Por las venas

Por las venas

[Miguel Ángel Parra Anguita]

Desde la ventanilla del tren, aquel paisaje antes tan familiar le resultó de alguna manera desconocido. Llevaba más de media hora embelesada, observando ese mar de olivos en el que no se sumergía desde hacía demasiado tiempo. Decenas, cientos, miles de árboles que se reflejaban en el cristal en el que tenía apoyada la cabeza y que le abofeteaban repetidamente en la cara como un inesperado golpe de viento.

Volver a casa después de tantos años provocó en Virginia una extraña sensación, como si se hubiese equivocado de autobús o como si esperase el metro en el andén contrario. Su lugar de origen era hoy su lugar de destino, pero nada tenían que ver ya el uno con el otro. Nada era igual desde hacía mucho tiempo. Y nada iba a volver a serlo a partir de ahora. Con la muerte de su madre, ya nada le ataba allí.

En todo el tiempo que había pasado fuera, a menudo le habían preguntado por su pueblo. En las cenas con otros escritores, en la editorial para la que trabajaba, en las numerosas entrevistas que había concedido, en los encuentros con sus seguidores… Y, sin saber muy bien por qué, la famosa escritora Virginia Soriano siempre contestaba deambulando por variados lugares comunes, repitiendo descripciones hechas por otros, citando referencias con las que hacía mucho tiempo que no conectaba. Nunca había respondido con sinceridad cuando le preguntaban por sus orígenes, su pasado era otro, como si hubiese manipulado el primer capítulo de su autobiografía.

“Mi infancia son recuerdos de una finca con olivos”, le hubiese gustado contestar, parafraseando al poeta, en alguna de aquellas entrevistas. O también: “Por mis venas corre aceite de oliva”, como solía decir Purita, su Tata, la mujer que había ayudado en su casa toda la vida y que la cuidaba de pequeña. Pero esas respuestas y esos recuerdos no encajaban con la imagen que de ella quería proyectar la editorial: la de una escritora súper ventas de novelas distópicas juveniles que triunfaban en medio mundo y cuyos derechos acababa de adquirir una importante productora de cine norteamericana.

Según el tren se aproximaba a su ciudad, los parajes donde pasó su infancia se transformaban en ráfagas de recuerdos, como si la vida le disparara con una ametralladora añoranzas. Escenas que creía perdidas en los recovecos de su memoria y que su nueva vida había escondido de manera deliberada. Con el dedo índice se retiró una lágrima que apenas había empezado a brotar tímidamente. El pasado intentó abrirse camino, pero Virginia lo tenía claro. Era una mujer firme y estaba decidida: en cuanto enterrara a su madre, vendería la finca y se volvería a marchar. Esta vez sí, para siempre.

El intenso olor que emitía una almazara cercana se filtró en el vagón y trajo a su cabeza recuerdos que reafirmaban su posición: los oscuros años del luto tras la muerte de su padre, los llantos incontenibles e incontrolados de su madre, los problemas económicos de la finca, la falta de empatía con todo lo que le rodeaba o las continuas discusiones en casa... Discusiones que acabaron cuando Virginia decidió marcharse de allí y prometió que no volvería nunca más.

Su regreso al pueblo provocó, además de la ruptura de aquella promesa, numerosos comentarios entre sus paisanos y planteó una gran duda entre los vecinos. Los jubilados que jugaban al dominó en el bar de la plaza, las beatas que salían de la misa matutina, las señoras que por las tardes se sentaban al fresco en la puerta de sus casas… Todos se preguntaban lo mismo: “¿Qué va a hacer la Niña con la finca?”.

Sin embargo, nada de eso le importaba ahora. La muerte de su madre había provocado una frenada en seco en su ajetreada vida y le había obligado a cancelar numerosos compromisos. La orfandad repentina le había provocado un vacío no sólo en su pecho, sino también en su agenda. De acuerdo con su editora, había decidido tomarse un tiempo para poner orden, tanto en los papeles como en su vida y en su cabeza.

Años atrás, después de la muerte de su padre y en los años que Virginia estuvo fuera, Dolores, su madre, se encargó de administrar la finca y, a falta de un hijo varón, todo su empeño era que la Niña tomara un día las riendas del negocio familiar:

–Las mujeres de esta familia podemos llevar esta finca igual o mejor que un hombre. Podemos y debemos –había dicho su madre en más de una ocasión.

Pero Dolores no contaba con que Virginia era un alma libre, que quería volar lejos y que no iba a aceptar que le impusieran un destino que no fuera otro que el de escribir. De hecho, los primeros años que estuvo fuera se los pasó, como venganza, renegando e incluso ocultando su origen. Y conforme fue escribiendo la historia de su vida, optó por una amnesia selectiva y fue prescindiendo de algunos detalles. Fue desconectándose hasta tal punto de sus orígenes que acabó deshaciendo los lazos que la ataban a su pasado.

