Aurgitana

Aurgitana

[Gallego Rey]

Había permitido que su hija la acompañase hacia el frío de aquella mañana que se calaba en los huesos como un fogonazo avivando en su memoria historias latentes de dolor y despedida,  para no encontrarse otra vez sola ante aquella tierra que protestaba a su paso, como cuando era niña y la pisaba rompiendo escarcha con los pies entumecidos dentro de unos zapatos con mil remiendos. Los olivos, escasos en número, aunque centenarios los más jóvenes, las recibieron luciendo aún en sus haces buena parte de sus ajadas perlas negras. Quién lo diría; que de aquellas ramas pudiese desprenderse símbolo de paz alguno, cuando lo que evocaban era tristeza y miseria a partes iguales. Nadie se había preocupado por ellos en mucho tiempo, la evidencia saltaba a la vista. De lo que había sido y recordaba, poco quedaba más que lo que se mostraba sin necesidad de otear el horizonte. La casa tampoco se había librado de la maldición del vino y la holganza. No servía ni para lugar de okupas ni morada de pastores. ¡Con lo que había sido en otros tiempos!

Triana odiaba aquel olivar como se odian las heridas que se llevan puestas sin dar pie a que cicatricen. Lo odiaba en tanto le suponía un ancla en la memoria viva de su existencia, y el único nexo que la mantenía unida a aquel lugar del mundo, donde las raíces del recuerdo penetraban con dolor en la cronología de su vida. Su hija, empero, no había visto en su vida aquella tierra ni a sus gentes. Para ella, todo aquello no era más que un montón de preguntas sin respuesta, por eso había acompañado a su madre, empujada por la necesidad de conocer la génesis de aquel misterio que se leía en los ojos de aquella, cada vez que se le preguntaba por sus orígenes; quiénes eran sus familiares o si vivían aún. Sabía de ella que era andaluza, de un pueblo de la provincia de Jaén. Eso no podría negarlo, salvo que se quedase muda, pues el acento no la había abandonado ni después de cuatro décadas en Madrid, donde había forjado un porvenir como una honrada mujer dedicada al oficio más antiguo del mundo: Madame; nada de puta de chusma, borrachos o drogadictos. Dios, o quien fuera, la había concebido hermosa flor, y solo al alcance de los más selectos y pudientes perfumistas. A qué conformarse con menos entonces, solía decir su madre, a la que admiraba, pero en igual medida que le era una desconocida a veces. Por eso, aquel viaje le suponía una invitación a saber. A secas. Porque de su madre no sabía nadie más que lo que se puede saber de quien se niega y esconde de sí mismo.

La carta le había llegado certificada por correo urgente, remitida por un tal Horacio Caparrós, a la sazón dizque abogado de Don Manuel Adelmón hijo. Triana no se lo podía creer. De entrada, alguien, a saber, conocía sus señas más allá de aquel Madrid donde nadie se había preocupado ni mucho ni poco por aspectos de su vida anterior a la llegada a la capital de España, y si lo habían hecho, ella los había ahuyentado con su peculiar forma de espantar moscas: seca, cortante y dispuesta a dejar claro que hay fronteras que es mejor no pretender rebasar sin salvoconducto. Pero, y eso estaba tan claro como que tenía en su mano aquella carta donde se la requería por unos asuntos que eran como un muerto resucitado, su secretismo y esfuerzo por mantener en el olvido lo que denominaba interiormente su otra vida; su particular prehistoria, había sido en vano, y el pasado se presentaba a su puerta para entrar en el presente sin permiso previo. Don Manuel Aldemón hijo… Valiente hijo puta sería si se atrevía a tanto. De tal palo, tal astilla. De aquel Aldemón hijo, apenas recordaba más que a un mocoso regordete y fanfarrón, como su padre…

Al leer lo que ponía la carta, la espalda de Triana se encorvó como si la hubiese partido un rayo y el peso de la bóveda celeste oprimiese cada una de sus vértebras achatando su cuerpo, que buscaba refugio donde esconderse. En el fondo, siempre había imaginado que más tarde o temprano la vida reclama de cada uno que se ponga al día con sus fantasmas, so pena de convertirse en uno. Pero aquello suponía un demasiado pedir. La reclamación para rendir cuentas, aunque fueran ajenas a sus méritos o deméritos, suponía además enterarse a toro pasado de la muerte del último miembro de su prehistórica familia. ¡Y bien que había tardado en dejar este mundo!

