Olivar 3.0

Olivar 3.0

[Guty Ramón]

Comienza a llover mientras esperan al último grupo de visitantes. Suave. Las gotas resbalan por sus pieles artificiales sin ocasionar ningún desperfecto. Rob los observa. Nunca podrá entender por qué la especie humana se ha vuelto tan ociosa. Él nunca dejaría de hacer lo que en verdad le llena de vida. Ansía el momento de que todos los grupos se marchen para poder empezar a ordeñar los olivos.

A lo lejos se distingue un reflejo. Están llegando. Es la Interestelar Airline cargada con los nuevos curiosos. Así los llama Rob. Gente con los que nunca llegará a intimar. Ni siquiera, si puede evitarlo, mantendrá una conversación más allá de indicar una dirección. A su lado siguen los perros, como le gusta llamarles. Cables conectados a placas de procesadores revestidas con algún polímero especial. Piensa que en verdad están bien acabados. Para esa función están fabricados. Apariencia humana y costumbres caninas. Diseñados para obedecer, acatar, ser explotados…

La primera oleada ya está en marcha. El guía suelta alguna gracia que Rob no ha podido escuchar. A nadie parece molestarle que el agua, lenta pero firme, vaya empapando el suelo arenoso que en breve comenzarán a pisar. Otro comentario. Esta vez deja al público atónito. Han pasado de las carcajadas al asombro en cuestión de segundos.

“Ojalá sea tan rápido realizando el recorrido”, piensa Rob, mientras se adentra en la dehesa.

Por sus manos escapan las gotas que no absorbe su piel. Su pelo comienza a desprenderse del exceso de agua que va resbalando por su mejilla hasta encontrarse con la gravedad, el vacío y el consecuente final, impactando contra el suelo. Su ropa empieza a ser incómoda. La tela se pega por todos los huecos de su cuerpo y teme que el exceso de rozadura le deje unos serios moretones.

“La edad es lo que tiene”, se lamenta, mientras deja escapar un suspiro.

El grupo ha llegado al primer punto de control. Rob observa con atención a los perros vareando, recogiendo el fruto y entregando un puñado de aceitunas a cada excursionista. Lo hacen de manera casi profesional. Siempre complacientes, se podría decir, pero sin alma, cree para sí mismo. No ve en qué son mejores esos malditos XH no sé qué, de los que suelen presumir tanto los confederados. Y a su memoria llega el recuerdo de aquel inesperado anuncio:

“Su ayudante de confianza, su mejor compañía, más leal que su perro”.

Ya le venía a la memoria lo de perro. Vaya tontería. Intentaron vender que eran casi reales, casi humanos, casi… En fin, lo único que a Rob le había quedado claro, ya desde el primer día, fue que los nuevos modelos eran inagotables, fuertes y educados. Mucho de todo eso y poco de lo malo. Desde que la Tierra sufriera el gran temblor, el que originó la Moderna Pangea, como la denominaban los versados en materia, la raza humana comenzó a trabajar por y para el bien común. Atrás dejaron rencores, odios y rencillas patrióticas y comenzaron a ver el planeta como una única nación. No es que fuera maravilloso, ni que no hiciera aguas por algún lado la obra, sino que de manera simple y metódica fueron dando la espalda a los menos predispuestos. Aunque de la misma sencillez, casi en paralelo, los que se salían por la tangente eran los menos afines a los que manejaban el cotarro.

“En fin —pensaba Rob—, mejor volver a la tarea”.

Intentaba encontrarles algún fallo de software. Algo tan delicado debería requerir una revisión permanente, y por lo que él recordaba, aquellos monstruos los dejaron allí hacía mucho tiempo y, salvo los grupos de excursionistas que llegaban a principio de campaña, nadie se había molestado en observar el trabajo de aquellas cosas y su productividad. ¿Tan moderna se estaba convirtiendo la vida que pensaban que nunca se estropearían sus creaciones? O, como una vez creyó escuchar a alguien dentro de un grupo, ¿se podrían reparar a distancia? Él lo tenía claro: si ellos no venían a vigilar esas máquinas, alguien tendría que hacerlo. Se sacrificaría en el anonimato, como lo hizo el día que eligió quedarse en la Tierra. El resto de humanos, salvo contadas familias, decidieron colonizar otros mundos, expandiendo la raza por el infinito Universo.

“Ja”, se escapó de su boca.

Llevaban milenios intentando realizar viajes interplanetarios, y una casi devastación del planeta los pone en órbita. El grupo reparó en su presencia y el guía, bajando el tono para  hacer que los viajeros tuvieran que volver a prestarle atención y así no perderse la charla, contó otra gracieta, recuperando el control de la situación.

