El secreto de Oriwa

El secreto de Oriwa

[Matz Inguer Z.]

Érase una vez, en un pueblo remoto cubierto por un manto de color verde aceituna, una niña con un don especial. Un don que pocos entendían, que pocos se podían explicar y que escapaba a razones para científicos y médicos. Y es que aquella niña tenía la habilidad de hacer que crecieran olivos sin estar sembrados previamente, y para que podáis haceros una idea del fenómeno, me explicaré largo y tendido.

Empecemos por su nombre. La pequeña respondía al nombre de Oriwa y había sido adoptada por una familia andaluza. Esta familia constaba de un matrimonio sin hijos que, en un viaje a Nueva Zelanda, había podido conocer que tenían muchos niños, por desgracia, en orfanatos debido a los fallecimientos de los miembros de las tribus indígenas que aún supervivían en algunas regiones.

Decidieron visitar alguno de los mismos por las diferentes zonas del país. Llegaron a uno de los muchos que allí había y mientras hablaban con la directora vieron por el ventanal a una niña, con una sonrisa de oreja a oreja, jugando en el patio. Entonces, y como en muchos momentos de sus vidas, aquella humilde pareja, aquella mujer y aquel hombre inmensamente enamorados, se miraron a los ojos y, con tan sólo ese gesto visual, bastó para que se trajeran para España a Oriwa.

El comienzo en las tierras andaluzas fue un poco difícil pues la pequeña de ocho años hablaba tan sólo en maorí, la lengua de Nueva Zelanda junto con el inglés. Pero Oriwa al poco tiempo comenzó a relacionarse con los otros niños de aquel pueblo andaluz, en la escuela y en la calle. Tanto fue así que, al cabo de poco más de un año, hablaba español perfectamente, qué digo español, hablaba un andaluz dicharachero y abierto, vamos, un deje particular. Aquel acento hacía romper a carcajadas a todos los habitantes del pueblo. Oriwa, a pesar de ser una niña mulata y de etnia maorí, pasaba desapercibida si la gente solamente la escuchaba, pero si la veían delante de ellos, era obvio que quedaban atónitos, menos para los que ya la conocían.

Pasaron los años, en concreto cuatro, cuando, tanto Oriwa como la mayoría del grupo contaban con doce y trece años de edad, y llegó el día X (como diría Manolito, uno de los de aquella entrañable pandilla) en que todo el pueblo, y más tarde también todo el mundo, iba a saber el don con el que contaba Oriwa.

Era una tarde como otra cualquiera. Estaban en una de las muchísimas parcelas de los extensos campos de olivos que había en aquel pueblo, aquel mar de olivos. Acababan de merendar unas buenas rebanadas de pan, unos con jamón y otros con queso, pero todos ellos regados con el indiscutible oro líquido, el aceite de oliva. Jugaban a burro, y le tocaba a Pepín ponerse apoyado a aquel gran tronco mientras iban saltando los demás, niñas y niños. De repente vieron algo que tardarían muchísimo tiempo en olvidar. Un conejo ardiendo. Aquel pequeño mamífero corría a toda velocidad debido a que tenía atado a su lomo una cuerda, por un extremo, bastante gruesa y al final del otro extremo, una bola llameante de maleza seca envuelta, bien prieta, por la misma cuerda.

Se quedaron sin habla. Pararon de jugar. Uno de ellos le dijo a otro que fueran a avisar a los mayores al pueblo y, los demás, intentaron correr detrás del fuego con sus chaquetas en las manos para intentar echárselas encima al pobre animal; pero nada de nada, si el conejo ya es de por sí veloz, más si cabe con el fuego llegando a su pelaje en la cola y el lomo.

Los bomberos no tardaron demasiado en llegar. Pero desde que los niños avisaran en el pueblo y los adultos telefonearan pasó un tiempo más que considerable, y además, por si fuera poco en las noticias de la noche informaron que habían sido en varios pueblos los focos quemados. Además llevaba un par de días haciendo viento y eso hizo que las llamas pasaran, a pesar de la distancia entre los árboles, de uno a otro como si nada. La crueldad con la que se había llevado la acción era completamente patente.

La desolación se había adueñado de todos. De los servicios de urgencias, policías y bomberos, de la gente del pueblo y, sobretodo, de los chicos. Estuvieron hasta altas horas de la madrugada extinguiendo el fuego en los diferentes focos abiertos; pero lo peor llegaría cuando cada uno de los chicos se levantó de la cama por la mañana y pudieron contemplar desde sus terrados cómo había actuado el fuego. La vista era fantasmagórica, estaba todo calcinado.

Se reunieron como cada mañana de fin de semana en la plaza del pueblo y comenzaron a comentar todo lo sucedido y también la tristeza de sus padres, abuelos y demás familiares. Todos aquellos jóvenes se hacían preguntas mientras iban de la plaza del pueblo hacia la zona quemada. Algunos pensaban que todo lo quemado cubría un porcentaje muy amplio de los ingresos de todas las familias del pueblo. Otros pensaban que nada era comparable a la tristeza de ver todo calcinado, sin naturaleza. Sin árboles donde posarse los pajarillos, y donde por tierra había la gris ceniza.

