Noche dorada

Noche dorada

[Ismacarl]

Noche despejada, fresca y estrellada, entre las hojas del sauce llorón, sacudido por una leve brisa y a través de las verjas que rodean todo el recinto, puede entreverse la luna llena que ilumina todo el campo, trigales despuntando, que debido al reflejo de la luna dan la sensación de estar observando un mar tranquilo, apenas balanceado por la leve brisa; en el porche, después de una dura jornada de trabajo en el campo, recostado sobre una vieja mecedora de madera, entre el ligero chirriar de la misma, Carlos saborea una cerveza, mientras disfruta de su primer y último cigarrillo del día, antes de acostarse.

–Este año, creo que tendremos buen rendimiento de la aceituna, nos permitirá ampliar alguna habitación –dijo a su mujer.

Carlos y Mari, además de dedicarse a las tareas propias del campo, querían abrir un establecimiento hotelero, con carácter “rural”, para dar a conocer tanto su trabajo como las labores de producción de aceite, cereal, jamón, embutidos y las propias labores del campo, aunque lo que realmente les daba trabajo y dinero era su dedicación al olivar. Explotan una plantación relativamente pequeña, pero que en proporción genera una gran cantidad de aceite y de una calidad estupenda. Carlos hacía ya bastantes años que había heredado su olivar, pero paulatinamente había ido arrancando viejos olivos centenarios, que habían disminuido su producción, sustituyéndolos por una variedad que había conocido, originaria de la región italiana de la Toscana, llamada Frantoio, no muy extendida en España; son unas aceitunas ovaladas, semejantes a una gota, con un interesante rendimiento graso y con gran adaptabilidad a zonas frías, como es el caso de los terrenos de Carlos. El aceite producido por esta variedad de aceitunas es muy apreciado, de un color verde tan intenso como su sabor afrutado con rasgos herbáceos, un aceite fino, cremoso y con un ligero picor a su paso por la garganta, algo que había maravillado a Carlos cuando conoció la variedad. También combinaba esta variedad con otra proveniente de Alfafara, municipio del interior de la provincia de Alicante (España), aceites también aromáticos, afrutados, amargos y con buen rendimiento.

Estas dos variedades, aunque en pequeña producción y en su extracción en frío, hacían que los cultivos de Carlos despertasen entre los agricultores de la zona, aun teniendo ellos mayores producciones, una mezcla entre admiración y envidia, por su trabajo y excelente rendimiento. Y no es que Carlos alardease de ello, pero sus excelentes resultados y algunos concursos de catas, habían dado a conocer su extraordinaria producción.

¡¡Cracs, cras, clac!!...

Sobresaltado, Carlos se levantó de la cama de un brinco, intentando agudizar el oído para escuchar mejor. Con sigilo, para no despertar a su mujer y a su hijo, salió al pasillo a la vez que ella –dormían en habitaciones separadas, ya que él se levantaba muy temprano– al parecer también había oído el extraño ruido, mezcla entre cristales rotos y la apertura de una cerradura. Antes de que pudiesen darse cuenta, ambos se vieron rodeados por fuertes brazos con manos enormes que les tapaban la boca para que no chillasen.

–¡Shhhttt!! Si queréis que vuestro hijo no sufra ningún daño, haced todo lo que os digamos.

Era una voz de mujer, demasiado ronca, poco femenina, con marcado acento de algún país del Este de Europa, aunque no podría decir claramente de dónde.

–Pero... –Carlos intentó decir algo, pero el brazo que rodeaba su cuello, con cuya mano le tapaba la boca, ahogó sus palabras, dejándolo casi sin respiración.

–¡¡Silencio he dicho!! Vamos abajo y os explicaremos las condiciones.

Bajaron las escaleras y al llegar al salón, había cuatro personas más, tres con las caras tapadas, como los que los habían obligado a bajar, quizás por miedo a que Carlos y Mari pudieran reconocerlos, otro sentado en el sillón fumando un cigarrillo, con la cara descubierta y que parecía llevar la voz cantante.

Al verlo fumar, el instinto de Mari, exfumadora y manifiestamente contraria a que se fumase en su casa, no pudo reprimirse:

–¡¡Aquí no se fuma!!, apaga el cigarro inme....