Rosario encontró a su madre pálida, erguida e inmóvil como las figuras de mármol que custodian las tumbas de los cementerios, salvo por el pulso de sus manos, que le temblaban como a un enfermo de Parkinson. La mirada, totalmente ida, aunque enfocasen sus ojos a aquellos papeles, que sujetaba como al telegrama que da aviso de la muerte del ser más querido, le conferían un aspecto, además, de locura. –¡Mamá, mamá, qué ocurre! –. Jamás la había visto en tal trance, ni siquiera faltarle la compostura en situaciones que a los demás hacían perder todo control sobre sí mismos. La zarandeó al no hallar respuesta–. ¿Pero quieres decirme qué está pasando, qué son esos papeles?–. Triana, al poco, miró a su hija como un boxeador noqueado que va recuperando los sentidos, totalmente fuera de escena, preguntándose mentalmente qué había ocurrido–. Hija, yo…Tengo que hacer la maleta, he de ir a Jaén…O no. No sé…

¡Pues vaya con los Aldemón! Menuda familia de tarados hijos de puta. Rosario pensaba en lo que acaba de oír de su madre, mirando al infinito a través de la ventana del tren sin ver realmente nada. ¡Y, anda que… el abuelo, menuda pieza! Ahora comprendía el porqué de tanto silencio de su madre sobre su vida antes de emigrar a Madrid. Para ella, Jaén solo era un lugar que de cuando en vez se citaba en las noticias. Nunca había estado en Andalucía, aunque de niña alguna vez explorase la posibilidad de que su madre se abriese a hablar sobre cómo había sido su infancia en aquella tierra por la que no mostraba afecto alguno. Pero como a todo aquel que intentaba sonsacar de ella algo más que silencio, su madre la había cortado tajante, extirpando toda posibilidad de especular con explicación alguna, y menos de poder viajar algún día juntas y que le enseñase el lugar donde había nacido y se había criado. Toda esa parte de la vida de su madre, incluyendo a sus progenitores y hermanos, si los hubiese, formaba parte de una zona oscura e impenetrable, así que, por prudencia, había decidido que lo mejor era no preguntar y despertar a los fantasmas que sin duda la atormentaban, de alguna u otra manera, aunque ella misma se quedase con las ganas de saber una parte de la historia de su propia existencia. Otra más, pues también su madre se había negado a revelarle la identidad de su padre, ni falta que le hacía saberlo, le respondía esta cada vez que se lo había preguntado. Y había sido mejor así, sin duda. Meditaba sobre ello al compás del movimiento del tren, embargada por una emoción indecible.

–Entonces, ¿ahora te reclaman que te hagas cargo de las deudas del abuelo?

–Sí, hija. Ironías del destino. Y no le llames abuelo a ese mal nacido. Ni morir supo sin dejar tras de sí mierda a mis espaldas.

