno numeradas para acceder a la zona de masajes. Salieron cada uno de sus respectivos vestuarios en traje de baño. Ambos se veían raros ya que practicaban nudismo y no eran muy amigos de aquellas prendas.

Siguiendo los consejos de la recepcionista, primero se metieron en una de las piscinas de agua fría antes de bañarse en las de agua caliente. Jose empezó a bromear con los pezones de Mar, que se marcaban en su bikini debido a la temperatura fría del agua.

Los dos tenían la piel de gallina. Jose se acercó a Mar y se abrazaron rozándose con sus cuerpos mojados. Empezaron a besarse apasionadamente.

Mar se apartó de él y salió de la piscina de agua fría. Se fue a un rincón donde había un pequeño jacuzzi con una luz muy tenue. Jose la siguió. Primero se metió el. Mar le separo las piernas y se sentó entre ellas apoyando su espalda en el pecho de él. Jose la rodeó con sus brazos por el vientre, una mano subió hasta sus senos y la otra bajo hasta la entre pierna. Empezó a morder sus hombros mientras Mar gemía por las caricias que le hacía. Le quitó la parte de arriba del bikini y sus pechos quedaron al aire. La excitación en ambos iba cada vez a más debido a la situación de estar en un sitio público. No había nadie, excepto las masajistas que entraban y salían de la zona de masajes.

Mar metió la mano por debajo del bañador de Jose y comprobó la erección que tenía.

Él apartó a un lado el tanga de ella y empezó suavemente a acariciar su clítoris. Empezó a mover sus dedos hacia arriba y abajo metiéndolos levemente en la vagina de Mar. Con la otra mano apretaba fuerte los senos y pellizcaba sus pezones. Ella acariciaba el pene de Jose y apretaba con suavidad y firmeza sus testículos.

Una masajista desde un rincón miraba la escena. Ellos no la vieron y seguían a lo suyo. Mar se dio la vuelta y le bajó el bañador a Jose, cogió su pene con la mano, se puso en cuclillas encima de él, y se lo introdujo en la vagina. Se movía despacio con las manos agarrada a los hombros de Jose. Cambió el ritmo del movimiento, ahora era más fuerte. Él le tapó la boca para que no se escuchasen los gemidos que daba, mientras, con la otra mano apretaba fuerte el cuello de ella.

Jose le dijo algo al oído a Mar y los dos volvieron la mirada hacia donde estaba la chica. Mar seguía moviéndose ahora más despacio encima de Jose. Ambos le sonrieron y ella les devolvió el gesto. Se acercó hasta ellos y les dijo:

–Es la hora del masaje, coged vuestras toallas y acompañarme por favor.

Se fueron en silencio detrás de ella. Silencio roto por el ruido del agua de aquel lugar.

 

Viernes, 19 de enero.

La zona de masajes estaba apartada de las piscinas con unas cortinas tupidas para entrar.

Había biombos que separaban unas camillas de otras y la iluminación de la sala era con velas y candiles. Olía a incienso y a perfumes varios. Transmitía aquel sitio paz y tranquilidad con una suave música de fondo. La masajista los llevó hasta una esquina donde había dos camillas muy cerca una de la otra, y otra chica allí esperándolos. Jose llevaba la toalla cruzando su cintura tapando el bañador y Mar la llevaba puesta por encima del pecho. Les indicaron que se quitaran la toalla y se tumbasen en las camillas. Se tumbaron boca abajo. La chica que fue a buscarlos se puso con Mar y le pidió que se quitase la parte de arriba del bikini. Mar se levantó de la camilla y delante de ella, mientras la miraba a los ojos, se quitó las dos partes del bikini. Primero la de arriba y luego la de abajo, quedando completamente desnuda delante de ella.

–¿Hay algún problema por desnudarme? –preguntó Mar.

–No hay ninguno –respondió la chica mientras recorría con la mirada su cuerpo.

Jose también se levantó de su camilla y le preguntó a la otra chica:

–¿Yo también puedo desnudarme?

Esta miró de reojo a Mar, que le sonrió mientras inclinaba levemente la cabeza.

–Por mí no hay problema –contestó.

Dejó caer el bañador por sus piernas con la mirada atenta de las tres mujeres. En su pene, menos erecto que antes, destacaba el tamaño del glande. Se recostaron de nuevo en las camillas y las dos masajistas se miraron entre ellas con asombro y sonriendo.

