El camino del oro

El camino del oro

[Carmen Torres Ripa]

Han pasado muchos siglos desde que nosotros, los griegos focenses, llevamos el líquido dorado a la península Ibérica. Sé que el tiempo borra los recuerdos, pero nadie muere si permanece en la memoria de las gentes, y yo, Hércules, el dios de los focenses, quiero que la historia –ese cotidiano y eterno devenir del tiempo– valore aquel primer viaje que hicimos en busca de un sueño. En aquella tierra, tan lejos de la nuestra, depositamos nuestras creencias, nuestra alegría de vivir, nuestra cultura y nuestro poder.

Mi pueblo no temía a lo desconocido porque todas las acciones estaban dirigidas por nosotros a los dioses. Con la religiosa convicción de nuestra vida –tan humana y terrena, pero tan luminosa como el cielo estrellado– creímos con la firmeza del rayo, en el poder del mar que conduciría a feliz puerto nuestras naves y en todos los prodigios mágicos que sólo ocurren cuando la fe guía la fantasía de los aventureros. El pueblo focense era misterioso y, como auténticos héroes, llegaron hasta Iberia para llevar el árbol de la belleza y la sabiduría. Ellos, contando con mi presencia, un dios que les quiso con un corazón humano envuelto el polvo de oro, llegaron al otro mundo para depositar el olivo.

El primer viaje fue muy largo, tan largo como un letargo eterno, pero quiero volver a recordarlo con la fuerza que lo hicieron aquellos primeros griegos. Tengo miedo que la historia –tan poco coherente y parcial a veces– relegue al olvido a mis valientes adoradores. Ellos ignoraban que siempre fui dentro de sus embarcaciones y que yo, Hércules, con mi fuerza de leyenda, guardaba en mi alma la ternura de los recuerdos.

Os contaré una historia que parece una fábula y, sin embargo, es el camino que mi pueblo inició cuando los dioses le hablaron de una tierra donde el sol reinaba. Esa tierra ahora se llama España. Nosotros buscamos una quimera y encontramos una realidad. Por el camino fuimos dejando retazos de nosotros mismos, un rastro largo como la vida y luminoso y brillante como el sol. Viajamos en busca de Tartesoss, pero nuestro destino –aún ignorado– era Iberia, unos montes que fuimos sembrando, como una lluvia divina, con el árbol de los dioses. Fue el regalo que dejamos en lo que nosotros creímos el fin del mundo.

Nuestra tierra era verde y plateada. El olor a sal llegaba como una brisa del mar Egeo. Vivíamos mirando ese mar. Era nuestra casa, nuestro camino, nuestra riqueza. Cuando el silencio del más allá se hace aún más profundo, suelo escuchar el murmullo de las naves al salir del puerto. ¿Era murmullo? No lo sé, porque me da la sensación de vivir en un continuo presente. Mil años son un segundo en la eternidad del tiempo. El tiempo, esa eternidad sin horas donde vivo, me trae y me lleva dentro de la nostalgia de la melancolía.

Todo era tan bello que he debido de soñarlo.

Estoy aquí de nuevo, en Esmirna (Turquía), cerca de Gadir Irmir, en la actual Foca o Fhokaia, antigua Focea.

¡Qué bella es la costa! La disfruto con especial deleite, yo, un dios, que vengo de Focea.

Focea era una colonia jónica de Asia Menor, situada en el Golfo de Esmirna, en la desembocadura del Hermo. Éramos un pueblo tranquilo, entre Lesbos y Samos, cerca de Troya y Mileto, y a un suspiro de Rodas, la isla de las rosas. Cuando el mar estaba en calma, nos llegaba el perfume de las flores con la brisa.

El mar tranquilo que nos rodeaba permitió desplazarnos por el mundo en naves esbeltas y bellas que construimos con los cedros del Líbano.

