Aceite virgen, aceite esmeralda – Jazeera

Aceite virgen, aceite esmeralda – Jazeera

[J. T. Milan]

Podríamos contar tantas historias… ¡Tantas! Todos estos siglos viendo pasar la vida con nuestras raíces extendiéndose bajo la tierra y nuestras hojas al viento… Hemos sufrido guerras y batallas, sequías. Pero también disfrutado del sol, las alegres lluvias de primavera y la estima de las gentes que tan bien, y con tanto cariño, nos han cuidado. No podemos más que tener agradecimiento a todos ellos; pese a las disputas, en ocasiones sangrientas, de nuestros sucesivos dueños. Fenicios, romanos, visigodos… y antes de los católicos… judíos y árabes. Estos últimos convivieron, no sin conflictos, sobre la tierra que nos acoge. Por aquel entonces la llamaban Al-Andalus. Un lugar codiciado por cuantos sabían de él, pues daba cobijo a matemáticos, filósofos, arquitectos… doctores y poetas… y, ni que decir tiene, a expertos campesinos. Agricultores que nos mimaron entregándose a nuestro bienestar como padres. Todos nos quisieron como a sus retoños…, pero una nos dejó marcado el corazón de savia, y a muchos, como en mi caso, también la madera. Nuestros troncos la ocultaron con sucesivas capas de corteza… pero bajo ella está su sello. Su nombre: Jazeera primero, Khadra después.

Jazeera

Lo conocí mientras papá cerraba un trato con el suyo. Tazim siempre lo acompañaba para aprender el oficio. Éramos dueños de un molino y una extensa campiña. Los olivos de Yabal Al-Kabir —así es como por entonces se llamaba mi padre— eran famosos en toda la región. Crecían frondosos, regios… y su aceite era considerado de la más alta calidad. Muchos, que requerían del uso de la almazara para moler su aceituna, le pedían consejo. Su respuesta siempre era la misma: “Dedicación”. No mentía; papá los trataba “casi” como a hijos. “Casi”… porque a ninguno como a mí. Yo, su única hija, era su mayor tesoro. Éramos afortunados, nos sobraba el dinero… aunque de cierto sé que papá hubiese cambiado toda aquella riqueza por traer de nuevo a este mundo a mamá, ida en mi parto. Quizá ese fue otro de los motivos por los que se volcó de lleno en el latifundio, que, aun siendo por herencia, nunca había lucido con el lustre y altanería con los que por entonces se mostraba. Yabal Al-Kabir era un agricultor admirado… ¡y un padre maravilloso! Sobre todo en los atardeceres en los que me contaba historias, enseñándome no sólo nuestra lengua sino también latín. “Es la lengua de frontera, era la lengua de aquí… debes aprenderla por lo que pueda traer el futuro”, decía convencido. Y lo cierto es que la vida, todos sabemos, avanza por veredas caprichosas, astutas quizá… pues sin sus enseñanzas nada hubiese sucedido como sucedió.

Éramos niños —creo que ni habíamos cumplido las seis primaveras— y Tazim apenas sabía cuatro palabras en árabe. Su familia acababa de instalarse en la aljama del pueblo, llegados del este, de otra península. Hijo de un mercader judío que pronto se interesó por la compra de nuestro aceite. Estaba yo jugando con la tierra… y se acercó intentando hablar, haciéndose entender con aquella pronunciación ruda —ridícula, más bien—, tanto que no pude evitar reír. Se sonrojó, dándome la espalda, para volver donde nuestros padres discutían los pormenores del trato. Entonces comencé a hablar en latín y se giró, mirándome con los ojos lúcidos.

—¡Hola, Tazim!

—Ese no es mi nombre.

—¿Cómo? He escuchado cómo tu padre te mencionaba…

—“Tazim” es como me presenta ante vosotros, pero mi nombre es Moses.

—¿“Muses”?

—¡No! No “Muuuses”… “Moooses”. Moses Ben-Aman, pues soy su primogénito —recalcó, hinchando el pecho con orgullo.

—Sí, “Muses”… también he escuchado que tu padre se llama Aman.