Entonces sucedió lo inesperado. Lo que ninguno de los allí presentes se hubiera imaginado que podía ocurrir. Oriwa se acercó a uno de tantos olivos calcinados y entrelazó una de sus dos largas trenzas negras en una de las pocas ramas que quedaban aún pegadas al tronco. Los chicos se quedaron observando a Oriwa con detenimiento y mirándose los unos a los otros. En tan sólo unos segundos pudieron observar cómo por aquella rama se iba extendiendo la vida, pues las ramas recobraban el esplendor de antes del incendio con todas y cada una de sus pequeñas hojas verde oscuro brotando desde todas sus partes. Entonces, un niño unos años más pequeño que el resto salió corriendo en dirección al pueblo.

Oriwa, cuando quiso darse cuenta de lo que había hecho por impulso, se le resbalaron unas lágrimas por sus mejillas, y una de sus amigas con la que tenía más afinidad se acercó a ella para abrazarla y preguntarle por el porqué de sus lágrimas. Ella contestó, mientras se iban acercando los demás miembros de la pandilla, que ahora su secreto ya no iba a estar a salvo y que pronto se correría la voz. Uno de sus amigos le dijo que no se preocupara por Dani, el pequeño que había salido corriendo, pues los adultos no le iban a creer si aquello que había visto lo contaba tal y como había sucedido.

Oriwa se lamentó, pero prefería ver la tierra donde vivía verde y viva, y no muerta por varias décadas. Los demás compañeros de pandilla se abrazaron también creando una gran piña y prometiendo ayudar a Oriwa a preservar su secreto a salvo.

Pero ya era demasiado tarde. No se habían dado cuenta de quién se encontraba detrás de un olivo calcinado ahora recubierto de muchas hojas verdes; el ruin alcalde. Aquel individuo, no contento con lo que Oriwa había hecho por el pueblo y por todos sus habitantes, traicionó el gesto de Oriwa mediante un aviso a las autoridades pertinentes.

La pandilla puso pies en polvorosa. Cada uno se dirigió hacia su casa. El alcalde estuvo en medio de aquel campo y, cuando llegaron científicos de todas partes, por la asombrosa acción que había llevado a cabo Oriwa, el excelentísimo corregidor, como lo solían denominar, explicó con pelos y señales todo lo que había presenciado escondido detrás de aquel tronco. Los científicos entonces quisieron saber dónde vivía la niña y el alcalde les llevó hasta el domicilio de los padres de Oriwa. Al cabo de un rato también se presentaron allí las fuerzas de seguridad con una orden del juez de la zona para poder trasladar a Oriwa a un centro especial para hacerle las pruebas pertinentes.

Sus padres no pudieron hacer nada contra la orden del juez y tuvieron que asumirlo mientras salían por la puerta de la casa arrastrando de Oriwa con lágrimas en los ojos. La metieron en un gran todoterreno negro y salieron del pueblo a gran velocidad.

Llegaron al centro de investigación. Llevaron a Oriwa a una sala llena de instrumentos y aparatos electrónicos, y en medio de la misma, una gran camilla. Le dijeron que se tumbara y comenzaron a ponerle cables alrededor de todo su cuerpo. Una enfermera se acercó y le dijo que bebiera un poco de agua porque iba a estar bastantes horas sin poder hacerlo. Oriwa entró en un profundo sueño, el agua no era tal.

Al despertar, no sabía muy bien cuánto tiempo podía haber estado dormida o anestesiada, ni tampoco lo que le podían haber hecho en aquel periodo. Una enfermera vino y le dijo que se podía vestir y que la acompañarían a casa. Ella le preguntó a aquella enfermera qué le habían hecho y la enfermera le contestó que ella no sabía nada, pero que le harían llegar a sus padres un informe médico de todas las pruebas a las que había sido sometida.

Al llegar a su pueblo sus padres preguntaron a los hombres que la habían traído, sin que Oriwa estuviera presente, y les transmitieron de parte de los científicos que la habían examinado, que enviarían un informe completo por correo con análisis, pruebas y demás. Se despidieron de ellos y se marcharon en aquel imponente 4x4 negro.

Sus padres fueron a la habitación de Oriwa para saber y conocer más de lo que aquellos hombres le habían dicho.

 

 

Toc Toc Toc…

—Oriwa, Oriwa —dijo su madre—, despierta que vas a llegar tarde a la escuela.

Oriwa miró el reloj y pudo comprobar que eran las siete y media de la mañana. Todo había sido un sueño, más bien una pesadilla.

Cuando se hubo aseado y desayunado, se despidió de sus padres dándoles un beso a ambos, cogió su mochila y salió de su casa. Al pasar por la plaza vio que todos sus amigos estaban allí. Se fue con ellos por medio de los campos de olivares y cuando se iban acercando a la escuela y, sin que ninguno de ellos se diera cuenta, acarició dulcemente con las yemas de su mano el tronco de un olivo quedándose mirándolo por unos instantes.

—¡Vamos Oriwa, llegamos tarde! —exclamó Olivia.

—Ya voy Olivia —contestó Oriwa mientras echaba a correr hacia sus amigas y amigos.

Cuando Oriwa y sus amigos entraban por las puertas de la escuela, aquel tronco de aquel olivo milenario comenzó a cubrirse del verdor propio del musgo en invierno y de sus ramas brotaron miles de hojas.

Por cierto, el nombre de Oriwa, en maorí, se traduce como Olivo.

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