No nos gustaba luchar. Nuestras embarcaciones, con cincuenta metros y amplias velas, nos ayudaron a colonizar en Mediterráneo. ¿Colonizar? Quizá no sea la palabra. Nuestra tierra era estrecha, por el tamaño empezamos a buscar nuevos emplazamientos. No para conquistar sino para vivir.

Siento el ajetreo del barco, los remos moviéndose con cadencia tranquila. Oigo el Kra-krak que roza la vela y mi corazón palpita acelerado. He vuelto para revivir aquel camino, pero antes estuve en Delfos.

En Delfos me señalaron la ruta. La curiosidad por el futuro era mi debilidad. Los dioses me hicieron con polvo de sus entrañas y quise saber más.

Mientras la pitonisa me hablaba, mi mente volaba. Surcaba un mar y otro mar y, en la calima, entre la niebla blanca del amanecer, vi lo que luego me dirían sus palabras. Lejos, muy lejos, había una tierra y otro mar, no más bello que el nuestro, pero sí distinto. Otra gente a la que el sol le llenaba los ojos de oro. Era muy lejos, casi donde yo, Hércules, había puesto los límites del mundo.

Antes de llegar a ella tenía que pasar muchos puertos, muchas tierras… Tantas que los ojos se me cerraban y al final vi una ciudad: era Tartessos.

Tartessos. Volveré a Tartessos. Ahora que han pasado miles de años, regreso para ver cómo mis sueños cambiaron el paisaje.

Pero antes quiero recordar que aquel día que vi por primera vez esa tierra lejana, en agradecimiento a los dioses, lancé al aire, en Delfos, la semilla dorada de la vida, mi árbol: el olivo.

En Delfos estaba el onfalo, la piedra sagrada que indica el principio del mundo. Allí fue donde se sentó la pitonisa para hablarme de Tartessos. Y aquí comienza el mundo.

Los griegos creíamos que la tierra era plana. Así, sobre un mar que imaginamos plano, comenzó nuestro barco el camino.

Tales de Mileto, un filósofo de mi tierra, sabía que el agua era el origen del mundo, y yo, Hércules, dios de los foceos, llevé a mi pueblo por ese mar.

Nosotros, para poder luchar contra las olas, levantamos la altura de las proas. En cada proa labramos monstruos, animales marinos o dioses. Esos símbolos nos daban seguridad y pensábamos que cada nave tenía vida propia. Por eso en este viaje, como si fuera mi propio mascarón de proa, quiero llevar el espíritu de Atenea. Lo llevaré en silencio, cerca de mi mascarón, porque fue ella la que nos dio el don del olivo, símbolo de riqueza y paz, para nuestro pueblo.

Nos vamos separando de la costa. Veo la isla de Khios, enfrente de la península turca que cierra el golfo de Esmirna.

Khios

Khios era la isla de plata del Mar Egeo. Atravesada por el macizo montañoso, coronada por el monte Pelineo. Su emplazamiento la hizo merecedora de que yo, Hércules, la llenara de olivos. A veces, en sus costas sopla el siroco, dicen que es un viento que produce pesadillas y sueños extraños. Por eso quise sembrar de olivos esta tierra, porque el olivo aleja los demonios y los malos pensamientos.

Los dioses decían que brotaban hojas de mi cuerpo y que el olivo pertenecía a la parte superior del pulgar; la sede de la virilidad. A ese dedo se le llamó Hércules. Mi dedo meñique es mágico.

Me gusta volver a ver Kkios de cerca, parece una sirena dormida. Aquí vivió Homero y nació Teócrito.

Los focenses fueron románticos por la cercanía de Lesbos. Los versos de Safo retumbaban en nuestros oídos. De nuestra vecina Troya aprendimos el arte de la cerámica, pulimentada a mano en color rojo. Nos sirvió para guardar nuestro aceite.