Empezó el masaje para Jose y Mar por la espalda y la parte de atrás de las piernas. No tardaron en tener una conversación animada cada uno con sus respectivas masajistas. De vez en cuando o bien él o bien ella giraban la cabeza hacia el lugar donde se encontraba la camilla del otro. Se miraban con una sonrisa cómplice.

En una de estas veces Jose se dio cuenta que Mar y su masajista no hablaban. Vio que la chica acariciaba las nalgas de ella de forma sensual. Miró la cara de Mar y esta lo miró fijamente mientras se mordía el labio. Notó entonces Jose que su masajista con una mano tocaba su muslo y con la otra le acariciaba el pene. Tuvo que gemir porque Mar se dio cuenta al momento de lo que pasaba. Hubo unos segundos de silencio entre los cuatro y empezaron a reírse a la vez. La situación acabó ahí. Una vez cambiaron de posición, tanto Jose como Mar se taparon con sus toallas.

Después siguieron hablando de sus trabajos, de lo que hacían en el tiempo libre, de sus nombres, de si salían por este o por aquel otro lugar, de sitios que conocían en común y de otros que desconocían. Al terminar el masaje se despidieron amigablemente. Jose y Mar coincidieron que fue una muy buena tarde en el spa y se hicieron la promesa de volver a repetirlo. Pero esta vez terminando todo lo que empezaron, incluyendo la experiencia con las masajistas.

 

Martes, 23 de enero.

El inspector Castro apenas había dormido aquella noche. No podía borrar de su cabeza la cara de aquellas mujeres asesinadas y con los ojos abiertos. Para colmo después de nueve horas con los forenses no había aún nada claro sobre las causas de los fallecimientos. Entró en su despacho con un café bien cargado y una jaqueca insoportable. Al sentarse en su silla y dejar el café en la mesa, llamaron a la puerta.

–Adelante, entre –dijo el inspector.

–Buenos días, Castro. Acaba de llegar este informe del forense.

–Traiga, ¿lo ha leído? –le preguntó.

–Sí señor, y ahora entiendo por qué no identifica el sistema a las mujeres del olivar. Según este informe, no tienen huellas dactilares.

–Eso no puede ser, algo tiene que estar mal –respondió Castro.

Cogió el informe, se puso las gafas y empezó a leerlo con atención; cuando acabó, resopló y se quitó las gafas.

–Tengo que salir de aquí, si me necesitan o hubiese alguna novedad llame a mi móvil, no quiero estar cuando llegue la prensa, ¿entendido?

–Sí señor, cualquier novedad lo llamaré de inmediato.

El inspector Castro volvió a coger el café de la mesa y salió del despacho. Montó en su coche y se fue hasta donde encontraron los cuerpos.

En la puerta que daba acceso a la finca se bajó del vehículo y encendió un cigarrillo. Echó un vistazo a un lado y a otro y comprobó que había dos fincas más por los alrededores. Empezó a caminar en dirección a una de ellas, en la que había un hombre que salía en una motocicleta. Castro le hizo una señal con la mano y el hombre se detuvo. El inspector sacó del bolsillo interior de la chaqueta su placa. El hombre se bajó de la moto a la vez que se quitaba el casco.

–Buenos días –dijo el hombre.

–Buenos días, ¿es usted vecino? –le preguntó Castro.

–No vivo aquí. Soy el guarda de aquella finca y en la recogida de la aceituna estoy aquí más que en mi casa –respondió el hombre.

–¿Ha visto algo que le haya llamado la atención este fin de semana? –dijo el inspector.

–El sábado por la noche vi un coche donde está el suyo más o menos, era una pareja haciendo cosas de parejas, ya sabe, y yo como llevo en esto de guardar fincas toda mi vida, apunto detalles de los coches que veo por aquí de noche.

El hombre sacó una pequeña libreta y arrancó una de sus hojas, alargó la mano y se la dio al inspector. Castro quedó asombrado al ver el apunte a lápiz que en la hoja había. Marca del vehículo, modelo, color y matrícula. Tuvo una corazonada.

 

Sábado, 20 de enero

Jose y Mar salieron de cañas por Granada. Les gustaba más el día que la noche para salir y aunque el tiempo llevaba varios días con lluvia decidieron no quedarse en casa.

