La espuma del ayer

La espuma del ayer

[Adelaida Porras Medrano]

A Isabelita le dolía todo el cuerpo. Sobre todo cada vez que se agachaba. Y aquella tarde llevaba cerca de un par de horas en cuclillas al lado del cubo de plástico, dando vueltas a la mezcla del jabón. ¡Cómo pasan los años, Dios mío!, pensó mientras trataba de incorporarse trabajosamente. Estas rodillas mías acabarán por darme un susto el día menos pensado. No, si es que no hay manera de ponerse de pie. A ver si voy a volcar el cubo, lo que faltaba.

Tuvo que sujetarse a la vieja silla de enea que usaba de niña para coser y que ahora siempre procuraba tener al alcance de la mano cuando estaba en la cocina. Hay que ver, otra cosa del ayer. Como el jabón. Con razón le decía Julita cuando venía a verla que vivía en otra época.

–Tita –siempre la llamaba así, aunque en realidad no había lazos de sangre entre ellas–, ¿qué necesidad tienes de pasarte las horas muertas dando vueltas a esa masa con una vara? Si hoy en día el jabón ya no es un artículo de lujo, ni que estuviéramos todavía en la época del hambre. Pero bueno, si te gusta hacerlo, usa por lo menos una batidora, que acabarías en diez minutos.

¡Cuántas veces había escuchado ese mismo razonamiento! La gente puede ponerse muy pesada. Ella nunca decía nada. Guardaba silencio hasta que su interlocutor, agotada la infructuosa argumentación, decidía cambiar de tema. ¡Qué sabe nadie! Como la canción de los ejes de la carreta. Si al dueño le gusta que chirríen, para qué los va a engrasar, pues eso mismo le pasaba a ella.

Y es que no tenía ganas de ponerse a dar explicaciones. Además, no sabría muy bien cómo expresar lo que sentía. Era algo muy profundo, ligado a los recuerdos de su infancia, como la silla de enea. Bueno, de su infancia y de toda su vida, porque llevaba así desde que tenía uso de razón, desde que fue capaz por primera vez de agarrar con fuerza la vara para remover la masa. Y no era cosa de cambiar a estas alturas.

Que no y que no, que seguiría haciendo el jabón como siempre, como aprendió de su abuela, de la que aprendió todo, por otra parte. ¿Por qué iba a renunciar a ese rito? Porque eso era, un rito, esa era la palabra. Todavía le parecía oír aquella voz cansada que, desde hacía muchos, muchísimos años, solo sonaba dentro de su cabeza:

–Niña Isabel, acércame la cántara del aceite usado. No, la sosa la cojo yo. Tú trae el aceite, pero con mucho cuidado, no vaya a ser que lo derrames.

Y la niña obedecía, alborozada ante la idea de pasar una tarde entregada a lo que le parecía el juego más deseable. Porque, inclinada ante el enorme recipiente, se sentía como una hechicera capaz de conjurar el lado oscuro de la existencia. Ya entonces le gustaba observar la mezcla con concentración, fascinada por la metamorfosis que se producía en el interior del barreño. Primero, como por arte de magia, el agua y el aceite desprendían calor al contacto con la sosa y después, muy lentamente, se fundían y comenzaban a espesarse, por obra y gracia de las vueltas que la vara, firmemente agarrada por sus pequeñas manos, daba sin descanso.

Pronto descubrió que aquella acción mecánica y repetitiva favorecía la meditación. Era su momento de recogimiento. Isabelita depositaba allí sus pesadumbres, como si aquella masa caliente pudiera absorberlas y hacerlas desaparecer. Y así fue desprendiéndose poco a poco de todo aquello que ensombrecía su mirada. Pues si aquel proceso mágico era capaz de purificar el aceite usado hasta convertirlo en el elemento de la limpieza por antonomasia, ¿no habría de conseguir que ella olvidara sus pesares si los dejaba allí cuando miraba todo lo fijamente que le era posible  el remolino líquido? Seguro que este se llevaba al fondo del barreño todo lo que la atormentaba. Esa era la fuerza del aceite. Con él todo podía ocurrir. Bien que lo decía su abuela.

–Niña, no hay mal que el aceite de oliva no cure. Para los golpes, para los dolores, para la piel, para el pelo, para las cataplasmas, las friegas... Es el oro de los pobres.

El aceite es salud, repetía mentalmente Isabelita aquella tarde en la que, anquilosada por la artrosis, se entregaba al ritual que tanto consuelo le había proporcionado a lo largo de su vida. Y aquel día, como el que hace balance ante el final de una etapa, decidió echar la vista atrás para tratar de recordar todo lo que había dejado olvidado entre los vapores de la sosa. Allí habían quedado las ausencias, las pérdidas, las decepciones, los fracasos, succionados sin piedad por la espiral purificadora.