No pudo ni terminar la frase, porque la persona que estaba sentada, cuál si tuviese un resorte en las piernas, se incorporó con rapidez propinándole un sonoro bofetón; si no hubiese sido por la persona que la sujetaba, habría caído de bruces al suelo.

Instintivamente, Carlos intentó zafarse de quien lo sujetaba para defender a su mujer con un forcejeo, pero le resultó imposible, lo rodeaban unos brazos de acero que lo tenían bloqueado.

–¡¡Aquí, a partir de ahora, las órdenes las doy yo!!, ¿entendiste?

Era una voz con marcado acento sudamericano y con evidencias de ser un hombre de carácter, acostumbrado a dar órdenes y a ser severo y contundente en sus actos con quien no las cumpliese.

Mari, aturdida por el bofetón, asustada por la violencia y con un profundo corte en el labio a causa del golpe, no pudo articular palabra. Sólo acertó a hacer un leve movimiento de cabeza como asentimiento.

–Bien, pues como ya ha quedado claro quién manda aquí, os explicaré las condiciones: nos gusta vuestro aceite, vuestra casa y vuestra ubicación y vais a trabajar para nosotros.

–¿Cómo? –dijo Carlos aterrorizado y de forma casi imperceptible la mano que apretaba su cuello, apenas le permitía el paso del aire.

–¡¡He dicho que aquí las condiciones las pongo yo!!, ¡¡tú sólo hablarás cuando te pregunte!! ¿De dónde traes los olivos para plantarlos y quién te los suministra?

Carlos notó cómo la mano que lo sujetaba disminuía un poco la presión, como dándole permiso para hablar:

–No recuerdo, los planté hace tiempo.

Notó un puñetazo violento que lo dejó aturdido.

–¿Me tomas por imbécil?

Sacudió su mano y uno de los encapuchados puso en marcha una grabación, obtenida con un móvil, una conversación intervenida a Carlos, en la que hablaba con un proveedor de Italia, que habitualmente distribuía pasta fresca, para que le trajese en alguno de sus camiones varias plantas de olivo “Frantoio”, puesto que comprarlos en invernaderos españoles le salía mucho más caro.

–¿Me vas a decir que esa voz no es tuya?...

–No, no es mía –dijo Carlos con la voz temblorosa.

Cuando aún no había terminado de hablar, el brazo que lo rodeaba apretó con fuerza mientras lo presionaba hacia abajo para que se arrodillase, a la vez que con la otra mano le apuntaba con una pistola, presionándole la nuca.

–¡¡Una mentira más y es la última!! –dijo “el Jefe”.

Los ojos de Mari se salían de las órbitas, pero no podía articular palabra por el miedo, además de la mano que le tapaba la boca. Su mente le decía que ese bárbaro cumpliría su palabra si no obedecían.

Fuera, empezaban a despuntar los primeros rayos de sol y Mari miró al que llevaba la voz cantante, como pidiendo permiso para hablar:

–¿Qué quieres?

–...Enrgg, ennrgg... –carraspeó–. Con permiso, decirle que en breve se levantará mi hijo, hay que llevarlo al colegio y si ve algo extraño, se alarmará...

–¡¡Me importa un carajo, tengo remedio para eso!!

La mirada de Mari se nubló, mezcla de odio y lágrimas, pensando en lo que podría ocurrir.

Por lo visto, el “Jefe” recapacitó:

–Subes y vistes a tu hijo, uno de mis hombres te acompañará al colegio y os quiero de vuelta en diez minutos, si no, ya sabes lo que ocurrirá. ¡¡Ah!!, no se te ocurra hacer ninguna tontería, ni contarle nada al niño.

Se oyeron unos leves pasos en la parte de arriba y todos se pusieron en guardia:

–¿Que pasa mamá?, ¿quién es esta gente?

–Tranquilo cariño, dijo la madre. Son unos amigos que han venido a desayunar.

Mari subió las escaleras, acompañada de uno de los captores, que se quedó un poco rezagado, no sin antes advertirle que no hiciese tonterías para que el niño no sospechase.

–¡Si oigo alguna palabra, no bajáis las escaleras ni tu hijo ni tú!–. Mientras, la madre se metía en el dormitorio de su hijo, que había corrido para llegar antes.

Bajaron a desayunar Mari y Carlitos.

