Despedida milenaria

Despedida milenaria

[JAM Viñas]

Y entre los olivares sedentarios

se deslizan las claves de la historia.

Olivo, testigo de la memoria,

desvela tus secretos milenarios.

 

Queridos amigos:

Mi final se acerca. Un cosquilleo de hormigas por el interior de mi tronco me está anunciando que las raíces ya no pueden sujetarme más. Mil quinientos años de vida quizá no sean suficientes para conocerlo todo, pero al menos me han servido para disfrutar de este paisaje durante siglos. Sé que algunos de vosotros sois demasiado jóvenes aún. Si no me falla la memoria, casi perenne como mis hojas, mi compañero más antiguo tiene mil trescientos años y algunos de vosotros ni siquiera llega a trescientos.

Pero antes de que mis huesos ramificados acaben en el fuego de algún hogar, os quiero transmitir mi sabiduría que, aun cuando nos parezca inútil, como casi todos los saberes, nos sirve para conocernos, para situarnos en el mundo, para saber quiénes somos. Aunque muchos me habéis escuchado ya discernir sobre nuestro valor, hoy quiero compartir con vosotros la fuerza ancestral del olivo y desvelar el arrobo que produce el contemplarnos sobre estas campiñas. Somos como trenzas que se van uniendo en torno a las riberas de los países mediterráneos o como peregrinos realizando el “maniquí challenge”.

En general, los árboles nos hemos convertido en símbolos para los seres humanos. Al igual que sucede con los animales, llevamos millones de años plantados en este planeta y por eso despertamos tanta admiración, porque somos cobijo para ellos, porque sobre nuestra corteza dejaron los primeros testimonios escritos, porque con nuestras ramas calientan sus cuerpos, porque mientras ardemos rememoran sus tradiciones. Todos los pueblos tienen un árbol predilecto, pues ven en nosotros la concentración de unas cualidades difícilmente superables. La higuera es el árbol sagrado en la India; entre los celtas, la encina, el fresno para los escandinavos. Muchos dioses creados por el ser humano tenían como atributo algún árbol. Recuerdo con especial predilección la historia de Apolo y de su amada Dafne, la cual, presa de un desdén desmedido contra el dios de la música y de las artes, pidió a los dioses que la convirtieran en el árbol que da origen a su nombre, el laurel, y aquel pobre, cuando llegó a abrazarla, solo pudo hacerse daño con las ramas, pues ya habían desaparecido los blancos y delicados brazos de Dafne. Desde entonces Apolo consagró todos sus esfuerzos a recordar el nombre de su amada. Como podéis comprobar, los árboles ofrecemos amor, comida y oxígeno. Hacemos que los seres humanos tengan los pulmones a pleno rendimiento.

Y nuestra verticalidad es vista por el hombre como una comunión entre los tres mundos que para ellos existen: nuestras raíces parten del mundo inferior, infierno invisible que se esconde en las entrañas de la tierra; nuestros troncos y ramas muestran la vida del hombre sobre la Tierra y nuestra copa se une al elemento superior, el cielo. Por eso, entre los cristianos la verticalidad del árbol aparece representada en el palo de la Cruz de Cristo, mientras que el palo que lo atraviesa de forma horizontal representa a los hombres que luchan y combaten por sobrevivir. Somos vida inagotable siempre en perpetuo crecimiento, siempre en perpetuo conocimiento.

Quizá por un error, nosotros, los árboles, nos convertimos en la esperanza del ser humano. Recuerdo una leyenda que nos sitúa en el origen de su confianza. Los dioses, en el principio de los tiempos, hicieron descender de los cielos una cuerda con una piedra para los hombres, pero estos no vieron la utilidad de un material tan duro y por eso rogaron a los dioses que les enviasen algo con más sustancia. Y entonces los dioses hicieron descender de los cielos un racimo de plátanos. Los hombres agradecieron el gesto de las divinidades y consideraron que ese sí era un buen regalo. Pero lo que no sabían los hombres era que en la piedra estaba la inmortalidad y en los plátanos lo efímero, lo transitorio, en fin, la mortalidad.

