El olivo de la historia

El olivo de la historia

[David Sendra de Bona]

El viejo olivo se ponía contento cada vez que rompía el alba y las yerbas se alforjaban de rocío. Esa mañana, las adventicias empapadas advertían que la humedad de la sierra castigaría con fiereza.

El árbol anciano, aunque él se sentía como un retoño, era el viviente más vetusto del valle y nunca ocurría nada sin que no lo supiera con antelación; tantos siglos de contemplación tejieron un manto de sabiduría alrededor de su corteza.

Sin embargo, su cuerpo retorcido de alma sincera no se dio cuenta del comportamiento anómalo de ciertos animales: los zorros se mostraban más cautos y los conejos más esquivos. En los últimos días, alguna criatura poderosa debía campear muy cerca de su porte.

Finalmente, con la primera intuición solar, cuando la luna se acostaba y sus hojas dejaban de ser plateadas, la fiera se mostró, en el instante mágico que la naturaleza hacía coincidir los estertores de los seres nocturnos con los desperezados vasallos del Astro Rey.

Y en el mismo momento que el búho real ululaba sus últimas notas y los zorzales comenzaban a rondar las aceitunas, una centella moteada salió de las sombras y se abalanzó con un grácil movimiento felino sobre un conejo despistado que pacía ajeno a la muerte; el lince había vuelto.

El aceituno respiró tranquilo por dos motivos: a los animales, incluso a los más acosados, se les concedía una segunda oportunidad; y su vejez quizás no le había jugado una mala pasada, pues el lince era capaz de pasar desapercibido hasta para el viejo olivo que todas se las sabía.

El lince, al que los antiguos llamaron lobo cerval, era un depredador serrano, pero los olivares albergaban a muchos conejos, y tras el ocaso del lagomorfo en la sierra, muchos cazadores de pelo, pluma y escama encontraron allí un Edén.

Los olivares bullían de biodiversidad y la vida abrumaba en todos los sentidos.

Su viejo tronco, desgarrado por el tiempo y las inclemencias, ofreció alimento y cobijo a multitud de animales durante milenios. Sus recovecos eran auténticos microhábitats (pequeños mundos que tejían los grandes pilares de la naturaleza), y sus frutos atraían a las aves nacidas en los mismos confines de las nieves eternas.

Tal era la riqueza de las oliveras que millones de aves llegaban todos los años, empujadas por el viento del Norte, a nutrirse de las aceitunas que les permitirían sobrevivir al largo invierno.

A menudo, acusaban al otoño de melancólico y pesaroso, pero en sus ramas perennes se vivía un espectáculo glorioso: con las olivas en su máximo apogeo, multitud de avecillas rondaban las carnosidades que protegían a la regia semilla.

Y esa envoltura que cubría al hueso y que tanto había ayudado a la civilización humana, guardaba un secreto de alcoba: las aceitunas y las aves se profesaban amor incondicional.

Con la llegada de los zorzales y los estorninos, miles de olivas eran deglutidas, principalmente las que estaban moradas y espachurradas en el suelo, que por algún motivo biológico tenían un gran poder de atracción; y más tarde, las aves defecaban la semilla desnuda en otro lugar alejado donde un pequeño vástago brotaría de la tierra.

Este sistema de dispersión era el natural y primigenio, herencia del acebuche, y eran pocos los olivos que nacían por germinación fuera de los cultivos, pero las aves no olvidaban, y año tras año seguían acudiendo a las pacíficas ramas del olivo, buscando los cuidados que estas les profesaban.

Tanta era la devoción de las aves por los aceitunos, que el miramiento era recíproco, y los seres alados alternaban el consumo de las olivas con el de los insectos y otros vectores amenazantes que acechaban a los benévolos maderables.

También interactuaban otras aves con él, como los pájaros cantores que alegraban el olivar con sus trinos. El simpático verdecillo, el melódico jilguero o el bravo verderón endulzaban las jornadas primaverales, y sus ramas se llenaban de dicha, olvidando penurias y lamentos.

El olivo dichoso dio la bienvenida a un ave tan apegada a su tronco que hasta el humano menos versado en acervo cultural era capaz de relacionar: el mochuelo, acompañante de la Diosa Atenea (la misma que derrotó a Poseidón, gracias al olivo, en la lucha por la protección de Atenas), y que encarnaba la prudencia, la sabiduría, las artes y la justicia.