Mientras, el padre había ido preparando un suculento desayuno para sus captores, a base de café, tostadas, aceite, jamón picado en trocitos y tomates de su propia huerta. Dentro del nerviosismo, trataba de disimular lo mejor posible intentando parecer amable con ellos, tal como si de unos buenos amigos se tratase, sabía que un paso en falso haría peligrar su vida, la de su mujer o la de su hijo.

–¿Por qué llevan pasamontañas estos amigos tuyos? –preguntó Carlitos al pasar cerca de los captores.

–Porque son muy frioleros y no se acostumbran al clima de la sierra, ja, ja –respondió “el Jefe” con voz rotunda, pero intentando relajar la tensión, para que el niño no notase nada extraño.

Desayunaron todos. Mari, con uno de los encapuchados, se fue a llevar al niño al colegio, intentando que no notase nada extraño, dentro de los acontecimientos nada habituales que se estaban desarrollando, y volver en el menor tiempo posible; no quería que su marido corriese el menor riesgo, pero lo principal era alejar al niño del peligro.

A la vuelta a su casa, nada más entrar por la puerta:

–¡¡Te dije diez minutos!!, dijo con voz autoritaria “el Jefe”.

–Lo siento, me paró una madre en el colegio y tuve que actuar con normalidad, para no levantar sospechas…

–¿No habrás hablado más de la cuenta? –preguntó esto mirando al encapuchado que había acompañado a Mari al colegio.

–No Jefe –respondió “sumisamente” el encapuchado–. Estuvo todo el rato cerca del coche y no oí nada sospechoso.

–¡Bien, bien!, dejemos la palabrería y pongámonos a trabajar, con el teatro para el mocoso hemos perdido mucho tiempo.

–¡Escúchame bien! –dijo “el Jefe” mirando a Carlos–. No me gusta repetir las cosas dos veces, así que las repeticiones tendrán otro sonido –decía esto mientras levantaba la pistola en tono amenazante.

–No vas a encargar los árboles para que te los traigan, vas a ir tú a por ellos en unos camiones que te facilitaré; vas a llamar a tu socio y le dirás que no necesitas esos árboles, que has decidido que no quieres plantar más, que tienes suficiente producción. Cuando hayas hecho esto, te irás con mis hombres a una cooperativa de la que te daré el nombre a su debido tiempo en Italia y te traerás un camión lleno de árboles, que irán huecos y rellenos de mis productos. Mientras tú estés en Italia, tu mujer y tu hijo harán vida “normal”, teniendo en cuenta que si tú o ellos os vais de la lengua, lo pagaréis caro. ¿Has entendido?

–Sí, pero… soy un pequeño productor, si ven mucho movimiento en mis terrenos, empezarán a sospechar los propios vecinos y no quiero problemas. Aquí enseguida la gente se acerca al cuartelillo de la Guardia Civil y denuncia, y eso siempre trae problemas.

–Está todo controlado, nadie sospechará, porque tu producción aumentará y montarás tu propia almazara para hacer un aceite de mejor calidad.

–¿Y qué saco yo con esto?

–¿Tú? ¡No vas a sacar un carajo, con suerte seguir con vida, tanto tú como los tuyos! ¿Te parece poco?

Carlos, asintió tembloroso con la cabeza.

Durante el resto de la mañana estuvieron trazando los planes a seguir: rutas, posibles controles, horarios de recogida de los camiones, todo trazado al milímetro porque nada podía salir mal.

Cuando Carlitos regresó del colegio, todos trataron de disimular esperando que llegase la noche para ponerse en marcha. Su padre le explicó que tenía que hacer un largo viaje con esos amigos y que él, como hombre de la casa, debería cuidar de su madre, para que nada le pasase y que todo estuviese en orden, a lo que el niño asintió con la cabeza, orgulloso, ya que esto le hacía sentirse mayor…

–Así que ya sabes, pórtate bien, obedece, haz los deberes y a la cama pronto.

–Sí, papi, sabes que me porto muy bien y sé cuidar de mamá, así que tú haz ese viaje y no te preocupes de nada más, sólo ten cuidado con la carretera.

Cenaron y con la excusa de madrugar, todos se fueron a dormir, aunque realmente no lo harían, si no que disimularon, para que el niño no notase nada raro y se fuese a la cama sin protestar.

Una vez el niño hubo subido a su cuarto y se suponía que estaba dormido, acompañado por la madre y vigilado por el encapuchado que les había acompañado al colegio, volvieron a extender sobre la mesa planos, mapas, rutas posibles y vías de escape.