—No es “Muses” es “Moooses” — repitió alargando las vocales—. Da igual, vosotros no sabéis pronunciarlo bien, por ello me presenta como Tazim.

—Vale, Muuuuses —pronuncié tan forzado como se me antojó—. Te llamaré Tazim, entonces. ¿No quieres saber el mío?... Soy Jazeera.

—¿Te gusta jugar con la tierra? —me preguntó mirando las formas que había dibujado—. ¡Yo soy alfarero!

—Pensé que eras comerciante…

—También, pero ahora sólo puedo observar. Cuando tenga más años, cuando me tomen en serio, seré tan buen mercader como mi padre, mi abuelo y el padre de mi abuelo… y su abuelo, y su padre, y el abuelo de su padre y así… Pero ahora lo que soy es un experto en el torno: hago todas las vasijas y ánforas con las que mi padre comercia.

—Creo que eres demasiado joven para ser experto en nada… —le dije aguantándome la risa, ya no por sus aires gallardos, sino por el batiburrillo de ancestros que había encadenado.

—¡¿Y tú no eres demasiado joven para hablar latín?!... Te has burlado porque no sé tu idioma… pero acabamos de instalarlos… lo aprenderé —cogió barro de un charco próximo y se sentó frente a mí.

—¡¿Burlarme?! ¿No has hecho acaso tú lo mismo cuando pronunciaba tu nombre?… “Muuuuses” —volví a exagerar. Nos miramos fijamente y me sonrió ante la perspicacia. Ese fue el instante en el que ambos sentimos lo que el otro sentía. Nuestros mofletes se encendieron como el bermellón del barro que moldeaba.

—No es arcilla, pero tiene consistencia —me dijo apresurándose a apagar aquel momento, bajando la vista para fijarla en su figurita—. ¿Sabes?, con la tierra adecuada se puede construir cualquier cosa. Por eso fue así como Dios nos creó… haciéndonos de barro, tan detallados, tan definidos como le plugo —me explicaba mientras esculpía algo parecido a un pájaro… o a un conejo… o a un gato—. ¿Ves? ¿Qué te parece?

—Es un perro muy bonito —contesté intentando averiguar qué era aquello.

—¡¡¿Un perro?!!... ¡Es un caballo! —exclamó, intranquilo— No... Es igual… ¡Tienes razón!... ¡Podría ser cualquier cosa! —comenzó a reír—. Necesito arcilla y después cocerla. Pero con arcilla puedo hacer cualquier cosa… aun siendo muy compleja. ¿Qué quieres tener?

—¿Cualquier cosa? ¿Por muy difícil que sea?

—Sí… Con cuanto detalle desees. Dime, ¿qué quieres?

—Un olivo —respondí lo más complicado que se me pasó por la mente.

No acababa de decir la frase cuando nuestros padres llegaron. Aman cogió a su hijo bruscamente, regañándole por hablar conmigo. Papá me ordenó entrar a (la) casa, furioso. Comenzaron a discutir reprochándose el uno al otro no habernos prestado atención. Aman alzó la voz diciendo que una niña no debería estar sin vigilancia fuera de su hogar; mi padre le contestó que no volviese a traer a su hijo a la almazara…

—Cuenta cien olivos desde aquél, en la hilera que desciende. A media noche, la primera de luna llena —me susurró al oído mientras ellos discutían.

Entré a casa con un cosquilleo de felicidad como nunca antes había sentido; y antes de cerrar la puerta aprecié en sus ojos ese mismo cosquilleo. En los días posteriores mi padre no se cansó de repetirme que, si bien convivíamos con judíos, no debíamos mezclarnos con ellos. Me explicó que tenían sus barrios y sus propias normas… y que estaba prohibido interactuar con ellos más allá de la compra-venta y los negocios. Siempre había escuchado y obedecido a papá… pero esta vez contaba los días para que la luna brillase entera y de blanco. Intenté olvidar a Tazim con tareas cotidianas… cosiendo… pero en los pespuntes veía su sonrisa y en los botones sus ojillos alegres. No lo podía sacar de mi cabeza pese a pedir que así fuera en cada rezo; muchas más de cinco oraciones al día, así que perdí la cuenta de las veces que solicité a Alá que lo alejase de mis pensamientos… Fue en vano. Cuando el día llegó, a la hora acordada, escapé en silencio contando árboles hasta llegar a la centena. Era un olivo enorme, de follaje denso y copas lloronas que descendían desde lo alto; tanto que para entrar tuve que apartarlas como el que corre cortinas. Tazim estaba junto al tronco, escondido.