Dentro de sus oquedades, descansaba y criaba el mochuelo, buscando siempre su protección, como el ateniense que colocaba una rama de olivo para alejar a los malos espíritus de su hogar.

No se quitaba del haz vascular al lince y por ende al conejo, que iba ligado a sus primeros recuerdos, a los de su madre humana, que bautizó al suelo que nutría sus raíces como “Tierra de Conejos”, por la abundancia de gazapos en cada rincón de aquella bella geografía.

Sus recuerdos infantiles eran borrosos: algún fogonazo deshilachado y poco más. En algún lugar al otro lado del mar se produjo su alumbramiento, puede que en la misma tierra que los humanos veneraban y padecían por ser santa hasta tres veces, y puede también que su madre floral fuera el olivo más antiguo del planeta, que alcanzaba la friolera de cuatro milenios.

Su madre humana lo trajo a través del agua salada, envuelto en tierra y barro cocido, hasta el puerto fenicio de Mainake. La odisea fue a bordo de un navío llamado “trirreme”, una nao de madera de cedro y punta de bronce, capaz de cruzar el mundo conocido.

Ella era una sacerdotisa de la Diosa Astarté y tenía una gran devoción por los olivos. Y en la bodega del barco, a salvo del salitre, viajó junto a muchas hermanas mientras su madre rezaba por ellas. Sí, eran hermanas, pues los olivos son monoicos y estaban por encima de cuestiones léxicas sobre femeninos o masculinos al ser hermafroditas: a la vez hembra y macho; “la” y “el”; “a” y “o”.

Nada más tocar tierra, su madre pidió a las tribus locales que buscasen un paraje idóneo para arraigar a las fuertes raíces de sus hijos. El trabajo de los lugareños consistía en encontrar lugares donde se dieran las condiciones idóneas: rincones donde los veranos no estuviesen demasiado pasados por agua y la sombra fuera la mayor satisfacción de las criaturas; y los inviernos fueran fríos sin llegar a la congelación. También el suelo y la altitud importaba, y aunque el olivo era un todo terreno, gustaba de tierras calizas, a ser posible hondas y con poco drenaje.

Los indígenas se miraron unos a otros con sonrisas de complicidad: las tierras que circundaban los cerros donde sus príncipes alzaban sus ciudades-estado, no podían contener características mejores que las que acababa de describir la sacerdotisa.

Un mirlo irrumpió sobre su copa con un canto estruendoso, rompiendo la quietud del olivar.

El viejo olivo tenía especial afecto por el mirlo, pues le acompañaba en sus vicisitudes durante todas las estaciones del año, cumpliendo con todas las ceremonias.

El mirlo picoteaba las lombrices asociadas a sus raíces, los coleópteros de su tronco y los frutos de sus ramas. Y en sus ramas, el pájaro negro tocaba su hermosa flauta gutural que sonaba a nana cuando la hembra incubaba el nido fundido con sus hojas, pues antes de ser mirlo, la pluma azabache fue un huevo guarecido en el olivo.

Tanto era el apego del pájaro, que desde su forma ovoide hasta más allá de la muerte, jamás se despegaba del olivo, y una vez fallecido, su eterna generosidad se convertía en fertilizante bendito.

Una bonita conexión guardaba el mirlo: el ave merlé, también era Merlín, y fue compañero inseparable de los druidas celtíberos que habitaron en la novata Iberia.

Echaba de menos a los íberos, que en aquellas latitudes se hacían llamar Oretanos, y Carpetanos al Norte de la Sierra, adoradores del tejo y el acebo, sus parientes septentrionales.

A los Oretanos les gustaba más la encina, y a un inmenso encinar le llevaron para que ofreciera abundantes olivas. Pero poco quedaba ya del inmenso encinar y de los Oretanos, aunque existían muchos vestigios que se negaban a ser borrados de la historia; portales que transportaban al pasado, enriquecían la mente y fortalecían el espíritu.

