El Olivo

El Olivo

[Emilio Rico]

–Todo el pueblo lamenta la decadencia del olivo –comentó mientras bajaban la colina. Sin embargo, nada inusual parecía ocurrirle. El frondoso árbol seguía en perfectas condiciones: sus ramas se alzaban impotentes y su figura dominaba el pequeño pueblo. Proyectaba una amplia sombra conforme el sol iba cayendo, que llevaba a fantasear sobre él: ¿cuánto llevaría allí? ¿Qué historias habría presenciado? Y, como era normal por aquella época, gruesas y verdes aceitunas adornaban sus ramas cuales esmeraldas en joyero. El trinar de los pájaros, e incluso algún pequeño ruido procedente del pueblo, adornaban aún más la escena. Y la fragancia…

–Lo recuerdo tal y como está ahora –contestó su acompañante–. ¿Qué fue lo que llevó a esta situación?

–Prima mía, tal como tú lo dejaste se encuentra en este momento. Fueron los espíritus –se dispuso a relatar su historia–. Bien es sabido que el olivo cuida de nosotros desde la fundación de este pueblo. Según la tradición, era un intercambio de servicios: el olivo nos protegía y a cambio nosotros respetábamos sus hermosos frutos.

–Permitidme adivinar: alguien rompió esta regla.

–No, en esta ocasión no fue así. Pero el olivo sabe todo: sabe que alguien va a incumplir el trato… y desde entonces, permanece en silencio.

–¿En silencio? ¿A qué os referís?

–Toda persona que haya vivido aquí algún tiempo sabe lo que dice el olivo… y en estas últimas semanas, no ha hablado en absoluto. Pero vos, Laura, habéis vivido demasiado tiempo fuera. La ciudad os ha nublado la mente.

–Vaya insensateces decís.

–Rápido, apurémonos antes de que caiga la noche –se giró Tomás–. Mañana temprano habréis de partir de vuelta a Madrid, y os conviene estar descansada.

Y cabalgaron de vuelta a la casona familiar, antaño hogar de noble linaje que servía ahora de hogar de retiro.

–¿Qué os pasa, prima mía? –preguntó Tomás tras observarla largo rato permanecer con la mirada perdida más allá de la ventana.

–Reflexionaba.

–¿Y qué asuntos os atormentan?

–No puedo apartar de mis reflexiones el aspecto de esas aceitunas.

El rostro de él se heló, mas ella no pareció percatarse.

–Eran tan hermosas… tenían una apariencia deliciosa. Un aceite realizado con ellas sería exquisito, quizás el mejor que se haya nunca hecho. Daría yo una fortuna por poseerlo.

–¿Estáis segura de lo que decís? –inquirió su primo con seriedad.

–Nunca he dicho algo con tanta certeza –le miró profundamente Laura, con sus ojos negros como la noche sin luna.

Él se incorporó.

–Yo os lo traeré –se ofreció.

–¿De verdad lo haríais por mí?

–Cualquier cosa.

Y, con una expresión de angustia, salió de la habitación. Su familiar, sin embargo, no pareció apreciarlo.

–Son casi las doce, señora –la avisaron–. Debería ir a dormir.

–Estoy esperándole –repitió.

–¿A quién?

–A Tomás, por supuesto. Partió hacia el olivo cuando el sol se ponía, y aún no regresa.

–No se preocupe y acuéstese. Mañana por la mañana estará aquí.

–Bien, si no hay más remedio…

No pasó una noche muy agradable, pero sí plagada de despertares angustiosos. Un malestar general la había invadido, y así estuvo hasta que la luz comenzó a filtrarse entre las bordadas cortinas de su habitación. Rápidamente se incorporó y, aún en camisón, salió de su cámara.

–Buenos días, señora. ¿Dónde vais tan veloz?

–¿Ha vuelto ya?

–No, señora. Nadie le ha visto desde que cruzó el umbral de esta casa ayer mismo–. Su rostro adquirió la misma mueca que el de su primo hacia tan solo unas horas.

–¡Señora! ¡No podéis salir así! –le gritó el criado.

Pero ya no le oía. Corría, corría hacia el olivo tan rápido como su cuerpo se lo permitía. La localidad era pequeña, así que no le costó mucho llegar. Al fin, tomó aliento.

–¡Tomás! ¡Tomás! –comenzó a gritar.

Dio la vuelta al gran árbol y buscó por allí, mas no encontró nada. Entonces, sus ojos volvieron a reparar en aquellos verdes, brillantes y apetecibles frutos que el día anterior la habían hechizado. Y entonces, olvidó todo. Solo había una cosa en su mente: olivas. Olivas. Olivas. Sin ser consciente, alargó una mano para tomar una y…

–Por fin despertáis –oyó una voz femenina.

Se incorporó bruscamente.

–¿Dónde…?