De repente, todo se iluminó desde el exterior, ruidos extraños y muchas sombras que irrumpieron en la casa, cogiéndolos por sorpresa y sin apenas tiempo para reaccionar:

–¡Alto! Policía, ¡todo el mundo al suelo!

Se abalanzaron dos o tres personas rápidamente sobre cada uno de los encapuchados, dejándolos inmóviles y fuera de juego, ante la estupefacción de Carlos, que no daba crédito a lo que estaba ocurriendo en su casa.

Hubo tiros al aire, golpes de los policías contra los encapuchados, pero sin apenas resistencia puesto que ninguno esperaba la sorpresa. Una vez la situación estuvo controlada, uno de los policías sacó a Carlos de la casa y con calma, tras comprobar que no le había ocurrido nada, le explicó la situación:

–Debe estar agradecido a su hijo, por valentía, por imaginación e inteligencia. Gracias a un cúmulo de todos estos factores, puede estar orgulloso de lo que a continuación le contaré: su hijo, durante el asalto a su casa por parte de esta peligrosa banda de narcos, a los que veníamos siguiendo muy de cerca desde hace un tiempo, demostró una inteligencia y un valor fuera de lo común, ya que en lugar de asustarse, cuando desde la parte de arriba de las escaleras observó movimientos extraños, con frialdad y temple propios de un avezado profesional, desde el teléfono de su mujer hizo una llamada al 112, grabando a continuación todo lo ocurrido, tanto con sonido, como con imágenes, que nos servirían posteriormente para identificar al menos a Enrique Pou “el Jefe”. Escondido detrás de la barandilla superior, y acurrucado tras la puerta del armario empotrado, su hijo fue narrando con mensajes cortos lo que iba ocurriendo, hasta que uno de nuestros profesionales consiguió neutralizar los inhibidores de frecuencia, que eran los dispositivos que tenían desplegados estos corruptos, para controlar todo alrededor y que les procuraban un entorno de aparente seguridad, al menos en cuanto a señales telefónicas y entrada y salida de vehículos con las microcámaras que habían instalado. Una vez supimos las intenciones de estos delincuentes y estuvo su hijo en el colegio, previa información a su mujer de nuestras intenciones, se colocaron al niño micros y microcámaras que una vez regresaron a su domicilio nos sirvieron para tener una imagen clara de la situación, el despliegue de efectivos y el momento clave para la entrada y una seguridad del factor sorpresa. Las intenciones de estos delincuentes eran las de introducir droga de gran pureza dentro de los árboles que usted compraría, adulterarla y distribuirla mezclándola con en el aceite que aquí produce, aprovechando que al ser extracción en frío y que tiene una ligera turbidez, acidez y junto con los aromas propios del aceite que permite que se camuflen notablemente los restos de cocaína, olores etc., dificultando así la labor de los perros. Así mismo es más fácil para su transporte y distribución, como aceite para consumo humano, de gran calidad y una vez en las manos expertas, separar el aceite de la droga químicamente, lo que permitiría alcanzar unas cantidades desorbitadas, tanto en exportación de aceite como en importación de árboles, y en medio, el negocio de la droga. No puede usted imaginar ni por un momento la gran labor que han realizado sin proponérselo. Tienen un héroe casa, ¡¡Enhorabuena!!

Meses después, la familia recibiría una notificación: les correspondía una suculenta suma de dinero de una recompensa, que hacía tiempo Interpol había puesto en circulación para quienes aportasen pistas fiables sobre la banda de “El Jefe”, que así es como llamaban a Enrique Pou, un peligroso narcotraficante panameño que había tenido en jaque a la mayoría de la élite policial dedicada al narcotráfico. Con esa cantidad de dinero, Mari y Carlos, junto a su pequeño héroe, podrían permitirse por fin su sueño de dedicarse a sus tierras, sus olivos, tomates y sus cerdos, para convertir su pequeño cortijo, en un destino turístico, moderno, variado y ecológico dedicado al “oleocultivo” como fuente de ingresos principal.

Mientras lo celebraban en el porche de la casa, recostados sobre la vieja mecedora, tomando una cerveza y fumando el primer y último cigarrillo del día, pensaban en si invertir en su negocio de “turismo rural”, o no….

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