El curioso de la historia tenía a su disposición multitud de yacimientos, capaces de enorgullecer los orígenes ancestrales del afortunado; y el enamorado de la naturaleza y sus paisajes, podía encontrar rincones donde reinaba el carácter primigenio del ecosistema.

Fue en un encinar donde los primeros jienenses, supervisados por la sacerdotisa fenicia, fijaron a los brinzales en la tierra con gran respeto y cariño, y después dieron gracias a los dioses por un presente que significaría un antes y un después.

La sacerdotisa los siguió visitando durante un tiempo hasta que un día se marchó para no volver. El tiempo era relativo en la naturaleza: el olivo era muy viejo para los humanos; para otros elementos como las rocas, no era más que un recién llegado.

Poco a poco fueron llegando otros humanos, y con ellos nuevas plantaciones. El encinar se batió en retirada lentamente hasta las zonas intrincadas de la sierra, y las encinas que se hacían acompañar de coscojas, aladiernos, lentiscos y madroños, languidecieron de pena.

El encinar era un ecosistema impresionante y la Sierra Morena albergaba una bonita muestra. Encinar aguerrido, rudo, perenne y espinoso; presto para combatir a las llamas, dispuesto a dar un dulce abrazo aromático si concedía el beneplácito del acceso a su interior, gracias a romeros, tomillos, oréganos, lavándulas, hinojos, ajedreas, alcaparras o esparragueras.

Y cada mañana, saludaba a sus amigos en el horizonte, en las estribaciones de la sierra, donde se hallaban en la actualidad, dando refugio a ciervos, corzos, gamos, linces, y quizás algún lobo.

En los encinares habitaron muchos animales que se fueron para siempre, algunos totalmente olvidados. Pocos recordaban al oso que habitaba entre las carrascas, alimentándose de bellotas; al uro, que fue adorado hasta convertirse en el mayor de los iconos; al asno salvaje, perseguido hasta la extinción por su excelente cuero; y sobre todo al león, del que se sabía muy poco, porque eran escasos cuando llegaron las civilizaciones registradas. Pero el león fue esculpido de forma prodigiosa por los artistas de Cástulo. El halo del pétreo felino desprendía protección, y el huésped que lo admirase se envolvería en una capa defensiva contra los malos espíritus.

En esos tiempos de tronco recto y pocas décadas de vida, los íberos recogían sus aceitunas un año sí y otro no debido a la vecería, empleando el método antiquísimo del vareo. En la actualidad, los humanos habían evolucionado hasta tal punto que lograron sortear este fenómeno de cosecha abundante con otra escasa al año siguiente.

En su afán por el oro y la plata, griegos y fenicios no fueron conscientes que, gracias a los olivos, construían las bases de una de las culturas más esplendorosas que daría el humano a la historia, y que sin duda, de no haber existido, el mundo sería un lugar totalmente diferente. “Seguramente mucho peor”, apostillaba cada vez que divagaba sobre estas cuestiones.

Cuánto debía el olivo al Mediterráneo, y cuánto debía el Mare Nostrum al árbol bendecido. Tanta era la simbiosis, que donde el olivo dejaba de crecer, se acababa el Mediterráneo.

Los íberos, ayudados por las culturas orientales, desenmascararon pronto las virtudes de las aceitunas, y no solamente se circunscribieron al sano aceite para cocinar y dar sabor a los alimentos: también para la conservación de los víveres; fabricar perfumes, jabones, ungüentos y tintes de tejidos; y vencer a la oscuridad de las noches hostiles de la Sierra Morena, utilizando el néctar de la oliva como combustible lumínico.

A tantos pueblos y a tantos humanos conoció, y todos se portaron tan bien con él, que su grueso y viejo cuerpo era gratitud desde el ápice hasta la cima: el trasvase de sabiduría, arte, gastronomía, tradiciones, valores y diversidad que aportaron todas las culturas fue descomunal, y eso se notaba mucho en la Andalucía contemporánea.

La herencia de los olivares era más valiosa que toda la plata de las minas de Cástulo que tanta sangre derramó en la tierra.

