Un árbol fantástico

Un árbol fantástico

[Admirador Secreto]

El amplio cielo azulino atrapaba algunas nubes altas, que se movían por el lejano astro abatido a cuestas de un gran olivo que permitía el reposo a la sombra y a unos jóvenes. Sentada la abigarrada y risueña muchachada, se solazaban y desternillaban por causa de los bucólicos cuentos acompañados de la agitación dramática de manos sobre cara y abdomen, y unas graciosas muecas de un anciano de pocas canas, que no permitía contener una tras otra estruendosa risotada juvenil. Inesperadamente impuso el silencio, se paró pesadamente, miró seriamente al vacío, para preparar el último caudal de palabras; todo con la mayor solemnidad y profundidad de su intellectum. Otra vez logró el gran manejo de la voz que cautivó y hechizó a todos que lo seguían con abiertos ojos, más atentos que el granjero con el grano verde de acebuche a poco de ensombrecer el verdor. Entre los que parecían hipnotizados había una con ojos aceitunados para mirar los gestos y atisbar a las palabras; ella escuchó, sentía sus rugosas cuerdas vocales y, lentamente, quedó envuelta con esta atronadora mirada, casi sin parpadear, y menos los otros, de encima le bajaron la mirada. Todos asistieron al cotilleo embastonado, con ropajes sórdidos y caminar pedestre.

 

Dentro de las estrepitosas risas sobresalía la de ella con alongados, bermejos, lisos y poco achatados labios, por donde se calaban sus dientes muy poco, lo suficiente para hacerse una idea de su lozanía; también, acompañándola había dos glaucos y fulgentes iris, remarcados con el suave ángulo en sus cejas, poco tupidas y de marrón dorado, muy parecido a su luengo y sedoso cabello, que se derramaba en bucles poco apretados –aunque viéndolo mejor, su cabello tenía un color de oro viejo–, reposaba como el de una iniciada Rapunzel, apenas le llegaba hasta la media de su dorso; mas lo que por mucho, era lo que más cautivante para el emisor como para alguno de la chiquitonada explayada en derredor, era su meliflua y hermosa piel mórbida. Era de un blancor tal que, bajo la sombra de este olivar –que se dijo fue sembrado por los primeros que llegaron a Andalucía, e incluso se llegara afirmar yaciera aquí antes que eso– se combinaba logrando un tono claro verde en su piel, un verde frío, un verde manantial: origen del contraste con sus bellos ojos. Como abejas no faltaban las luces del día que se burlaban de las hojas del árbol brotadas con el fruto, que alcanzaban su piel para reflejarla como mármol. Con las pequeñas manos llevadas encima de su boca, reía con más confianza de las inverosimilitudes en que poco a poco los sumergía. Dentro del vestido de tela rígida y gruesa colgaba un alma egoísta y falsa, interesada y ambiciosa; contrariamente a la que colgaba de él, un alma sublime, sosegada y vivificadora.

 

Pero tener más edad que los otros y un tutor propio, como Emilio el taxativo, no la excluyó de incauta: cuando el viejo casi agotaba su argumento, se paró intempestivamente gritando y refutando lo que acababa de escuchar de dioses; habiendo el relato cesado –el que hoy sería hombre maduro– calmadamente y haciendo valor de sus años, calló; aprovechando descargó más injurias sobre su argumento. Él bajó su faz y por un tiempo meditó mientras iba de aquí a allá; queriendo agradar a sus favores la suavizó con dulces tratamientos; mas, sin embargo, ella reencarnó las burlas y vituperios contra la verborrea del viejo, dejándolo como un hombre sin valía. Sin perder la compostura con el oprobio, mudó sus avezadas maneras y su mirada, el semblante cambió igual que el dulzor de sus palabras: después de quejarse de la juventud un buen rato finalmente retó con la tamaña decisión de sostener alguna cualidad de cualquier dios del empíreo. Tras de una afirmativa ipso facto de la joven, siguió riéndose y burlándose con los demás: él le conjuró el mismo sufrimiento que de esta injuria debiera sufrir. Le propuso que tomara el aceite de la aceituna después que el sol se fuera y viniera a primera hora.