Todos estos mitos creados por los hombres son una justificación para tenernos como referentes, pero sin duda son una excusa para hablar sobre economía, sobre el paso del tiempo, sobre el amor, sobre el desamor, sobre la naturaleza. Y gracias a estas elecciones, nosotros, los olivos, no hemos pasado desapercibidos ni para los economistas, ni para los agricultores, ni para los comerciantes y sobre todo no hemos pasado desapercibidos para los poetas.

Y allá entre los olivares

por tierras de Andalucía

se oyen y escuchan cantares

del sol saludando al día.

Las religiones han visto en nosotros la sustancia que limpia por dentro y por fuera. Nuestro aceite prepara al ser humano para el más allá y así es como las olivas que se desprenden de nuestras ramas eternas impregnan de eternidad al ser humano y lo ayudan a pasar al otro lado.

Sin menospreciar el poder de muchos otros árboles, nosotros somos conscientes de que hemos estado en momentos claves de la historia del ser humano, además de proporcionarle la sustancia que los revitaliza.

Cuando la esperanza de Noé y de su familia era ya casi una desesperanza, nosotros logramos sobrevivir a la catástrofe acuática enviada por Dios. La paloma, nuestra aliada, logró extraer unas ramas de un antepasado y cuando Noé vio que la vida se mantenía sobre la faz de la Tierra, pensó que con el olivo el pacto de paz con Dios quedaba firmado. Las ramas de nuestro ancestro fueron la rúbrica que aseguró el porvenir del ser humano.

Muchos años después, entre los griegos, otro antepasado nuestro se plantó delante de la Acrópolis por orden de la diosa Atenea. El rey Cécrope había construido una ciudad próspera en Grecia, pero aún no estaba bajo la protección de ningún dios. Fue entonces cuando los olímpicos nombraron a Poseidón y a Atenea patronos de la nueva ciudad. Pero como los dioses, al igual que los hombres, tienen una ambición desmedida, una disputa surgió entre ellos. Al no ponerse de acuerdo sobre cuál de los dos sería el representante de la ciudad, los dioses aconsejaron que aquel que donase a la ciudad el regalo más valioso, ese sería su protector. Poseidón, sujetando con fuerza su tridente, lo golpeó sobre las aguas e hizo brotar del mar un caballo vigoroso, pero demasiado brioso para los pacíficos habitantes. Hay quienes dicen que lo que hizo brotar fue una fuente de agua salada que anegó enseguida los campos fértiles del recién inaugurado asentamiento griego. Atenea, pensando más en los ciudadanos, hizo brotar un olivo al pie de la Acrópolis y la misma diosa les enseñó a cultivarlo y les mostró sus propiedades y utilidades: y como vieron que los olivos les proporcionaban aceite para cocinar, para iluminar sus lámparas, para hacer perfumes, para cuidar sus cuerpos, para hacer libaciones a los dioses, no dudaron en acoger a la diosa Atenea como protectora de la ciudad y en honor a ella y a su preciado regalo, los habitantes de aquella recién inaugurada ciudad le pusieron el nombre de Atenas.

La historia de Atenea y de su ciudad marca un hito en Grecia, pero la Odisea de Homero tiene más repercusión, porque detrás de la historia de Odiseo se revela el origen de los viajes por mar y de la lucha de los marineros por regresar a su casa. Odiseo marca el código genético de los futuros aventureros. Como ya os conté en otras ocasiones, este héroe griego, después de combatir ante las murallas de Troya y ser el artífice del famoso caballo de madera, gracias al cual se pudo conquistar la fortaleza troyana, regresó a su Ítaca natal, pero Poseidón se lo puso difícil y durante un tiempo no dejó de dar tumbos por el mar. Por fin, después de veinte años, diez combatiendo y diez sobreviviendo entre el oleaje marino, regresó a su hogar. Aquí las cosas no estaban calmas, porque unos pretendientes no habían dejado de acosar a su esposa Penélope. Pero, con la ayuda de su hijo Telémaco logró vencer a los pretendientes y a partir de este momento llegó nuestro protagonismo, ya que después de las múltiples vicisitudes, Odiseo, ante las dudas  de su propia esposa Penélope, se vio obligado a describirle cómo había diseñado el lecho matrimonial: creció dentro del patio un olivo de alargadas hojas, floreciente y robusto como Odiseo, y el propio héroe labró en torno al tronco del olivo las paredes del dormitorio; despojó de la frondosidad al olivo y pulió con herramientas broncíneas su tronco desde las raíces; después de alisarlo y rebajarlo, elaboró el pie de la cama y a partir de él erigió el resto del tálamo. Cuando Penélope reconoció que todo había sido hecho tal cual lo había explicado su marido, se arrojó en sus brazos y comenzó a besarlo y a amarlo. Nuestro hermano olivo fue testigo del encuentro amoroso más esperado de toda la antigüedad, después de una ausencia de veinte años. Los olivos hemos presenciado historias verdaderas e historias ficticias, y seguiremos estando al lado de otros acontecimientos que marquen su existencia.