Ambas mujeres sopesaban, cada cual a su manera, las implicaciones de aquella reclamación, que por muy legal que pudiera ser, eso se vería, era totalmente absurda y solo se explicaba desde la óptica de una podredumbre moral, que si bien a Triana no le caía de nuevas, para su hija era el primer acercamiento a eso que tantas veces había oído hablar sobre la España profunda, y que creía eran cosas de otros tiempos ya felizmente erradicadas de la sociedad. No comprendía cómo rayando el siglo XXI aún quedase gente que se movía por el rencor acumulado por hechos de casi medio siglo atrás, y menos aún heredar esos rencores por un afán de quererlo todo, aunque el todo no sirviese para otra cosa que satisfacer un ego desmedido, aunque algo así había leído una vez, en una novela de Ángel Mª. de Lera; “Tierra para morir”, donde un pobre diablo había hecho fortuna acaparando casi toda la tierra de un pueblo que se caía a cachos de pura hambre y miseria, y toda le parecía poca, que aún soñaba con ser dueño de toda la tierra de Castilla. Pero aquello era una novela, bien narrada y que acongojaba, y esto era tan real como alucinante. Sabía que en buena parte del sur de España, y especialmente en la provincia de Jaén, los olivares eran la vida, y la diferencia para la mayoría entre pasar penurias o vivir como un señorito, radicaba en si se era propietario o peón. En Madrid las cosas se veían de otra manera. Había clases, sin duda, pero no hasta el extremo de que la mayoría dependiesen de tan pocos para sobrellevar las penurias del trabajador pobre. El tamaño de la explicación al asunto lo comprendió cuando adentrándose en las tierras de Córdoba, antes sus ojos, se fueron abriendo vastas extensiones de tierra anegadas de olivos. Y no era lo mismo ver aquel paisaje en reportajes televisivos que in situ. Ante su creciente asombro, su madre, que le había leído el pensamiento, le puso una mano en la rodilla para llamar su atención y decirle: –No te asustes, eso no es nada, olivillos manchando el paisaje. Apenas hemos entrado en Andalucía, pero cuando lleguemos a Jaén, verás con tus propios ojos el porqué los hombres han matado y se han matado durante generaciones, y todo por culpa de esos olivares que son vida de rico para unos pocos, y un clavo ardiendo para el resto–. Y por primera vez en toda su vida, desde el interior de su alma, al decir aquello, una lucecilla hizo que sus ojos brillasen de orgullo por algo que tuviese que ver con sus orígenes, aunque su hija no reparase en ello.

Jaén no había cambiado tanto como lo había hecho Madrid. Triana recordaba la ciudad como un pueblo grande, y ahora la veía en perspectiva con la capital de España como un barrio de esta. Tenía entendido que perdía población a marchas forzadas, y no le extrañó que la gente quisiese huir de aquel lugar como lo había hecho ella, justo cuarenta años atrás, con una maleta vieja, cuatro trapos y mil duros que había afanado del rincón secreto de su padre, al que había dejado vacío de reservas monetarias. Fue, también, en una mañana de invierno, con el frío apretando de lo lindo. De aquella partida sin mirar atrás no se arrepentía ni por el hecho de haber enterrado en vida a los suyos. Había sido mejor así, hasta ese momento, en que una joven morena de arquetipo andaluz; con su melena de pelo negro azabache y ojos verde aceituna, las invitaba a tomar asiento; el señor Horacio Caparrós no tardaría en recibirlas.

–Pero, ¿esto qué tiene que ver conmigo a estas alturas de la película? Entiendo lo que me dice, y que su cliente, al que no deseo ver ni en pintura, ni a él ni a su padre, que por lo que me huelo tiene que ser el comediante de todo esto, pretenda cobrarse semejante deuda, que a mí no me va ni me viene–. Triana miraba a aquel abogado de rostro imberbe mostrando bien a las claras que todo aquello que este le repetía como una letanía le importaba un carajo como un mojón, y más ahora, resueltos sus miedos iniciales ante el redactado de la misiva que aquel mandado le había remitido en tono apocalíptico para sus finanzas–. Mire, se lo repito: usted me ha asustado con su carta, y aunque la culpa es mía por no haber consultado en Madrid a mi abogado y salir corriendo para aclarar este embrollo, una vez que me está diciendo que si renuncio a la herencia de mi padre, a la que renuncio, ya se lo digo para que sus clientes no se hagan ilusiones de cobrar ni una peseta, no tengo obligaciones alguna con las deudas de ese malnacido, no tiene sentido que usted pierda más el tiempo intentando convencerme de otra cosa, ni que nos lo haga perder a mi hija y a mí. Por lo que a nosotras respecta, y según dice, he de firmar ante notario la renuncia a la herencia, en cuanto ese trámite esté formalizado regresaremos en el primer tren a Madrid, y enterrado se quede todo este asunto. Si los Aldemón, por las razones que ellos sabrán, han mantenido a mi padre, que Dios lo tenga en el infierno y me perdone por lo que acabo de decir, en un asilo estos últimos diez años a cuenta del valor de cuatro paredes que según me aclara están en ruinas, más lo que queda del olivar, que según me aclara también es la ínfima parte de lo que en su día pertenecía a la familia, es su problema, y no el mío. Que lo hubiesen tirado a los marranos, Dios me perdone otra vez. Pero si pretenden cobrar doce millones de pesetas de servidora, así, por la cara, es que o son muy tontos o se piensan que una es imbécil. ¡Ea!, que ahora soy yo la que me pongo flamenca. Así que así mismo se lo está diciendo.