Hablaban de todo. De cómo fueron sus vidas antes de conocerse, de lo bien que estaban el uno con el otro, del amor que sentían. También hablaron del día anterior en el spa. Del morbo que les produjo verse acariciados por las masajistas. Ellos tenían claro que no ponían límites a su sexualidad. Siempre que estuviesen de acuerdo.  Querían probar cosas nuevas incluyendo a otras personas. Eso sí, estando juntos los dos, nada de cada uno por su lado.

Ella tenía claro que haría todo lo que Jose le pidiese. Él pensaba igual y estaba abierto a todo. Habían encajado como nunca antes lo hicieron con nadie. Se sentían felices, no discutían, uno era el complemento del otro y viceversa.

En el sexo parecía que cada uno conocía el cuerpo del otro como de toda la vida.

Recordaron del verano anterior, una de sus escapadas a la playa nudista donde solían ir. Jose empezó a poner piedras pequeñas por el cuerpo de Mar desde sus senos hasta su monte de venus. A cada piedra que colocaba, con sus dedos, le acariciaba los pezones y sus pechos. Estaba poniéndose el sol y apenas quedaba gente por allí.

Jose cambió de posición. Apartó la piedra que tapaba su ombligo. Empezó a besarlo y muy despacio mordió su vientre. Siguió bajando sin dejar de morder y besar a Mar por esa zona. Llegó al piercing que ella tenía en el clítoris. Empezó a jugar con su lengua y con aquel pendiente. Introdujo su dedo corazón por la vagina. Comenzó a moverlo.

Mar arqueaba el cuerpo a la vez que se caían las piedras que sobre ella había. Se apretaba sus pechos mientras gemía. Miró para un lado y vio a un tipo sentado cerca de ellos masturbándose. Se quedó parada, se incorporó y avisó a Jose, que no se había percatado de nada. Los dos miraron al hombre cortados. Tenía un pene bastante grande y no pudieron evitar mirarlo.

–No os preocupéis, solo me quedaré aquí mirando –dijo el hombre.

–Solo mirar, ¿de acuerdo? –le respondió Mar.

–Solo mirar desde aquí –contesto él.

Jose empezó a besarla mientras ella se recostaba otra vez. En un instante la penetró. Sus movimientos eran suaves y en círculos rozando la pelvis de ella. Después se convirtieron en embestidas fuertes. Con cada una de ellas Mar soltaba un grito. Miraban al hombre que cada vez se masturbaba con más energía. Mar le pidió que se acercase. Él se acercó hasta ella. Jose la embestía cada vez con más fuerza, como si quisiera romperla. Mar cogió el pene del desconocido, se lo acercó a sus senos y en un par de movimientos con su mano hizo que eyaculara encima de ella. Jose también iba a eyacular. Mar se dio cuenta. Lo rodeó con sus piernas contra ella fuertemente. Levantó la pelvis, y al sentir el semen dentro de ella tuvo un orgasmo que la dejó sin respiración. Cuando recuperaron el aliento, el tipo ya no estaba.

 

Sábado, 20 de enero.

Después de recordar aquello en el bar que estaba, Mar fue al servicio. Mitad por culpa de las cañas que llevaba y mitad por culpa de revivir aquel recuerdo. Se había excitado y se notaba húmeda. Abrió la puerta que daba acceso a los servicios cuando salía una chica.

–¡Eh, yo te conozco¡ –le dijo.

Mar se quedó un poco extrañada. Le sonaba la cara, pero no sabía de qué la conocía.

–Ayer en el spa, yo le di el masaje a tu chico.

–¡Es verdad! ¡Lo pasó muy bien contigo, me lo dijo al salir de allí! –respondió Mar.

–Bueno, creo que todos lo pasamos muy bien. Lo de ayer ni a mi compañera ni a mí nos había pasado antes –contestó la masajista.

–¿Y tu compañera está contigo? –le preguntó Mar.

–No. Pero si quieres la llamo, se alegraría de verte. Le gustaste mucho, es lesbiana –dijo la masajista.

