Gotas

Gotas

[Ángel Navas Rodriguez]

–¡No me lo puedo creer, cariño mío! –dije rompiendo el silencio–. Parece mentira que hayamos podido llegar juntas hasta aquí, hasta el final del camino… ¿te acuerdas?... Estabas en el árbol de al lado, pero te sentía como si estuviéramos en el mismo olivo, en la misma rama, en la misma aceituna…, no te quitaba los ojos de encima y me enamoré perdidamente de ti.

Fue un año muy complicado. En verano hizo mucho frío. Y el otoño fue muy seco. Pero cuando todo indicaba que sería una cosecha para olvidar, llegaron las lluvias y el sol, lo que hizo que, de manera milagrosa, los olivares relucieran con todo su esplendor. Tú te veías preciosa, sana, fuerte, y aunque se barruntaba una recolección selectiva, eso nunca me preocupó. Tu olivo, y el mío, se veían en perfecto estado. Eran, con diferencia, los más sanos del olivar y con toda certeza acabaríamos en la misma caja. Pero fue allí, precisamente, cuando te perdí de vista…, mi vida…

La recolección se hizo a mano, mediante ordeño. Bastante habíamos sufrido con las inusuales temperaturas que hicieron, como para padecer otro poquito más con inexpertos vareadores o máquinas sin corazón, por lo que las dulces manos de los experimentados oleicultores, acariciando con oficio la rama, mientras caíamos en el cesto correspondiente, nos supo a placentero masaje, que sin ninguna duda, sabríamos agradecer en el resultado final.

Y ahí fue donde te perdí, reina mía.

El cuidadoso recolector te había echado en la misma caja en la que, con sumo cuidado, iba depositando el fruto del casi centenario olivo que me había criado con todo su amor. Y cuando, ya en el cesto, íbamos camino de la caja en la que reposabas, un maldito mechero sin gas hizo que nuestro sensible y cuidadoso recolector pasara de largo por tu lecho en busca del compañero más cercano, de forma que pudiera encender su enésimo cigarrillo del día y, de paso, comentar la jornada laboral.

Me revolví en la caja sin fijarme en nada. Solo quería volverte a ver. Cogía a la primera compañera de fatigas que tuviera cerca y le daba la vuelta con violencia creyendo que, por fin, pudieras ser tú. Al comprobar que no era tu cara, la apartaba con una violencia mayor, si cabe, y con rabia, mucha rabia, seguía buscándote,…amor mío,…no quería perderte y, mucho menos, darme por vencida. Creí que estaba volviéndome loca, no podía perderte ahora que llegaba lo más duro, o lo más bonito, no lo sé. Nos íbamos a convertir en aceite, el oro líquido lo llamaban, y quería estar junto a ti. Tenía que encontrarte, protegerte. O tú a mí, ¡qué más da! Me necesitabas. Te necesitaba, ¡qué importa! ¡Te quería!...

Un golpe brusco me sacó, sin quererlo, de mi atribulado proceder, y mirando a derecha e izquierda comprendí que la caja en la que estaba había sido puesta, en el ordeño, fue a parar, sin miramientos, al remolque del tractor junto con otras muchas más, de forma que, lo más pronto posible, fuéramos transportadas a la almazara.

Al llegar al molino de aceite y no verte, temí lo peor, temí perderte para siempre…

Pero allí estabas…, mi reina. El destino estaba escrito, y no nos podíamos separar. La caja en la que te dejaron, en el campo,  fue puesta, en el tractor, al lado de donde estaba yo.

Pero ofuscado como estaba ni siquiera lo pude imaginar, y ni tus gritos de socorro, ni mis ansias de encontrarte, hicieron nada por mirar en esa dirección. Pero allí estabas… mi amor, en una esquina de la caja, aferrándote como podías para poder entrar conmigo, al unísono, a la línea de lavado. Nuestros ojos se encontraron y, en ese preciso momento supe que tú también me querías, pero supe, sobretodo, de tu arriesgada intención.

Te abriste paso a empellones para poder salir de las últimas. Mi caja era la siguiente, y tú lo sabías, por lo que era necesario aguantar hasta el final. Yo, por mi parte, logré, no sin esfuerzo, trepar, como pude, a lo alto de la caja. Las demás aceitunas protestaban, como no podía ser de otra manera, pero no podía desperdiciar la oportunidad que el caos y la confusión me brindaban, éramos de la misma calidad, y nos clasificaron en el mismo grupo. Y dicho y hecho. El volteo preciso de la caja hizo que yo fuera de las primeras olivas que volaran en dirección al lavado, y allí me esperabas, con los brazos abiertos, en lo alto del montón.

Y me cogiste de la mano, atrayéndome, con fuerza, hacia ti. Nos abrazamos y nos besamos. Nos reímos y lloramos. Ajenos a todo.