Por culpa del vil metal, los íberos se apagaron por culpa de unos sureños que se hacían acompañar de un General obsesionado con emular a Heracles, montado en una enorme bestia de guerra que medía diez varas, armado con unas espadas curvadas que llegaban hasta el suelo y una trompa tan grande como el látigo de un gigante; y por culpa de unos romanos escipiónicos, medio guerreros-medio constructores, a bordo de unas tortugas púrpuras hechas con escudos, de los que receló al principio, pero que al final los echó mucho de menos: ellos fueron el inicio de la senda brillante que seguiría el olivo hasta la actualidad.

“Cuánto patrimonio dejaron los romanos en Jaén”, asomó una sonrisa nostálgica en su tronco.

Ellos alzaron puentes que ganaron a los vados, posadas que invitaron al descanso, muros defensivos, calzadas que lograron una comunicación nunca vista, santuarios divinos, urbanismos ordenados y bellos mosaicos que los jienenses volvían a sacar a la luz. “Qué portentosa manera de tratarle y extraer sus riquezas”.

Algo en las nubes lo sacó de su ensimismamiento: era un águila imperial surcando los cielos del olivar en busca de proteína conejil, y que auguró un fructífero día en la campiña latina.

Con los romanos floreció la industria oleícola: el olivar expansionó y las técnicas agrícolas mejoraron el cultivo y la poda. Ellos trajeron las almazaras con sus molinos, los había enormes; y las rudimentarias prensas aceiteras que utilizaban los íberos pasaron al olvido.

Pronto, miles de ánforas repletas de buen aceite de oliva jienense colmaron a los ciudadanos romanos desde la muralla de Adriano hasta el bíblico Eúfrates, y tanta calidad tenía el producto que los restos de las ánforas olearias formaron una colina propia, cerca del mismísimo Palatino; el Imperium estuvo bien lubricado gracias a Jaén, centro neurálgico de la Betis Olifera.

Corona de los ciudadanos notables, símbolo de paz y progreso: Roma adoptó la rama del olivo como emblema de Hispania.

Pero los romanos también se fueron, y llegaron unos norteños enigmáticos y fugaces que fueron transición entre dos culturas muy apegadas a los olivares, y a pesar que estas gentes llamadas visigodas eran amantes de la grasa animal, acabaron absorbidos por la cultura del aceite vegetal; gracias a los romanos, los olivos daban sombra a toda la Península Ibérica.

Su sombra fue lo que buscó la gineta en ese preciso instante; no solo la pluma convivía con él, también el pelo. En los huecos de su pellejo de madera, los carnívoros peludos podían atiborrarse de roedores, trabajando sin saberlo como controladores de plagas. Y ese tesoro era el que frecuentaba el vivérrido, que también descansaba y sacaba adelante a su prole dentro su vientre.

Con la gineta sureña, llegaron unas extrañas gentes de tez aceitunada que adoraban a una luna verde, tan verde como la oliva que recogían en verano y que convertían en el mejor de los perfumes.

Con al-Ándalus, el olivo se convirtió en el epicentro de la economía. “Fueron días felices”, recordaba el viejo olivo. Los árabes mimaron al aceite hasta tal extremo, que lograron un virgen extra que hoy en día era la envidia de todas las naciones.

Pueblo empeñado en conseguir las mejores técnicas de cultivo y los sistemas de riego más eficaces: los árabes desentrañaron las propiedades medicinales que los olivos eran capaces de ofrecer, y sus eruditos escribieron poesías que han llegado a día de hoy a las cocinas más vanguardistas, donde el aceite se ha convertido en el mejor de los hilos conductores entre recetas y fogones.

Los árabes dieron nombre al aceite (Al-Zait significa zumo de oliva), y con sus perfeccionamientos, descubrieron nuevos usos y propiedades. Las partes cutáneas, circulatorias y digestivas de los seres humanos eran más fuertes gracias al poder que generaba el oro verde.

Unas voces pastoriles le distrajeron de sus divagaciones: el pastor arengaba a sus ovejas en unas jaras cercanas. El rebaño estaba exento de cabras, que eran cante jondo para el olivar.

Lejos quedaban los grandes mares de lana, pero los irreductibles se negaban a claudicar, y quedaban pastores saliendo al campo aunque lloviera, hiciese frío extremo o calor insoportable.

Los árabes también pastorearon, pero su obsesión era la agricultura y su ganado era un pequeño arroyo en comparación con las riadas que trajeron los trashumantes cristianos por las veredas.