Y volvió a sentirse como la niña desvalida que había sido ante el vértigo del vacío que el destino le había impuesto. Aquella niña que sentía su carga aliviada al hacer jabón con aceite de oliva usado. Porque la vida se parecía al aceite. Vaya si se parecía. Limpio, puro, virgen en su nacimiento, con ese aroma único que despertaba en ella la sensación placentera de los recuerdos felices, como cuando su madre impregnaba en el líquido espeso y ligeramente verdoso una rebanada de la hogaza recién hecha. Ella fue la primera en partir, raptada por la enfermedad. Y eso fue también lo primero que Isabelita echó al remolino, aquella tos persistente que iba consumiendo a madre poco a poco. Luego vendría la marcha del padre, obligado a buscar el sustento en tierras lejanas de las que regresaba de año en año, cada vez más cansado, más ausente, más perdido en sus pensamientos, hasta que la niña comprendió que el débil vínculo que la unía a aquel hombre se había desvanecido. Eran dos extraños obligados a reencontrarse. Fue su segunda pérdida, no por anunciada menos dolorosa. Y eso también lo arrojó al remolino.  Después la abuela, su única compañera durante tanto tiempo, la que le enseñó todo de la vida y de las cosas. Ella también se fue. Todavía la echaba de menos. Nunca fue cariñosa, tampoco habladora, pero su sola presencia conjuraba la soledad, incluso cuando ya no la reconocía y solo decía disparates que hacían sonreír a los vecinos. Por aquel entonces Julita empezó a frecuentar la casa y a darle consejos sobre la elaboración del jabón. Tenía gracia el asunto, perdía a la que había sido su maestra y aquella niña resabiada, porque eso era, una niña sabelotodo, quería ocupar el puesto vacante. El ayer borrado, olvidado por el mañana. Así lo sentía Isabelita. Y se revolvía internamente ante lo que consideraba casi un sacrilegio.

Y eso lo echó también al barreño, la despedida de la abuela, la insolencia de Julita, su propio desagrado ante la injerencia. Todo había quedado allí, purificado al mismo tiempo que el aceite viejo y maloliente. A ver si no se parecía a la vida. Degradado poco a poco por el uso y el paso del tiempo, como la propia existencia.

Pero lo peor de todo estaba en el fondo del remolino y a Isabelita le costaba sacarlo a la superficie. Había luchado mucho por olvidarlo. Había golpeado una y otra vez aquel recuerdo con la vara para volver a hundirlo cuando trataba de salir a flote y ahora era ella misma la que quería recuperarlo. ¡Qué ironía! Pero necesitaba hacerlo, necesitaba hacerse consciente de todo lo que había ido abandonando a la espiral purificadora. Y sí, por supuesto que allí estaban la ausencia y la pérdida, la mentira y la traición, pero sobre todo, en el fondo de aquel barreño, se encontraba el episodio más oscuro de su vida, el que la había atormentado de manera más persistente, el que le hizo creer que iba a perder la razón. Porque allí estaba el llanto de aquel niño no nacido, su sonrisa, su futuro. Eso había sido, con mucho, lo peor de todo. Durante años, se despertó en mitad de la noche al oír la llamada de aquel hijo inexistente, al que había decidido olvidar antes de que llegara al mundo. ¿Cómo se puede olvidar lo que no se conoce? Parece un sinsentido y sin embargo así había sido. Lo había arrojado al remolino de sosa corrosiva, que lo había succionado sin piedad hasta desintegrar por completo aquel recuerdo lacerante. Ella no quería hacerlo. No era su culpa. Fueron las circunstancias. Fue aquel hombre que la embaucó para luego desaparecer. Y el miedo, un miedo horrible que no fue capaz de dominar y luego la abuela, la abuela que se echó las manos a la cabeza, que le dijo que estaba perdida, que nadie volvería a mirarla a la cara en el pueblo. Eso fue.

Frente a aquello, el resto de olvidos carecía de importancia. Ni los abandonos ni las traiciones, las suyas y las de otros, nada resistía la comparación. Todo palidecía ante lo que nunca existió.

Y ahora, después de tantos años, Isabelita volvía a sentir la misma angustia, el mismo deseo de huir, de volcar el barreño y esparcir sobre el suelo su contenido y con él su pasado recuperado. Pero no era posible. Todo estaba allí y así sería para siempre. No quedaba otra opción que asumir los actos realizados y seguir adelante, como había hecho toda su vida. Así que continuó moviendo la masa, con la intención de volver a hundir los posos del ayer que habían emergido desde el fondo de su pensamiento.

Por fin. La mezcla había cuajado. Se había obrado de nuevo el milagro que reunía en un solo cuerpo a los eternos enemigos. El agua y el aceite se habían fundido y, al hacerlo, habían atrapado todo lo allí depositado. Isabelita podía sentirse otra vez liberada, limpia, como cuando lavaba su piel con la espuma del jabón que fabricaba con sus recuerdos.

Se incorporó con cuidado, apoyándose sobre el asiento de enea que le quedaba al alcance de la mano. Ahora solo faltaba rellenar los moldes y esperar. Eso había hecho siempre, esperar. No sabía muy bien a qué. Quizá tan solo se trataba de repetir una y otra vez el mismo ciclo, de limpiar lo que el discurrir del tiempo había ensuciado. Seguramente era eso la vida, volver a empezar. Pero aquel día se sentía cansada, muy cansada, y pensó que a lo mejor no habría un mañana, que aquella podría ser la última ocasión en la que se entregara a su particular rito liberador. Sonrió mientras dejaba los guantes al lado del cubo. Se sentó sobre la vieja silla de la infancia y cerró los ojos, adormecida por el esfuerzo. Cuando volviera Julita, la encontraría así, sentada junto a la masa de sus recuerdos.

Antes de penetrar en el sueño sin retorno, Isabelita escuchó la voz de la abuela, como cuando de niña fabricaban juntas el jabón que usarían en la casa a lo largo del año. Y se dio cuenta de que había algo que su antigua compañera no le había enseñado. Algo que había aprendido por sí misma: que el aceite sirve también para limpiar el alma.

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