Y hasta ahora. Nunca más nos hemos vuelto a separar.

Nos esperaban momentos duros.

Pasamos por el túnel de lavado sin apenas enterarnos. Las impurezas ocasionales, y normales, como las ramas y las piedrecitas, quedaron por el camino, y como si de una ducha reparadora se tratara, y después del riguroso pesaje, nos dejaron en los silos de almacenamiento. Sabíamos que ya no nos podían separar. La calidad era la misma, por lo que permanecimos en el mismo grupo de calidad hasta la temida molienda, por lo que nos abandonamos a un corto pero merecido descanso.

Fuimos trituradas, como mandan los cánones, por unas piedras de granito, y aunque cualquier oliva que se precie teme la molturación de la aceituna como alma que lleva el diablo, el moler el fruto, para nosotras, se convirtió en una especie de simbiosis espiritual, que nos convirtió, como por arte de magia, en dos gotas de aceite fuertemente abrazadas y unidas para siempre, que, junto con que se había hecho todo el proceso en frío, y en el mismo día de la recolección, nos confirió un carácter, digamos, medicinal y balsámico, evitando la posible fermentación y la temida oxidación.

Mezclados como estábamos en una pasta homogénea, nos repartieron de forma uniforme encima de los capachos. Y la prensa tomó protagonismo. Lentamente fuimos estrujados y, junto con nuestro compañero el alpechín, fuimos dirigidos, sin prisa pero sin pausa, a las balsas de decantación. Allí, y muy a pesar nuestro, perdimos de vista a tan solidario compañero. Él se fue para el fondo, y nosotras, dos gotitas de aceite de oliva virgen extra, dos gotitas del primer jugo de las aceitunas, fruto de la primera prensada en frío, más livianas que el alpechín, flotábamos orgullosas.

Acabamos agotadas, pero por fin llegó la calma.

Éramos dos gotitas de aceite pero parecíamos una sola. Abrazaditas. Cara con cara. Lo habíamos conseguido, y en los depósitos de acero inoxidable, en la oscuridad y a temperatura suave y constante, el transcurso de la vida se convirtió, después de duras pruebas, en un remanso de paz. Y nos amamos.

–¿…Te acuerdas, mi vida? –dije depositando un suave beso antes de sonreír.

Y el trasiego del operario del oro líquido nos despertó. Había llegado el momento, y lo sabíamos. Era el día de la cata.

La escasa cantidad de ácidos grasos libres, junto con el alto índice de peróxidos, fruto, sin duda, del cuidado puesto en nuestra creación sin apenas maltrato, hace que seamos sin duda un gran aceite de oliva virgen extra.

–¡Pero qué bella estás! –dije convencido–. ¡Ja, ja, ja, y en el mismo vaso!

La copa de cata de aceite en vidrio azul oscuro cobalto, ocultaba nuestro color. Mientras, el catador, calentando la copa entre las manos con misterio, nos regala un vaivén agradable, deslizándonos por las paredes de la copa como si fuese un tobogán.

Aspirando profundamente, y evocando los recuerdos de aromas conocidos como la manzana, la aceituna verde, la higuera, el tomate… nos retiene con deleite en lo más profundo de su olfato.

Y al fin llega el momento de probar el aceite.

Tirando de mi compañera nos alejamos todo lo que podemos del borde de la copa, pues tengo una sorpresa para ella, y también para mí. Observamos, embobadas, el sabio proceder del maestro catador. Distribuye un sorbito por toda su cavidad bucal, consiguiendo que la recorra lentamente. Y observábamos, atontadas, su mágico proceder.

No fue ninguna sorpresa para nosotras el veredicto final. Encontró el aceite amargo y dulce a la vez,  picante, verde y con amplias sensaciones de frutales, frutos secos y tomateras.

Éramos un aceite de oliva virgen extra, frutado, armónico, un gran aceite. Y llegaba el final.

Y también aparecen las lágrimas…

–…Porque esto se acaba…, amor mío…, mi gota de aceite… –dije melancólico.

–¿Y la sorpresa? –preguntó el amor mío sin rubor.

–Por ahí llega –dijo señalando al viejo oleicultor, con su nieto, que se acercaban, risueños a la copa de catar.

–¡Ya verás cómo este aceite te gusta, campeón! –dijo el anciano con orgullo.

Y cogiendo de la panera el trozo de pan con mejor pinta que encontró, lo untó con el resto del aceite que el catador había dejado en la copa de la cata.

Las dos amigas, cayendo con tristeza al pan, se abrazaron. Y la pringada estuvo lista.

CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

ÑAN, ÑAN, ÑAN,…

–¡Buenísimo, abuelo!

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