—Pensé que no vendrías… —sus ojos chisporroteaban ilusión.

—¿A ti también te han contado que esto está mal?

—Sí. Mis padres se enfadaron muchísimo… He rezado a Yahvé cada día junto a mamá; pero cuando me dejaban solo esculpía una a una cada hojita —me enseñó la escultura de un olivo tan detallado, tan perfecto… Diríase que un genio había, en verdad, empequeñecido uno.

—¡¡Es imposible que lo hayas hecho tú!! —expresé mi incredulidad, asombrada. —Es tan hermoso… Me da miedo quebrarlo. Ha debido requerirte gran esfuerzo…

—No ha sido trabajo sino placer —me miró mientras extendía sus brazos, entregándomelo.

—Gracias. No sé si eres un experto alfarero… pero sí un artista. ¡Es la figurita más bella que jamás he visto! —nos miramos fijamente… Se giró para salir del olivo—. Cada vez que lo vea me acordaré de ti, “Muuuuses”…

—Jazeera, mi madre me ha explicado que es por nuestro bien… pues el castigo es la muerte.

—Lo sé. Mi padre también… Pero, ¡¿por qué ellos pueden hablar y no nosotros?

—Porque no dialogan con los sentidos, sino con la cabeza. Sólo hablan para comerciar, para enriquecerse, para obtener algo a cambio.

—Entonces… si hacemos nosotros lo mismo… No contrariaremos la prohibición. ¿No crees?... Llevas poco tiempo en Al-Andalus y apenas hablas mi lengua… Yo te la enseñaré y a cambio tú me educarás en el arte del barro…

Su rostro se prendió de alegría, tanto o más que el mío. Esa excusa parecía liberarnos del peso de la tradición y la ley, de la carga moral que conllevaba la desobediencia a nuestros progenitores. Conscientes de que no era más que una invención para seguir viéndonos, sabedores del peligro, convenimos que los encuentros sucediesen, como el primero, en las medias noches de luna llena… resguardados por las ramas tupidas de aquel olivo.

Y pasaron las lunas, y pasaron las estaciones, y pasaron los años… Tazim aprendió árabe y yo a trabajar la arcilla. La transacción no fue suficiente. Inventamos nuevas necesidades de intercambio, como pretexto, para justificar las noches bajo el olivo. La magia de aquellos encuentros no se perdía. Ambos contábamos las tardes de cada mes, esperando emocionados la luna, y bajo su luz hablábamos de cuanto conocíamos… Tazim me explicó que más allá de los olivos existía el mar, que al parecer era un lago infinito… Yo le enseñaba juegos, canciones y poemas. Él a tallar la madera y a escribir el hebreo. Yo a coser, a pulir el metal… y le explicaba cómo del fruto se obtenía el aceite, mediante el funcionamiento del molino. Cada noche, cada fin de esos días de luna llena, encontrábamos una razón para que el posterior encuentro quedara justificado, como justificadas estaban las visitas de su padre al mío. Así como Aman compraba aceite a granel para envasarlo en las tinajas moldeadas por su hijo, y ambos obtenían su beneficio, acordando largas horas, nuevos tratos… Nosotros pasábamos los plenilunios intercambiando talentos y saberes… Aprendiendo todo el uno del otro… Intentando no romper “la ley”, pues nos entendíamos con palabras ya fuesen árabes, latinas o hebreas… a veces por el simple gusto de reír: ¡todas mezcladas! Nuestras bocas sólo se abrían para conversar con la mente… pero nuestros ojos no dejaban de dialogar con el corazón… Miradas largas o esquivas, profundas o sutiles… mas, siempre, vidriosas.