 

La mañana siguiente, muy temprano, cuando el verde por falta del sol se ve azulado, se levantó la incauta joven que aún tenía asentadas las palabras del día anterior, antes de que todos den iniciada la hora de laborar; sin titubeos, se dirigió rápida y subrepticia hacia el mueble que guardaba el esmeraldado y vidriado frasco oscuro y verdoso que contenía el aceite oloroso igual a cuando el fruto está en el árbol. Haciendo juego un verde frío que entraba desde la arboleda a través de las ventanas acompañó el primer y último sorbo: juntándose con el sabor ácido sintió cómo se abrían sus glándulas salivales, cómo bajaba del conector al dorso. De la fiereza del sorbo con un cristal que se encontraba en el suelo abrió su piel cuando se le cayó la botella de las manos: su preciosa piel y su tibia sangre se juntó con el aceite: una corriente de electricidad y química le nació desde los tuétanos hacia su cabeza; también sentía cómo sus arterias y venas se comprimían y se expandían, su cabeza giraba hasta que se ralentizó el ritmo de su corazón y cayó inconsciente.

 

Pasada la desazón en la cocina, decidió ir a sentarse al lado del olivo, testigo de los cuentos y del pacto de entrambos. Empezando a revisar la herida, la sangre empezó a rezumar con brillo y color aceitunado; el desgarro de la piel cuando pasaba la mano encima desocultaba un vidrio oscuro y brillante. De las venas que antes se comprimían y expandían, ahora la jalaban como la tierra al plomo; quería prenderse de la corteza del árbol mientras sentía ir su pensamiento dentro de la inteligencia y la consciencia del árbol. Y fue cuando no vio más que ríos de aceite acebuche en lontananza, un dorado prado con un río de agua miel –por lo cual el cielo no era azul sino que tornose amarillo clavado con los resplandecientes astros–  que miró sus pies que flotaban en agua dorada; se contempló como narciso, pero la voz del viejo la interrumpió, la voz que salía de toda y ninguna parte, decidió que acaecería una juventud eterna, nunca envejecería, tampoco podría gozar del peso de las palabras como un mayor: sería tratada como niña toda la vida, antes que a ella creerían más a Casandra. Viviría por siempre, y enterraría a todos sus conocidos igualmente, pero a favor de tamaña desdicha que es enterrar la propia madre, ella podrá hacer tanto dinero como le plazca, solamente si colocaba heno e hilaba en la rueca.

 

Con la premisa maldita aún en el aire, la maldición quedó sopesada la aflicción y tribulación con hacerse rica. Y como en muchas ciudades de antaño, contenedora de gran cantidad de vicios, pícaros y pícaras; con tan mala compaña, el primer pensamiento que le llegó fue empezar a hacer mucho oro. Quería comprar castillos, títulos, caballeros y seguidores; también quería casarse y tener hijos que se consagrarían al sacerdocio para conseguir más y más riqueza; sin embargo, para asegurarse ella misma de no errar y tener todo cuanto los otros más querrían, preguntó a cada uno con los que se pudo topar, qué era lo que más anhelaba desde un rey hasta un simple cristiano, para hacerse con sus ambiciones. Es solo cuando se encuentra con Pedro, que queda totalmente satisfecha y convencida que lo mejor es tener mucho de ese metal de precioso amarillo, ser rey y tener un linaje real; su sino la incitaba a hacer más de ese metal áurico. Pero antes, con volátil imaginación y previsión hizo también responder cuánto necesitaba, todos como acordados coincidieron que el tamaño era como el de una sala grande, así como las casas cerca de las iglesias.

