Luces en la noche

Luces en la noche

[Marcos Dios Almeida]

La vieja furgoneta blanca descansaba a unos cuantos metros de los olivos, con las puertas traseras abiertas, en silencio, como si ansiara ser cargada por sacos y sacos repletos de negras aceitunas.

Los hombres trabajaban a destajo sudando a chorros, más por el miedo que por la propia labor que tenían entre manos. Bajo los árboles habían tendido convenientemente las largas telas manchadas de pintura que algún pintor les había cedido para llevar a cabo tal “encomienda”. Vareaban con palos de plástico extensibles, aun cuando estos no eran los mejores utensilios para recoger tan preciado y carnoso fruto. ¿Pero ellos qué sabrían? Todo lo que conocían de ese digno oficio era de oídas, como de hecho también habían escuchado de la boca de algún imprudente que aquellos terrenos estaban plagados de olivos viejos muy productivos, y que el terrateniente, apenas un anciano, no había contratado vigilantes como sí habían hecho sus vecinos. Era una oportunidad de oro. El valor del aceite de oliva en el mercado se había disparado, y ahora una cantidad considerable del mismo podía reportar pingües y aceitosos beneficios a quien la vendiera.

La muchacha vigilaba con los prismáticos el horizonte. Aquellos llanos le permitirían ver el destello de las luces de un coche a mucha distancia. Y además sabía que por tan pedregosos caminos no se adentraba nadie si no era estrictamente necesario. Eran las tres y media de la mañana. Si oteaba luces, por lejos que estuvieran, ya podía suponer de quién se trataba.

Norica Bilcescu era una muchacha hermosa, de apenas diecisiete años, en cuyos verdosos ojos destellaba el brillo de una sagacidad fuera de lo común.

Apartó sus larguísimas trenzas de color castaño tirándoselas sobre la espalda para que no le molestaran y suspiró. Algo le decía que no podrían acabar la faena, y sus intuiciones no solían fallar. Quizá por ello con tan solo quince años se había convertido en la jefa de las ladronas rumanas que pululaban por Las Ramblas de Barcelona. Y por la misma causa era ella también quien había sabido de la existencia de unos olivares desprotegidos en algún remoto lugar del interior de la provincia de Jaén.

Su hermano, un tipo osco, ancho de cara y de espaldas y parco en palabras, dejó de varear y se le acercó.

–¿Por qué estás tan preocupada, Nori? Son las tantas de la noche. La casa del viejo está muy lejos y allí no se ven luces. ¿Qué problema hay? –le preguntó angustiado por la cara de pocos amigos de su hermana menor, quien lo superaba con creces en inteligencia.

–¿Acaso crees que ese anciano va a encenderlas...? He sabido por un rumano que trabaja en el pueblo que es un tipo taciturno y poco sociable que no se fía ni de su propia sombra. Por eso no ha contado con hombres que le vigilen los olivos ni aun cuando en breve tendrá que recoger el fruto de todo un año contratando jornaleros. Es un tacaño, y un individuo resentido... El abuelo me dijo una vez que las personas que parecen más inofensivas son las que más hay que temer. ¡Y por Dios, dejad de atizar las ramas como gañanes! ¡Vais a destrozar las olivas! –se quejó la adolescente en rumano meneando la cabeza al ver la escabechina que estaban haciendo sus hombres con lo que luego debía convertirse en una venta lucrativa.

–Bueno... Pues sigue vigilando, jefa. Pero no te preocupes tanto: si el dueño hubiera visto las luces de la furgo ya estaría aquí, supongo...

Norica echó un vistazo hacia el suelo, donde descansaban varias linternas para iluminar a los ladrones mientras vareaban las ramas de las viejas oleáceas.

–Aún podría ver esas... Pese a los matojos que tenemos delante estoy convencida de que desde su casa puede vislumbrar cualquier pequeño resplandor. El caserío está edificado sobre una atalaya natural.