Algunos compañeros que desaparecieron decenios después de que naciera yo me indicaron que los romanos se preocuparon mucho por organizar y distribuir nuestro cultivo. Especialistas como Estrabón, Columela, Plinio o Catón impulsaron nuestro desarrollo. El mar Mediterráneo y nuestro río, el Guadalquivir, se convirtieron en focos de transacciones comerciales. Las ánforas se agrupaban en los barcos y se las llevaban de nuestra zona, que entonces se llamaba Bética, a Roma. Nuestras cosechas se exportaban sin cesar. Tras la colonización de la Península ibérica, Roma vio en el sur una fuente fértil y rica en tierras para el cultivo. Y así fue como los olivares comenzaron a proliferar, siguiendo los consejos de autores como los anteriormente citados. De hecho, Plinio define la provincia Bética de esta forma tan concisa: “La Bética, así llamada por el río que la cruza por la mitad, aventaja a todas las demás provincias por la riqueza de su aspecto y por cierto esplendor particular en su fertilidad”. La calidad de nuestras aceitunas y, por consiguiente, de nuestro aceite era tal que existían unas ánforas especiales globulares, como una gran garrafa, con cuello y asas cortas que podían llevar hasta setenta kilos de aceite. Las alfarerías se situaban en las orillas del Guadalquivir y del Genil y así el embarque se hallaba cerca de la producción de aceite. Aquellos antepasados andaluces nos contaron que cuando las ánforas llegaban a Roma no podían ser reutilizadas debido a la grasa acumulada en sus paredes y la única solución que hallaron fue arrojarlas a un vertedero llamado “Testaccio” o monte de los tiestos. Se decía que según el volumen acumulado sobre esta colina artificial, así se medía el poder alcanzado por Roma y la fama del aceite producido por nuestras aceitunas.

Dicen los expertos que en la Tierra hay lugares que se pueden considerar el centro del mundo porque desprenden una fuerza especial. En estos valles del Guadalquivir nosotros, sin duda, nos hallamos en uno de esos centros de atracción, pero el que guardo en mi memoria como un recuerdo imborrable es aquel del que me habló un amigo, el huerto de Getsemaní, en la ciudad santa de Jerusalén. Los Evangelios cuentan que ese lugar estaba rodeado de muchos olivos y era tal la tranquilidad que desprendía, que Jesús, el Mesías de los cristianos, se reunía allí a menudo con sus apóstoles y muchas veces acudía él solo. La noche después de la Última Cena dejó a sus apóstoles a la entrada del jardín y él se adentró hasta la zona más poblada de olivos y comenzó a orar, rogando a su Padre que pasara pronto el sufrimiento que se cernía sobre él. Y fue así como después de orar, un traidor, de nombre Judas, besó a Jesús, siendo la señal para ser apresado, condenado y finalmente crucificado. Nosotros también fuimos testigos de estos hechos tan transcendentales para buena parte de la humanidad.

Hoy seguimos produciendo el mejor aceite y sus gotas siguen destilando los mejores versos, mientras los poetas se deleitan paseando por entre las numerosas hectáreas que ocupamos. Los olivares seguimos compartiendo los mejores momentos de la vida del hombre, del poeta que representa a todos los hombres que luchan y trabajan, y nuestro aceite seguirá nadando sobre el agua para llegar a todas las tierras que lo acojan.

¡Tierras de afable olivo,

que se expanden por las lomas

con su universo de aromas,

no caigáis en el olvido!

Y sin más me despido de vosotros, porque ya cada mochuelo está en su olivo.

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook