Vidas

Vidas

[Frank Olabar]

No era un cazatesoros. Jamás, a pesar de la estampa que se movía lentamente entre las hileras de olivos, se le encontraría expoliando un yacimiento arqueológico. Su mente se concentraba en no dejar ni un centímetro cuadrado de terreno sin barrer. Una abubilla, espantada por su proximidad, voló a su espalda. Sus pensamientos también volaron.

Casi no pudo reconocerlo. Parecía una mosca atrapada en una tela de cables y tubos. Las palabras se le atragantaron formando un nudo que le dificultaba hasta la respiración. Ni siquiera los pitidos constantes y firmes que marcaban cada latido del viejo corazón le tranquilizaron.

El neurólogo les había hablado con meridiana claridad. Cada hora aumentaban sus posibilidades, pero nadie podía asegurar el alcance de las secuelas. El ictus sorprendió al abuelo mientras podaba. Habría muerto tirado junto a una de las enormes ruedas de su tractor, donde se desplomó, si no hubiera pasado por el camino aquel ciclista. “Cuando despierte, le contaré cómo le llevaron en helicóptero hasta el hospital”, se animó cabizbajo frente a la máquina de café.

—Alfonso, ¿cómo estás, cariño?

—¡Eh! ¡Ah, hola, tía Remedios! Yo... no puedo creer que... el abuelo... —giró la cabeza y se mordisqueó el labio inferior, un gesto infantil que reaparecía cuando los acontecimientos le superaban.

—¡Saldrá de ésta!, ya lo verás —afirmó vehemente la mujer que lo había criado como una madre—. Quiero que vayas a casa. Lo último que necesito es que tú también caigas enfermo. No has podido descansar desde que llegaste.

—Tú tampoco has...

—¡No me repliques, niño! Vete a casa, miras cómo está todo por allí, te das una ducha y a acostar.

Lo cierto es que en ese momento no tenía claro ni en qué hora del día se encontraba. Tras diez horas de avión y dos noches en vela, sus ritmos circadianos habían saltado por los aires. Cedió, recorriendo los pasillos para abandonar el hospital con pasos de sonámbulo.

Alguien tan cosmopolita, alguien que había viajado por todos los continentes, no esperaba la sensación que le asaltó al divisar a lo lejos, tras tomar la curva de la almazara, la torre de la iglesia. Los últimos tres años habían pasado volando entre clases en la universidad, congresos y visitas a excavaciones en los lugares más increíbles del mundo.

El agotamiento se le vino encima como un tren de mercancías. Condujo a duras penas hasta la casa y aparcó junto a la inmensa puerta de hierro, pintada del mismo y horrible verde pistacho, que daba acceso al patio. No se veía con ánimos de abrirla y meter el coche dentro.

Cuando despertó, ni siquiera recordaba cómo había conseguido quitarse la ropa y meterse en la cama. Miró su reloj Breitling, regalo de cumpleaños de una piloto con la que mantuvo su última relación, y se levantó de un salto. Una lucecita parpadeante le indicaba desde el suelo, casi oculta entre el revoltijo de su ropa, que tenía mensajes en el móvil. Con el dedo índice entumecido, logró marcar correctamente al tercer intento.

—¿Tía?

—Hola, hijo. ¿Has descansado?

—¿Cómo está el abuelo? —cerró los ojos y lo imaginó con su sombrero de paja, imponente, con la vara en las manos retando a los más jóvenes a que dejaran limpia una oliva antes que él—. ¿Te han dicho algo nuevo?

—Todo sigue igual. Ningún cambio. Esta tarde quieren hacerle una prueba para comprobar la actividad cerebral. Me gustaría que…

—Estaré ahí, tía. Antes tengo algo que hacer. Un beso.

Colgó sin esperar respuesta. Salía ya de la habitación, después de vestirse como un poseso, y algo le hizo detenerse con la mano sobre el marco de la puerta. Él nunca le hubiera permitido salir sin hacer la cama.

Llegó hasta el olivar del abuelo con menos dificultades de las que había imaginado. La memoria funciona de forma extraña en ocasiones y siguió las revueltas del camino sin cometer errores ni en cruces ni en bifurcaciones. Tuvo que inspirar profundamente para evitar las lágrimas. El cartel seguía allí, con su caligrafía de niño pequeño, pintura blanca sobre un trozo de madera procedente de un viejo palé. “Olivo de Alfonso”, leyó emocionado.

Parpadeó con fuerza, sorbió y se puso en marcha. En el maletero le esperaba el equipo. Lo ajustó para su altura y longitud de brazo. Sonrió pensando en el altísimo y desgarbado californiano que se lo había prestado sin hacer preguntas, pero sorprendido por la extraña petición del jefe español. Introdujo la clavija de los auriculares y comprobó el funcionamiento pasando el plato por la aleta del todoterreno.

Debía encontrarlo. Contra toda lógica, estaba seguro de que si conseguía dar con él, su abuelo se recuperaría. Le contó la historia un día de niebla gélida, alrededor de la lumbre. Habían parado a media mañana para almorzar y el abuelo mostraba un radiante buen humor acompañado de una extraña locuacidad. Las ramas se doblaban de la cantidad de aceitunas y no se veía ni una con gusano, motivos más que suficientes para aquel ambiente feliz. Alfonso había cumplido los dieciocho años hacía dos semanas y eso sirvió para enlazar con un recuerdo, no tan alegre, del indómito Longinos.