–Tenemos una cuenta pendiente los cuatro –continúo Mar–. A mi chico y a mí nos gustaría daros un masaje a vosotras. Tengo en casa un buen aceite para ello. Llámala, nunca he estado con otra mujer y me gustó mucho como me toco. Quiero ver lo que tú harías con mi chico. No sé si me dará morbo verlo contigo o me entrarán ganas de matarte –dijo Mar.

Jose, al ver que Mar tardaba en volver del servicio, fue a buscarla.

En la puerta estaba ella hablando con una mujer. Él se acercó y comprobó que era una de las masajistas del spa. Le salió una risa tonta cuando la saludó. Mar, que notó cómo le cambió la cara a su chico, lo rodeó con su brazo por la cintura. Por primera vez desde que salía con Jose, tuvo celos. Ese sentimiento no le gustó nada. Nunca había tenido esa sensación tan odiosa y dañina. Aguantó Mar la compostura como pudo con sonrisas de medio lado falsas que Jose captó al momento. Su chica no se sentía cómoda con aquella mujer. La conversación entre los tres terminó. Mar le dijo a la masajista que si veía a su compañera estarían por allí. También le recordó la proposición de ir a su casa para hacerles el masaje. Intercambiaron sus números de teléfono y se despidieron.

Jose y Mar estuvieron un rato en silencio. Sin decirse nada. Era una situación tensa y no sabían cómo salir de ella. Hasta que Jose dijo:

–No tenemos que hacer nada. No lo necesitamos. Pero quiero que sepas que siempre estaré a tu lado y que haría cualquier cosa por ti.

Mar lo abrazo con todas sus fuerzas y se besaron.

–Gracias. Necesitaba oírte decir eso –dijo Mar.

Acabaron sus cervezas y salieron de allí. Llovía con más fuerza que cuando llegaron. Antes de torcer la esquina, el móvil de Mar empezó a sonar.

Era la masajista.

 

Miércoles, 24 de enero.

Los acompañaron por un pasillo hasta un despacho. Allí los dejaron y llamaron a la puerta. Una voz desde dentro dijo:

–¡Adelante!

Jose y Mar dieron los buenos días al entrar. Un hombre un poco desaliñado y con ojeras los saludó y les estrechó la mano. En su mesa había un montón de papeles desordenados, un café y unas gafas de vista. Les invitó a que tomaran asiento.

–Gracias por venir hasta aquí. Siento las molestias ocasionadas –dijo el inspector Castro mientras miraba fijamente a los ojos de ambos.

–No se preocupe, no es molestia –contestó Jose–. ¿Por qué estamos aquí? –preguntó.

–El sábado por la noche los vieron en su vehículo por los alrededores de una finca a las afueras de Jaén. ¿Qué hacían por allí? –preguntó Castro.

–Estuvimos en unas jornadas de cata de aceite y de sus variedades, picual, arbequina, hojiblanca, cornicabra –respondió Mar.

-–Veo que es una entendida en aceite –afirmó el inspector.

–Bueno, me gusta saber de los productos de mi tierra. Nací aquí y me he criado entre olivos, por eso me gusta tanto el tema. Sin hablar de los beneficios que tiene para la salud y para la piel cuando te lo aplicas con un buen masaje –dijo Mar.

El inspector Castro notaba serenidad en las palabras de Mar. Por el contrario, Jose desviaba la mirada y se encontraba incómodo allí. No tenía nada para retenerlos. Era una pareja que estuvo en Jaén en unas jornadas sobre el aceite de oliva. Seguro que había testigos que los situaban en dichas jornadas. De vuelta para Granada se desviaron de la carretera hasta la puerta de una finca para hacer el amor. Castro se sintió frustrado.

Eran las únicas personas que podía situar en el escenario del crimen y no tenía nada.

–Está bien, pueden marcharse. Les doy las gracias por su colaboración –dijo Castro.

Jose y Mar se levantaron y se despidieron del inspector. Este los acompaño hasta la puerta del despacho y se fueron. Castro se quedó mirando a la pareja mientras se alejaban por el pasillo. En mitad de este, se detuvieron y empezaron a besarse. Mientras se besaban Mar miraba fijamente al inspector que dijo:

–¿Qué hicieron el viernes por la tarde? –. Ambos sonrieron y siguieron andando.

Sonó el teléfono en el despacho del inspector.

La dueña de un spa había denunciado que dos de sus masajistas estaban desaparecidas.

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