Y fue precisamente una noche hablando sobre los astros —testigos mudos de nuestros sentimientos— cuando el destino nos delató.

—Jazeera, ¿sabes cómo se orientan en el mar?

—Pero Tazim… ¿Aún piensas en ser marinero?

—¿Marinero? ¡No! —sonrió—. ¡Marino!... ¡Quiero ser capitán!

—Pero tu talento es el barro y la madera.

—¿Y…? Puedo tener un torno en el velero… Jazeera, tarde o temprano…. Mi hermanito mayor ya es experto en la arcilla… Pronto no tendré tanto tiempo, tendré que comerciar…

—¡Así podrás ir más veces al puerto! ¡Viajarás mucho!… ¡Ojalá yo pudiera ser comerciante!

—Viajar significa estar mucho tiempo lejos de aquí… —comentó apesadumbrado.

—¡Descubrirás nuevos lugares! ¡Conocerás a gente interesante!… Incluso puede que pases largas temporadas en el mar… ¡¡navegando!! —dije para subirle el ánimo.

—Mi sueño no es navegar, Jazeera. Yo sólo quiero tener mi propio barco.

—¡¿Para qué lo quieres, pues?! —pregunté entre la risa y el desconcierto.

—Para enseñarte el mar…

Sentí aquellas palabras tan dentro que mi corazón tembló… tiritó de alegría… y después de tristeza. Ya no éramos niños. Estábamos en aquella edad en la que pronto me entregarían a un hombre como esposa. Papá ya me había presentado ante él y su familia. Y, aunque nunca hablamos de aquello, supongo que con Tazim harían algo similar.

—En el mar nos perderíamos… —le dije ocultando mi pena. Me dolía ver aquellos ojos dicharacheros, chisporroteando siempre, marchitos en la lejanía.

—¡No! ¡¡He aprendido a navegar!! El viejo rabino, que es astrónomo y antes fue marinero, me lo ha enseñado todo… Tras asistir a la sinagoga me llevaba a su casa… Tengo cartas de navegación… ¡Y un astrolabio! Jazeera, sabes también como yo que es la única manera… ¡Mira! —me cogió de la mano para sacarme del olivo—. ¿Ves esa estrella? Todas las demás se mueven… pero ella está fija. Hoy hay luna y no se aprecia bien el cielo… Pero cuando no está las demás brillan muy fuerte.

—Lo sé. Cuando no hay nubes las observo desde mi ventana… Lucen mucho, pero aún así la oscuridad es tan grande que necesitaríamos del fuego para alumbrarnos… Por eso sólo nos vemos bajo la luna blanca… ¿No es así?

—Navegando no tendríamos que esperar a la luna. Los barcos se guían por las estrellas… no has de tener miedo… Es tan sencillo como contar olivos… ¡Yo te enseñaré! —me vio cabecear y dibujó una estrella en el suelo—. Este será nuestro nuevo olivo… si confías en mí.

—¡Menudo astrónomo estás hecho! ¡¡La has dibujado mal!! —sonreí.

—¿Cómo?— me preguntó extrañado.

—Las estrellas son así —le expliqué… dibujando una nueva y verdadera junto a la suya.

—¡No! ¡Te falta una punta! —me dijo riendo, convencido.

—¡No, Tazim! ¡A ti te sobra una!… —empecé a reír a carcajadas.

—¡Claro que no, Jazeera! ¿En serio te han enseñado que las estrellas brillan así?

—¡Es que es así como lucen! Irradian cinco haces… no seis. Mira —le dije cogiendo su mano para guiarlo en el movimiento, arrastrando la rama sobre las líneas de la estrella de cinco puntas—. ¿Ves? No hace falta separarla del suelo, ni de su recorrido, puedes seguir sus líneas tanto tiempo como quieras… dibujándola y redibujándola, y seguirá siendo así. Es por ello que son eternas; siempre, siempre, siempre han existido… y ahí estarán por siempre.