 

Cuando en su cuarto, que tenía lo mínimo para vivir y para no parar de hilar, empezó hacer oro, al principio no supo cuál era el pasto que mejor se dejaba pasar por la rueca, ni tampoco imaginó la gran cantidad de tiempo que demandaba hacer suficiente para acumular varios enriques o castellanos. Una gran parte de esta la ahorraba y otra la destinaba a comprar más comida, aunque comiese poco: era su ama de llaves que habitaba y acometía con las labores de cocinar, reparar, administrar allí dentro la que comía. Con los días y su pasión en aumento, no desmejoraba en su empresa, antes bien, destinó para estas y para otras cosas: compraba ruecas más modernas. De las bolsitas mensualmente puestas sobre un nicho de forma ojival cerca de la puerta que se llenaba igualmente a como se fue llenando la sala de su casa, que había dejado de ser la casita sencilla al lado de un molino, todavía seguía el molino, pero ya era parte del jardín.

 

Lo cierto era que la cuidadora se sintió más señora que sierva, ella fue la que le facilitó ante toda cordura, seguir llenando y llenando hasta llegar a la pared de su dormitorio, pensando en tener más y más cosas: si hubo reinas, querría ser la reina más grande de todas, haría parecer a las demás como simples escalones para alcanzar la base donde ella se levantaría con angelicales alas hacía el más excelso solio jamás visto hasta Nemrod; pensó, imaginó solamente la gran cantidad de transacciones y posesiones. En la felicidad que la embargaba quiso también ser respetada donde pisara y donde jamás lo fuera hacer, en las lejanas tierras del oriente o más al occidente. Ansió tanto ser la dama principal de salones en España, como estar rodeada con muchos príncipes y reyes.

 

Absorta unas veces, otras feliz y otras veces triste durante todo ese tiempo, que vaya sorpresa cuando por fin decidió salir. Con la puerta a espaldas sus ojos se abrieron hacia todas partes como telescopios que miran el espacio oscuro y frío. Expuesta amargamente en las calles de la ciudad que ya no era suya, notó que hubo pasado poco más de doscientos años. Las monedas de oro que con tanto sacrificio realizó fueron suplantadas por livianos, pequeños y mágicos billetes. Regresando a su hogar pudo notar que no era tan lozana como antes, ahora, aunque su lozanía se negaba a desaparecer, era casi una mujer. Fue casi una odisea con el metal dorado poder convencer después de mucho insistir, que no lo había robado: con su joven apariencia y tan rudo aspecto, apenas observaba ponía reticente a cualquier comerciante, transeúnte u otro, creyendo un origen subrepticio o por qué no, cruento de estas bolsitas auríferas con tan fino, delicado y puro material. Encaminada con premura hacia la casa, después de la zozobra de perderse y tener que orientarse con las iglesias: no se marchó sin pedir saber qué era lo que más querían los hombres de este tiempo tan diferente del suyo, tan lejano y tan agitado, era repleto y mecanizado; con casi la mayoría que al menos pararon y se dignaron a prestarle atención, le respondieron: una casa, un carro y ecuanimidad para el pueblo en general.

 

Más tarde llegará la máquina, alguien la traerá y la instalará –pensaba–; sin embargo, a pesar de que tuvo lo que quería, supo también cuánto dinero necesitaría para comprar una gran residencia, varios carros y tener su propio banco. Cuando por fin dio con la dirección, frente a su domicilio, era el único lugar donde medio reconocían y respetaban. Estando erguida contigua a la puerta, recordó el día en que contradijo al abuelo, el día en que su sangre tocó el aceite de oliva, el día en que empezó hacer oro. Dentro, y por la lejanía del sol, se dio cuenta que la vivienda estaba alumbrada, y también que la única parte donde no había era en su cuarto; atenta a tan bonito, acogedor y pulcro hogar, sintió que dejó en manos de la mejor trabajadora que pudo escoger. Era una mujer viajera; un día casi languideciendo pidió posada, la madre de la ambiciosa la recibió y le reanimó la moral, y le dispuso el seso como se dispone ella ahora para ingeniar otra vez la forma de fabricar los mejores y más perfectos billetes.