Y en efecto, Cándido no había tenido que vigilar toda la noche, porque su fiel can Pelayo lo había avisado. El braco alemán de pelo corto, que tantos conejos y aves había cobrado en su juventud cuando salía de caza con su amo, solía estar en vela toda la noche y se sobresaltaba por cualquier cosa. Eran días de luna llena y solo por el resplandor del satélite terrestre estaba excitado. Los murciélagos le enfadaban, el atronador cantar de la chotacabras le ponía los pelos de punta, y hasta las luciérnagas eran capaces de hacerlo ladrar. Muy a lo lejos había observado los haces de las linternas. En su atinado cerebro se le figuraron bioluminicentes lampíridos, por no mentar que sabía que aquellas luces nocturnas no debían estar allí. Por dicha razón no tardó en ladrar avisando al dueño.

Cándido despertó sobresaltado, echó un ojo a una foto color sepia rodeada de un pequeño marco de madera que descansaba sobre una mesilla, la única que poseía de su boda (donde figuraba él con veinte años al lado de su esposa, quien se casó con él con tan solo dieciséis primaveras), y, después de ese ínterin durante el cual la visión de su hermosa mujer le hizo suspirar, se puso alerta.

Salió al balcón de la vieja casa de campo. Desde el segundo piso tenía una vista privilegiada de los terrenos que doscientos años atrás había comprado su bisabuelo el indiano.

Creyó distinguir algo, pero quiso cerciorase cogiendo los prismáticos que siempre dejaba junto a la enmarcada foto. Y los vio: una cuadrilla de al menos seis hombres rondaba los olivares más viejos, los cuales estaban cargaditos de aceitunas. Parecían estar vareando, pero a esa distancia le costaba distinguir lo que estaban haciendo. Vislumbró así mismo una furgoneta blanca aparcada cerca y bien poco más. Tal y como le habían advertido, los extranjeros habían invadido sus tierras dispuestos a robarle el fruto del cual dependía él y parte de su familia. El viejo apenas cobraba una pensión ridícula, y además su hija menor estaba desempleada, divorciada y tenía un hijo de cinco años. Por fortuna sus dos vástagos varones estaban colocados, pero nadie de la familia nadaba en la abundancia. Quitando lo que debería pagarle a los jornaleros, poco sería lo que le luego le quedaría para ayudar a los suyos y meter algo en el plato.

Maldijo mil veces por lo bajo, murmuró cosas poco bonitas frente a su fiel can, se puso la ropa vieja que usaba para ir al campo, el viejo abrigo forrado por dentro con piel de cordero, pues todavía hacía frío en el llano a horas tan intempestivas, la boina de rigor, y tras calzar las botas de goma y atar la correa al braco se armó con un nudoso palo de olivo, fuerte como el más temible de los garrotes, y partió por un senderuelo que solo él conocía y que lo conduciría en un suspiro hasta las lejanas colinas.

En sus tiempos casi nadie disponía de linternas eléctricas, por lo que las únicas luces que brillaban de noche en los olivares, además de las refulgentes constelaciones del oscuro cielo, eran las de candelas o lámparas de aceite viejas. No echaba de menos ni aquellos farolillos con una vela en su interior que habrían iluminado su camino: conocía como la callosa palma de su mano aquel territorio. De hecho, en esos pagos había pasado toda su vida. Pero la verdadera razón de que no usara luz artificial era más que evidente: tamaños bellacos habían cometido el error de iluminar su latrocinio, pero él debía allegarse a ellos sin ser visto. Cualquier diminuta lucecita lo delataría. A tan solo trescientos metros de los inexpertos vareadores se paró en seco tras un matorral, sacó de un zurrón los viejos y pesados prismáticos y con ellos divisó la escena con total claridad.