El mundo ha cambiado tanto… ahora, la costa Occidental del Mediterráneo, desde la península del Sinaí, pasando las costas sirias y Anatolia, el crecimiento del olivo señala el camino que seguimos los cultivadores de la antigüedad. Gracias a nosotros, el aceite se convirtió en uno de los productos más apreciados de todas las cavilaciones mediterráneas.

El olivo se introdujo en Egipto, pero sólo conseguimos que se desarrollara con fuerza en el delta del Nilo. Los egipcios, al ver que era una riqueza para el mercado, estimularon su producción en Palestina, Fenicia, Creta y toda la Grecia clásica.

Los egipcios y los pueblos del Egeo no entendían muy bien el gran sentido de la belleza que les unía. Los cretenses –grandes productores de aceite y vino– lo cambiaron a los egipcios por marfil, maderas finas y joyas.

Llegamos a Samos donde nació Pitágoras. De él aprendimos que los olivos no se pueden plantar al aire y sin sentido. Cada semilla debe seguir un orden matemático y, visto desde el aire, un monte de olivos ha de ser como un mar verde donde las piraguas, al lanzarse a la competición de velocidad, abran caminos, iguales y paralelos. Los árboles deben ser hileras simétricas, guardando el aire y la distancia, para que se sientan únicos, acompañados, pero de la soledad de sí mismos.

Un poco más lejos de la bella Mikonos. Después Delos, la dulce Delos, la isla de mi hermana Artemisa. Quedan ruinas de aquellos tiempos en que los dioses caminaban como los humanos por esta tierra. El agua es tan transparente que se ven los peces jugando con las ánforas que cayeron en el olvido y aún no las han encontrado los arqueólogos.

Delos fue alzada del mar por Poseidón. La subió de entre estas algas calcáreas, de entre los arrecifes coralinos, con el lodo del fondo, con las suaves esponjas y el nácar de las conchas. Poseidón quiso que fuera bella para que dejase de llorar Leto, la amante de su hermano Zeus.

Hera, celosa de los amores de Zeus con Leto, mandó una serpiente pitón para que no dejases descansar a Leto en ningún lugar del mundo, y así no pudiera dar a luz. Leto, que era la noche que anunciaba la aurora, vagó desesperada y, convertida en codorniz, llegó con el viento a una playa llamada Asteria, era una isla flotante que sostenía en sus hombros Poseidón. Allí nació Artemisa, entre un olivo y una palmera. Al noveno día del parto, Leto dio un segundo hijo a Zeus: Apolo. Desde entonces, Delos se quedó fija al mar y nadie volvió a nacer allí.

Delos fue nuestro santuario. Al final del invierno los griegos se reunían para celebrar la fiesta de Apolo.

Los dioses del mar y del aire hacen un silencio de respeto según vamos llegando a Atenas. La brisa nos anuncia que nos acercamos a un lugar sagrado.

Entramos por Cabo Sunión, coronado por el templo de Poseidón. Cerca de la costa Poseidón tenía un palacio submarino y le gustaba despertar el letargo del anochecer con los caballos blancos adornados con cascos de bronce y carros de oro. Cuando el corcel salía del fondo del mar, las tormentas cesaban.

Poseidón, además del mar, también quiso dominar la tierra. Jugó su poder con la diosa Atenea. Y los dioses, al fin benévolos ante los deseos del dueño del mar, les pusieron una prueba. Al dios que diera el mayor regalo a los hombres, ese sería el dueño del suelo de Ática.

Poseidón tocó con un tridente la roca, y salió un corcel.

Atenea rozó el suelo con su lanza y nació un olivo de hojas plateadas.

Los dioses juzgaron que el árbol, cuyas ramas iban a ser símbolo de paz y el fruto dorado líquido de la riqueza, era un regalo más útil para los hombres que el corcel.

Desde entonces esta tierra se llama Atenas.