Seguía en el mismo lugar. Estaba sentada sobre la fresca hierba, a la sombra del olivo. Y frente a ella, una mujer que no conocía de nada, engalanada con ropajes a juego con el paisaje. Una sonrisa adornaba su moreno rostro.

–Buenos días –saludó la desconocida.

–¿Quién sois?

–¿Quién sois vos? –devolvió la pregunta ella–. ¿Y por qué ansiabais las olivas?

–Antes responded a mi pregunta.

Ella suspiró.

–Soy el Olivo.

–¿El Olivo?

–Sí, el mismo, el que veis ante vos. Aquel que da los hermosos frutos, aquel bajo cuya sombra reposáis ahora. Y me gustaría saber por qué ansiabais mis olivas.

–Eran muy apetecibles, así que pensé en hacer aceite con ellas para probarlas –respondió, no habiendo asimilado del todo la situación.

–Mentís.

–Digo la verdad.

–No se puede engañar al Olivo. Repetiré de nuevo: ¿por qué ansiabais mis olivas?

No obtuvo respuesta.

El Olivo suspiró de nuevo.

–Ya sabía yo que tan fácil no me iba a resultar. Pero si fuera vos, respondería mi pregunta, y más en vuestra situación actual.

–¿Mi… situación?

–¡Oh, es cierto! Todavía no os lo he contado. Ya no estamos en vuestra realidad.

–¿Cómo?

–Observad atentamente. ¿Oís a los pájaros cantar? ¿La brisa correr? ¿Ruidos del pueblo? ¿No? Sin embargo, en vuestra última visita podíais hacerlo… esto es porque estamos en otra realidad: la realidad del Olivo. Mi realidad.

El rostro de Laura era todo un panorama.

–¿Qué… hago aquí? –preguntó asustada al comprobar que lo que le había dicho era cierto.

–Vinisteis para responder a mi pregunta. ¿Por qué ansiabais mis olivas?

–Quería guardármelas… conservar un recuerdo de este pueblo, de mi estancia aquí… inspirar su maravilloso olor, deleitarme con su tonalidad… he de regresar a la ciudad, donde todo es gris, donde todo está seco. ¡Tan solo quiero llevarme un recuerdo de este verde que he vivido aquí!

–Si las aceitunas se alejan del árbol, pierden su esencia. ¿No sabíais eso?

–¡Sí, lo sabía! ¡Mas no quería asumirlo! Quería pensar que se mantendrían así para siempre, como las memorias en la cabeza.

El Olivo posó una mano sobre ella, tranquilizándola.

–Descuidad. Mantener el olivar en mente os hará sentiros bien. Y hacedme caso, sé más que vos.

–¿Quién sois? –volvió a preguntar.

–Soy el Olivo –se oyó la misma respuesta–. Y sé todo, porque vivo en más realidades. Todo cuanto habéis vivido hasta este momento… es tan solo una ilusión. Toda vuestra vida como yo. Tanto vos como yo, al menos en mi forma física, estamos a merced de un ser que decide por nosotros. Quién sabe, quizá tras él haya alguien más.

–¿Toda… mi vida?

–Eso es. Toda vuestra vida. Somos una irrealidad. Sin embargo, yo sí que vivo… en forma de este precioso árbol que hay detrás de nosotras. Es la línea que atraviesa este mundo falso, el puente de conexión entre nuestra ficción y la verdad.

–Entonces… Tomás… –volvió a sonar temblorosa.

–No desapareció, porque simplemente nunca estuvo ahí. Sin embargo, vos sois especial. Por algún motivo, los de allá sienten predilección. Y por ello, me han enviado a recogeros. Quieren que viváis.

–¿Por qué yo? ¿No puedo seguir aquí?

–Ha llegado la hora de este lugar. Los de allá crean mundos, sueñan con ellos, se divierten… y luego los destruyen. Para ellos, es tan fácil como para nosotros levantar una mano. Y así, desaparece todo. Pero yo soy el Olivo. Vivo en ambos sitios a la vez. Doy frutos, los recogen, hacen bálsamos, perfumes, limpiadores, lubricantes, condimentos… Yo los veo, los vigilo. Se parecen a vos. También tienen sus días contados. Y ahí estoy para acogerles.

–¿Cómo… son?

–¿Queréis saberlo? No tenéis más que acercaros a mí. Entonces, vos también seréis el Olivo. Renaceréis.

Tímidamente, se incorporó y acercó su brazo.

–Eso es… venid conmigo.

Por fin, sus manos se tocaron. Entonces, hubo un resplandor y abandonaron aquel paisaje ficticio que alguien había creado para ellas.

 

Los Olivos siguen ahí. Nunca mueren, pues su descendencia siguen siendo ellos mismos. Nos cuidan, nos vigilan y nos dan sus frutos. Y, por muchos años que pasen, en muchas otras realidades, nadie tocará sus frutos: están exclusivamente reservados para nuestra raza. Deberíamos apreciarlo y agradecérselo.

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