Por supuesto antes de salir de casa había llamado a la Guardia Civil informando de los hechos. El somnoliento agente que estaba de guardia le pidió que no fuera al encuentro de los criminales bajo ningún concepto. Cándido había tenido que mentir, asegurándole que no haría tal cosa mientras instaba al policía a que enviaran una patrulla armada hasta el lugar. No confiaba en que los guardias civiles hicieran acto de presencia, y además estaba hasta las narices de que la gente le dijera lo que tenía que hacer. Ya no tenía miedo a nada. Era demasiado mayor, y lo que es peor, su esposa había fallecido dos años atrás sumiéndolo en una terrible depresión. Poco le quedaba en la vida salvo aquellos vetustos olivos. Alrededor de ellos había jugado de niño, y bajo sus ramas le había hecho el amor por primera vez a la jovencita que se convertiría en su cónyuge y en la madre de sus tres hijos. Por ello solo el pensar que unos malnacidos pretendían llevarse lo que era suyo y de la tierra que lo vio nacer, aquello a lo que estaba tan vinculado sentimentalmente, le confirió un valor inusitado, irreflexivo y harto impulsivo. El anciano deseaba atizar a palos a los ladrones de olivas, echarlos para siempre de su querida heredad.

Norica sintió un escalofrío. El ala de un murciélago había rozado su cocorota. Luego una ráfaga repentina de viento helado había abofeteado su redonda y morena faz. Pero lo importante es que se daba cuenta de que estaban siendo vigilados. Percibía una quietud extraña en el ambiente. Todos los animalillos que antes bullían a su alrededor, incluso los insectos con sus chirridos, habían enmudecido. O la zorra andaba al acecho o alguien los había descubierto.

Y entonces lo vio salir de su escondite blandiendo su garrote de olivo, despotricando y corriendo hacia ellos. No podía ser un anciano... Parecía una aparición... ¡Parecía el mismísimo diablo!

–¡Bellacos! ¡Malandrines! ¡¡Ladrones!! ¡¡Os voy a moler a palos!! –gritó el vejete enloquecido.

Los rumanos no habían entendido las dos primeras palabras, y para más inri el braco había saltado encima de uno de los hombres logrando que quedara K.O. al darse un golpe en la cabeza. Y mientras el perro arremetía contra otro ladrón, el viejo comenzaba a dar palos al hermano de la rumana, que apenas podía librarse del azote de tan grueso bastón.

Entonces uno de los criminales se acercó por detrás al labriego y lo inmovilizó con un agarre de lucha libre. Cándido, viéndose superado por la fuerza de aquellos hombres jóvenes trató en vano de resistirse, pero de repente le dio un síncope, y en brazos de su opresor se desvaneció.

Otro de los ladrones había asestado una patada terrible al braco, quien había huido de la escena ocultándose tras un jaral.

Nada más finalizar la escaramuza la chica corrió hacia el lugar donde esta se había librado, pero no en auxilio de sus hombres, sino para inspeccionar al viejo.

–¡Le ha dado un ataque al corazón! –se quejó con lágrimas en los ojos.

–¿Qué más da? ¡Es un viejo! ¡Un puñetero español! –gritó en rumano exaltado su hermano, al cual el anciano le había abierto una brecha en la cabeza.

De repente a lo lejos la muchacha divisó las luces de un coche y se temió lo peor.

–Ha avisado a la Guardia Civil... Tenéis cinco minutos para recoger el género y salir pitando –comentó mientras ponía su orejita derecha sobre el lugar que ocupaba el bravo corazón del anciano, el cual ya no latía.

–¿Pero qué dices? ¿Vas a quedarte aquí? ¡Te detendrán! –dijo su pariente desesperándose por momentos.

–No voy a dejar que muera... Trataré de reanimarlo... Hice unos cursos de primeros auxilios en Barcelona... ¡Podría ser nuestro yayo, Andrei! Además, soy menor: si el viejo no me denuncia no habrá forma de que me incriminen. Y si lo hacen de poco me podrán acusar.

La chica abrió con brusquedad la camisa del campesino logrando que los botones salieran disparados, y comenzó a hacer las labores de reanimación presionando con las manos juntas el plexo solar e insuflando luego aire al paciente con sus turgentes labios.