Fui yo, Hércules, quien llevó el olivo silvestre desde la comarca de los Hiperbóreos hasta Olimpia. Allí hice que mis hermanos menores corrieran una carrera. El ganador fue Peoneo, y le coroné con una corona de ramas de olivo. Desde entonces se celebran los Juegos Olímpicos. El ganador recibe una corona de olivo y un ánfora de aceite.

Mi tierra es Tebas. Una noche Zeus, después de tomar el néctar que le llenaba de buenos sentimientos, un néctar hecho de ambrosía, aceite y frutas picadas, deseó engendrar para el bien de los hombres y de los dioses, un héroe grandioso. Bajó a la ciudad de Tebas y entró en el seno de la bellísima reina Alcmena, tomando el rostro de su esposo Anfitrión. Así nací yo, Hércules.

Pero Hera, la reina de los dioses, envió a mi cuna dos serpientes para matarme. Yo dormía, pero al sentir el silbido de los animales, los apreté con mis manos y murieron. Entonces supe que mi fuerza era casi de un dios. Pero mi padre quería que en verdad fuera un dios inmortal, y una noche, cuando Hera dormía, me acurrucó junto a sus pechos. Me sacié de su leche y sonreí feliz a mi padre, mientras de mis labios caían aún gotas de leche. Zeus, emocionado con aquellas gotas que se derramaban del cielo a la tierra, y me habían dado la inmortalidad, formó en el firmamento la Vía Láctea.

Navegué por el mar Jónico. Corfú, Leucade, Utava, Cefalonia, Fanis, Paxos… En estas islas crecieron las palmeras, la vid y el olivo.

En nuestros sueños más íntimos, estaba cerrar los límites del Mediterráneo, más que ampliarlo. Para nosotros el fin del mundo estaba cerca de donde vuelvo ahora. Yo puse los límites para cerrar el paso y nuestro mundo en las columnas de Hércules.

Velia, Alaia, Ischia, Eliade, Massalia.

Desde Marsella, los focenses hicimos una ruta comercial por la costa oriental española que llenaron el “Camino de Hércules”. Era una ruta terrestre que unía el sur de la península ibérica y el sur de Francia hasta Italia. También se llamó “Vía Hercúlea”.

El paisaje cambió desde nuestro paso. La Provenza francesa se llenó de nuevos cultivos que arraigaban con facilidad en la tierra. La vid y el olivo, con distintos árboles frutales, hizo de esta tierra uno de los paisajes más bellos de Francia.

En Marsella, se hace con aceites que aprendieron de nosotros, los focenses, el mejor jabón de Francia.

Ampurias, Tortosa, Valencia. Los focenses plantamos olivos y las flores de azahar se mezclaban con las hojas de color verde oscuro con el envés plateado. En abril y mayo dan unas diminutas flores blanco verdosas y al llegar el otoño los árboles, rebosantes de frutos, envuelven la atmósfera con su olor a aceitunas

Pega, Carrejo, el valle de Alcal, el barranco de La Encantada, Taberna, Calpe, Altea, Villajoyosa, la playa de San Juan, Alicante, la isla de Tabarca, Punta Albir, Santa Pola, Guardamar. Playa de los Locos, Torrevieja, Punta del Cuervo… Y siempre el mar. Pero yo sabía que íbamos a otro sitio. Estábamos llegando a los días de Alción, los siete días que preceden al solsticio de invierno. El viento cesó.

Alción, la querida hija de Eolo, se casó con Ceice, hijo del Lucero del Alba, y fueron tan felices que su amor lo quisieron comparar con el de Zeus y Hera. La orgullosa Hera, que me hizo inmortal sin saberlo, desencadenó una tormenta para que los enamorados se ahogaran en el mar. Alción, enloquecida, se arrojó también a las olas y los dioses la convirtieron en Martín pescador. Cada invierno un Martín pescador lleva a su macho entre grandes lamentos a su entierro, y con espinas de ortiga lo lanza al mar. Es el tiempo del nacimiento del nuevo rey. Ocurre en el solsticio de invierno, cuando la diosa Luna ha conducido al cadáver del rey viejo a una isla. Cada gran año de cien lunaciones, cuando el tiempo solar y el lunar se unen, termina el periodo sagrado.