—A la mayoría de edad, por entonces, no se llegaba con dieciocho, sino con veintiún años—. Comenzó a liarse el cigarrillo de picadura y detuvo su narración, cual efecto teatral, hasta que lo hubo terminado con la habilidad de quien ha repetido un mismo acto miles de veces—. Mi padre no gastaba palabras. El día que más habló tu bisabuelo fue el día de su muerte, para dejar atadas las cosas me dijo. Que si la cebada, que si las olivas, que si Fulano nos debe tanto, que si…

—¡Abuelo!

—Esto, ¡sí, sí, ya sigo! Pues, como iba diciendo, mi padre había salido el día anterior, sin que hubiera amanecido, y había vuelto después de anochecer. Mi madre no se atrevió a preguntarle dónde había estado. Eran otros tiempos —dijo más para sí que para la audiencia— y lo que hacía el hombre de la casa no tenía discusión. Por lo que supe después, había cogido el coche de línea para acercarse hasta Toledo.

Longinos entrecerró los ojos y se mantuvo unos instantes en silencio. Dio una calada a su cigarro y miró fijamente a los ojos de su nieto. Como aprovechando ese momento de introspección, una perdiz cantó a lo lejos, separada quizás de su bando.

El pitido le hizo detenerse. Acotó la zona con movimientos suaves y se agachó empuñando una paleta. Con la paciencia que se le supone a un arqueólogo profesional, apartó la tierra blanda con delicadeza, formando un montón a un lado. Cada poco, pasaba el plato por el agujero. Una mezcla de desilusión y curiosidad brilló en sus avezados ojos, capaces de distinguir la pequeña esfera manchada de los terrones que la rodeaban. Unos doscientos años atrás, aquella bala de mosquete saldría disparada por el cañón de un pobre soldado francés o español, imposible saberlo, sin alcanzar más objetivo, quizás, que espantar el miedo a la muerte.

Notaba el pequeño bulto de su reciente hallazgo en el bolsillo. Un refuerzo más de su pasión por excavar buscando vidas, escritas en los objetos más dispares. No soñaba con cofres repletos de monedas de oro y joyas, ni con el grial, sino con unos pequeños dados de marfil perdidos por un legionario romano, con una herramienta de obsidiana utilizada por un rapanui para esculpir el rostro hierático de un moai, con cosas que habían absorbido un poco del alma de los que un día las poseyeron.

La mañana avanzaba y, junto a la bala, acumulaba un botón de uniforme, quizás de la misma época, dos monedas de la II República y un angelote de piedra, como salido de un cuadro de Murillo, con el que había tropezado sin necesidad de aviso del detector.

Se sentía avergonzado. Había perdido la mañana es un vano intento. Lo más probable es que alguien lo hubiera encontrado hacía décadas, y él pretendiendo ligar esa búsqueda absurda a la recuperación de su abuelo. Apoyó su inútil ayuda electrónica en un tronco y sus manos agarraron los cascos casi con intención de lanzarlos lejos.

Un escasamente audible sonido le paralizó. El plato del detector había quedado orientado hacia el hueco que, a modo de arco, creaba una gruesa raíz antes de hundirse en la tierra. De rodillas y con las manos temblorosas, excavó de nuevo, metódico, nervioso.

Dispuesto a pagar la multa que le impusieran, con el subidón de adrenalina aún corriendo por sus venas, llegó al hospital en la mitad de tiempo que tardó el día anterior en hacer el recorrido inverso. No comprendía por qué le prestaban tanta atención pacientes y personal sanitario hasta que reparó en su aspecto. La fortuna le sonrió en forma de unos baños, donde entró para evitar que alguien llamara a algún miembro de seguridad. En unos minutos, presentaba un aspecto suficientemente aseado. Metió la mano en el bolsillo y, de nuevo, una calidez maravillosa recompuso su ánimo.

—¿Imaginas lo que había hecho mi padre ese día?

—Pues... ¿Comprarte un regalo? —preguntó con poca convicción.

¡Vaya, eres un listillo! ¡Pues sí! ¡El mejor regalo del mundo!

Corriendo por los pasillos, llegó a tiempo junto a su tía. Les permitieron acceder sólo por unos pocos minutos a la zona de cuidados intensivos. Alfonso sonreía, orgulloso, como cuando de niño mostraba a los mayores el cubo lleno de las aceitunas que rodaban fuera de las lonas.

La bata le dificultó un poco el que pudiera sacarlo del bolsillo. Le había retirado toda la tierra y presentaba una pátina oscura, con algún precioso toque azulado. Se lo mostró a su tía Remedios, que también conocía la historia, dejándola con la boca abierta.

Tenía grabado un olivo en la tapa que protege la esfera y aún conservaba su leontina. Se acercó a Longinos, a su amado abuelo, y le abrió la mano.

—¡Abuelo! ¡Abuelo! Lo encontré... ¡Toma! ¡Encontré el reloj que te regaló tu padre y que perdiste! ¡Abuelo! Abuelo... te... quiero...

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