Cuando el tren llegó, Virginia emprendió el difícil camino que la llevaría a enfrentarse con su pasado. Haciendo gala de la determinación que siempre la había caracterizado, salió de la estación de trenes y cruzó medio pueblo, dispuesta a ignorar los cotilleos y habladurías de todo un pueblo. Vestida con un elegante traje de chaqueta negro y parapetada detrás de unas imponentes gafas de sol, la niña de Dolores, como la conocían en el pueblo, encaminó sus pasos hacia la casa familiar.

Nada más entrar en la casa, Virginia se vio asaeteada de nuevo por decenas de recuerdos contra los que cada vez le costaba más trabajo luchar. La muralla que la separaba de sí misma y que se había forjado durante años empezaba a tambalearse. Se había prometido a sí misma que iba a mantenerse fuerte, sin embargo, no contó con la flaqueza que provoca la nostalgia. Los recuerdos se le fueron colando por las rendijas del alma y no pudo evitar emocionarse cuando casi creyó ver a sus padres, sentados los dos en los dos sillones orejeros del salón, donde se sentaban todas las noches, y que ahora estaban vacíos, solos, en silencio, en mitad de la habitación.

Pese a que se empeñaba en sentirse extraña en el hogar que la vio nacer y crecer, Virginia sucumbió a la tentación de pasear por la inmensa casa vacía. Se dirigió a la cocina, donde revivió numerosos momentos de su niñez, y en casi todos estaba presente su madre. Sobre una estantería, vio aquella aceitera de hojalata que siempre había estado en su casa y con la que regaba las tostadas de la mañana, el cocido del mediodía y las ensaladas de la noche.

Se giró y, por un momento, se vio a sí misma con 7 años, sentada en un banco en mitad de la cocina, con un martillo de madera en la mano, machacando aceitunas de cornezuelo en un tronco. Un golpe y otro y otro. Y ella cubierta con un mandil enorme, no fuera a ser que le salpicara y se manchara, “que esas manchas no salen”. Tras comprobar que las aceitunas estaban bien abiertas, su madre y Purita se encargaban de aliñarlas sumergiéndolas en agua con sal, ajos y numerosas especias.

También se recordó ayudándolas a preparar dulces. A la Niña le gustaba colarse en la cocina, participar en toda esa ceremonia mezclando los ingredientes, ensuciándose la ropa, las manos y la cara con la harina y el aceite, y moldeando la masa que, a veces, probaba cruda a escondidas de su madre. Se entretenía formando circulitos o lacitos y emborrizándolos de azúcar sabiendo que, si se portaba bien, Purita le dejaría soltar uno en el aceite hirviendo de la sartén, eso sí, con mucho cuidado, y lo vería dorarse poco a poco para finalmente comerse, toda orgullosa, su propia creación.

Virginia sacó un cigarrillo de su bolso y salió al patio. Mientras fumaba, observaba la puesta de sol sobre esa alfombra inmensa de olivos que rodeaba su pueblo. El paisaje le devolvió una imagen de sí misma junto a su padre, ambos en el interior del Land Rover, riendo, dejándose balancear por el vaivén provocado por los surcos del campo. Muchas tardes subían a la colina que Virginia veía ahora en el horizonte y allí, su padre la cogía en brazos, la sentaba en el capó y esperaban hasta contemplar el atardecer. A la vuelta, para evitar que la niña se asustara por la oscuridad, jugaban a repetir trabalenguas y cantaban canciones tradicionales que ahora sólo recordaba a medias.

La Virginia del presente, incómoda, desubicada y celosa de la Niña, empezó a pedir a gritos un poco de aire y decidió salir a dar un paseo por el pueblo, aprovechando que empezaba a hacerse de noche. Se dejó llevar y empezó a caminar hacia ningún sitio. Sin saber por qué, se le vino a la memoria la imagen de las mujeres del pueblo regando las calles en verano, con un cubo en una mano y con la otra baldeando el agua hacia todos los lados, y recordó cómo el suelo, acalorado, se bebía el agua rápidamente.

Durante su paseo, se cruzó, como solía hacer hacía años, con cuadrillas de trabajadores que regresaban del campo, aunque ahora lo hacían en modernos todoterrenos con los neumáticos igualmente cubiertos de barro. Y recordó cuando su madre la castigó y tuvo que trabajar en la aceituna. Por algún extraño motivo, aquel dolor de espalda volvió a sacudirle el cuerpo y también la memoria.

La caminata por las callejuelas empedradas la llevó hasta el parque nuevo, donde se vio a sí misma jugando con sus amigas al “pillapilla” y merendando los bocadillos de panaceite con azúcar que le preparaba su madre. Los árboles del paseo la retrotrajeron a aquellas tediosas tardes de verano en las que se escapaba con sus amigos a robar almendras, y al cruzar el puente, pensó en las excursiones que hacían los domingos para bañarse en el río.

Ante el aluvión de imágenes y sensaciones, Virginia no tuvo más remedio que detenerse un momento para enjugarse las lágrimas. Intentó que nadie se diera cuenta, algo bastante difícil cuando estás en el punto de mira de todo un pueblo. No quería que nadie la viera así. En su interior empezaba a librarse una dura lucha, que como en todas las batallas, no iba a contentar a ninguna de las dos partes, ganara quien ganara.