—Pero en todas partes están pintadas tal cual lo hago yo… Desde pequeño las he dibujado así… ¿Cómo puede ser? —expresó irritado, mostrando gran malestar…

—Lo cierto es que si te fijas… yo solo veo puntos… como agujeritos en el cielo, ¿no?

—En los mapas las dibujan como tú dices… con puntos, formando constelaciones.

—¿Cómo dibujas tú la luna, Tazim?

—Depende de la noche. A veces es un círculo… otras es un trozo.

—Quizá pase lo mismo con las estrellas, nosotros siempre la pintamos con la luna media, menguante —dije dibujándola sobre la mía, enmarcando cuatro de sus cinco vértices—. Puede ser que brillen con cinco haces cuando la luna vaya a desaparecer, desgastadas… y rejuvenezcan con seis en el momento en el que ésta resurja, cuando esté creciente —dibujé la luna inversa dentro del hexágono de su estrella… Se escuchó el trote de unos caballos… y a lo lejos antorchas. Corrimos bajo el olivo.

—¡Tazim, escóndete en la copa! Yo estoy en mis tierras… Tú no tienes razón para estar aquí; diré que estaba dando un paseo, pues no conciliaba el sueño.

Pero fue demasiado tarde. Me puse a buscar mi velo mientras él subía al olivo. Y quiso el hado que no lo encontrase y que nerviosa me enfangara de tierra… buscándolo. Los caballos rodearon los olivos próximos. Algunos alumbraron al suelo hasta que encontraron nuestros dibujos. La estrella hebrea y la mora juntas. “Aquí están”, hablaban entre murmullos. Vi como los jinetes pisaron el suelo.

—¡Salid de ahí! —demandaban mientras di un paso al frente. Era la familia de mi prometido… y otros que no conocía pero que balbuceaban rabiosos en hebreo.

—¡¡¿Dónde está ese judío?!! —gritó iracundo.

Me sentí desnuda. Juzgada por sus ojos llenos de desprecio que fijaban la vista en mi cabello desmelenado. Me observaban como el que se apesta de un puerco. Tazim corrió en la oscuridad, pero algunos jinetes lo alcanzaron, rodeándolo con sus antorchas. Me llevaron junto a él y nos postraron de rodillas. Lo sujetaron dos hombres mientras otros le golpeaban, burlándose. A mí me escupían… No sé cuánto tiempo nos tuvieron allí…. “¡Falsos ‘dhimmis’! ¡Malditos seáis!” nos insultaba gente que había bajado del pueblo y que seguía llegando. “¡Muerte! ¡Deshonra!”, clamaban llenos de odio. Varias piedras me aporrearon. Eso es lo último que recuerdo. Cuando recobré la razón estaba recostada entre los brazos de mi padre sobre un caballo al galope.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos? —me incorporé palpando mi frente inflamada.

—¡Huyendo! —me contestó nervioso mientras levanté la vista. A lo lejos el pueblo brillaba, lleno de antorchas y luces, con estupor y griterío.

—¿Y Tazim? Padre, ¿y Tazim? ¡¿Está muerto?! —pregunté palpitando en sollozos…

—¡Te prohíbo que hables de él! —me miró colérico…—. ¿Cómo quieres ser llamada?

—¿A qué te refieres?

—¡A tu deshonra! ¡A la desgracia que has traído a nuestra alcurnia! No me refieras jamás como Yabal Al-Kabir, pues ya no soy él… ¡Así tú no eres Jazeera… nunca lo has sido, ni lo volverás a ser! —expuso con animadversión.

—Padre, yo no…

—¡¡¡No me llames “padre”!!! —me ordenó furioso—. Soy Basit Al-Jadir, para ti y para todos… Ahora, ¿cuál es tu nombre? ¡Dime! ¿Cuál? —me exigió gritando con resentimiento.

—Khadra —le dije mirando el verde de los olivos—. Khadra —repetí recordando cómo había enseñado a Tazim dicho color bajo la luna. El primero que aprendió en mi lengua; los primeros trazos árabes que escribió en el suelo húmedo al amparo de nuestro viejo olivo… su tonalidad preferida.

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