 

Siguió llenando su casa de billetes: ahora, donde antes dejaba las bolsitas auríferas, estaban fajos a la persona que quedaba después de languidecer cada encargada. Con casi todo el espacio de los cuartos con billetes, también tenía las salas contiguas a estas y las que estaban a los lados de aquellas; teniendo suficiente para complacerse con salir y comprar lo que más quisieran las mayorías, otra vez con imaginare, soñare, vaticinare falsamente, su propio banco, sus propios billetes, su vida, queriendo tener que el que más tenía –en el fondo la dominaba un alma de banquero– y de ese estancado pensamiento no se trasladó. La idea de vivir por infinidad de años que antes pareció ante la posibilidad de hacer el dinero que quisiera tan bien reparado ahora era al contrario; y aunque pudiere hacer en toda su elongada vida nada más que dinero, en contra y evitando la avaricia y de todo aquel vaho que desprendía de la laguna estigia: cada día que hacía dinero envejecía mucho más lento. Todo el dinero que pudiese hacer con sus manos, pero que costaría cientos o miles de años.

 

Cuando hubo llenado las estancias de aquí, allá y acullá de la suya, la esencia ambiciosa que la cubría decidió salir para cumplir todas aquellas cosas soñadas y sentido como cualquier otro ser humano: concertar o postergar acuerdos, firmar y administrar negocios, y derrochar y compartir el dinero. Pero cuando salió de su casa notó que era mucho más pequeña, y de techo bajo. Salió sin ver y ser vista por alguien, se dio cuenta que ahora nadie utilizaba los billetes y, peor que antes, nadie le recibía aquellos ostentosos fajos con que salió a las calles. Despotricando de los humanos, triste, melancólica y sollozante, un hombre la reparaba desde hacía algún tiempo, no solo por esto sino por su facha desvencijada; con la intención de preguntarle el motivo de esa desvalido ánimo, se acercó y muy pronto supo que poseía unos billetes como nuevos: se sintió en ese preciso momento, entre todos, el coleccionista más afortunado del mundo; encontraba tal cantidad por el precio de una computadora, por un procesador que una parte del mundo tenía al más bajo precio, que seguía rebajando constantemente: !Una ganga¡. Para ella aquellos dólares viejos no sirvieron sino para una computadora. Partía hacia su residencia, no sin antes como ya tenía costumbre, preguntar qué era lo que lo hombres más querían en el mundo; y partió para esta, la cual ya tenía fibra óptica.

 

Lo que más añoraba el hombre en ese tiempo era hacer una casa, tener un potente celular y viajar mucho. Volviendo a su cuarto y luego de haber leído y traducido cuanto manual necesitó, empezó a llenar sus discos duros. Casi terminando de llenar sus teras de moneda digital, pensaba en la casi lograda meta. Teniendo todas sus teras llenas de la digital moneda, paró y pensó en seguir para conseguir más que los otros como siempre, pero cejó en el empeño y decidió salir, quiso controlar el deseo. Salió de su cueva a comprar las tres cosas que más había amado de toda la vida –como cualquier envidioso– solamente, que las cosas, aquellos saldos ya no le servían; a pesar de haberse demorado menos tiempo y de tener mucho más que haciendo los billetes, o para colmo el pesado oro. Todo había cambiado rápidamente. Con cansino andar regresó pensativa. Quería vivir toda su vida como otro mortal y conseguir las cosas igual. No se negaba como antes la historia del cuento, hace rato sabía que sí hubieron vivido, y vivirían por siempre: estas son las mismas mujeres que desde la antigüedad más remota, han tenido la obligación o el privilegio de transmitir el lenguaje, entre los diferentes grupos que se fueron andando el mundo, ellas son las que saben todos los idiomas de todos los tiempos, las costumbres de los diferentes pueblos. Cuando regresó a su hogar, vio la administradora que en ese momento tenía la casa, era una joven de ciertos rasgos que le parecieron familiares. Con los ojos sórdidos y viéndola muy desconsolada, quiso escuchar a la persona que la maravilló tanto con los relatos, los cuentos de su infancia. Cuando la escuchó completa, la levantó y llevó a un pequeño vergel que tenía la hermosa casa, donde aún se encontraba el mismo olivar, que para las dos en este hogar desde sus infancias fue un árbol de fantasía.

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