–Doce millones de pesetas, ¡qué barbaridad! Bastante se han chuleado ya esos canallas a costa de los vicios de mi padre–.  Triana, en contra de lo que en ella era habitual, se subía por las paredes. Estaba tardando el notario en darle cita y firmar la renuncia a la herencia. Y lo peor es que para cumplimentar dicha renuncia tenía que ir al pueblo y regresar a donde había jurado no volver a poner un pie, ni viva ni muerta. Rosario la veía y no daba crédito a los impulsos de su madre, que parecía una leona enjaulada.

–A ver mamá, tranquilízate; vamos, firmas y se acabó.

–Claro, si eso es lo que yo quiero, no te creas, pero me espero una encerrona. Esos Aldemón lo que quieren es ridiculizarme. Lo tenían todo muy bien pensado: o doce millones, o ver a la última de la estirpe de los Jurado decir adiós al último pedazo de tierra que desde generaciones ha pertenecido a la familia. Ese viejo cabrón quiere cerrar el círculo. Pero se morirá sin ver cumplidas esas ganas. El muy hijo de puta no perdona el no haber podido casarse con mi madre, ni haber podido conmigo… y de esos polvos…–.  Triana se derrumbó sobre la cama del hotel, llorando a moco tendido por la rabia que le producían los recuerdos. Su hija, que ahora sí desconocía por completo a su madre, la consoló apenas como pudo, tan contrita casi como ella. Había una llave que faltaba para abrir del todo el pozo de oscuros sentimientos que albergaba su madre en su interior, e intuía que con llave o sin ella, la cerradura no tardaría en saltar en pedazos ante la fuerza volcánica que se estaba desatando en el interior de su progenitora. Había algo más en todo aquello, algo que trascendía a una simple aunque dolorosa cuestión de orgullos quebrados y luchas entre familias mal avenidas.

–¿Cómo? –. Ahora era Rosario quien blanca de ira no se podía creer la parte de la historia que le faltaba para comprender del todo de qué iba aquello–. Mamá, eso es muy serio, ¿de verdad ese viejo cabrón permitía que ese tan Aldemón padre se acostase contigo para saldar sus deudas de juego? ¡Me cago en sus muertos! En los muertos del abuelo no, perdona. En los muertos de ese Aldemón. Verá el hijo de puta ese como me lo eche en cara.

–No. Eso sí que no. Aquí hemos venido a zanjar un asunto que por muy doloroso que sea para mí, a ti no te va ni te viene, ¿estamos? Mañana he quedado con el notario, a primera hora de la mañana. Tú me acompañas, pero sin decir palabra. Firmo lo que haya que firmar y enterramos este asunto y no se miente más, ni para bien o para mal, ¿estamos? Bien. Ahora ya sabes lo que tanto has querido saber. Y aquí se acaba el misterio. En Madrid, otra vez a lo nuestro, con la cara bien alta.