Entonces, en sueños, cuando los sueños son realidad para los dioses, vi un lugar. Pero me equivoqué tantas veces. Yo, un dios, fui a la región donde el sol se pone, cerca de la costa africana y allí encontré un estrecho que separa Europa y África. Allí coloqué los límites del mundo, dos columnas que llamaron en mi honor las Columnas de Hércules. Yo, que puse un límite para mi pueblo, me equivoqué tanto.

¿Estaba Tartesoss en la desembocadura del Guadalquivir, en el Coto de Doña Ana o en el Océano? ¿Dónde estaba Tartessos?

Eran los días de Alción cuando entre la niebla vi Tartessos, el sueño de mi meta, misteriosamente no fue mi destino. Nuestra tierra, la que los dioses habían elegido para nuestro pueblo, era dorada de sol, era tanto el sol que dañaba los ojos.

Los tesoros de Tartesoss, ánforas, yelmos y vasijas que mi pueblo focense enseñó a los tartesios, desaparecieron.

Muchos creen que han soñado, pero de las entrañas de la tierra siguen apareciendo joyas hechas por nosotros. Tartesoss desapareció. Fue como la ciudad que nunca existió. Pero yo la recuerdo brillante y real como el sol que ilumina el cielo. Nunca se supo dónde estuvo Tartessoss. Pero nosotros a esta ciudad de mitos y leyendas, a toda Andalucía, le dimos los focenses nuestro mejor regalo. Todos los montes, los valles y las laderas de su tierra las hicimos plateadas. Plantamos olivos en lugares que no imaginábamos. Fue en Jaén donde la semilla encontró la mejor tierra para fructificar. Y desde entonces cambió su vida.

Misteriosamente España encontró su verdadero paisaje gracias a nosotros. Ellos conocían el olivo, pero fuimos nosotros los que extendimos su cultivo. Y del olivo salió el néctar de los dioses: el oro del aceite. Y con ese oro, los griegos dejamos la sabiduría.

Paseo mi espíritu por los olivares de España, me enredo en sus hojas, juego con las aceitunas y siento deseos de apretarlas entre mis dedos para disfrutar de aquel primer día que vimos cómo gota a gota iba saliendo el bálsamo de la vida.

Mi espíritu se quedará aquí hasta la próxima cosecha. Mi alma de dios añora esta tierra. Vuelvo a ser feliz en este tiempo que nunca sé cuándo empieza y termina porque vivo en la eternidad.

“La sabiduría es como un hermoso olivo en la llanura” (Eclesiastés).

 

Posdata

Este relato se sigue mejor con el mapa de Europa, es un estudio de investigación histórica –mezclado con la mitología– donde se relata la venida de los focenses a España. Mi primera intención fue averiguar cómo llegaron hasta Tartessos, pero al fin me embrujó  otro tema: la aparición del aceite en la península Ibérica. Es rigurosamente cierto que fueron los griegos focenses los que introdujeron la semilla y la fueron plantando a lo largo de su camino –camino de oro, néctar del aceite– hasta Tartessos, y luego se extendió hasta la provincia de Jaén, que es donde alcanzó su máximo esplendor.

Para este viaje –que recrea el primero real que hicieron los focenses–, lo mejor es seguirlo con un mapa de Europa. Con la compañía del dios Hércules, su dios, como guía, he reemprendido el trayecto. Con él he visitado templos, rionas y museos –igualmente verdaderos– donde se conserva el paso de los focenses por España y el regalo que nos dejaron.

Mi espíritu ha sido el de un turista soñador que regresa al viaje más hermoso de su vida para recordar y dar fe que aquello que vio no fue un sueño, sino la realidad: la historia.

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