Sin saber cómo, acabó enfilando la calle Arroyo, y a lo lejos reconoció la casa de Purita, que estaba sentada al fresco, simplemente viendo la vida pasar. A pesar de sus problemas de cataratas, la Tata supo desde el primer momento que aquella mujer alta y estilosa era Virginia. Ya había oído rumores de que había llegado al pueblo, y no había perdido la esperanza de que la Niña, su Niña, fuera a visitarla.

–¡Pero qué guapa está mi ni…! –dijo emocionada al verla llegar. Ni siquiera pudo terminar la frase, y eso que era la misma que le decía a Virginia todas las mañanas antes de ir al colegio. Nada parecía haber cambiado, sólo que en este tiempo la vida había cincelado cientos de arrugas en el rostro de Purita. Bajo el umbral de la puerta principal, las dos mujeres se fundieron en un abrazo entre sollozos desacompasados.

Cuando se tranquilizaron, entraron en la casa y se sentaron a la mesa. Emocionadas, se miraron en los ojos de la otra, hasta que Purita le lanzó la pregunta a Virginia sin rodeos, a bocajarro:

–¿Qué vas a hacer?

–Tata –así la llamaba desde chica–, yo aquí ya no pinto nada.

–Pero tú eres de aquí. Ésta es tu casa. Y éste es tu pueblo.

–Mi abogado ha encontrado ya un posible comprador para la finca. Tú te puedes quedar con la casa. Esta casa es más tuya que mía.

–No digas eso.

–¿Me puedo quedar a dormir aquí?

Pues claro, mi niña –le respondió Purita.

–Después del funeral, recogeré algunas cosas y me iré. Quédate con lo que quieras de mi madre y el resto lo puedes dar a la parroquia.

Purita rompió a llorar de nuevo en silencio. Las mujeres a esa edad han llorado tanto que las lágrimas serpentean por las arrugas de su rostro como si se supieran ya el camino. Se sacó un pañuelo de la manga derecha de la bata y se secó los ojos y la cara, luego tragó saliva y cogió la mano de Virginia.

–Piénsalo bien –le dijo con la voz medio cortada. Luego se levantó torpemente de la silla, le dio una retahíla de besos en la frente a su niña y se fue a prepararle la habitación.

A la mañana siguiente, Virginia se despertó con el trajín matutino de Purita y el olor a pan tostado del desayuno. Se levantó y, al llegar a la cocina, aún medio dormida, vio a su Tata moverse de un lado a otro, con una energía y una agilidad impropias de su edad.

–Buenos días –saludó, y se dirigió a dar un beso a la señora.

–¡Pero qué guapa está mi niña!

Purita, que conocía bien a la chiquilla que un día fue Virginia, le había preparado unas tostadas con aceite que Virginia se lanzó a devorar.

–¿Cómo has dormido? –preguntó la anfitriona.

–Regular –contestó Virginia, con la boca llena.

–¡Natural! Eso es porque tienes mala conciencia.

Virginia casi se atraganta por la rotundidad de las palabras de la Tata. Siempre había tenido claro que Purita era una mujer sabia, pero en el fondo la había tratado con cierta condescendencia durante toda su vida.

–¿Perdón?

–¡Esa casa sí es tu casa! Y este pueblo sigue siendo tu pueblo. A pesar de que te fueras y nos dejaras aquí y no hayas vuelto en muchos años. Si tú eres quien eres, es gracias a tus padres, queenpazdescansen, y gracias a esa casa, y a este pueblo. Y hasta al aceite de esas tostadas.

–¿Gracias a las tostadas? –preguntó con ironía Virginia.

–Pues sí. Tú habrás viajado mucho, habrás desayunado en hoteles muy lujosos, habrás comido comida rara en esos países de por ahí, pero nada de eso es como ese aceite que te gustaba echarle a todo. Porque ese aceite es parte de ti, corre por tus venas, te lo he dicho siempre, aunque tú no lo quieras ver. Y tú llevas toda tu vida empeñada en quedar por encima de los demás, en no mezclarte. Pero no te das cuenta de una cosa: y es que el aceite, cuando se mezcla, lo impregna todo. Eso es lo que esta familia, esta finca y este pueblo han hecho contigo, impregnarte y darte forma. Si tú eres como eres, libre, independiente, es, sobre todo, gracias a tus padres, que eran muy buenos, pero también es gracias a todo esto: al campo, a estas calles, a esta gente… ¿Es que no lo ves? ¿No lo ves? ¿Cómo has podido olvidarlo?

En cuanto la Tata terminó de hablar, el silencio cortó como un hacha el frío de la mañana, casi detuvo el tiempo por unos instantes, y pasado ese tiempo, Virginia rompió a llorar, sin consuelo posible. Las palabras de Purita, llanas y sabias como siempre, habían logrado derrumbar el muro que Virginia se había construido, la habían llevado a rendirse en la batalla que estaba librando consigo misma. Entre lágrimas, llamó a su Tata con la mirada y, lanzándole los brazos, le pidió que abrazara a la niña que seguía siendo y a la mujer que había vuelto al lugar del que, en realidad, nunca se fue.

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