El notario en realidad actuaba como albacea de las últimas voluntades de su padre. Era, sin duda, un hombre de paja de los Aldemón,  pero las instrucciones que su progenitor le había dictado requerían que toda firma de traspaso de la herencia, bien en el sentido de aceptarla con las deudas correspondientes, o rechazarla, debería hacerse en lo que quedaba de propiedad familiar, entendida esta por aquel medio centenar de olivos en pena, y un montón de escombros donde un día Triana vino al mundo. Su primera impresión al ver todo aquello eclipsó el asco que le supuso ver a los Aldemón, padre e hijo, esperando al borde de la propiedad, como sujetos jurídicos implicados en el traspaso, según le había explicado el notario previamente, pues o bien cobraban la deuda que su padre había contraído con ellos, o los olivos y escombros pasaban a ser de su propiedad. Triana odiaba aquel olivar, sí, como se odian las heridas que se llevan puestas sin dar pie a que cicatricen. Por eso era hora de que las heridas curasen. Miró en rededor suyo, y todo lo que veía le hacía recordar, y a cada recuerdo recibía una punzada de dolor o añoranza, según lo que le viniese a la memoria. Aquello que veía solo era una ínfima parte de lo que había sido de su familia, hasta que su padre; gandul, putero, borracho y jugador, lo fuese perdiendo a trozos por sus deudas con un hábil Antonio Aldemón, que despechado por ser rechazado por su madre, consagró su miserable vida a destruir  la honra del apellido familiar, tan secular y reverenciado como el que más. Era hora de dejar zanjado el asunto. Triana, sin decir palabra y con pasos medidos, lentos pero seguros, después de respirar el ayer de su infancia y el recuerdo de su madre y de muchos momentos que quiso evocar como felices, se dirigió al notario, que sostenía en sus manos el documento de la renuncia para su firma. Los Aldemón la esperaban sonriendo; el padre, en silla de ruedas, bovino y asqueroso como siempre, y el hijo, vivo reflejo del padre. Ambos saboreaban una victoria por tiempo anhelada. El notario le extendió los papeles, Triana los cogió con mano firme, hizo como que los leía, y dejando escapar una sonrisa de triunfo, los rasgó ante los ojos del notario y los bovinos allí presentes. Su hija dejó escapar un suspiro quedo, de admiración. El notario, balbuceante, sólo repetía, incrédulo: pero, pero, pero... Peor fue la reacción del Aldemón hijo, quien en un arrebato de ira alentado por la gestualidad de su padre, que se revolvía en su silla de ruedas, intentó alzar la voz más de lo prudente para achantar la voluntad de Triana–. ¡Pero esto qué coño significa!, sepa usted que…–. Pero Triana le atajó alzando más su voz, de forma imperativa, reclamando silencio, y cuando vio que todos la miraban, estupefactos por el cambio de rumbo en sus planes, recuperada ya su tranquilidad y buscando la mirada aprobatoria de su hija, se dirigió al notario con la misma serenidad con que era conocida en Madrid–: Señor notario, prepare los papeles para el abono de los doce millones de pesetas a estos señores. Comprenderá que esta es mi tierra, donde vine al mundo, y antes que yo, muchos otros de mi familia. Si estos señores aquí presentes pretendían hacerse amos de todo esto, lo siento por ellos. Pero estos olivos, este olivar, no tiene precio para mí, señor mío. En Jaén, o se tienen olivos, o se es peón. Y doce millones de pesetas no es nada comparado con la honra de Triana Jurado, que no se vende, ¿estamos? Así que ya le puede decir a estos señores que aire, en estas tierras no hay lugar para marranos.

Y, de repente, medio centenar de olivos centenarios, que hasta esos momentos parecían almas en pena, se irguieron como gigantes, al tiempo que las cicatrices de Triana desaparecían y Antonio Aldemón padre espiraba su último rencor fulminado por un ataque al corazón.

–Creo, hija, que tardaremos aún un tiempo en regresar a Madrid; a estos olivos hay que dedicarles tiempo, y esas cuatro paredes no se levantarán solas. Además, esto es Jaén, y sería un pecado renunciar al tesoro de esta tierra. Creo que quedará muy bien aquí un hotelito rural dedicado al oleoturismo, y una almazara, ¿tú qué dices?...

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