Ya había tenido bastante. Bastante de todo lo malo, como llamaba al trato directo con personas y todos sus derivados. Él no era uno de esos perros sarnosos de dos patas creados en laboratorios, talleres o como demonios los llamasen. Él era un humano y como tal tenían que respetar sus manías. Y la que más sarpullidos le producía era intercambiar cualquier protocolo rutinario con los señoritos conformistas que pagaban por ver trabajar a los demás.

Se apartó, a una distancia prudencial, hasta que algo llamó su atención. No todos los ojos habían dejado de mirarlo. Se detuvo. Quizás, si se mantenía quieto durante el tiempo necesario, la mirada que observaba cada uno de sus movimientos perdiera el interés y se ocupara en seguir al grupo. Un grupo que se alejaba dejando atrás aquel delicado cuerpo de tez blanca y suave. Su pelo, rubio y con tirabuzones, le hacía pensar en las personas que solían vivir en las zonas más frías del planeta. Nor… no sé qué, les llamaban.

“¡Ah!”, suspiró.

Quería no mirar. Alejarse de aquella pequeña y proseguir su camino, su día, ordeñar las ramas como cada año y recoger aquel mágico fruto. No podía. Algo dentro de él le obligaba a llevar a esa niña con el grupo. Algún insólito instinto sobreprotector jugaba a darle empellones desde un extraño epicentro: él mismo. La tensión se apoderaba de su ser. No podía estar sucediéndole. No. Ese día no. Si dejaba de acariciar cada rama, cada hoja… resbalar las yemas de sus dedos por el fruto aún maduro… No. No podían robarle eso.

Corrió.

Presa de un pánico efímero. Circunstancial, mejor dicho. Enfermizo, bien definido. Corrió.

Para ahuyentar cualquier compromiso con su raza, cualquier implicación personal en algo que llamaban ser un buen ciudadano.

Corrió.

Directo hacia la almazara para espantar sus peores miedos, sus histerias hechas realidad. Corrió.

Para esconderse de lo que más le asustaba.

Corrió.

Para tapiar de una vez por todas esa puerta nunca abierta. Esa que se negaba a abrir por miedo a perder lo que, según él, lo mantenía con vida a sus noventa y nueve primaveras.

Se escondió tras la puerta. De reojo, miró. Ya se sabe, la curiosidad de algo que repelemos nos atrae como el color de la flor atrae a los insectos. Los perros, serviciales hasta la saciedad, buscaban desesperados, junto con el resto del grupo, a la niña.

“¡La niña!”, gritó.

Abrió de un golpe la puerta para volver a correr. Para enfrentarse a sus miedos, mirarlos a la cara y decir basta. Deshizo lo andado hasta llegar al punto de inicio. Y comenzó a pensar. Su fobia era reconocible, palpable. Parecía poder salir de su cuerpo si se lo proponía y sentarse juntos a platicar. Como dos viejos amigos que mantienen una charla trivial al reencontrarse. Y siguió pensando.

“Ahora viene lo de la gallina y el huevo”.

Y qué fue primero. En su cabeza se amontonaban recuerdos, sensaciones y momentos. Como aquel, como otros, pero recuerdos al fin y al cabo. Dentro. En una parte de su ser se amontonaban risas, tiempos pretéritos y una percepción atípica de la realidad. Y descubrió sin proponérselo algo que nunca sabría definir. Todo se basaba en aquella niña.

¿Era real? ¿Había estado allí, con el grupo?  ¿O no era más que el recuerdo del momento en el que decidió volverse huraño? Volvió a mirar a los perros. Todos vareaban y entregaban frutos. Todos realizaban las tareas para las que habían sido programados. ¿Por qué no podía él? Y notó que alguien lo observaba. Se giró. Allí estaban aquellos ojos y la tez clara. Quiso gritar, poner a todos en aviso de que la había encontrado. ¡Que estaba allí! Pero no pudo. Parecían estar en el mismo punto de partida donde él también se encontraba.

Corrió.

Como nunca antes lo había hecho. O como siempre.

Corrió.

Pero esta vez liberado de cargas insustanciales.

Era libre.

Por primera vez en su vida, real o artificial, era libre.

Y disfrutó. De la brisa al golpearle la cara. Y de las hojas. Las que acariciaba al correr con los brazos abiertos, esperando algún día poder cerrarlos en un abrazo. Y mantener una sonrisa sin ser forzada, sabiendo que no sólo era un robot frío y sin sentimientos.

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