Los cristianos fueron los últimos en llegar, y como sucedió con todas las culturas que los precedieron: lo respetaron y veneraron.

Desde la reconquista, fue un pilar fundamental de la dieta mediterránea, puso una nota de paz y estabilidad en las nuevas conquistas, allí donde se pudo cultivar más allá de las columnas de Hércules, y no faltó en ningún templo sacro al ser óleo santo y divino.

Victoria de Noé, recibimiento y redención de Jesucristo en Jerusalén, Santo Crisma, sanación y ungimiento de Reyes y Papas; para los cristianos, el aceite poseía tal autoridad que era capaz de vencer a los demonios que atacaban al alma y después, guiarla con su luz a través de las sombras.

Al fondo de la campiña, en una bonita finca acariciada por la buena estrella, una cuadrilla se encaramaba entre las jilas con sus aleros como si fueran Tercios en un cuadro de Velázquez.

Los zorzales levantaron el vuelo tras su desayuno de arcaldes, el charrasqueo de las perdices se apagó, y el cernícalo buscó un cazadero menos concurrido. Tras poner el fardo debajo de una de sus hijas, las varas comenzaron a cimbrear las ramas y las olivas picuales comenzaron a caer en la red. El olivo zarandeado lloraba, pero eran lágrimas de alegría lo que derramaban sus ramas.

El viejo olivo observó con atención los quehaceres de aquellos bravos aceituneros de piel ajada que durante siglos amamantaron a los árboles con su sangre y con su vida.

Pero no todo fue esplendor en el olivar, y en tiempos recientes, numerosos obstáculos se tuvieron que sortear. Sin embargo, el aceite de oliva siempre salía a flote.

Todo el tacto que tuvieron los romanos con sus vías de comunicación, no lo tuvieron los proyectos de ferrocarriles en las regiones olivareras, y el tren pasó de largo debido a la ausencia de andén. Esa circunstancia, llevó al aceite de oliva a competir en una carrera de fondo con mucha desventaja, contra los competidores de un mercado que se había vuelto salvaje.

Por otra parte, irrumpieron nuevos aceites y grasas que inundaron el mar de los olivos como la herida supurante de un petrolero. Sin embargo, los olivares no se amilanaron, y continuaron con su humildad; los árboles centenarios sabían que el tiempo ponía a cada uno en su lugar.

Y gracias a los nuevos estudios, se destaparon los súper poderes del áureo maná.

El aceite de oliva era el azote del colesterol malo que tantos estragos causaba en la sociedad estresante; aliado fiel del corazón, mantenía firme la circulación y la presión de la existencia humana; enemigo de la diabetes, amigo de huesos y nutrientes, ayudaba positivamente al reflejo del cuerpo humano en el espejo; los científicos coincidieron con los mitos ahuyenta demonios de las culturas antiguas: el aceite de oliva era un potente anticancerígeno.

El viejo olivo observaba cómo las pieles ajadas abanicaban el suelo con unas escobas y amontonaban las aceitunas para acto seguido acumularlas en cubos.

Los esfuerzos de las regiones olivareras eran tan portentosos que el aceite de oliva ganaba un pulso insospechado, y en todos los meridianos, incluso en aquellos regidos por los mastodontes económicos, se demandaba cada vez más el mágico elixir.

Pintado por Picasso, Sorolla, Zabaleta e incluso por un flamenco pelirrojo con fama de loco; inspiración poética para Lorca, Machado, Hernández, Alberti o Gala; jeroglífico egipcio, escultura griega, mosaico romano, el “Monumento a los aceituneros” colmaba su porte de gozo.

Los pueblos mediterráneos estaban orgullosos de los olivos y se sentían privilegiados por vivir junto a ellos. Los seres nudosos y agrietados, forjaron y lubricaron al faro de la humanidad. Y si el afán viajero del ser humano, que no conocía fronteras, le llevaba algún día a nuevos planetas, no tenía duda alguna que el aceite de oliva estaría presente en las mesas, guiando con su luz a los cuerpos y a las almas de las nuevas generaciones, como lo hacía a diario en los hogares del pueblo que tanto le quería desde la misma noche de los tiempos.

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