Andrei, encogiéndose de hombros, se dio la vuelta y dio un par de órdenes. Los rumanos recogieron todas las aceitunas que habían caído en las telas y las metieron de cualquier manera en la furgoneta. Pese a no haber podido acabar el vehículo estaba medio lleno de olivas negras, aunque con tan escasa cantidad los rateros no podrían sacar todo el dinero con el que habían soñado.

El segundo de abordo echó un vistazo a su jefa, que seguía con las labores de reanimación cardiopulmonar. Corroboró con un último vistazo que el coche de la Guardia Civil estaba ya muy cerca, de dos zancadas se subió a la furgoneta y tras encenderla arrancó sin echar la vista atrás. Salir de aquellos terruños por una maldita senda campestre no les iba a resultar fácil, pero disponían del tiempo necesario para llegar a la carretera principal burlando a la benemérita.

El anciano tosió de repente tras la última insuflación de aire y, al abrir los ojos, se topó con una chica preciosa que lo miraba con preocupación. Con todo, en el rostro de Norica enseguida se dibujó una sonrisa. En principio, Cándido no pudo verla con claridad, pero aquellas trenzas y esos ojos verdes le recordaron a su esposa cuando contaba la misma edad que la ladrona.

–Elena... –musitó, y con ternura acercó su arrugada mano a las arreboladas mejillas de la rumana y la acarició.

Justo entonces los potentes focos de las linternas de dos guardias civiles los deslumbraron. La escena resultaba extraña para cualquiera. Una chica arrodillada sobre un viejo tumbado en el suelo, un perro meneando la cola, una tela abandonada con algunas aceitunas sobre ella y un sinfín de palos y hojas por doquier.

–¿Qué demonios ha pasado aquí? –preguntó el guardia civil que estaba al mando, quien en breves segundos intuyó lo que allí había acontecido y miró a la adolescente con severidad.

El viejo, asustado y viendo las cosas con mayor nitidez, trató de incorporarse.

La nacida en Bucarest no sabía ni qué decir. En verdad temía que cualquier palabra que saliera de su boca acabara yendo en su contra.

–Los llamé yo... –comenzó a decir Cándido Jiménez–. Verán, vi luces en el horizonte porque esta chica, que ha trabajado de jornalera en mis terrenos el año pasado, me dio un soplo de que unos camaradas suyos pensaban robarme esta noche. Supongo que me lo confesó por lealtad, o por no perder el estipendio que iba a cobrar por recoger estas olivas. Y ya ve, este pobre viejo, esta dulce niña y un perro sarnoso decidimos no hacerles caso y vinimos a hacerles frente a esos villanos. Evidentemente no salí muy bien parado. Me empujaron, caí al suelo y perdí el sentido. Acaban de irse. Igual si salen tras ellos los pillan.

–Está bien... –contestó el inspector con indisimulada resignación–. Tú, chica, ¿tienes por ahí alguna documentación?

–Esto... No, señor –atinó a decir la rumana, que no salía de su asombro ante la inventiva y capacidad interpretativa del octogenario.

–Muy bien, mañana os quiero a los dos en el cuartel para hacer una declaración de los hechos... ¡Venga, Bermúdez, vamos a por ellos! Igual con un poco suerte hasta los cogemos.

Y mientras el anciano guiñaba un ojo a la alucinada Norica, el viejo Land Rover de la guardia civil se internó por la pista forestal siguiendo las huellas de los ladrones hasta que sus propios faros se desvanecieron en la oscuridad.

Al parecer no pudieron coger a los delincuentes, pero aquellos hombres venidos del este decidieron no volver a robar olivas jamás. Y por supuesto el viejo, aconsejado por una lista chica que con su bella mirada le robó el corazón, se juró contratar al menos a un par de guardas antes del tiempo de la recogida, antes de las primeras heladas del crudo invierno.

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